lunes, 13 de abril de 2015

Murió joven

Hoy murieron Eduardo Galeano y Günter Grass. Este, a los 87 años; aquel, a los 74.

Me enteré primero del deceso del escritor alemán a propósito de una entrevista que publicó El País y que mi mamá tuvo a bien compartirme. No pude evitar comparar la edad de Grass con la de mi abuelo, que murió el 17 de marzo pasado, un mes antes se cumplir 83 años.

Además de la muerte, entre Grass y él no hay muchas coincidencias. Mi abuelo no era escritor, sino impresor de oficio. Un hombre muy trabajador que se jubiló después de una vida de labores arduas y de lujos moderados, producto de su intelecto agudo y sus manos prodigiosas. Fue padre de cuatro hijos, dos que engendró con mi abuela, dos que adoptó cuando se quedaron sin padre.

El 17 de marzo pasado murió mi padre. A los 82 años. El último día de vida de mi Ilde me ronda la cabeza. También el subsecuente, es decir, el primero de su ausencia. Me acuerdo del aroma de las flores, de la sensación fría de tocar un cuerpo embalsamado. Me acuerdo de los médicos del hospital, aparentemente insensibles a la muerte, porque ellos solamente manejan la vida. De los comentarios: que hay que dejarlo descansar, que no hay que llorar tanto, que hay que llorar lo que se tenga que llorar. No sé por qué, como una herida palpitante, recuerdo un comentario sin malicia, pero que me hizo chiraspelas. "Murió muy joven."

Murió muy joven, al inicio de su octagésima década en este mundo. ¿Porque quiso? Yo quiero pensar que así fue. Busco consuelo en la idea de que él tomó sus decisiones y que prefirió la muerte por encima de una vida enferma, no obstante que yo pensé que duraría muchos años más. Todo fue tan rápido, que mi abuelo no se dio ni cuenta de lo que tenía, porque estaba en el inicio y muy pronto llegó al final.

La muerte trae consigo un halo de egoísmo para los dolientes. Quisiera que mi abuelo hubiera vivido todos los años que le tocaban según mi perspectiva, y luego, cuando repaso, pienso que, efectivamente, los vivió, pero estoy enojada porque no fueron más.

"Murió joven". Seguramente, si hubiera escuchado que alguien lo adjetivaba así a los ochenta y dos años, se habría pitorreado. Hubiera dicho, entre risas, que no estaba bien ni mal, que estaba. "Uno se hace viejo", habría sentenciado como si estuviera desvelándonos la verdad del mundo.

Menos mal que también me rondan la cabeza sus frases célebres, aunque no son lo mismo sin el dominio de su voz. Son innumerables las veces que escuché la famosísima "Ni modo, dijo el zancudo, cuando volar ya no pudo." o su "Decía mi mamacita que las mujeres sin aretes son como las papas sin sal: no tienen chiste."

Tal vez sí, sí murió joven, porque últimamente que he visto sus fotos me he dado cuenta de que siempre lo vi rozagante. Hasta últimas fechas me dio la impresión de que ya era viejito. Hasta ese día, el último de su vida, lo dimensioné frágil, porque siempre fue un roble cuyo follaje nos protegió a todos.

Mi abuelo fue un hombre lleno de vida. Con aquella voz estruendosa que hacía eco en sus escuchas, y sus cejas pobladísimas, contrastantes con su cabeza calva, que no le dejaban disimular sus alegrías o sus disgustos. Con su risa contagiosa que invitaba a carcajearse con él hasta de sus chistes más bobos. Era un hombre sencillo, un hombre a quien la vida recibió con asperezas y cuyo camino de oportunidades se labró él. No ha habido nada hasta ahora que me doliera más que verlo muerto, aunque ese sea mi egoísmo hablando.

Como mencioné al principio, el mismo día que Günter Grass, murió también Eduardo Galeano a los 74 años de edad. El promedio de edad de vida del escritor alemán y del uruguayo es de 80.5. Mi abuelo, el joven Ildefonso, murió en el último mes de sus 82. Díganme tonta, pero no puedo evitar sentir que la estadística que aquí presento me da un poco de paz.

Un beso al universo, que es para ti y que espero que te encuentre, abuelo.

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