jueves, 13 de mayo de 2010

Hombres necios...

El viernes pasado salí con cuatro de mis cinco amigas preferidas. La otra se quedó en casa. Todas mujeres. Todas distintas. Todas guapas, inteligentes, abrumadoramente divertidas, buenas personas y todas solteras. Ahí estábamos las cinco en la Bodeguita del Medio. Si nos contamos como seis (incluidas mi amiga ausente y yo), las estadísticas son las siguientes: cuatro de ellas padecen las consecuencias del huracán llamado genéricamente "hombre", que llegó a sus playas primero como una bendición, después se alborotó e hizo estragos. Dos de ellas son más abiertas en manifestar los daños. Las otras dos no. Tres de ellas tuvieron una relación de noviazgo. Una no. Las dos que quedamos fuera de las estadísticas recientes estuvimos alguna vez dentro, y nos tardamos en superarlo, pero lo logramos...

Y conste que en este caso todas somos guapas, abrumadoramente divertidas, inteligentes, buenas personas y, aún así, solteras.

A mí la soltería me resulta muy cómoda. Me gusta. Cuando me invitan a salir, no, no, antes de eso, cuando me doy cuenta de que alguien me acecha, me pongo en alerta. Mando las señales claras: me gusta la soltería y sólo un candidato muy poderoso me hará cambiar de parecer. Tú no eres ese alguien. Así nadie pierde
el tiempo.

No son los hombres los que me dan flojera, son las otras mujeres. En este mundo hay tantos hombres, y aún así, no importa cuán idiota, horripilante y aburrido sea el ejemplar masculino, si está ocupado, hay alguna otra rondando en espera de ganarlo en un descuido de su "contrincante". Y lo peor es que en algunas ocasiones los hombres se rinden ante los encantos aparentes y la novedad de esa otra, y una, inteligente, guapa, divertida, buena persona, se queda triste y sola, consciente de que la cambiaron por otra infinitamente peor. Y si no, si la relación persiste, hay que estar bateando competencia. Aunque ellos digan que no, que te quieren, no hay certezas.

Por eso soy soltera. Porque no ha llegado un hombre que me haga pensar que vale a pena dar batalla para mantenerlo a mi lado. Porque, salvo uno o dos casos excepcionales, aquellos hombres a quienes consideré valiosos -no necesariamente compatibles conmigo, pero valiosos- están ahora con mujeres trofeo o con mujeres desleales con su propio género que le bajaron el novio a su prójima. Por supuesto, estoy convencida de que la gente con la que uno elige estar habla de uno, por lo que no respeto más a ésos a quienes consideré valiosos en una época.

Tengo un amigo -elemento masculino que ama a su propio género- que siempre me dice: "en el mundo hay mucha gente bonita, pero hay poca que sea verdaderamente extraordinaria. Estoy segura de que mis amigas y yo somos de la segunda clase. Así que no. No voy a competir a menos que el hombre valga la pena, y si vale la pena, ya voy ganando en la competencia porque será lo suficientemente sensato para reconocer a quien tiene en frente, y humilde para reconocer cuando quien esté en frente ya no le satisfaga.

Así que, de antemano, desdeño a la competencia. Pero, peor que eso, desdeño a todos aquellos hombres que les dan poder. Definitivamente no quiero uno de ésos, lástima que sean los que abunden.

¿Pues cómo ha de estar templada,
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?

Sor Juana Inés de la Cruz

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