viernes, 12 de febrero de 2010

Réquiem por Mine y Min

Mine y Min resultaron ser consecuencia de las maravillosas casualidades. Mi hermano, en ese entonces un chiquito de 13 años, necesitaba cuidar animalitos para Biología, y como no le gustaban los peces optó por un par de tortugas. Las compramos en Liverpool de Insurgentes. Entre mi mamá, mi hermano y yo las escogimos. Una chiquita que estaba hasta abajo y a quien todas las demás aplastaban, otra que estaba arriba, como reina de todas las demás.

Después de una discusión larguísima, decidimos nombrarlas Mine y Min. Mi hermano se las llevó a la escuela y sí, sobrevivieron a la inclemente y cruel adolescencia. Así que, como no sabíamos qué hacer con ellas, nos las quedamos. Al principio sólo las tocábamos Bruno y yo. A mi abuelo les daba miedo ser tosco con ellas, y a mi mamá simplemente no le gustaba agarrarlas. Pero pronto todos nos encariñamos con ellas. Nos asombrábamos con los fenómenos de nuestros lindísimos quelonios. Los observábamos de cerca, y vimos que Min era más grande que Mine y que tenía en medio de la cabeza una raya verde claro, mientras que Mine tenía una raya naranja. Sus garras también eran diferentes. A mí me encantaba verlas comer, y de vez en cuando soltar mordidas a nuestros dedos.

Mi hermano fue siempre quien cuidó más de ellas. De pronto mi mamá las ponía a caminar por la casa, para que disfrutaran de libertad. Más de una vez se perdieron por los rincones de la exploración, y en todas ocasiones salieron asustadas y hambrientas.

A mí me causaba curiosidad que no emitieran sonidos. Me les acercaba muchísimo para sentir su breve respiración golpeando mis mejillas. Me gustaba que caminaran sobre mi tronco, salvarlas del precipicio que para ellas representaba el borde de la cama. Luego crecieron y Mine le ganó terreno a Min, y se la quería comer.

A veces me parecía que su carácter era como el de un gato: voluble. Sin embargo, cada vez que escuchaban la voz de mi mamá, revoloteaban en el agua y seguían el sonido, buscándola.

Las guardábamos en un cajoncito para que durmieran a gusto. Según el veterinario, lo que hacíamos estaba bien. De hecho, cuando nos dimos cuenta de que hibernaban las guardamos durante el invierno. Por nueve años. No se morían. Simplemente se quedaban dormiditas y se ponían pellejudas. Despertaban por ahí de marzo y entonces comían como desesperadas hasta que sus pezuñas (¿se llaman así en los anfibios?) desbordaban carne que parecía que el caparazón iba a cortarles.

No sobrevivieron este invierno. Hace apenas una semana mi hermano las sacó al agua y aún estaban dormidas. Y hoy que volvió a revisarlas estaban muertas. Las dos. Siempre se acompañaron y se murieron juntas. En el reino animal no consciente, no hay romanticismo, pero yo no puedo evitar pensar que una no hubiera sobrevivido sin la otra.

Al final no conviví tanto con ellas, pero ahora que sé que no están me duele muchísimo. Bruno llora desconsolado. "Nueve años", me dijo, "nueve años". Yo me imaginaba que vivirían mucho más. Me gusta esa característica suya. Me gustaba su compañía, la manera en la que hacían temblar sus patas delanteras como si fuera un ritual de apareamiento, o una pelea. Me gustaba observarlas, me resultaban sumamente interesantes. Recorrí con las yemas de los dedos sus caparazones, recogí sus escamas viejas y rasqué mi piel con ellas.

Me encantaban. Las quería. Supongo que las quería con ese amor que uno da por sentado, como también di por sentado su existencia. Y ya no existen. Se extinguieron. Sólo nos quedaron dos cadáveres, y la incertidumbre de qué pasó con ellas.

Hoy, cuando me dieron la noticia, me puse los audífonos y escuché música. Escuché el bello y lánguido Soundtrack de Oldboy, compuesto por Yeong Wook Ho. Cuando llegué a Cries and whispers, supe que ése era el réquiem de Mine y Min.


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