martes, 31 de marzo de 2009

Grita

No sé por qué, últimamente pienso muchísimo en que es muy curioso que dos personas, muy cercanas a mí, me hayan dedicado la misma canción en tiempos distintos. La canción se llama "Grita" y es de Jarabe de Palo. Quizá la recuerdo tanto porque últimamente no se me da eso de gritar.

lunes, 30 de marzo de 2009

Una imagen del día

El fin de semana pasado me fui de voluntaria de Un Techo Para Mi País México, a una comunidad que se llama La Planada, en Coyotepec, Estado de México.

Ayer, cuando ya habíamos terminado de construir la casa, hubo una imagen del día en la que yo participé directamente: no sé andar en bicicleta. De niña no me enseñaron y yo tampoco quise aprender después. Desde hace mucho quiero hacerlo. Ya cuando estaba en la secundaria, un profesor me quería enseñar pero sólo practicamos una vez. Ahora, mi mejor amigo ya aprendió a andar en bici y la verdad es que se le ve tan contento que mis deseos de aprender han recobrado fuerza.

Después de este breve preámbulo, entraré en materia: la familia con la que construimos la casa tenía un par de bicicletas. En algún momento necesitábamos silicón y yo caminaba por todo el pueblo buscándolo. Del terreno donde yo construía, las demás casas no estaban cerca, así que José, el jefe de familia, me ofreció una bicicleta. "No sé andar", le dije. "Pus orita aprendes", me contestó.

Y me dio la bicicleta y comenzó a decirme que pusiera el pedal a la mitad para apoyarme en él y luego en el otro. Por supuesto, me iba de lado, me daba miedo y me detenía. Lo intenté varias veces, hasta que él tomó la bicicleta por el manubrio mientras yo pedaleaba. Nunca antes había recorrido tanto camino en bici.

Algo sucedió entonces: de pronto, yo me transporté a la edad en la que la mayoría de la gente aprende a andar en bicicleta -la infancia- y ese señor se convirtió en una figura paterna en quien yo confiaba y que me estaba llevando por el camino de la enseñanza. Para no variar, los ojos se me llenaron de lágrimas y el corazón se me hinchó de una mezcla de añoranza y alegría.

No aprendí ayer. Pero gracias a él, a su esposa, y a Aldo, ayer di un paso más en el camino para aprender a andar en bicicleta.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Travesía

Hoy fue uno de esos días que terminan con un dolor de cabeza importante. Que físicamente desgastan.

¿Ya sintieron el calor? La ropa se pega al cuerpo. Y luego en esta ciudad que es verdaderamente un hormiguero, peor aún. Hoy me levanté temprano porque tenía que llegar al taller de cuento. Me puse una blusa fresca porque leí que la temperatura máxima podía alcanzar los 27ºC. Unos jeans y tennis. Llegué al taller y, aunque sólo éramos cuatro personas, el calor se encerró. De ahí me fui por un café frío, por aquello del calor. Entonces esperé el metrobús en la estación Bombilla. Craso error. El transporte tardó 20 minutos en llegar y, cuando lo hizo, venía atascado de gente, de manera que me empujaron para entrar. Tardé 40 minutos en llegar a la estación Chilpancingo. Todos, yo incluida, sudábamos como marranos y el camión apestaba. Cuando llegué ya no me dio tiempo de pasar a la oficina porque tenía que ir a Polanco. Entonces me subí en el metro, transbordé a Tacubaya en la línea naranja, y el andén estaba plagado de gente porque quién sabe cuánto tiempo hacía que no pasaba el metro.

Busqué una ruta alterna: me fui a la línea rosa, me bajé en Chapultepec. Ahí tuve que esperar 16 minutos a que arrancara el microbús que me llevaba. Calor, calor, calor.

Luego, llegué. Comí en el VIPS con una amiga. Salí de ahí, regresé a la oficina. Calor, calor y más calor en el metro. En la estación Polanco no pasaba el metro. Otros veinte minutos. Al fin llegué a la oficina. Trabajé. Me fui a la UNAM para empezar a ver información de la tesis. Metrobús. Vacío. UNAM. Pumabus. Tardó trece minutos en llegar. Me subí. Estuvo parado cinco minutos (¿de cuándo acá el Pumabus hace base afuera de la estación del metrobús?). Leí. Dolor de cabeza. Ropa pegada. Calor. Calor. Calor. Caminemos a Copilco. Noche. Fresco. Metro Copilco. Asiento (yeah). Balderas. Transborde. Tarda en llegar. Andén lleno. Afortunadamente puedo entrar en el primero. Se queda parado. Gente por todos lados. Se apagan las luces. Se apaga el ventilador (minuto siguiente: sudamos otra vez como marranos). Una mujer trae puesta una chamarra de piel (¿quiere bajar de peso con tanto sudor? ¿O únicamente quiere que vomitemos por el hedor que despide?) Calor. Calor. Mi antebrazo roza la chamarra de piel. Guácala. Me voy a desmayar. No, no. Ya llegué. Camino a mi casa. Calor. Calor. Dolor de cabeza inminente.

Maldito cambio climático.

martes, 24 de marzo de 2009

La tesis

Como siempre dejo todo a última hora y ya se me vino la tesis encima. Ni modo, estoy aterrorizada pero haré caso del dicho ese de "no te preocupes, ocúpate". De hoy a tres meses, mi vida social y mis actividades quedarán más o menos reducidas. Por primera vez me voy a convertir en un ratón de biblioteca para sacar el trabajo. De esto dependen muchas cosas en mi vida, I can't blow it.

En fin, ahora sí me voy a hacer experta en Kieslowski. Menos mal.

domingo, 22 de marzo de 2009

   

La gente se muere. Todos los días, a todas horas. Cada minuto. Ahora, incluso, alguien muere. Mientras yo escribo esto y mientras tú lo estés leyendo. No digo nada nuevo ni tampoco pretendo hacerlo. Es más, ni siquiera sé adónde voy a llegar con esto. Supongo que quiero reforzar la idea de que la muerte es parte del proceso natural de la vida. Es quizá la culminación. Pero, como tal, uno esperaría que la muerte llegara en la vejez, cuando uno ya creció, ya vivió.

Y sin embargo no siempre sucede así. En ciertos casos la muerte deja de ser un proceso natural, cuando la mano del hombre interviene.

Matar, ¡qué verbo terriblemente poderoso! Quitarle la vida a alguien. Aún así, en infinitivo es decir, se escucha, se lee y se siente catastrófico. Leer la mejor descripción de la ejecución de este verbo no se compara con el dolor que infringe en las familias de quienes han muerto en manos de los hombres o en las familias de quienes conjugaron el verbo en primera persona.

Y aún así, hasta que el nombre y apellido de quienes murieron -o de quienes mataron- nos resulta conocido, la muerte adquiere otra impresión, incluso una diferente de la que nos causa la expiración de nuestros seres queridos.

El viernes pasado me enteré de que murió la hija de una de las mejores amigas de mi mamá. Hace más de un mes regresaba de una comida y chocaron el coche en el que venía. El resultado: tres operaciones en el cerebro, dos en el estómago, una familia endeudadísima y mucho sufrimiento: ella nunca estuvo en coma.

Truncaron su existencia. Tenía 16 años. Mi mamá la vio crecer así como su mamá nos vio crecer a mi hermano y a mí, quienes jugábamos con ella, con su gemela y con su hermano. Y de pronto ya no existe. Cuando me enteré de su muerte pensé en que siempre tuve la certeza de que ella y su familia estarían en mi boda y de que mi familia y yo estaríamos en la suya.

Pero ahora está muerta y murió de manera antinatural (así lo pienso, no concibo esta idea de que "cuando te toca, te toca", y este caso es un ejemplo claro de que no es cierto). Todos lo lamentamos muchísimo. Se respira un gran nudo en el ambiente.

Y la madre tendrá que acostumbrarse a una nueva vida, una vida en la que no sucedió lo natural: morirse antes que su hija.
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No sé por qué, este suceso me trajo a la mente lo del joven de 22 años que atropelló al policía el pasado viernes 13 de marzo. A él también lo conozco. No somos íntimos pero me cae muy bien. Me da mucha pena ese caso. Aquí fue lo contrario: él cometió un error y mató a alguien. Ahora está en la cárcel, uno de los peores temores de cualquier ciudadano mexicano. Una persona que cometió una mala acción y ahora es juzgada como si fuera una mala persona. Me preguntó cómo vivirá la familia este proceso tan doloroso. De un momento a otro, la vida de este joven también se vio truncada, y el error ha salido en todos los medios. Han exhibido su rostro de manera despiadada y el accidente ha servido para "reivindicar" a la fuerza policíaca de esta ciudad. Ojalá que esos años en el CERESO (que de Centro de Readaptación Social no tiene nada) de verdad fueran años de reflexión para que saliera al mundo con una nueva oportunidad.
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En ambos casos (y en un tercero del que prefiero no hablar, pero que me afectó directamente hace mucho tiempo) me gustaría que hubiera una máquina del tiempo. Alguna forma de prevenir estas dos muertes antinaturales. Me gustaría que ella, la chiquilla que recuerdo con tanto cariño, no hubiera estado a esa hora en ese automóvil. Que él no hubiese acelerado, o que el policía no hubiera estado frente a él, o que se hubiera pasado unas horas en el Torito. Pero no existe. Desafortunadamente el tiempo es lineal. Es lineal y cobró un saldo de tres muertes, de familias marcadas, de vidas truncas.

jueves, 19 de marzo de 2009

Al fin

Al fin hoy, después de más de un mes de lectura, terminé de leer Molloy...

martes, 17 de marzo de 2009

Hoy se me acabó la buena cara...

Si es que algún día la he tenido.

Cuando nos encontramos en los objetos...

... o en las palabras:

"Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que tejes como si la vida se hiciera al contarla."

Rolf Carlé
Cuentos de Eva Luna
Isabel Allende

jueves, 12 de marzo de 2009

Tango

No recuerdo si ya lo mencioné o no, pero estoy asistiendo a clases de tango. Yo, que soy tan inconstante, tengo que ir adquiriendo disciplina poco a poco. La primera cosa con la que empecé la disciplina es este blog, como ya lo he repetido tantas veces, y la segunda será el tango. En forma, llevo apenas tres o cuatro clases.

El lunes pasado me enseñaron a hacer ochos. De verdad que fue una labor sumamente difícil porque tengo muchos problemas de coordinación motriz, y hay que pensar en tres cosas al mismo tiempo cuando se hacen ochos. Sin embargo, la gente que me conoce sabe que cuando me propongo algo de verdad, persevero y alcanzo. Y el tango es el caso. No importa cuán frustrada me sienta porque no me salen los ochos (me siento mucho más de lo que demuestro), o porque tengo que pensar los actos que los demás aprenden tres veces más rápido que yo, van a salirme. Así de simple. No me desanimo porque tengo muchísima resistencia a la frustración, y porque creo que, cuando al fin me vuelva experta en ochos, éstos valdrán más que los de cualquier persona porque me costaron el triple de trabajo.

Me encanta ir al tango. Es justo el momento del día en que todo se me olvida, en que mi alma se despeja. Y unos ochos en mis pies necios y torpes no lo van a arruinar.

En fin, ya cuando me salgan escribiré aquí una entrada.

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En el CUM teníamos que cumplir con ocho créditos de actividades estéticas al año. Algunas veces dejaba de ir y al final del ciclo escolar necesitaba quedarme a todas las restantes para cubrirlos. Había obras de teatro, performances, compañías de danza, entre otras cosas. En una ocasión -ya no me acuerdo en qué año- necesitaba ir a todas las actividades restantes para que no me faltaran. Ya no podía darme el lujo de escoger, simplemente asistiría a las que me quedaran.

Se presentó una compañía de danza. Al lado mío estaba la presencia constante de mis años de preparatoriana, que también necesitaba acudir a todas las presentaciones restantes. Nos había tocado atrás, en la planta baja del auditorio, y para ver necesitaba buscar un huequito entre los brazos de quienes estaban adelante de mí.

Sólo lo encontré para la presentación del tango. De pronto vi a un hombre muy delgado y a una mujer gruesa bailar. Ella llevaba puesto un vestido azul, y unos tacones muy altos y delgados, con una cinta en medio. Eran muy vistosos, por eso alcancé a percibirlos (por eso y porque tengo muy buena vista). Él estaba vestido todo de negro y era más chaparrito que ella. Recuerdo que me pareció una pareja muy graciosa y que incluso me volteé con la presencia y le hice un comentario al respecto. Llegué al extremo de imaginarme que aquel par me haría reír...

Pero resultó lo contrario: me regalaron un número maravilloso. Mientras bailaban tango parecía que sus cuerpos estaban hechos el uno para el otro. Poco importaron sus diferencias físicas, al final el baile hizo que éstas parecieran aciertos. Cuando la pieza musical estaba por acabarse, la pasión se desbordaba por los poros de los bailarines y, por supuesto, por los míos. Ella terminó en el piso, boca abajo, dando una vuelta impresionante con el estómago. Lloré. Ya sé que lloro por todo, pero este llanto era el llanto que solamente las bellas artes provocan: el llanto de sentirse completamente vivo, gracias a la experiencia estética. El llanto de sentir que yo era quien estaba en el piso dando una voltereta. Tenía un nudo en la garganta y estaba cansada de experimentar tantas sensaciones en tan corto espacio de tiempo. El bandoneón marcaba el latido de mi corazón, y los pasos de baile me despojaron de mí misma y me llevaron a otra dimensión.

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Y ahora, ahí estoy. Paso a paso, lentamente, aprendiendo a bailar. Resistiendo la frustración que me da no saber hacer ochos, y esperando ansiosa que algún día pueda experimentar todas esas sensaciones, con la ligera variante de que quiero pasar de espectadora a bailarina.

El minotauro

Hace ya más de año y medio conocí a quien me torturó por año y medio. Quizá el verbo torturar tenga un significado mucho más fuerte del que busco, sin embargo así lo dejaré.

Me engañó. Para ser honesta la primera vez que hablé con ella me engatusó. Creí que era una persona amable. Su tono de voz dulce y amable y sus eses marcadas me prendaron al principio. Sí, quería trabajar con ella porque la creí abierta y alegre. Me auguraba una gran relación de trabajo. Sin embargo, como todas mis primeras impresiones, ésta fue errónea.

No pasó mucho tiempo sin que aquella mujer apacible cambiara de máscara. O, mejor dicho, que se la quitara. Y cuando le vi el verdadero rostro su voz me pareció la de una anciana amargada. Cuando le vi el rostro sólo encontré verrugas grandes, que seguro son las marcas de la gente a la que ha maltratado. De pronto toda la gente empezó a platicarnos anécdotas donde ella era el verdadero minotauro situado en el laberinto -en este caso, su oficina-, buscando a quien matar para alimentarse.

En este caso, las víctimas enviadas para sacrificio fuimos mi compañero y yo. Aquel minotauro de caderas prominentes y mandíbula salida se alimentó de nuestras capacidades por alrededor de año y medio y, como las bestias no piensan, ella no pensó en reconocernos, en luchar porque nos quedáramos, como otros habían hecho con sus muchachos.

Para ella era inconcebible, así como es inconcebible que el novio te deje por una más fea, que nosotros dos fuéramos más inteligentes que ella. Que hubiéramos marcado el camino con un hilo para saber por dónde escapar del laberinto. Para ella, el laberinto era su hogar, y no salía de él porque no le interesaba encontrar no distinto. No tendría colmillos para destrozar la carne de las víctimas en otros lugares.

Pero, le guste al minotauro o no, marcamos camino. Dejamos huella, esas huellas imborrables que solamente quienes pisan fuerte dejan. Y el minotauro se debilita cada día más, porque la carne que consume ahora es de poca calidad. De la peor calidad. Así como ella, un verdadero castigo.

martes, 10 de marzo de 2009

Amistades

Hoy vi a una amiga mía de la preparatoria. Desde mediados del año pasado estuvimos distanciadas, al grado de que pensé que quizá la separación sería definitiva. Recuerdo, incluso, haberle comentado a otra persona que quizá ella y yo sólo teníamos un tema en común, y ese tema se agotaba a medida que el tiempo transcurría. Asimismo, recordaba las sabias palabras de mi mejor amiga en el mundo, la ninfa que una vez me dijo: "las personas se van de tu vida porque ya no tenían nada que aportarte, y tú no tenías nada más que aportarles".

Seriamente pensé que así sería con ella. Es decir, con la amiga que vi hoy. Honestamente iba un poco a la defensiva. "Otra vez hablaremos todo el tiempo de ese tema que no pasa a la historia". La idea no se apartaba de mi cabeza...

Y sin embargo, hoy fue completamente distinto. Al fin conversamos sobre otros temas, mucho más interesantes que lo que, en una época, se distinguió como lo único que teníamos en común. Hoy, por primera vez desde que somos amigas, sentí que era completamente honesta conmigo. No era que antes pensara en su deshonestidad, es que sólo ahora me di cuenta de cómo se siente su franqueza, su autocrítica y su reconocimiento. Y de pronto recordé cuán cerca la sentía en preparatoria. Con sus confesiones volví a experimentar aquella sensación de pertenencia que me llenaba de tranquilidad en preparatoria. Me sentí halagada por las cosas que me dijo a mí, a nadie más.

Hoy me di cuenta que ella y yo todavía podemos aportarnos muchas cosas, y que lo que pasó sólo fue un bache, que tenemos mucho más en común que ese tema que en mi corazón palpita con violencia, pero que se está muriendo en realidad.

domingo, 8 de marzo de 2009

   

La semana pasada transcurrió como una semana sin superior en la jerarquía del tiempo, como una semana sin mes. No puedo clasificarla en el odioso febrero, porque de ninguna manera fue una semana molesta, pero tampoco puedo encasillarla en el mes al que, en verdad, pertenece. Fueron días de reubicación en el mundo. De pronto ya estoy en un nuevo trabajo. De pronto ya tengo dos días de taller de narrativa –no sólo uno, DOS-. De pronto mis rumbos ya no son los de antes. De pronto todo es distinto y nuevo.

Sin embargo, hay cosas del pasado inmediato que permanecen: mis amigos del trabajo antiguo, por ejemplo. Molloy, de Samuel Beckett, que no he podido terminar de leer. La computadora que pagué gracias al trabajo antiguo. Algunas fotografías, entre otras cosas. De todas formas, la semana pasada fue de completa transición. La semana pasada hice consciente que el cambio es lo único que no cambia en la vida. Siempre está ahí, nos guste o no. Nos emocione o nos inspire miedo. No sólo es el trabajo el que ha cambiado. También soy yo. Yo, así como soy ahorita, no podría seguir en Novartis. Por eso no seguí. Novartis me dio las armas para decidir, y también mi decisión no incluía la empresa.

Las cosas van saliendo. Simple y llanamente salen. Hay asuntos desagradables pero de esos me ocupo aparte. El punto es que aquí estoy, saliendo. Saliendo. Saliendo.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Mi taller

Hoy empezó.

Al principio estaba muy nerviosa, pero creo que todo fluyó como debía. Me doy cuenta de que necesito muchas bases para poder llevar un taller. Es un verdadero reto.

Sin embargo, estoy emocionada. Me parece que estoy empezando el resto de mi vida.

martes, 3 de marzo de 2009

¡Mi taller!

Interrumpo la emisión del mes del humor negro para informarles que el próximo 4 de marzo empezará mi taller de narrativa. Aquí les dejo la imagen del flyer por si están interesados o conocen a alguien que lo esté.



Hagan clic para ver la imagen en su tamaño original.






lunes, 2 de marzo de 2009

Transparente

Quizá quepa en este nuevo término de tolerancia la elección de ser o no ser transparente. Como ahora todo hay que tolerarlo, lo correcto es que toleremos y aceptemos a aquellas personas que son sinceras y transparentes tanto como a las que no. Es nuestra obligación jugárnosla con quienes no son transparentes, porque tienen más "inteligencia emocional".

En este febrero feo (la cacofonía es a propósito, para demostrar cuán malo es) el tema de la inteligencia emocional se hizo muy presente, y en la mayoría de los casos llegué a la conclusión de que la inteligencia emocional apesta. ¿Cómo está eso de que, si alguien es sincero, entonces le falta ie? ¿Es decir que tengo que ser eufemista e hipócrita para ser emocionalmente inteligente? Al parecer, sí.

Cuando escuché esta aseveración pensé en una conocida mía (no sé si llamarla amiga), que se calla un montón de cosas y tiene un problema emocional y de autoestima de la chingada. ¿Es ella acaso el ejemplo de inteligencia emocional porque se calla el dolor y yo lo manifiesto? ¿Es inteligente guardar los sentimientos e intentar ignorarlos, aunque en el camino uno se tropiece una y otra vez con la propia lengua y con el propio llanto?

Yo estoy orgullosa de que me falte inteligencia emocional entonces. No quiero nunca tragarme mis sentimientos como si éstos no existieran. No deseo ignorarlo sino hacerlos parte de mí. Los sentimientos no son victimarios y mucho menos nosotros víctimas. Tampoco tenemos motivos para avergonzarnos de ellos... prefiero, siempre preferiré, la sinceridad.

Con ella se rompió algo. Una línea muy delgada se trasgredió y se rompió algo. Tan simple decirlo y tan complicado experimentarlo.

Ella rompió algo en mí. Y fue su falta de transparencia y el cambio de color que se inventó cuando vio que soy transparente

domingo, 1 de marzo de 2009

El pasado 27 de febrero dejé de trabajar en Novartis, la empresa a la que me incorporé en septiembre de 2007. Escribí un correo de despedida, y la gente llegaba a decirme que iba a dejarme sus datos personales, en respuesta a que yo les había dejado los míos. De pronto me empezó a llamar la atención que, con esa frase, todos parecemos separar el trabajo de la vida personal. Como si de verdad el trabajo no tuviera nada de "personal". Como si todos fuéramos máquinas en el trabajo, y personas en los demás ámbitos.

Yo nunca dejé de ser persona. Durante el año y medio que colaboré en esa empresa mi correo electrónico laboral fue tanto o más importante que el "personal". Mi trabajo era reflejo de mi personalidad, por eso me enojaba tanto tener errores o me molestaban tanto las críticas poco fundamentadas de los demás.

Ahora que me voy, no puedo evitar hacerlo personal. Si el trabajo no fuera parte de mi vida personal, quizá no me dolería tanto dejarlo. Quizá no seguiría viendo mi salida de Novartis como un fracaso.

Sin embargo, los fracasos también traen aciertos. Es momento de empezar con una nueva etapa de mi vida. Ni modo, el cambio duele pero estoy segura de que me traerá nuevos y buenos aires.

A partir de esta semana tengo una vida distinta. Dos nuevos trabajos que encajan perfecto en mi plan de vida personal.

Adiós Novartis.