jueves, 29 de abril de 2010

Lunes 26 de abril de 2010

Siempre me he caracterizado por ser temeraria, por no medir las consecuencias o, para empezar, ni siquiera planteármelas. Y la verdad es que he tenido suerte retando al país, a la ciudad en la que vivo y a la inseguridad que la caracteriza.

Sin embargo, la suerte terminó el lunes pasado. No me ocurrió a mí directamente, pero le sucedió la persona más cercana en mi vida: mi mamá.

El lunes pasado mi mamá abordó un taxi y, para no hacer el cuento largo, fue víctima de un secuestro exprés. El chofer hizo como que el auto se descomponía y de pronto se subió otro tipo. Sacaron dinero de sus tarjetas y luego la liberaron, no sin antes infundirle terror psicológico y llevarla a dar vueltas en lo que alguien sacaba el dinero de sus tarjetas.

No ha querido contarnos a detalle qué fue lo que pasó ahí. Pero yo la veo tristísima y se me rompe el corazón. Se me rompió por ella, por lo que vivió, por lo que le espera antes de la recuperación.

¿Se puede uno recuperar de una experiencia así? ¿Con qué seguridad? Me siento cada vez más decepcionada del país en donde vivo, de la injusticia, de que hayamos llegado al nivel de decir "pues lo bueno es que sólo se robaron tu dinero y te dejaron ir"... ¡No! No deberíamos agradecer ninguna de las dos cosas, ni que le hayan sacado su dinero ni que la hayan dejado ir, porque de entrada eso no debería suceder. Y es tan común que la gente vive con miedo y pensando "qué bueno que no me cortaron un dedo, qué bueno que no me mataron"...

La angustia que sentí desde el momento en que mi hermano me dijo que creía que habían secuestrado a mi mamá hasta que escuché su voz por el auricular no se compara con ninguna otra cosa que haya sentido en la vida. Con ninguna. De pronto me pegó el pensamiento de que unas horas antes habíamos platicado y de que podría haber sido el último momento de mi vida en que tuviera contacto con ella.

De verdad que no se lo deseo a nadie... ni siquiera me puedo imaginar lo que mi mamá debió sentir en esos momentos.

Lo que esos tipos nos quitaron fue mucho más que dinero. Fue libertad, seguridad, tranquilidad. A mí, además, me quitaron la poca esperanza que me quedaba en este país. No puedo dejar de pensar que es una mierda, una mierda que nos tiene a todos secuestrados y hundidos en los desechos.

Estoy en shock. No sé cuándo dejaré de estarlo.

sábado, 24 de abril de 2010

...

Hoy fui al doctor y me dijo que tengo obesidad mórbida. Me dieron ganas de llorar. No es que no lo viera en el espejo, pero cuando dicen que necesitas bajar de peso porque tu vida está en peligro... está muy cabrón. He de confesar que cuando estaba más chica fui a "Comedores Compulsivos Anónimos" y conocí a un señor que dio el testimonio de que no podía dejar de fumar puro, que no podía tener sexo con su mujer, que tomaba café como desesperado y que estaba a punto de tener un hijo. Sí, era tan grande que necesitaba dos sillas y se fatigaba de hablar. Me dio tristeza, y también pensé, ¡qué bueno que no estoy así!

Hoy, cuando me dieron el diagnóstico, me transporté a ese momento. Y, aunque no he llegado a ese extremo, no necesito llegar, estamos iguales para efectos prácticos. Me dio coraje, pensé en todo lo que he hecho a lo largo de mi vida para estar donde estoy hoy. Ahora sí creo que no se justifican las depresiones, ni nada, debí haber cuidado más mi cuerpo y mi salud.

Fui mi peor enemiga.

En fin, espero que en dos años (si bajara de peso de manera constante) pueda estar en mi peso ideal. Pero hoy, hoy me siento derrotada.





miércoles, 21 de abril de 2010

Wanted


You can't find me.

Took my heart to the limit and this were I stay

Desde que escuché esta canción por primera vez me movió algo. No es que sea la más profunda de las canciones, pero me deja una sensación de tristeza, nostalgia y reconocimiento. También me recuerda a Lyra y Will.

Supongo que siempre habrá condicionantes que detonen recuerdos, sin importar cuán viejos sean. Esta canción es uno de ellos.


I couldn't go any further.

lunes, 19 de abril de 2010

Volver a la infancia VII

SOBRE LA INFANCIA
Alejandro Romualdo

La infancia nos llena la cabeza de luciérnagas,
de polvo las rodillas y los ojos nos cubre
dulcemente. La infancia nos llena las manos
de globos y limosnas; la boca de pitos y azucenas
y nos cobre las espaldas con con sus plumas de cigüeña.
En la infancia son monarcas los ratones y los dientes.
¡Oh la infancia, la hora blanca del reloj,
el tierno silabario, el bonete de los ángeles y el duende!
Uno se siente nuevo, herido por un corcho,
muerto heroicamente sobre un caballo de madera:
amo mi infancia, mi corazón en pantalones cortos.

(De La torre de los alucinados)

Mañana Muse

Sí, espero mañana desde hace mucho, y al fin, a sólo un día de distancia, escucharé a Muse en vivo.

Aquí dejo la canción por la que me hice fan.

domingo, 18 de abril de 2010

Cambios

Durante el fin de semana mi vida definió un rumbo distinto. Bueno, quizá estoy exagerando, pero creo que el rumbo sí está definido.

Yo creo en los detalles y las coincidencias. Hay quienes dicen que todo pasa por algo y que las casualidades no existen, pero yo creo que la vida está hecha de deliciosas y terribles coincidencias. Así es como uno conoce a la mejor gente, o como, de pronto, una canción que sonó en la radio marca un momento decisivo y se queda en la memoria como un detonador del recuerdo de ese momento.

Bueno, pues yo este fin de semana me puse uñas postizas. Desde niña me muerdo las uñas y no he podido dejar de hacerlo. Así que, este fin de semana, me vi las manos y pensé que podrían verse más femeninas con las uñas largas, así que decidí que debía dejármelas de morder y que, quizá, si las uñas me crecen debajo de las postizas entonces las conoceré largas y me darán ganas de dejar de mordérmelas. Es un aliciente para mi a veces flaca fuerza de voluntad.

También sucedió que tuve una cita seria con Daffne, quien de ahora en adelante será, ya en serio, mi nutrióloga oficial. Vamos a empezar con metas chiquitas... o eso tenía pensado. Hasta hoy, que me pesé en la báscula del súper y casi me pongo a llorar. Evidentemente, el pudor me gana y no diré cuánto peso. Pero es mucho.

Millones de pensamientos se agolparon en mi cabeza, todos ellos autodestructivos. Pero luego me acordé de un consejo que doy mucho últimamente: "entierra tus pensamientos autodestructivos, se práctica y piensa qué puedes hacer para solucionar tus problemas". Así que ya, si la lo tenía pensado ahora está más que consolidado y traducido a mis acciones: necesito cambiar de hábitos. Es una cuestión de salud primero, y luego de amor propio. Quizá antes, cuando me permití llegar hasta este momento, no me quería, pero el hecho es que ahora sí me quiero y quiero verme debajo de todas estas capas de protección absurda. Ahora dejaré de preocuparme y me ocuparé.

Creo que mi aumento de peso fue la reacción al miedo que me daba el mundo: si no soy "normal", entonces la gente no se me acerca y no tengo que abrirme. Pero no más. Ya estoy dispuesta a regresar al mundo. Ya floté durante mucho tiempo en el espacio exterior, ya sé qué se siente, ahora me reincorporaré adonde pertenezco, aunque a veces me siga pareciendo un lugar tan ajeno... supongo que no estará de más aislarme en el espacio exterior, pero una cosa es un retiro breve y otro querer vivir ahí.

I'm trying.

---

Por otro lado, ya es oficial que estamos buscando un lugar para cambiarnos de casa. Me emociona la idea. He vivido aquí desde que mi mamá, mi hermano y yo nos quedamos solos. Mis abuelos nos abrieron las puertas. Ahora, mi abuelo, mi mamá, mi hermano y yo, 18 años después, nos mudaremos.

A ver qué tal.

viernes, 16 de abril de 2010

Chao en venta

El lunes pasado fui a comer con una de mis amigas y me contó que se vendió mi casa favorita en el mundo. De inmediato, mi rostro cambió. Mi cara, ¡puse una cara! Entre tristeza, incredulidad, nostalgia. Después recordé que pasé por ahí hacía un tiempo y vi el letrero. "¿y si es ese departamento?", pensé. Pero creí que sería imposible y se borró la idea de mi mente. Y resultó que no era tan imposible y que sí fue ése el que se vendió.

Ese lugar está lleno de recuerdos. Cosas buenas, malas, incluso alberga el momento más triste de mi vida. Cuánto lamenté no entrar más a ese lugar. Tocar la cocina, sentarme en el comedor antiquísimo, mirar a la perra a través del ventanal que daba al patio.

¡Cuántos recuerdos! De inmediato recordé la primera vez que entré ahí. El calor con el que me recibieron, los motivos por los que fui.

Y me fui de ahí tan mal... Tanto que no volví.

Si fuera millonaria habría comprado ese lugar. Casi fue como un santuario, así es que lo habría comprado y lo habría hecho mi estudio. Mi refugio.

Pero ya no está. Nunca más estará, y sólo quedan mis recuerdos de sus paredes, de su entrada, del pasillo, sólo eso.

El cambio

Me cambiaron de lugar. Está mejor, para ser honesta, pero ya siento que extraño a mi amiga. Nos hicimos amigas justo porque compartíamos la mesa. Y ahora que la mesa dejó de ser para dos, siento que el espacio es muy grande para mí.


Supongo que así es la vida. Uno comparte. Se comparte con los demás. Y los demás eligen si quieren recibirlo y compartirse a su vez. En este caso, mi amiga Dalia decidió compartirse conmigo y se lo agradezco mucho. Ahora, estoy segura, que la distancia de un metro o un metro y medio no mermará nuestra amistad. Al contrario.

¡¡¡¡Te extraño amiga!!!!!

jueves, 15 de abril de 2010

Volver a la infancia VII

Me acuerdo de pocas cosas de la infancia, ahora que lo pienso, pero una de las cosas que más me gustaba era jugar con los Playmobile (Oops, ya no me acuerdo cómo se escribe). Por supuesto, jugaba con mi hermano. Les hacíamos historias y luego cuando nos hartábamos hacíamos flashbacks o adelantábamos el tiempo.

De pronto el espacio dejó de ser suficiente y vaciamos un librero para poner un edificio de departamentos. Jejeje. Luego, no sé por qué, teníamos unos Playmobile piratas que eran como del doble de tamaño y decíamos que eran Gullivers, o que tenían gigantismo. Jajajaja, total que yo quería que interactuaran con los otros, pero mi hermano los discriminaba.

No me acuerdo qué edades teníamos, pero estábamos chiquitos y nos trajeron una casita de tela con conejitos. Jejeje, me encantaban los conejitos que nos invitaban a pasar a la casita. Era mínima, pero me acuerdo que hasta quería dormirme ahí. Como que cuando uno está chiquito no entiende bien de proporciones, porque yo pensaba que era posible hacerme una camita para dormir ahí.

Otra cosa que recuerdo es que, también chiquita, veía la televisión y me imaginaba que alguien me estaba viendo a mí por televisión. Como una especie de "Continuidad de los parques", porque a ese alguien que me estaba viendo en televisión, también lo estaban viendo, y así sucesivamente. El "sucesivamente" me causaba dolor de cabeza porque no conocía el concepto de infinito, pero tampoco el de finitud, creo que no me interesaban.

Otras veces me daba la impresión de que el mundo estaba hecho para que yo existiera, y que todo alrededor existía supeditado a mí. Creía, cuando iba en coche, que los otros autos se movían para que yo los viera y que las personas eran como maniquíes que cobraban vida momentáneamente, mientras yo pasaba por ahí, y luego se volvían a quedar, inertes, congelados. Supongo que es la lógica de todos los niños: ser egocéntricos. Creer que todos están para estar con nosotros.

Tengo que admitir...

No, mejor lo admito después.

No rush.

miércoles, 14 de abril de 2010

Can't read my, can't read my...

No puedo evitarlo. Soy fan de Lady Gaga. Era fan de ropero, ahora soy fan abierta. Empecé a ser su fan con Bad Romance. Me acuerdo que cuando la escuché primero pensé: "¡Qué canción tan enferma!" Y de pronto me sorprendí a mí misma cantándola y hasta imaginándome participando en un video como protagonista.

Hoy el metro de regreso a casa venía súper lleno. No sólo lleno, sino que se detenía por tiempo prolongado, así que me puse los audífonos y dejé que la repetición aleatoria hiciera lo suyo. De pronto escuché "Oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh, caught in a bad romance" y el sonido era doble: provenía de mi reproductor mp3 (que no es iPod, si fuera iPod diría, "de mi iPod" jajaja) y de mi boca. Sí, como siempre, estaba cantando Bad Romance a todo pulmón.

Sigo creyendo que es una canción muy enferma, pero cada vez que la escucho me gusta más. Me hace sentir.

Ya, ya, escribiendo completamente en serio, de verdad creo que, tal como lo hablamos una amiga y yo, la música de Lady Gaga despierta los sentidos y los "pone en alerta". Si a esa clase de melodías les agregamos videos impresionantes -como Bad Romance o Telephone-... tenemos el monstruo mercadológico que es Doña Gaga.

En general no me gusta el pop, pero definitivamente siento cada una de las letras de Lady Gaga, desde Dance in the Dark hasta Speechless. Poker Face me transmite muchísimo erotismo, por ejemplo.

Sin embargo, creo que lo que más me gusta de la Gaga es el misterio que conserva. Es un fantoche y, como es un fantoche, no sabemos realmente si es una perra o una persona sumamente sensible. Es ambas o ninguna. A veces yo quisiera también ser un misterio.


Quinientas setenta y siete

Wow, ésta es mi entrada número quinientos setenta y siete, estoy impactada. Quería escribir una entrada especial cuando hice quinientas, y luego pensé que cuando tuviera quinientas cincuenta, pero esos números y yo no hemos coincidido y decidí conmemorar mi entrada quinientas setenta y siete.

No quiero que suene a presunción (aunque si suena, tengo quinientas setenta y siete entradas que me avalan), sin embargo me parece todo un logro. Como ya he escrito en ocasiones anteriores, este blog empezó como una prueba de constancia. A finales de 2006, cuando lo abrí, me atormentaba la idea de que no pudiera ser constante con nada. Todo lo dejaba a medias. "Poco a poco", pensé. Y poco a poco se han convertido en tres años y cinco meses de blog y quinientas setenta y siete entradas. Simplemente me encanta. Es parte crucial de mi existencia. No me imagino la vida sin él.

Gracias a todos los que me han acompañado en el camino. Espero que dure muchos, muchos años más.

Volver a la infancia VI

La etapa más inocente de mi vida. Qué lástima que dure tan poquito:





La primera vez que caminé en la vida.







martes, 13 de abril de 2010

Volver a la infancia V

Casi no tengo recuerdos escolares de la infancia. Es decir, hay pocos, pero no son nítidos. Me estoy esforzando por encontrar alguno, y no, mi mente se queda en blanco. Estudié en una primaria llamada Colegio Inglés Elizabeth Brock en la colonia San Rafael. Qué linda colonia y la escuela era una casa vieja enorme. Mi maestra del primer año de primaria se llama Carmen. Miss Carmen. Me acuerdo que me decía Daniela en vez de Danila (Danila es mi primer nombre). También recuerdo que, entre todos mis compañeros del salón, yo era de las pocas que sabía leer. Los demás no sabían. Me parecía extraordinario que a los seis años no supieran leer. Miss Ana Luisa me daba clases de inglés y me cambiaban de primero azul a primero rojo, donde estaban los niños avanzados. Ahora que lo pienso, siempre fui niña avanzada. Disfrutaba la escuela. No me esforzaba especialmente, sólo me gustaba. En segundo de primaria mis maestras fueron Miss Chela de inglés, y de español Miss María Luisa. A Miss María Luisa la hicieron directora de Español después. Español era genérico, porque nos daban Matemáticas, Ciencias Naturales, Ciencias Sociales, Historia y Español, y seguro otras materias que me daban igual. Español era porque daban las clases en castellano. Pero bueno, estaba en el conteo de maestros. Luego en tercero de primaria me dio el profesor Mauricio para inglés, y creo que Miss Sara en español. Miss Sara fue cruel conmigo, no sé si en el aula, pero fue cruel un año después, por eso no la recuerdo como mi maestra, creo que fue mi manera infantil de castigarla: borrándola de mi recuerdo. Luego en cuarto tuve a Miss Raquel y al profesor Humberto. Me acuerdo que el profesor estaba quedándose calvo y tenía una bandita de micropor puesta permanentemente en la nariz. Miss Raquel era una mujer inmensa que tenía nada más dos trajes de falda y saco: uno morado y uno verde, y le pedía a Gonzalo -uno de mis compañeros- que le subiera el cierre de la falda. También recuerdo que nos contaba "chistes colorados" y nos decía que era nuestro secreto, para que no la acusáramos. Qué lástima que no recuerde su apellido. También me acuerdo que mandó llamar a mi mamá porque era yo muy latosa. Creo que la mandaban llamar todos los años. Yo era la alumna ejemplar en cuanto a calificaciones, y un desmadre en cuanto a conducta. Así que en realidad no era la alumna ejemplar. Pero no me importaba. En quinto de primaria me dio clases el profesor Raúl y de inglés me dio Miss Helen. Miss Helen es la mejor maestra de inglés que he tenido en toda mi vida. No se llama Helen, se llama Elena. Muy delgadita, blanca y con unos chinos negros más grandes que su rostro. Con la risa agradable y el carácter intimidante si se enojaba. Yo le tenía más respeto al profesor Raúl, pero cuando crecí se me quitó: creía que Carlos Cuauhtémoc Sánchez era literatura y nos dejó leer "La Fuerza de Sheccid". Qué libro de porquería. Cuando mi mamá supo que me lo habían pedido, me lo compró con cara de asco. Ella, que siempre me había inculcado leer literatura, no podía estar de acuerdo con que me pusieran a leer porquerías. Aún así, no dijo nada, me dejó decidir por mí misma. En sexto de primaria me dio clases otra vez el profesor Raúl, y de inglés se dividieron entre Miss Rosy y Miss Yesenia. Hace relativamente poco hubo una reunión de mis amigos de esa época, y dicen que Miss Rosy tenía unas piernotas. A lo mejor son como las que yo tengo ahorita, porque recuerdo que estaba gordita. Miss Rosy nos contaba que se paseaba en brassiere en su casa porque había confianza con sus hermanos y demás. No, no estuve en una cárcel, haber estudiado ahí la primaria y secundaria fue lo mejor que me pudo haber pasado. No sólo salí con muy buen nivel académico, también fui muy feliz. No me acuerdo de mis amigos, sé que siguieron siendo mis amigos en la secundaria, pero no me acuerdo bien de ellos. Quizá de Karla Hernández. Recuerdo que me invitaba a su casa, pero no sé a qué jugábamos. Sólo sé que iba a su casa y jugaba con ella, y de vez en cuando también llegaba su hermano a jugar. Luego me acuerdo de Adriana. Recuerdo poco de ella en la primaria. Sólo sé que había llegado de una escuela de gobierno y la cambiaron en quinto de primaria. Me daba la impresión de que su manera de arreglarse era como de una persona más grande, no de una niña. Me cayó bien y nos empezamos a llevar. Creo que nunca fui la consentida de ningún maestro, salvo de Miss Helen quizá. También, tal vez, de Miss Chela. Era demasiado desmadrosa para ser la consentida. Y luego también era muy llorona. No llorona de las que acusa. Llorona de las que llora. Era muy sensible. Ya desde entonces. Pero la sensibilidad en el mundo cruel de los niños parece no caber. Por eso me gustó tanto estar ahí, porque siempre cupo. Mis amigos de esas épocas y yo crecimos juntos. Sabían que era tan llorona a los 14 años como fui a los 9. Esta entrada es un debraye.

lunes, 12 de abril de 2010

Decálogo de desamor (apuntes de experiencia propia)

Debido a ciertos acontecimientos que han sucedido últimamente, estaba pensando en hacer una guía de "leyes" de cuando uno se siente triste porque una relación terminó. Una de esas relaciones apasionadas e irreverentes que nos llevan al límite y en la que nos entregamos sin reservas. Una de esas maravillosas relaciones que marcarán nuestras vidas para siempre. Después me di cuenta de que era absurdo. Todos vivimos la tristeza de manera diferente, así que no hay manera de encasillar el dolor que provoca una despedida. Así que lo escribiré es simplemente una serie de reflexiones que seguro no tienen nada de nuevo, pero que a mí definitivamente me ayudaron para salir de la depresión más grande de la vida: la pérdida del ser amado.

1. Aunque a menudo sucede, uno no puede comparar la pérdida del ser amado con la muerte. En la primera, uno de los dos (o los dos) decidió irse, y en la segunda fue la vida. Cuando alguien que queremos muere uno tiene que vivir con la muerte, no con que el otro sigue rondando el mundo y decidió no hacerlo conmigo. Por otro lado, es un alivio saber que el otro sigue ahí.

2. La agonía es terrible, pero acaba. Es posible que, si nos convenciéramos de que todo el dolor que sentimos desaparece paulatinamente, quizá podríamos controlar nuestros ataques de ansiedad, las ganas de hablar con el otro, la desesperación de que no tenemos una máquina del tiempo para regresar los días, o una manera de entrar en el cerebro del otro y saber qué pensó cuando decidió que era momento de dejarnos ir, o en qué momento decidió no detenerse cuando lo dejamos ir.

3. Las dudas consumen, es mejor apegarse a los hechos. El hecho es que la persona que estaba ahí, a mi lado, no está más. En la práctica, las razones no importan. Al menos no importan en la primera parte del duelo, cuando somos autodestructivos. ¿Para qué atormentarnos con las preguntas que nos van a hundir en la depresión absoluta, si lo que necesitamos es salir a flote?

En este punto somos necios. Las preguntas nos carcomen. ¿Qué hice mal? ¿En qué fallé? ¿Qué pude tener mejor? Estas preguntas no sirven porque las relaciones son de dos. Los dos tuvieron aciertos, y los dos fallaron. La verdadera razón por la que ya no están juntos es que uno -o los dos- dejaron de tener voluntad para mantener la relación. Por la razón que sea, la voluntad ya no está. Ésa es la razón.

4. Todos necesitamos unos días de claustro para llorar sin pensar, sólo para sentir. Creo firmemente que el final de una relación debería establecerse en la Ley Federal del trabajo como un motivo para tener algunos días libres. Todos deberíamos tener la posibilidad de entristecernos y quedarnos en cama sólo a llorar, o a dormir, o a manifestar nuestro dolor. Así, hasta sentirnos patéticos por haber llorado tanto y nos miremos y estemos hechos polvo con los ojos hinchados y nuestro hedor invada el cuarto. A ese grado. Salvo algunas personas con patologías, la realidad es que la mayoría nos hartamos de ese estado, y llega un punto en el que nuestra dignidad nos obliga a salir adelante.

5. Escucha una sola canción. Cuando viví mi duelo dejé de escuchar a No Doubt, The Cranberries, y otros grupos. No los soportaba. En todo caso, las empleaba para flagelarme porque me recordaban al susodicho. Luego, un amigo me contó su método: él repetía una canción para que el recuerdo no manchara grupos enteros, ni muchísima música, sólo una canción.

6. Construye nuevos recuerdos. Por salud mental, uno tiene que enterrar momentáneamente los buenos recuerdos. Son dispensables para la primera parte del duelo. ¿Cómo lograrlo? A través de la creación de nuevos recuerdos. Por ejemplo, ver alguna película que uno sólo veía con la ex pareja con otra persona, realizando actividades que eran de dos en grupo, entre otras opciones. Por experiencia digo que los recuerdos enterrados salen a flote cuando el tiempo pasó, pero resplandecientes y como testimonios de una buena época en la vida. Sin embargo, al principio son tortuosos.

7. Guarda lo que te regaló. No lo destruyas. Craso error tirar las cartas, regalitos y demás recuerdos de la relación. Uno siempre se arrepiente. Mejor guardarlos hasta que la fuerza regrese y uno pueda verlos como lo que son: recuerdos.

8. Recuerda que la vida sigue y no se espera. Este punto parece un cliché, pero si es cliché es porque es una ley de leyes. La vida no espera a nadie. El tiempo pasa y si uno deja que se lo coma la tristeza, cuando al fin logre salir será sólo para ponerse triste por todo lo que pasó mientras uno se rascaba las heridas para que sangraran otra vez.

9. No vale la pena desperdiciar la vida esperando a quien ya te dejó ir. A veces uno, en la incredulidad, cree que las cosas pueden tomar el curso conocido y que, quizá, el otro recapacite y regrese. Sí, es una posibilidad, pero no es la más común. La realidad es que si el otro hubiera pedido que lo esperases, quizá lo habrías hecho. Pero nadie te lo pidió. No es ése el rumbo que tomó la relación. Se terminó. ¿Para qué esperar lo que ya no tiene futuro? Espera y futuro son un verbo y un sustantivo que van de la mano.

10. Esta experiencia es la prueba de que alguien te amó y amaste a alguien y puede volver a suceder. Quizá no pase con la misma pasión, porque estas rupturas marcan las relaciones que tendremos en el futuro, pero seguramente las siguientes serán mejores. No nos reciclamos para alguien más, simplemente mejoramos para las que siguen. Hay que ver la relación que terminó como un preparativo de lo que viene después y que, indudablemente, será mucho mejor.

Seguro hay más, pero éste es mi decálogo, si se me ocurren otras las anoto después.

Volver a la infancia IV

Afortunadamente mi mamá fue muy estricta en cuanto a lo que veíamos en televisión así que, cuando los adultos se reunían a disfrutar de una película clasificación C, mi hermano y yo nos quedábamos en otra habitación jugando. Por supuesto, más de una vez tuvimos mucha curiosidad por saber qué veían los adultos que no podíamos ver nosotros. Sin embargo, esa curiosidad se disipó cuando Bruno y yo inventamos un juego lleno de suspenso y aventura: "tocarle las pompitas a los adultos sin que ellos lo notaran".

Apenas escribí la frase en comillas y ya me estoy riendo. Sí, ése era nuestro juego secreto. No entendíamos las razones por las que los traseros eran "sagrados", pero seguramente alguna vez, por accidente, alguno de los dos tocó uno y fue reprendido al respecto, así que "las pompitas" estaban prohibidas.

¿Cuáles eran las reglas del juego? Reunirnos en la base para que el que tenía que tocar las pompitas dijera a quién las tocaría y el otro vigilara que lo cumpliera. Después, el encargado de la misión se iba adonde estaban las pompitas en cuestión, y se valía de artilugios. El punto era tocarlas, aunque fuera un roce, sin que los adultos lo notaran. De vez en cuando una de mis tías se daba cuenta y nos observaba, y si nos cachaba nos regañaba. Sin embargo, nunca nadie -ni siquiera mi hermano y yo- nos dimos cuenta de que aquel juego surgió por los tabúes de adultos que no entendíamos. De otra manera, ni siquiera hubiéramos pensado en "tocar las pompitas".

Por otro lado, creo que es de ese juego del que se remonta la complicidad con mi hermano. No siempre ha estado presente, pero en el fondo los dos sabemos que nos tenemos para "tocarle las pompitas" a la vida y protegernos si alguien nos cacha o nos lastima.

domingo, 11 de abril de 2010

Volver a la infancia III

Gracias a mi tía Nena y a mi mamá es que me volví adicta a la lectura. Entre el libro de cuentos de hadas que me leía mi mamá, y lo libros que leía con mi tía Nena, ahí están mis orígenes "profesionales".

De mi tía Nena tengo muy gratos recuerdos. Uno de ellos, por ejemplo, es que en las tardes nos acostábamos a dormir la siesta y me leía mientras me quedaba dormida en su cama matrimonial que en aquella época me parecía inmensa. Cuando crecí y aprendí a leer, era yo quien reproducía en voz alta las palabras escritas, y ella quien se quedaba dormida antes. Muchas veces no me dormía. Algunas me escurría por la cama para bajarme sin despertarla y salir a jugar. Sin embargo, otras veces me quedaba observándola dormir. Me daba la impresión de que le velaba el sueño. Pero en realidad la examinaba con curiosidad. Me gustaba ver su tez blanca y sus ojitos cerrados. Su nariz chata y su boquita. Tenía la cara como esas muñequitas de cuerpo rígido y cabecita suave, suave. Así, chatita. Mi tía Nena me parecía verdaderamente linda. Así, con el cabello blanco -a lo mejor era gris, pero en mis recuerdos es blanco- y no me cansaba de verla y de escucharla respirar más profundo mientras dormía. No sé si lo hice en algún momento, pero si no me aprendí sus facciones de tal manera que casi siento que las recorro con mis yemas.

Me dolió mucho cuando supe que había muerto. Mucho. Me acuerdo de las cosas que guarda un niño: como lo rico que cocinaba, sus manos grandes y pesadas, sus pantalones. Y luego, me acuerdo de una foto que me enseñaron de cuando era joven. Se veía tan bonita. Tan tranquila.

Mi tía Nena me hacía sentir mucha paz. Aún ahora la extraño, y sé que sin ella mi infancia no hubiera sido igual, aunque sólo haya sido testigo de los seis primeros años de ella.

Gracias, donde quiera que estés.

jueves, 8 de abril de 2010

El circo mediático

Había prometido en Twitter que no iba a corromper más el nombre de la niña que recientemente ha acaparado el espacio "informativo" mediático y que tiene a los oficinistas hablando del tema y a la opinión pública indignada.

Pero no puedo.

Cuando entré a estudiar Comunicación quería ser periodista. Me imaginaba como una de esas reporteras de guerra, siempre en acción, arriesgando la vida por acercarme a la verdad. Incluso hice mis prácticas de prensa en el periódico en línea escolar, y luego entré a colaborar ahí de fijo, y mi profesor tenía que bajarme los bríos porque yo quería escribir sobre asuntos arriesgados para una alumna de 19 años.

Y luego me decepcioné de mi país y mis intereses cambiaron. Como ya lo he escrito, dejé de leer los periódicos y ver las noticias, e incluso escuchar la radio. Me convertí en una ignorante de lo que sucedía en el mundo. Mi interés por las noticias regresó hace poco (antes del caso de la niña ésta), y he recordado por qué me alejé: el Cuarto poder es tan arbitrario y corrupto como los otros.

Ésa es la razón por la que dejé de apasionarme por el periodismo, porque me decepcionó. Porque pensé que, al menos por un tiempo, tendría que ceñirme a las agendas "informativas" que pocas veces obedecen a las necesidades reales de la población. Y no estuve dispuesta.

Últimamente ha estado en boga el caso de la niña Paulette. Sí, es motivo de consternación que un menor indefenso muera por las negligencias de sus protectores. Sin importar si murió por accidente o la mataron, el caso es que a ella le faltaba el apoyo de sus progenitores. Triste, desafortunado y, quizá si viviéramos en un país distinto y seguro, podríamos darnos el lujo de que los noticieros y las plumas que encabezan la opinión pública dedicaran tanto tiempo y papel a especular sobre la muerte de la niña de Interlomas. Antes bien, no es el caso. El cambio climático (el temblor en Mexicali, o la pérdida de masas de hielo en el Popo y el Izta), las masacres del narcotráfico, el descontrol gubernamental, eso es más importante que el microperiodismo del que se abusa tanto. Y aún así, el microperiodismo es una forma de ejemplificar un tema de importancia nacional (por ejemplo, la historia de una familia que perdió todos sus bienes a raíz de la inundación de Chalco).

La manera en la que se ha abordado el tema no es, para nada, una historia que nos lleva a un problema mayor, aunque ciertamente podría llevarnos. Es una fantochada. Si tuviera que compararlo con una película, creo que sería con el musical "Chicago". En la película, la protagonista comete un crimen y su abogado le da proyección mediática para que las empresas informativas hagan presión y la saquen de la cárcel. Su caso no es especialmente importante, pero por un periodo de tiempo ella se convierte en la atracción principal. Y cuando al fin sale, se olvidan de ella y otro crimen llena el inexistente vacío que su caso deja.

Antier me senté con mi abuelo a ver su novela, y cuando se acabó dio paso al noticiero de Javier Alatorre. Ahí estaba él, cubriendo un especial de Paulette. ¿De verdad? Mi mente repasó los temas relevantes a nivel nacional, y Paulette no se encontraba entre ellos. Una vez más, a Javier Alatorre solamente le faltaba el sombrero de copa y el bastón para convertirse en el Dr. Caligari que invitaba a la gente a ver al sonámbulo, un fenómeno de feria.

Y luego la foto en Milenio. Una foto terrible que no aporta absolutamente ningún valor agregado a la información difundida. Y periodistas que han sido parte de esta absurda algarabía se indignan contra Milenio, cuando ellos han sido también, de alguna manera, contribuyentes a que un medio se atribuya las libertades de violar la intimidad de quien fue un ser humano, aunque ahora esté muerto. No es una cuestión de labor periodística, como menciona Carlos Marín en El asalto a la razón de hoy. Es una cuestión ética. Es una lástima que el Derecho sólo proteja a los individuos en tanto estén vivos (a pesar de que sus bienes sí queden protegidos). También escuché decir a Marín que el caso Paulette era "la reivindicación de la nota roja", y que ello justificaba la fotografía que cubrió la primera plana de ayer miércoles 7 de abril.

Qué asco que ésa sea la clase de periodismo que sustentan los medios y, peor aún, que sustente la población. Y no hablo sólo del caso Paulette, sino de todos los demás. ¿De verdad es necesario que nos muestren a Paco Stanley muerto y baleado? ¿O los cadáveres de las víctimas de los sicarios? Estoy segura de que no. Aunque los periódicos y los noticieros sean clasificación C, sus portadas están al alcance de la vista de la mayoría, incluyendo niños. Me parece irresponsable que lo hagan. Esta tendencia Gore del fotoperiodismo es terrible, porque todos somos susceptibles de verlo. No nos dan a escoger. "Somos televisoras grandes y la mayoría de la gente no tiene acceso a otro medio de información, entonces se chingan y que vean lo que les proyectamos". Y, salvo contadas excepciones, lo que proyectan es basura.

La nota roja es, como bien dijo Lourditas, catártica, pero como catarsis, debería estar en una parte del periódico, no abrir las ediciones.

Aunque, en un país donde las telenovelas se llevan la audiencia, esto ya no debería extrañarme. No cabe duda que el pueblo tiene el gobierno que se merece... y también los medios.

martes, 6 de abril de 2010

Volver a la infancia II

Hace poco estábamos haciendo una dinámica en la oficina donde planteaban ciertas preguntas, entre ellas cuál es el momento más feliz de nuestras vidas. Cuando tocó mi turno de contestar no había pensado nada, de manera que dejé a mi inconsciente hablar, y esto fue lo que dijo:

"Recuerdo perfecto que mi hermano y yo estábamos muy chiquitos, casi no sabíamos leer en español, y mi mamá cerraba la recámara y ponía Dreamlover de Mariah Carey y Like a prayer de Madonna. Entonces, mientras bailábamos los tres, nos enseñaba a cantar en inglés. Recuerdo nuestras vocecitas y los tonos desentonados de mi mamá, y cómo se me movía el cabello en consecuencia de que movía la cabeza al ritmo de la música. Nada había malo y me sentía completamente protegida."

Y sí, ése es mi recuerdo más feliz.

domingo, 4 de abril de 2010

Volver a la infancia 1

A diferencia de gente que admiro mucho, como mi mamá o mi hermano, yo no tengo el privilegio de recordar muchas anécdotas de mi vida. Sobre todo de la infancia, a veces me da la impresión de que me lo contaron, o de que yo era testigo de mi vida, y no protagonista.

En fin, este mes intentaré hacer un esfuerzo por recordar los detalles que hicieron de mi infancia un gran recuerdo -la verdad es que sí me acuerdo de la infancia con mucha felicidad-. Empecemos por esta entrada:

En casa de mis abuelitos había un librero color café muy grande y alto. Lo veía con mucha curiosidad porque guardaba un libro con historias maravillosas que mi mamá solía leernos. El libro, si mal no recuerdo, estaba casi deshojándose y era el más grande que había visto jamás. Tenía cuentos e ilustraciones para cada cuento. No estoy segura, pero en mi memoria las ilustraciones están en blanco y negro y la portada y la cuarta de forros en color morado.

Mi cuento favorito era el de Pulgarcita. Me gustaba muchísimo.

Aquel libro me reconfortaba, ¡me hacía sentir tan feliz! Conservo aún la imagen de mi mamá leyéndome Pulgarcita y explicándomela con lujo de detalles.

Qué bien se siente ser niño.

viernes, 2 de abril de 2010

Bloqueo

Ya. No puedo seguir evadiendo el tema: tengo bloqueo desde hace año y medio. Mi producción ha sido escasa y tampoco puedo asegurar que sea de calidad. Ya que escribir requiere disciplina, he intentado hacerlo aunque "la musa no llegue", sin embargo en año y medio de intentarlo no se ha presentado una sola vez.

Estoy preocupada. Ya había tenido periodos de creatividad limitada, pero nunca uno tan prolongado. Tengo muchos temas en mente que pueden ser material para cuentos, y no logro plasmarlos en papel.

A veces se me ocurre que estoy viviendo lo que, dentro de algún tiempo, escribiré. Porque es un hecho que estoy viviendo experiencias nuevas. Otras ocasiones -pocas, pero presentes- dudo de mí. Dudo de si esto será en verdad mi camino. Pero si dudo de él no me imagino haciendo otra cosa por el resto de mis días. Y es un círculo vicioso pues, si no me imagino haciendo otra cosa, ¿por qué no empiezo a hacerla ahora?

En fin, tal como lo dije arriba, ahora sí estoy preocupada.