lunes, 27 de septiembre de 2010

manifiesto

En esta ciudad no hay libertad. Ha sido vejada por los integrantes del gobierno que otros escogieron y cuyas consecuencias yo también tengo que vivir. Me acabo de meter a un vagón por las malas. Y en la siguiente estación seguro más gente va a entrar. Este país desafía todo lo que es natural, incluso las leyes de la Física. Aquí es mucha la gente que no tiene para estarse comprando un coche, y sin embargo lo hacen porque el transporte público es insuficiente y peligroso. Me estoy enterando que hay un bebé dentro del vagón y se le notifica a las mujeres a quienes les vale madres. Esto es lo que la ciudad ha provocado, indiferencia. Pero bueno, sigo, yo no sé manejar y tampoco es viable usar otros medios de transporte como las bicicletas porque además no hay vías serias destinadas para usar bicicleta, las distancias son muy largas y, también, peligrosas, y no hay civilidad, los conductores ven gente en bicicleta y parece que les están mentando la madre: se indignan y avientan el coche.

Y que decir de los conductores, que ya no pueden ni planear su tiempo porque en un abrir y cerrar de ojos ya se le ocurrió al SME manifestarse, o a los huevones de los maestros alzar la voz porque les pagan poco. Pero eso sí cómo faltan y se reducen sus días laborales con las mamadas que la SEP sale. Parece que esta ciudad da preferencia a los sectores improductivos que de pronto buscan detener a todos los demás que no sólo tenemos derecho, sino que pagamos por nuestra libertad y por nuestro tiempo. A mí me caga la política. Me involucro en ella porque soy una ciudadana y porque las decisiones que en ese seno se acuñan involucran directamente a los míos. No es posible que en este año hayan secuestrado a mi mamá, mi hermano haya tenido que huir de que lo asaltaran terriblemente en un cruce (esto dentro del coche), que al menos a dos personas que conozco las hayan asaltado y que yo haya sido víctima de un atraco en Primera Plus, una línea de autobuses a la que uno le paga supuestamente por seguridad.

Lo peor es que todos pensamos "menos mal que no nos pasó esto otro", como si la suerte nos hubiera hecho el favor de que no nos tocara tan cabrón. Pero la realidad es que secuestraron y mataron nuestra tranqulidad.

Pero no es necesario ser secuestrado, atracado, etc, etc para que acaben con ella. Basta con que uno entre a la estación del metro y vea que va a tener que usar su cuerpo violentamente para alcanzar un lugar pequeño en el vagón. Basta salir a la oficina y percatarse de que este día cerraron tal o cual calle porque a los huevones de México se les ocurrió manifestarse por pendejadas, porque quien se manifiesta por cosas que valen la pena lo hacen manteniendo el orden público.

¿Quién recuerda a la gente decente si los "malandros" aterrorizan nuestras vidas? Estamos llenos de gente necesitada e ignorante que se deja llevar por la única opción que tiene para sobrevivir, la delincuencia. Y cómo no, si los empleos escasean o pagan una mierda. Cuatro mil pesos que no alcanzan para sostener a una familia. Dicen que somos el país más obeso del mundo, ¿cómo no serlo si es más barato desayunarse un tamal y quedar repleto hasta la comida, que invertir en un desayuno balanceado? Esto sin mencionar la falta de educación para comer sanamente.

Y no. Hoy no me da la gana estar de buenas con mi país. Hoy soy una amante enojada y harta. Hoy quiero cortar a mi país.

Voy llegando a mi oficina.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Correspondencia

Últimamente he estado dándole vueltas a la idea de la correspondencia. A sus matices y sus posibilidades, desde la coincidencia que representa, hasta las responsabilidades que genera.

Una es consecuencia de la otra: es que, como entre dos personas se dieron las variables de tiempo, espacio y química simultáneamente, y es tan extraño que pase, esas dos personas adquieren responsabilidades para consigo mismos y con la otra persona. Esta responsabilidad existe desde el momento en que uno asume la intención de corresponder, se intensifica si la correspondencia se logra, y continúa aún cuando la correspondencia se acabe, es decir, que una de las dos personas deje de sentir amor por la otra.

Me parece que muchas veces las personas dan por sentado la responsabilidad de la correspondencia. Como si sentir y procurar que otro siga sintiendo no implicara también empeñarse por renovar el amor.

Amar y mantener el amor del ser amado es una responsabilidad hacia uno mismo, y luego hacia el otro. Y es muy difícil. Ser fiel a uno mismo es mucho más difícil que ser fieles a los demás. Generalmente uno es infiel a los demás porque es infiel a uno mismo.

Se necesita madurez para compartir la libertad. Para hacer al otro parte de la propia y respetar cuando se necesita soledad.

La verdad yo creo que mucha gente debería estar sola, porque la correspondencia se toma a la ligera y el que ama más termina, a menudo, devastado.

Qué debraye, qué bárbaro.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Extra

Hay veces en que lo extra no significa necesariamente bueno. Ser talla extra a los veinte años es un ejemplo claro de lo triste que puede ser.

Yo llevo muchos años siendo talla extra. Es un verdadero pedo, porque en la mayoría de los casos la ropa es aseñorada. Era una ñora de veintitantos años. Horrible. Y ahora, con la pérdida de peso, he llegado a un punto en el que puedo comprar unitalla en casual y me entran los brazos, y me cierran las prendas.

Sigo viéndome gigantesca, y sin embargo mi talla extra va reduciéndose, y reduciéndose, y reduciéndose. Una de mis metas es dejar las tallas extra. Quiero pararme en un Bershka y probarme toda la tienda, y luego salir sin haber comprado nada en protesta porque me negaron el derecho de comprar ropa juvenil cuando estaba en la talla más extra de mi vida.

Nunca voy a comprar ropa en las tiendas que me rechazaron con tanta facilidad. En donde sólo puedo comprar accesorio, hasta ahora.

Así que, cada vez que quiera rendirme, pensaré en que tengo que llegar al día en que pueda usar una talla 11, y una large en Zara.

let go

Y dicen que todavía estás enojado conmigo. Cuatro años y medio después, sigues enojado. ¿No te das cuenta de que el tiempo que no hemos estado juntos ya rebasó al que sí? Y sin embargo sigues culpándome de tu profundo dolor e infelicidad.

Luego pienso en el tiempo en el que yo estuve mal. Tres años y pico. Cuánto tiempo para algo que fue tan adolescente. No sé qué te duele, si el descubrimiento de tu clandestinidads o el futuro que planeamos juntos, pero cuando se vive en la etapa adolescente absolutamente todos afirmamos, prometemos, sin preocuparnos después de lo que dijimos.

Yo hablé de futuro a tu lado. Y cuando no te lo decía, tambien lo pensaba, y ese futuro no llegó. No llegó para fortuna de ambos. Quizá lo que te lastima es el orgullo, que no te permite sentir de verdad que no estas los dos juntos es nuestra mejor opcion. O tal vez sea que quien tomó la decisión fui yo. No me arrepiento de nada: ni del tiempo que te invertí, ni del enamoramiento adolescente, ni del futuro que pensé a tu lado, ni de haberme ido.

No te guardo rencor. Sólo te veo en la calle y no tengo ganas de saludarte. Escucho de ti y no tengo un interés real en saber cómo te va. Si llego a verte en una foto, tu belleza no me provoca ya ninguna sensación, ni siquiera una estética.

Sòlo te aconsejo que no sigas enojado. Te aseguro que la vida se disfruta más en tranquilidad. Si te enojas agitas al alma de manera inútil. Te lo digo por todos los años de amistad en que nos quisimos con tanta intensidad, tanta, tanta, que una vida entera de amistad se agotó en cuatro años.

Yo tengo tu recuerdo. Lo conservo. La memoria de un niño a quien me topé en una época. El recuerdo de la pasión inédita que me colmó la existencia durante algún tiempo. No estoy enojada. No te odio. No me dirigiré jamás a ti como examigo, sino como alguien que tocó mi vida, la transformó, y por ello se merece respeto.

Así que ya, ¿no? Es tiempo de dejarnos ir. Permite que todo ese amor que me profesabas (de la clase que fuera) salga de tu cuerpo. Te prometo, porque ya lo vivï, que se convierte en indiferencia.

Los niños que se quisieron necesitan que la otra parte sea indiferente. Y para ser indiferente no tienes que tardar cuatro años y medio.

Let us go, porque al final del día, ésos que añoras no somos presente y ésa con quien estás enojada no es más que pasado.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Egoteca

Estoy conversando con un amigo que afirma que los hombres se acostarían con una mujer que le guste "aunque sea un poco".

Y así, de pronto, me surgió el cuestionamiento: ¿cuántos hombres se acostarían conmigo?

"Seguro todos", me contesta el ego.

martes, 7 de septiembre de 2010

El segundo aire

Hace unos días desempolvé de mi computadora un cuento que tengo, al que titulé El segundo aire, y se lo di a leer a un amigo. Lo releí, por primera vez después de un año y medio. Me pareció cursi y largo. Y sin embargo volví a llorar en las partes en las que lloré desde la primera vez que lo escribí. Dos partes.

La cuestión es que ese cuento era una proyección de mi pasado y una manera de cerrar un capítulo que no pude cerrar en vivo. La inmadurez y las malas decisiones lo hicieron imposible. Y cuando lo releí algo volvió a tocar en mí. Algo distinto. El olor del recuerdo, quizá, y la certeza de que no hay nada más que rescatar de esa relación. Fue la inspiración de un cuento que no funciona, pero que puede funcionar si lo cambio completamente.

Volví a soñar con quien, en mi adolescencia, me faltó completamente. Es decir, estuvo ahí, pero no como yo hubiera querido. La diferencia es que antes soñaba con él y recordaba con exactitud de lo que se trataba el sueño, dónde estábamos, qué me decía, cómo eran sus miradas. De alguna manera, mis sueños eran la única manera de tenerlo cerca...

Pero qué idiotez. Él ya no está cerca y yo ya no soy una adolescente. Ni él tampoco. Ésa que lo extrañaba ya no existe, y ése que ya no está se esfumó no sólo de mi vida, sino también de la suya.

Y, como para comprobar que el proceso concluyó ya, el viernes me lo encontré. Al adulto que se comportó como adolescente y que sacó mi lado adolescente una vez más. Nos topamos tres veces y no nos saludamos. Él adulto, yo adulta, cuatro años después de que nuestros caminos se bifurcaron. Y fuimos incapaces de decirnos hola.

Supongo que nunca seremos lo suficientemente maduros para ceder y saludarnos. Para, incluso, mirarnos y sonreírnos con sinceridad. La tercera vez que estuvimos por encontrarnos frente a frente, él se movió, a pesar de que yo ya estaba dispuesta a tenderle la mano en un saludo rápido.

A continuación pego el final original de mi cuento, porque tengo toda la intención de hacer una reflexión última:

"Soñó que Ana lo recibía con los brazos abiertos. Él tenía las piernas fuertes y corría a refugiarse en Ana Emilio. Al fin la alcanzaba y la llenaba de besos, y le ofrecía disculpas por el tiempo que había demorado en encontrarla.

Nada más te esperé toda la vida-. Le contestaba Ana con una gran sonrisa en el rostro.

Reían. En realidad la vida no era nada. En su sueño los dos se veían jóvenes, adolescentes, y como en los sueños se saben cosas de antemano, él sabía que conservaban la experiencia que ochenta y dos años de vida les había dado.

Sin saberlo, Ignacio se preparó toda la vida para ese momento. Se preparó toda la vida para gozar de un segundo aire con Ana Emilio.

Ése era su segundo aire. Ese sueño profundo del que jamás despertaría."

¡Qué bueno que desperté y que la vida me dio un segundo aire! Un segundo aire sin él. No cabe duda que lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia. La indiferencia y la oportunidad de amar a alguien más. Ése es el segundo aire. Esa oportunidad que todos podemos gozar, de volver a amar después del desamor.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Reliquias

Al parecer todos conservamos un tesoro personal. Objetos que, quizá, si quisiéramos vender valdrían muy poco o nada, y que sin embargo para nosotros poseen todo el valor del mundo.

Yo tengo por ahí algunas cosas: cartas sobre todo y una colección de dominós con los que rindo homenaje a mi yo del pasado. Sin embargo, es raro cuando recurro a mis cartas cuando siento nostalgia y no he jugado con uno solo de los dominós que compro.

Antes bien, recientemente adquirí dos objetos preciosos que llevo conmigo todo el tiempo. Dos cosas que no tiene caso especificar porque para los demás no tienen ningún significado. Y para mí son el tesoro más grande que he tenido jamás. Las llevo conmigo como símbolo de que lo que implican es muy importante y siempre me acompaña. Nunca he sido ni seré supersticiosa, pero con certeza absoluta puedo afirmar que me ha ido mucho mejor ahora que tengo esas reliquias conmigo. Mis reliquias. Sólo mías.