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martes, 7 de febrero de 2012

De sapos y príncipes azules


He escuchado las historias de mis amigas sobre los hombres que les dirigen palabras ofensivas disfrazadas de "piropos". Estos miembros del género masculino que se sienten con derecho de molestar a las mujeres simple y sencillamente porque un pene les cuelga entre las piernas y creen que la naturaleza los hizo superiores por el simple hecho de que, algunos, son físicamente más fuertes que el género femenino.

Afortunadamente, como soy una mujer grande, los hombres no se habían atrevido a meterse conmigo. He sido sujeto –o ellos quieren hacerme sentir como objeto– de miradas lascivas, sin embargo no era común que me encontrara con tipos que hicieran más que verme.

Hace dos semanas caminaba por la calle cuando, de pronto, sentí una de esas miradas. Me seguí de largo, con los ojos clavados al frente. Sin embargo, cuando el hombre quedó junto a mí, acercó su boca a mi oreja y susurró: "Tss, qué ricas tetas", con su correspondiente sonido fricativo. ¿La verdad? Me reí. No sé si fueron nervios o incredulidad, pero me reí. Mientras, pensaba: "¿Qué creerá este tipo? ¿Supone que algún día esa frase resultará excitante para alguna mujer que vaya pasando y que se lance a sus brazos para que él pueda disfrutar de las 'ricas tetas' que ahora solamente admira? ¿Qué harían si una mujer, de verdad, se volteara un día y le contestara: 'puedes tocarlas'?"

Después, hablando con una amiga, me pregunté dónde quedaron las frases que, supuestamente, los príncipes azules deberían pronunciar. Estoy segura de que, en el repertorio del príncipe Felipe, antes de besar a Aurora para despertarla del sueño eterno, nunca estuvo cortejarla, ni siquiera en la inconciencia, refiriéndose a sus senos como "ricas tetas". Quizá, después del conocimiento profundo de Aurora una vez que se casaron y empezaron sus prácticas sexuales, él se atrevió a pronunciar "qué ricas tetas" en la alcoba de la bella durmiente, pero definitivamente no creo que él haya dicho estas tres palabras como frase de apertura para conocerla.

Entonces, si yo soy una princesa, ¿por qué tengo que escuchar a tantos sapos croar? ¿Por qué tengo que verlos engrosar "el cuello" mientras me "cantan"?

A propósito de lo anterior, hoy estaba caminando por el andén para salir de la estación. Un hombre que estaba dentro del vagón se puso de puntitas para vislumbrar algo de mi insípido escote. Cuando se dio cuenta de que yo lo miraba, se lamió los labios. ¡El sapo que cree que la princesa va a sentirse halagada ante sus vulgaridades! A él le grité "naco".

Sigo estando grande (aunque menos que antes), pero ya perdí la hegemonía. Ahora soy una más de las princesas que tienen que toparse a diario con sapos que se consideran príncipes azules, o perros que ladran y, en una de esas, son capaces de morder.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Últimamente mi amplia y maravillosa oficina se ha convertido en un departamento oriental. Desde que los auditores llegaron no sólo está encerrado, sino que ya no tenemos libertad.

Somos siete en la oficina . Siete. Cinco vigilantes permanentes. Siete y un solo de basutra. Chrys (mi compañero y nuevo amigo) y yo ya ni nos podemos hablar por el bullicio que se hace, y toda nuestra comunicación se ha reducido al mensajero instantáneo de la empresa.

Estoy invadida en todos los sentidos: han llegado a tal grado de descaro que usan MI extensión cuando se les pega la gana -sí, sí es mía, tiene mi nombre y soy responsable de ella- e incluso se atreven a contestar el teléfono porque han dado mi número de extensión para que se comuniquen con ellos.

Pero el colmo sucedió el viernes pasado cuando llegué para encontrarme con la novedad de que uno de los auditores -quizá el más naco- tenía música puesta. ¿Que por qué me molesta? Porque desde que llegué a esa oficina he sido yo quien pone la música. Mi música determina mi espacio; marca mi territorio; me relaja; me ayuda a trabajar mejor. Y ese hombre osó ponerla sin preguntarme. Se aprovechó de que los viernes llego más tarde y puso música. Un hombre como él, corriente, vulgar, corrompiendo la música culta que emanaba su computadora y empapaba nuestros sentidos, pero él ni siquiera sabía cuál era el nombre de las piezas.

Y así, en reiteradas ocasiones escuchamos Fortuna Imperatrix Mundi mezclada con la ópera Carmen. No más. Sin variedad -uno debe satisfacer gustos diversos si quiere ser el DJ de una oficina-, tampoco me dejó poner música. Simplemente no.

Es MI oficina, es MI espacio, y la única persona con quien comparto pertenencia es Chrys, que es un pan y nunca se queja de nada. La falta de educación y abuso de los auditores me tienen harta. Me tiene harta la tipa que, ¡pobrecita!, no tiene personalidad y no sabe decir más que "sí"...

- ¿Bueno?
- ¿Sí?
- ¿Cómo estás?
- Sí...
- Un favor, ¿me pasas a Chrys?
- Sí..
- Sale gracias, cuídate.
- Sí...

Que eso sí, trae su lap top Vaio (¿así se escribe?) nueva y su bolsa Tous, únicamente para venir a sentarse y tobar el ya escaso aire concentrado e la oficina, para ocupar espacio y vigilarnos todo el méndigo día (aunque la mona se vista de seda, mona se queda).

En fin, el sábado compré unos audífonos. Así al menos podré conservar la intimidad de lo que escucho y el mínimo espacio de mi lugar... y podré lanzar un comentario ogt y oportuno cuando alguien me pregunte por qué deje de poner mi música en voz alta.