Tres generaciones de mujeres. Desde la recién nacida hasta las que pasan de los treinta y cinco. Dos madres, tres hijas, una soltera. Una divorciada, una casada, otra soltera. Se juntan todas. Y todas son. Son libres. Se sienten libres. Únicas. Fuertes. Lo son. Mientras ríen, mientras celebran, mientras las más chiquitas lloran. Se comunican. En tanto la adolescente cambia de humores porque las hormonas empiezan a actuar. Mientras las más grandes comparten. Mientras hablan sobre este y aquel, y se adentran en la alberca con sus cuerpos, tan distintos, cuerpos de niñas, de adultas, de bebés. Mujeres todas. Almas femeninas. Relaciones consanguíneas, pero más importante, relaciones de complicidad. A todas, a las seis, las une la complicidad: la de hermanas, la de madres e hijas, la de amigas que se quieren a pesar de todo, por todo. Yo las miro. Las admiro. Difiero con ellas y me reconcilio internamente. Porque este es el verdadero amor. La conversación inagotable y las risas en medio del llanto. La confianza. La felicidad compartida. Compartir. Yo las amo y ellas me aman, y no hay ninguna sensación en el mundo mejor que esa.
lunes, 9 de mayo de 2022
viernes, 11 de junio de 2021
Machos y machas 19:53
Esta semana me di un encontronazo con la realidad de las mujeres: el machismo. Ese, recalcitrante, con el que parece que tenemos que vivir y lidiar todos los días. Ese contra el que se hacen marchas, que empieza en lo micro y que termina en una maestra golpeada y avergonzada mientras sus alumnos escuchan la clase. Ese que, al dejarlo escalar, termina en violación y muerte.
La cosa es simple: tengo un compañero de trabajo macho. Puede parecer que uno no es ninguno, pero estamos en una oficina de diez personas donde seis somos mujeres y cuatro son hombres, así que el machismo representa el 10% de la población contra el 60% de sexo femenino. Somos mayoría y actuamos como si no lo fuéramos.
Durante meses, antes de que la pandemia nos confinaba en nuestras casas, mis compañeras y yo nos sentábamos a la mesa con él, nos compartía sus ideas y, con tiempo y cuidado, nos permitió acercarle una realidad distinta a la del privilegio patriarcal que conocía. Y luego el COVID. Y luego la soledad. Y luego la vida.
Cuando lo volví a ver era casi el mismo al que había conocido al principio, aunque un poco peor. Me daba cuenta, sin embargo, de que con todo y todo, al resto de mis compañeros les hablaba bien, a todos salvo a mí. No le di mucha importancia hasta que un día me gritó y le respondí de igual manera, pero luego se me bajó el coraje y dejé ir el incidente como lo que era: un roce con un compañero de trabajo.
Sin embargo él, herido en su masculinidad frágil, no lo vio así. Su pecho hinchado se desinfló de una humillación que él mismo se inventó. Habló de mí con mis compañeros, desde su orgullo lastimado y desde su resentimiento. Se le fue la boca como hilo de media y, gracias a eso, un día lo escuché. Me gusta confrontar, así que lo confronté. Le escribí un mensaje invitándolo a hablar de mí conmigo. Peor todavía, porque si bien no me contestó, a otras dos personas les aseguró que si me dijera lo que piensa de mí, me haría llorar.
Meses después, aún espero con los Kleenex a un lado. Por supuesto, el macho mexicano no se atreve a confrontarme, pero eso sí, nuestras interacciones laborales son cada vez más groseras de su parte.
El jueves pasado me escribió para regañarme y le contesté con ironía. Me llamó. Se victimizó, como el patriarca que es y que juega a la víctima pese a que él es el agresor. Le indiqué que sus modos eran cada vez más groseros a partir de que lo confronté por hablar a mis espaldas y me respondió que él quería aclarar aquello cuando yo fuera a la oficina, porque no son cosas que se deban tratar por teléfono.
El lunes pasado fui a la oficina. El martes también. Y el muy macho, ofendido e indignado, no se me acercó. Quería que yo me acercara a lamer su fragilidad. No lo hice. Me dediqué a trabajar y a ser feliz.
El martes acudieron dos de mis compañeras al trabajo y comieron con él, lo escucharon amenizar el comedor con sus anécdotas. Su subordinado, un hombre que necesita el trabajo y a quien maltrataba hace no muchos meses atrás, ahora consecuenta sus malos chistes. Y ellas se quedaron. Y ellas comieron con él. Y ellas convivieron.
Yo comí sola. En mi lugar. Por lo menos una de ellas me preguntó si quería comer ahí, con el macho, y mi respuesta fue que no. La otra ni siquiera se acercó.
Después me enteré de que él cree que yo soy la que se debe acercar porque el ofendido es él. Que él ni de chiste. Eso, estimado lector, me lo esperaba. Lo que no me esperaba es que mi compañera no se quisiera ni meter. Me contó que ella le dijo solamente que está muy mal que nos encontremos en esa situación, a pesar de que lo conoce y de que sabe cómo se ha dirigido a mí.
Lo que no me esperaba fue que la otra, a la que ha maltratado, me dijera hoy que “sigue igual de macho”, pero que “es su pedo”. A esta última le contesté que es problema de todas, porque la mayoría somos mujeres y están solapando a un macho. Se quedó callada.
Así es como las propias mujeres tejen las redes del machismo que condenan. Así es como se convierten en cómplices de aquello mismo que han padecido y que, porque ellas creen que no es su pedo, seguirá siendo la hiedra venenosa que domina esta sociedad patriarcal.
domingo, 1 de enero de 2017
Bailarinas 12:12
Se hablan por teléfono. Se ponen de acuerdo. No tienen mucho dinero. No importa. Quieren salir a bailar. Moverse. Recordar que son jóvenes. Reafirmar que son hermosas. No necesitan nada más. Las dos visten sus rostros con base de maquillaje. Una adorna sus párpados superiores con una línea negra. La otra prefiere sombras. Rímel para las pestañas: las de esta son largas; las de aquella, cortas. Ambas se perfuman: esta con colonia para caballero, recuerdo de un amor de antaño; aquella, con un aroma muy rico, que su amiga no sabe distinguir si es flor o fruta, pero que le encanta.
Son mujeres independientes de la gran ciudad. Una vez acicaladas, se encuentran en el metro, a las diez de la noche, listas para que la diversión comience. Ambas están viviendo su tercera década, sin embargo, a la más joven aún le asombra salir a esas horas en transporte público. Le gusta, se siente más independiente. Se siente bien. Ambas se sienten bien. Ya en el metro comentan que han subido de peso, que ya no les queda la ropa, que necesitan unir fuerzas, como antaño, para hacer dieta. No importa. Ese día no importa que hayan sacado del clóset lo que les queda más holgado, no importan las mejillas ni el torso abultados. Importan ellas y sus ganas de bailar. Solamente ellas.
Llegan a la primera parada. Tienen planeada que sea la única. "Tengo hambre", dice una. La otra le hace segunda. Hay que alimentarse bien, porque la diversión cansa y necesitan energía. Mientras cenan hablan, fundamentalmente de hombres. De sus amigos. De esos con los que se han liado. De estos con los que ahora salen. De lo que les gustó, de aquello que no debieron haber hecho, pero ya forma parte del pasado y no hay manera de cambiarlo. Son inteligentes, de modo que también ríen de lo que observan. Comentan sobre los patrones que inevitablemente encuentran en la naturaleza, en los humanos, en ellas mismas.
Terminan de comer. Empieza la fiesta en una bodega de la colonia Roma que, con unas esferas de espejos que reflejan las luces fluorescentes, se convierte en discoteca. Cerveza barata. Gente a la que no le importa nada más que bailar o ver cómo bailan otros. Se hacen ruedas alrededor de danzantes expertos. Ellas caminan, se detienen, observan a los bailarines en el centro del círculo. Bailan. Quisieran conocer más pasos como los que ellos repiten en sus rutinas para poder entrar a la rueda. Fantasean al respecto.
Un par de horas después, se aburren. "Vamos a un lugar en el que podamos bailar". Aquí se siente, de pronto, como si no pudieran. Piden un Uber y se desplazan. Colonia Condesa. El lugar abarrotado, no parece que el día siguiente es festivo, un día para pasar en familia. Entran. Ordenan bebidas. Bailan. Bailan sin parar. La más joven mueve el cuerpo como solamente se atreve cuando siente mucha confianza, como solamente baila con ella misma. Ambas están cargadas de energía. Siguen danzando al ritmo de la música popular. Se ríen. Se carcajean. Algún hombre las ve, a lo lejos. Quizá alguno incluso se acerca para intentar hablar con ellas. Los ignoran. No hay nadie más que en el bar, aunque está lleno de gente. Amigas juntas que platican, bailan y sonríen. Se ríen, en una escena moderna de Jane Austen: la absoluta inconciencia de lo que ocurre en su entorno las abstrae. Únicamente escuchan música en el fondo y, de vez en cuando, interceptan al mesero. La más joven suda. La más grande se mantiene fresca.
Se encuentran, por casualidad, con unos conocidos. Saludan, como lo dicta la cortesía, y después se van. La mujer más grande, que es, paradójicamente, quien tiene el cuerpo más pequeño, se ha cansado. Se sienta. La mujer más joven sigue bailando. No para. ¿Qué espera? Quizá, que el tiempo se detenga mientras ella va más rápido. No obstante, su entrañable amiga no puede más: necesita descansar. Emprenden el camino a la salida. La chiquita tiene un cuerpo tentador que sacude los instintos a cualquiera hora, si bien a esa, entre tanta gente ebria, hay que protegerla de esos hombres que se sienten con concesiones extras y quieren invadir su espacio vital. Esa amiga, la grande, se cuida sola. No pocas veces también cuida de su amiga, la más joven, que es tan alta como torpe.
Salen, ese dúo de mujeres que se ha transformado en dinamita. Afuera todo es caos. La fiesta, en ese lugar por lo menos, ha terminado. La gente fuma afuera. La más joven también. Un hombre la busca. La besa. Ella responde, pero después ya no quiere. La mujer grande lo ahuyenta. Los conocidos y ellas vuelven a verse. La joven se pregunta si vieron el beso. La grande desconoce la respuesta. Se acercan a ellos. A la más joven le piden que se comporte, porque sale con alguien quien, ese día, no fue. A la más grande, en cambio, le coquetean, y ella ejecuta sus conocimientos en las artes del flirteo como nadie más que la joven haya visto nunca. Es la maestra. Funciona, como siempre: el conocido más guapo ya está rondándola, pero ella está cansada.
Están por marcharse. A la joven le piden que recuerde a su chico ausente, a la grande le gritan hermosa. Y ellas ríen. Con cada bocanada de aire que aspiran, se comen un poco más al mundo. Ríen a carcajadas cuando la mujer grande le devuelve el piropo y, desde la ventanilla del Uber que las llevará a sus casas, le grita guapo. Ella sabe que puede hacer con él lo que quiera. A su amiga, por lo menos, le queda claro. Sus risas se asemejan a las de las púberes en medio del patio escolar preguntándose por qué los hombres actúan tan raro con ellas, si bien, dieciséis años después, estas amigas ya lo saben.
Mientras se carcajean y comentan la velada, la conciencia del poder que tienen regresa a ellas. Sin embargo, es secundario. Están conviviendo, casi como hermanas. La conciencia les hace comprender mejor ese entorno que, en aquel momento, les divierte. Comentan. Critican. Sonríen. Se ríen. Se carcajean. Ha quedado muy atrás, al menos por el momento, el sufrimiento que les provoca el sobrepeso. ¿Quién se acuerda de la dieta más que para pensar que la próxima vez que vean a los conocidos tiene que ser en mejores circunstancias? Es por ellas, en realidad, pues ya saben que son poderosas.
El hechizo se rompe a las cinco de la mañana. A las cuatro todavía se conservaba porque era justamente la hora en que la noche está por morir, pero aún no ha dado paso al día. A las cinco ya está amaneciendo. A las cinco, la más joven está llegando a casa. "Una noche redonda, redonda", y se duerme con la satisfacción de que, a los treinta, una todavía es muy joven.
lunes, 18 de octubre de 2010
De Casanovas y mujeres necias 8:12
A este hombre no se le ha resistido ninguna mujer. Ellas son trofeos para él tal como él es para ellas. ¿Es particularmente guapo? No. ¿Particularmente inteligente? No (aunque se necesita mucha audacia para lo que ejecuta con éxito el 100 por ciento de las ocasiones). Yo les diría que es un hombre absolutamente común y corriente.
Este pensamiento me llevó a recordar esa estadística desesperanzadora para cualquier mujer que tenga por valor la fidelidad de que, por cada miembro del género masculino, hay siete féminas. Entonces, si ese hombre completamente normal puede tener a cualquier mujer que se le ha antojado (y algunas verdaderamente valiosas), ¿quiere decir que cualquier macho tiene esa posibilidad? Y, si es así, ¿el futuro de la hembra enamorada es confiar en el buen juicio de su hombre enamorado? Luego, estamos jodidas. No es que esta autora sea afecta a las generalizaciones, sin embargo la experiencia y la observación la han llevado a darse cuenta de que, desafortunadamente, los hombres se rinden a la tentación (por mínima que ésta sea) sin importar si están enamorados o si es una tentación auto infringida, porque en varias ocasiones las mujeres solamente están ahí, cual cebras bebiendo agua, y es el depredador quien las toma, desprevenidas, por el cuello.
Ni hablar de enjaularlos y aislarlos de las otras porque sería una privación de la libertad, además de un incentivo extra para que ellos se harten y busquen otra. Entonces no valdría ningún argumento, nosotras seríamos las infames que se jugaron el amor con sus métodos hitlerianos.
En realidad, dejando a un lado que la naturaleza predomina y que los hombres son completamente animales en el primer nivel de la carnalidad, el problema es que nosotras lo permitimos. ¿Cómo lo permitimos? Incentivando a esos Casanovas. Permitiendo que nos besen, nos lleven a la cama.
Esto no es un discurso moralino, es más bien práctico. Si bien es cierto que cada quien es responsable de sus decisiones y que las relaciones son de dos aunque uno de ellos busque un tercero, la realidad también es que ellos siguen buscando porque encuentran, y porque resulta comodísimo estar con una y con otra y con otra mientras tienen a una más de fijo.
La solución de la "ruina de las mujeres" (y la autora lo entrecomilla porque no son sus palabras, menos sus pensamientos) son las mujeres mismas). Si la queja eternas que los hombres no piensan sino con la cabeza de abajo, es decir que se dn llevar por sus instintos, es justo y necesario que nosotras también dejemos de hacerlo. "Me sentía sola" es tan válido como "Estaba bien rica". Si nos lo permitimos, entonces permitámoselo a ellos.
Sor Juana tenía toda la razón cuando juzga a ls hombres en su "Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sóis la ocasión de lo mismo que culpáis..."
Sin embargo, les propongo una variante de su genialidad:
"Mujeres necias que acusáis al hombre sin razón, sin ver que sóis la ocasión de lo mismo que culpáis..."