domingo, 1 de enero de 2017

Bailarinas

Se hablan por teléfono. Se ponen de acuerdo. No tienen mucho dinero. No importa. Quieren salir a bailar. Moverse. Recordar que son jóvenes. Reafirmar que son hermosas. No necesitan nada más. Las dos visten sus rostros con base de maquillaje. Una adorna sus párpados superiores con una línea negra. La otra prefiere sombras. Rímel para las pestañas: las de esta son largas; las de aquella, cortas. Ambas se perfuman: esta con colonia para caballero, recuerdo de un amor de antaño; aquella, con un aroma muy rico, que su amiga no sabe distinguir si es flor o fruta, pero que le encanta.

Son mujeres independientes de la gran ciudad. Una vez acicaladas, se encuentran en el metro, a las diez de la noche, listas para que la diversión comience. Ambas están viviendo su tercera década, sin embargo, a la más joven aún le asombra salir a esas horas en transporte público. Le gusta, se siente más independiente. Se siente bien. Ambas se sienten bien. Ya en el metro comentan que han subido de peso, que ya no les queda la ropa, que necesitan unir fuerzas, como antaño, para hacer dieta. No importa. Ese día no importa que hayan sacado del clóset lo que les queda más holgado, no importan las mejillas ni el torso abultados. Importan ellas y sus ganas de bailar. Solamente ellas.

Llegan a la primera parada. Tienen planeada que sea la única. "Tengo hambre", dice una. La otra le hace segunda. Hay que alimentarse bien, porque la diversión cansa y necesitan energía. Mientras cenan hablan, fundamentalmente de hombres. De sus amigos. De esos con los que se han liado. De estos con los que ahora salen. De lo que les gustó, de aquello que no debieron haber hecho, pero ya forma parte del pasado y no hay manera de cambiarlo. Son inteligentes, de modo que también ríen de lo que observan. Comentan sobre los patrones que inevitablemente encuentran en la naturaleza, en los humanos, en ellas mismas.

Terminan de comer. Empieza la fiesta en una bodega de la colonia Roma que, con unas esferas de espejos que reflejan las luces fluorescentes, se convierte en discoteca. Cerveza barata. Gente a la que no le importa nada más que bailar o ver cómo bailan otros. Se hacen ruedas alrededor de danzantes expertos. Ellas caminan, se detienen, observan a los bailarines en el centro del círculo. Bailan. Quisieran conocer más pasos como los que ellos repiten en sus rutinas para poder entrar a la rueda. Fantasean al respecto.

Un par de horas después, se aburren. "Vamos a un lugar en el que podamos bailar". Aquí se siente, de pronto, como si no pudieran. Piden un Uber y se desplazan. Colonia Condesa. El lugar abarrotado, no parece que el día siguiente es festivo, un día para pasar en familia. Entran. Ordenan bebidas. Bailan. Bailan sin parar. La más joven mueve el cuerpo como solamente se atreve cuando siente mucha confianza, como solamente baila con ella misma. Ambas están cargadas de energía. Siguen danzando al ritmo de la música popular. Se ríen. Se carcajean. Algún hombre las ve, a lo lejos. Quizá alguno incluso se acerca para intentar hablar con ellas. Los ignoran. No hay nadie más que en el bar, aunque está lleno de gente. Amigas juntas que platican, bailan y sonríen. Se ríen, en una escena moderna de Jane Austen: la absoluta inconciencia de lo que ocurre en su entorno las abstrae. Únicamente escuchan música en el fondo y, de vez en cuando, interceptan al mesero. La más joven suda. La más grande se mantiene fresca.

Se encuentran, por casualidad, con unos conocidos. Saludan, como lo dicta la cortesía, y después se van. La mujer más grande, que es, paradójicamente, quien tiene el cuerpo más pequeño, se ha cansado. Se sienta. La mujer más joven sigue bailando. No para. ¿Qué espera? Quizá, que el tiempo se detenga mientras ella va más rápido. No obstante, su entrañable amiga no puede más: necesita descansar. Emprenden el camino a la salida. La chiquita tiene un cuerpo tentador que sacude los instintos a cualquiera hora, si bien a esa, entre tanta gente ebria, hay que protegerla de esos hombres que se sienten con concesiones extras y quieren invadir su espacio vital. Esa amiga, la grande, se cuida sola. No pocas veces también cuida de su amiga, la más joven, que es tan alta como torpe.

Salen, ese dúo de mujeres que se ha transformado en dinamita. Afuera todo es caos. La fiesta, en ese lugar por lo menos, ha terminado. La gente fuma afuera. La más joven también. Un hombre la busca. La besa. Ella responde, pero después ya no quiere. La mujer grande lo ahuyenta. Los conocidos y ellas vuelven a verse. La joven se pregunta si vieron el beso. La grande desconoce la respuesta. Se acercan a ellos. A la más joven le piden que se comporte, porque sale con alguien quien, ese día, no fue. A la más grande, en cambio, le coquetean, y ella ejecuta sus conocimientos en las artes del flirteo como nadie más que la joven haya visto nunca. Es la maestra. Funciona, como siempre: el conocido más guapo ya está rondándola, pero ella está cansada.

Están por marcharse. A la joven le piden que recuerde a su chico ausente, a la grande le gritan hermosa. Y ellas ríen. Con cada bocanada de aire que aspiran, se comen un poco más al mundo. Ríen a carcajadas cuando la mujer grande le devuelve el piropo y, desde la ventanilla del Uber que las llevará a sus casas, le grita guapo. Ella sabe que puede hacer con él lo que quiera. A su amiga, por lo menos, le queda claro. Sus risas se asemejan a las de las púberes en medio del patio escolar preguntándose por qué los hombres actúan tan raro con ellas, si bien, dieciséis años después, estas amigas ya lo saben.

Mientras se carcajean y comentan la velada, la conciencia del poder que tienen regresa a ellas. Sin embargo, es secundario. Están conviviendo, casi como hermanas. La conciencia les hace comprender mejor ese entorno que, en aquel momento, les divierte. Comentan. Critican. Sonríen. Se ríen. Se carcajean. Ha quedado muy atrás, al menos por el momento, el sufrimiento que les provoca el sobrepeso. ¿Quién se acuerda de la dieta más que para pensar que la próxima vez que vean a los conocidos tiene que ser en mejores circunstancias? Es por ellas, en realidad, pues ya saben que son poderosas.

El hechizo se rompe a las cinco de la mañana. A las cuatro todavía se conservaba porque era justamente la hora en que la noche está por morir, pero aún no ha dado paso al día. A las cinco ya está amaneciendo. A las cinco, la más joven está llegando a casa. "Una noche redonda, redonda", y se duerme con la satisfacción de que, a los treinta, una todavía es muy joven.

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