sábado, 17 de septiembre de 2011

¡Ay Sor Juana!

Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata,
y mato al que me quiere ver triunfante.
Si a éste pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo, por mejor partido, escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que, de quien no me quiere, vil despojo.

Sor Juana Inés de la Cruz


Sor

viernes, 16 de septiembre de 2011

Celestina

Cuando estaba en la secundaria tenía una amiga que se llamaba a sí misma Cupido. Parecía que su misión en la vida era hacer parejitas. A mí intentó ayudarme en algún momento, pero nunca funcionó: bien porque los niños no le compartían información, bien porque al final ninguno de los dos nos decidíamos. Ahora que lo pienso, no recuerdo que sus intervenciones hayan rendido frutos.

Debí recordarlo hace unos meses que me adjudiqué el papel de Celestina. Aquí no pondré nombres, solo diré que quise juntar a una Melibea y un Calisto, personas a quienes quiero y con quien salió todo mal. Salvo el final, no voy a mencionar absolutamente nada sobre ellos, pero diré que estoy triste y decepcionada de haberlo hecho, porque me da la impresión de que nuestra amistad cambió para siempre. Ambos decidieron dejar de contarme para "no ponerme en medio" y al final eso se sintió más a la mitad que nada. Este no ha sido el mes más sencillo, y ni Melibea ni Calisto estuvieron presentes para los momentos que vivió Celestina.

Celestina está triste y está sentida. Y, sobre todo, está enojada consigo misma porque nunca debió haberse metido donde nadie la llamó. Al final, ella también salió perdiendo...


martes, 13 de septiembre de 2011

Teoría literaria I

He de confesar que decidí estudiar Letras Hispánicas básicamente porque me encanta la lengua española. Honestamente, he leído poca literatura hispánica, si bien me gustan los autores latinoamericanos contemporáneos.

Tengo una clase que se llama Teoría Literaria, que no es tan teórica como "práctica". Es decir, hay que leer y leer textos. No precisamente son contemporáneos. En un mes nos hemos acercado a Garcilaso de la Vega a la luz de Rubén Bonifaz Nuño; no adentramos a la narrativa de El lazarillo de Tormes, a la poesía de Álvaro Mutis. Nuestro acercamiento a los clásicos es más profesional puesto que estudiamos los antecedentes, como El elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam para poder entender mejor al Quijote.

Hoy, el maestro inició la clase con Oda a la rosa de Pablo Neruda, y seguimos con un análisis de La Celestina. Posteriormente discutimos sobre Fuente ovejuna.

Estas son las clases universitarias que estaba buscando. Aquí cada quien es responsable de asistir, de leer. Si uno no hace las lecturas, no tiene de qué hablar, no puede asociar, no puede entender las teorías. 

Y la clase del maestro (no un simple profesor, es un maestro) está prácticamente vacía. La gente no entra. Tal vez no es su estilo y les aburre la sesión; quizá todavía no pueden llevar una clase donde uno tome sus propios apuntes, donde la teoría se aprenda desde el quehacer literario. 

En fin, quién soy yo para juzgar. En realidad les agradezco, porque la clase es una mezcla de formalidad y círculo literario. Sin duda, es una de mis materias favoritas. 

viernes, 9 de septiembre de 2011

El bombardeo


Me encontraba en el salón de preparatoria. Cursaba el cuarto año; mi amigo Rafael nos esperaba en el pasillo porque, a pesar de que la campana había sonado, el profesor de geografía seguía explicándonos el conflicto territorial en Medio Oriente, y se olvidó del receso.
     
En cuanto miré hacia la ventana y divisé a mi amigo, supe que algo grave sucedió; la mente empezó a hacer sus conjeturas. “Habrá reprobado español”, creí. Finalmente el maestro dio por concluida la clase y Gabriel, el compañero que se sentaba frente a mí y quien contaba con celular, me miró fijamente y me preguntó: “¿Ya te enteraste de lo de Nueva York?” Rafael, que ya había entrado, le quitó la palabra y exclamó: “¡Derribaron las torres gemelas!”. Por supuesto, la noticia nos conmocionó, tal como fue una gran sorpresa para el mundo. Sin embargo, sobre la escuela cayó una sombra inmensa de desconsuelo. La situación se agravó cuando mi maestra de español declaró que su hermano trabajaba en Manhattan y, entre lágrimas, nos dijo que no lograba comunicarse con él.
     
En clase de historia, la maestra no dejaba de repetir: “Estamos presenciando un momento histórico”; casi parecía que se regodeaba. Mientras, yo pensaba que era absurdo regodearse en la trascendencia de un acontecimiento funesto.
    
Para cuando salí de clases, Al Qaeda ya se había hecho responsable del atentado en el que resultaron heridas aproximadamente 6 mil personas, y alrededor de 3 mil murieron.  La famosísima imagen de Bush Junior, donde está sentado en un colegio de Florida y le avisan sobre el impacto que recibió la Torre Norte, ya le había dado la vuelta al globo. Para las 10 de la noche, Televisa y Tv Azteca envolvían el acontecimiento en una cortina de sensacionalismo.
    
Días, días y días transcurrieron y no hubo otras notas. Luego Bush aprovechó para iniciar una guerra absurda contra Afganistán, transmitida por CNN. Y mientras la tragedia de inicio de siglo latía, yo iba creciendo. Cuando entré a la universidad me llamó la atención que en el salón colgaban las primeras planas del 12 de septiembre de 2001 de los periódicos más importantes del mundo.
    
El análisis del despliegue mediático que suscitó la noticia fue recurrente en mi generación 2004-2008. Discutimos de todo: desde la cuestionable ética de la revista Times, que retocó la fotografía de las torres gemelas y quitó un edificio del camino (edificio contra el que ningún avión se estrelló) para hacer su portada más impactante, ergo, más vendedora; pasamos también por los cortometrajes conmemorativos del 11 de septiembre, hasta por la irresponsabilidad de Adela Micha y Carlos Loret cuando, a costa de la veracidad, formularon hipótesis disfrazadas de realidades en pos de la inmediatez.
    
Me reí de los chistes crueles mexicanos que salieron al respecto. Hice las instrucciones en Word para que, en el documento, me saliera un avión y una bomba y quién sabe qué más. Lloré cuando vi alguno de los documentales que han hecho sobre el tema. Padecí angustia al imaginarme la desesperación de aquellos que se aventaron de las torres. Me indigné de las medidas precautorias establecidas en los aeropuertos, así como también me pareció exagerada la xenofobia hacia los musulmanes.
    Mi mente y mi espíritu estaban saturados del 11 de septiembre de 2001. Por supuesto, se convirtió en un estandarte que encabezó guerras. John, Paul, Katy, Carmen, Juan. Pablo y todos los afectados por el ataque terrorista fueron reducidos a una bandera de venganza y pretexto.
    
Los gringos tampoco tienen memoria: todo indicaba que el presidente George W. Bush sería reelecto. Michael Moore estrenó su película Farenheit 9/11 días antes de la votación, para traer el recuerdo a la memoria colectiva. De nada sirvió: Bush e Irak siguieron, uno como Comandante en Jefe, el otro en guerra.
    
Alguno de mis maestros decía que, éticamente, es igual de grave matar a uno que a cien. Sin embargo, conforme fui creciendo, dimensioné cuántos muertos hubo en el holocausto de la Guerra de Bosnia, o cuántos en Ruanda, en Irak, Palestina, México o Chile. En muchos países, el 11 de septiembre es pan de cada día.
    
¿Y los muertos por hambruna? ¿Y las enfermedades prácticamente erradicadas en ciertos países que siguen matando niños en África? En mi preparatoria nos conmocionamos porque la nación más poderosa del mundo había sido atacada en su territorio. Pero nadie se preocupó, se enteró siquiera, de que ese mismo año se encontraron los cadáveres de ocho jovencitas en un antiguo campo algodonero en Ciudad Juárez. Me sé mejor los nombres de esas osamentas que los de las tantas-mil mujeres muertas en Nueva York, pero eso es hoy que tengo 25 años y no en aquella época que tenía quince.
    
Estamos a un par de días de que se cumpla una década de aquella mañana de 11 de septiembre. Esos amigos que me informaron la noticia, ya no son mis amigos. Cambiamos la página. Forman parte de mi historia, no del presente, no del futuro.
    
El 11 de septiembre de 2011 no prenderé la televisión. Ya me sorprendió una entrevista que el expresidente George W. Bush concedió a National Geographic, y no quiero más. Guardaré en el cajón el celular, y no entraré a Twitter o Facebook. No quiero leer o escuchar a nadie que hable sobre las torres. No quiero encontrarme más lutos ni disidencias de las que he leí, escuché en mi paso de la adolescencia a la adultez.
    
A los muertos se les rinde homenaje dejándolos en paz. No hay que seguir evocándolos con guerras en su nombre, con bombardeos mediáticos, con explosiones de vieja información.
    
Que descanse en paz el 9/11.

jueves, 8 de septiembre de 2011

1, 2, 3 probando

Finalmente, Blogger lanzó una app oficial para actualizar el blog desde iPhone. Yo he usado Blogger Plus, que en su momento me costó 30 pesos, y Blogspace, aplicación gratuita.

Ahora emplearé esta. A ver qué tal.

martes, 6 de septiembre de 2011

El mal uso de la palabra magia

(Del lat. magīa, y este del gr. μαγεία).
1. f. Arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales.
2. f. Encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo.

Fuente: Diccionario de la Real Academia Española

Estoy harta del uso de la palabra "magia" para designar la química de una relación de dos. Está mal empleada y es solo un pretexto burdo, tanto para sentir maripositas en el estómago, como para justificar la falta de ellas.

La magia no es otra cosa que inducir el cambio con el uso de palabras. "Abra cadabra" son palabras que, en el mundo de la fantasía más llana, van a provocar que un conejo salga de un sombrero que, antes de la pronunciación, estaba vacío. Pero las palabras no se dicen solas, las pronuncia un mago. Un mago que tiene cierta intención y que, sobre todo, tiene la voluntad de ser mago y transformar a través de las palabras.

Así es, no somos sujetos de magia sino los creadores de ella. O sea, en una relación no puede haber magia a menos que yo decida que quiero hacer magia (decidir es un acto de la voluntad, por cierto).

¡Qué diferencia inmensa entre el verbo haber y el verbo hacer! Hacer=acción. Haber=pasividad.

Así que, la próxima vez que escuche una justificación o un lamento que incluya la construcción "[no] había magia", voy a dar por hecho que quien me lo dice tuvo la responsabilidad de hacer magia, o no hacerla.

En los actos de voluntad es imposible deslindarse de la responsabilidad: la verdadera magia es tomar la decisión de estar para el otro, sin importar si hay o no revoloteo de maripositas. Es nuestra elección si seguimos haciendo magia, si nos detenemos o si nunca la hicimos.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Fidelidad

Las guacamayas encuentran una pareja. Con ella pasan el tiempo, quizá se reproduzcan, pero definitivamente son compañeras. Si, por alguna razón, una de las dos se muere, la otra no busca una nueva pareja: se queda sola por lo que le reste de vida.


viernes, 2 de septiembre de 2011

aplausos

No sé cómo se titula una despedida. "Despedida" no me parece adecuado. Adiós, muy barato. Ciao, cliché. ¿Cómo se retira uno del campo del amor, amando? He estado viviendo el proceso desde hace algunos días, sin descubrir todavía la respuesta que me ayude a esclarecer la paradoja.

Gracias a la experiencia que viví puedo conjugar el verbo amar en todos sus tiempos del inicativo y subjuntivo, y no solo eso, sino que sé cómo acomodarlos en oraciones que iré construyendo con recuerdos.

No niego que siento dolor. Que extraño. Que me reintegro al mundo separada de mi mitad, y sin embargo estoy entera. Este duelo es mío, bueno, lo comparto con alguien más, pero para que terceras personas lo entendieran necesitarían haber vivido lo que yo, y no estoy dispuesta a compartir mis recuerdos más que con la otra parte que los vivió.

Fue maravilloso. Tanto que, para que se conserve así, necesita terminar. Y a pesar de que la pena es grande, de que parece injusto, de que de pronto, de la nada, se me llenan los ojos de lágrimas, no me arrepiento de una sola cosa. Ni siquiera de que haya acabado.