domingo, 17 de marzo de 2013

Gaga

Como saben quienes me conocen, mi único acercamiento a las mascotas habían sido Mine y Min, un par de tortugas que mi hermano adquirió en la secundaria y que nos dejaron con el corazón desolado cuando murieron, al mismo tiempo, alrededor de una década después. Sin embargo, pese a que las cuidamos y las quisimos, pese a que lloramos sus muertes, no sabíamos qué significaba la compañía de una mascota, como un felino o un perro.

Pero, desde hace un mes, lo sabemos gracias a Gaga, una cachorrita que llegó a nuestras vidas con tres meses de nacida y que vino de un hogar temporal muy amoroso. Por supuesto, no podíamos hacer menos que amarla también. No es como que nos haya costado trabajo: todos los días Gaga me despierta a las cuatro de la mañana porque está harta de dormir en su camita y quiere compañía. No se sube a mi cama si yo no la dejo. Una vez arriba, empieza el ritual: en la panza, a un costado, entre mis piernas, la cuestión es que nos acomodamos y nos damos calor. Luego nos despertamos. Todos los días, desde hace un mes, cada vez que cierro la puerta del baño miro en su rostro el desconcierto y el miedo de que la deje sola. Si tardo más de la cuenta, rasga la puerta y, cuando salgo, las dos nos enfrascamos en una fiesta breve de reconocimiento.

Primero le daba miedo salir a pasear y, ahora, corre hacia la puerta y de regreso para indicar que quiere ir a a la calle. Una vez afuera, persigue aves y observa a los gatos que, retadores, la miran a los ojos.

Es una traviesa. Cree que, cuando paso las hojas de un libro, estamos jugando. Se para en dos patas y, justo ahora, escucho cómo mi mamá le dice; "Bájate, te vas a quemar". Mi cuarto es su nido. Su madriguera. Su casa. Aquí trae sus tesoros: un pedazo de periódico o un trozo de zanahoria, de esas que el veterinario nos dijo que era bueno que comiera. Aquí juega con mis zapatos anteriores, ahora sus chanclas mordidas. Aquí cae rendida después de un día de morder huesos de carnaza, comer, dormir y pasear. Empieza a parpadear, primero rápido, luego más pausado. Parece que me guiña un ojo: ya no puede más. Finalmente, el sueño la vence. Se desparrama sobre la colchoneta que hace las veces de cama, porque su cama es solamente un centro de juegos, y se duerme.

Hasta al rato, Gaga.

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