Mostrando entradas con la etiqueta catarsis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta catarsis. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de abril de 2013

Peregrinaje cabellero

Una nunca sabe cuánto cabello tiene hasta que lo ve perdido. Esa frase se ajusta perfectamente a mi caso. Uno más de esos que, supuestamente, son escasos, pero que, como narraré a continuación, ha resultado mucho más común de lo que me hubiera imaginado: la alopecia femenina.

Cuando era niña tenía el pelo muy grueso y muy abundante. Sin embargo, cuando entré a la adolescencia, cambió: de ser largo y pesado se volvió quebrado y delgado, aunque siempre había tenido tanto volumen que no le di tanta importancia y que, en realidad, no me di cuenta de que estaba perdiéndolo.

Fue hasta los 26 años que lo supe. En diciembre, con 25 kilos menos, empecé a notar que el cabello se me caía en abundancia. Fue a raíz de una fotografía que me di cuenta, pues la frente le ganaba terreno al cuero cabelludo. Como primera medida, fui a  hacerme un fleco recto, a pesar de la recomendación del estilista, quien sostenía que, para mi forma de cara, era mejor un fleco de lado. “Se me está cayendo mucho el cabello y quiero disimularlo”, fue mi respuesta, a la que sucedió una pregunta: “¿Hay algo que me recomiendes?”. Él me respondió que mi caída era normal, que no me preocupara, y me hizo el fleco que quise.

Después, el fleco no fue suficiente, de hecho, obviaba la triste realidad: tenía un hoyo y el cabello hacia adelante lo dejaba totalmente expuesto. El estómago se me encogía cada vez que salía de bañarme y recogía cada uno de mis cabellos. Cuando estaba por tirarlos al bote de basura, se me quedaban en la mano, pero se caían del sitio al que pertenecían. Hubo un fin de semana en que martiricé a mi familia, pues cada vez que salíamos a comer, terminaba llorando por mi cabello en la mesa del restaurante. Obsesiva como soy, en enero conté la cantidad de pelo que se me cayó en una cepillada: 83, sin hablar de los que se desprendieron durante el baño diario o de aquellos que se caen durante el día.

Al fin, fui con el homeópata y, en la misma semana, al dermatólogo. Para entonces, estaba hundida en una depresión tremenda y, tal vez no necesito decirlo, pero también me sentía la mujer más fea, y no solo la más fea, sino, peor aún, la más defectuosa. Comencé a fijarme en la cabellera de todas las mujeres a mi alrededor. A ver mis fotografías de antaño. Quería regresar el tiempo. Una pregunta que me acechaba cuando me diagnosticaron obesidad mórbida volvió a instalarse en mi mente: “¿Cómo pude permitirme llegar a este punto?”.

Cuando me examinó, el dermatólogo me dijo que la alopecia se debía a muchos factores, aunque cada uno de ellos, por sí solos, la provocaban: en primer lugar, la pérdida abrupta de peso. Es cierto que, aunque estuve intentando bajar desde hacía mucho, bajé mucho en muy poco tiempo. En segundo, la dermatitis seborreica (comúnmente llamada caspa). Me explicó que es causada por un hongo que se instaló en mi cuero cabelludo porque estoy predispuesta y que no se me va a quitar de aquí a que me muera, pero es controlable. Otro factor es la herencia. Así es, para mi sorpresa, aunque el gen de la alopecia sea recesivo en las mujeres, SÍ AFECTA. Finalmente, y quizá el factor más poderoso sean las hormonas. Si tienen un desajuste hormonal, es probable que les provoque, en algún punto, pérdida de cabello. Total, en pocas palabras, yo lo tengo todo. Pero también tengo el remedio: un endocrinólogo, unas pastillas y una loción.

Llevo dos meses en tratamiento, y los resultados han sido maravillosos: con un shampoo llamado Kelual DS, se me redujo la dermatitis desde la primera semana que lo usé. Un medicamento llamado Spectral DNC-L, que tiene, entre otros componentes, sulfato de minoxidil al 5%, me ha fortalecido el cuero y el pelo ya no se me cae. Además, tengo mucho cabello naciente, lo cual ha provocado que los hoyos se me vean menos. El doctor me dijo que el proceso de regeneración será lento, pero seguro. Y cómo no va a serlo, si me dijo que es muy posible que mi problema de alopecia se remonte a la secundaria. Por supuesto, falta la parte hormonal, pero para eso ya también estoy tomando consideraciones.

Sin embargo, la autoestima sigue lastimada. El cabello se me ve reseco y recientemente fui a la estética, donde me lo cortaron muchísimo. Es cierto que contribuyó a que se me vea menos la calvicie, pero siento que parezco señora. Eso aunado a que había sido un triunfo que me creciera hasta el largo que tenía. Asimismo, debido al ansia que me provoca la caída, como, y al comer, subo de peso. Es muy fácil para la gente decir que cierre la boca, y yo me lo digo todos los días, pero es una lucha constante conmigo misma. También he de atenderme las ansias.

En fin, esta entrada tiene dos propósitos: el primero, sumar mi caso a la blogósfera, porque definitivamente a mí me animó un poco cuando, previo a mis consultas médicas, leí en internet que no soy la única y que hay remedio. A lo mejor alguien me lee y siente empatía. El segundo objetivo es que, como siempre me pasa, al escribirlo hago catarsis. Al escribirlo aquí, en mi blog querido, hago catarsis… espero que así sea.

“Esparcido el cabello por la espalda
que fue del sol desprecio y maravilla”

Lope de Vega

lunes, 21 de marzo de 2011

Being fat


Tal vez hubo una época de mi vida en que no tuve sobrepeso pero no la recuerdo. Ayer estaba viendo MTV y anunciaron un programa nuevo titulado I used to be fat. Al parecer, la trama es que, durante el verano someten a chavitos preparatorianos con problemas serios de sobrepeso a un programa intensivo para bajarlos y puedan ser adolescentes "normales" o, al menos, aceptados.

Por supuesto, el 90 por ciento de los programas de MTV son superfluos y morbosos, y me quedaría gratamente sorprendida de que, además de dieta y ejercicio, recibieran tratamiento psicológico extenso. Lo sé por experiencia: las capas de grasa que cubren el cuerpo de una persona obesa son la manifestación de las murallas que, con la mente y el mal manejo de emociones, ha intentado levantar para que no lo lastimen.

Bien, hablaré en primera persona porque este es el propósito la presente entrada.

Como mencioné al principio, no recuerdo algún momento de mi vida en el que no haya tenido sobrepeso. Sin embargo, a pesar del sobrepeso me considero una mujer muy guapa, muy atractiva, muy inteligente y llena de cualidades. Incluso creo que soy más atractiva que la mayoría de las mujeres. A ese grado.

No obstante la seguridad con la que me expreso ahora, no siempre he sido así. Hubo unos años en los que dejé de sentirme hermosa y permití que la gente me hiriera. Ahora me doy cuenta de que lo permitía porque, en el fondo, yo también me hería.

Hace un poco menos de dos semanas me llevaron a un curso de integración y trabajo en equipo por parte de la oficina. Me encantó . Nos pusieron dinámicas padrísimas al aire libre y me sentí orgullosa porque tengo mejor condición física que la mayoría de los asistentes a ese curso. Sin embargo, hubo un momento que casi arruina el gran día que pasé: la última dinámica consistía en hacer un círcul, uno de espaldas al otro, y el chiste era comprimirnos muchísimo para poder sentarnos en las piernas del de atrás. Todavía no acabábamos de dar las instrucciones cuando Pilar, una de mis compañeras no solamente de trabajo sino también de área, empezó a cambiarse de lugar. Me cuesta trabajo describir la escena, pero se reía nerviosa y decía: "ay no qué cosa, a ver cámbiame el lugar, alguien que me cambie el lugar", insinuando que no me aguantaría porque soy un peso pesado. Se puso atrás de José Antonio, un señor que entró a trabajar a mi oficina el día anterior y, cuando nadie le hacía caso, yo fui la única que estuvo atenta a sus necesidades y que fue simpática con él. Al parecer no fue suficiente. Cuando se trata de aguantar que se sienten en ti, aunque sea por dos segundos, hay que buscar la supervivencia, como si yo pesara 300 kilos y fuera a asfixiarlo con el volumen de mi cuerpo.

Sin embargo y contrario a mi carácter, me quedé callada. Me sentí tan ofendida que no hallé ningún comentario, que no encontré la voz para protestar. Simplemente me quedé ahí, dándoles la espalda mientras llamaban a otro "gordito" que me aguantara. Cuando acabó la dinámica me fui al baño a llorar. No fue por Pilar, ni por José Antonio (aunque ciertamente creo que ella no es una varita de nardo ni él boxea en la categoría mini mosca del box), sino porque de pronto llegó a mi mente un recuerdo terrible que involucra a una persona que sí me importó mucho, y que en cierta manera aún me importa.

Cuando estaba en la preparatoria mis "amigos" y yo estábamos en casa de uno de ellos para ensayar una coreografía para un concurso de Playback. Esperábamos a la integrante restante del equipo y decidieron jugar una especie de Dígalo con mímica. No me acuerdo a quién le tocaba hacer mímica, pero me señaló y Rafael (el tipo que por mucho tiempo creí que era el amor de mi vida) dijo al verme: "Gorda, fea..." y la palabra a adivinar era mujer. Tal como unos años después sucedió, ese día tampoco pude defenderme y me fui al baño a llorar, a pesar de lo humillante que es que una persona señale a otra y solamente puedan salir adjetivos negativos de su boca. No pude exigir respeto. Un día porque evoqué un mal recuerdo y antaño porque no sentí que me lo merecía.

Pero sí me lo merezco. No por los discursos clichés de los derechos naturales y humanos y bla bla bla, sino porque yo soy yo y soy maravillosa y no merezco que nadie, absolutamente nadie, me falte al respeto. Ni yo misma.

Esta entrada fue un encargo y, como parte del encargo y para limpiar mi conciencia de parte de la mierda que guarda, he de escribir los nombres de la gente que alguna vez ha hecho comentarios peyorativos sobre mi complexión física. Así que aquí va una lista de evidencia para perdonarlos: Dulce María Minerva,David, Edith, Bruno, Lourdes, Ildefonso, Gabriel, Javier, Roberto, Carlos Vásquez, Adriana García, Carlos, Pilar, José Antonio, Bárbara, Yasser, Víctor, Lino y varios más que cuyos nombres no recuerdo.

Sin embargo, quiero recibir las disculpas de mí misma. Quiero ofrecer disculpas a mi cuerpo, a mi espíritu, por permitir que me trataran así. Por no darme el valor que tengo. Por no sentirme bella. Fantástica. Exquisita. Así que, Danila Charbelí Ramos Chávez, te perdono, pero no lo vuelvas a hacer.

P.D. He tardado días en realizar esta entrada.