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lunes, 28 de febrero de 2011

Puntos suspensivos

Me da pánico dejar de escribir y sin embargo creo que es el propio el pánico el que me impide seguir haciéndolo.

Podría poner como pretexto que mi computadora está descompuesta (porque está), o que tengo tanto trabajo que difícilmente puedo dedicarle tiempo a escribir aunque sea las cosas que vivo o atestiguo en mi blog. Antes tenía menos que escribir y escribía mucho más. Ahora que he dado inicio a la vida parece que las letras se me escurren entre el tiempo.

Y aunque ahora tengo otras pasiones, en el fondo sé que esta pasión por escribir no se ha ido. Pero es como si mi musa estuviera celosa y decidiera que no me quiere hablar. ¿Qué me queda? Practicar y esperar que ceda a la tentación de ser descrita. Que deje el orgullo a un lado y entienda que el amor de mi vida es el arte y el arte y solamente el arte y que no importa si estoy o no con alguien, sin la literatura estoy sola, vacía y sola. Así que, aunque cueste, cuando la musa despierte tendrá que encontrarme escribiendo.

Necesito dejar la crisis de sequía.

martes, 27 de octubre de 2009

Cuando llega la musa

Justo este año mi proceso creativo ha sufrido algunas transformaciones porque he tenido que obligarme a escribir. Salvo un par de ocasiones, el estado alterado de conciencia ha llegado porque yo me forcé a que saliera. La musa ha estado dormida, a menos que le grite para despertar...

Han salido buenas cosas de este ejercicio de buscar a la musa, pero mi producción literaria ha sido menor a la de cualquier año de mi vida desde que me decidí por el camino de la escritura, y de eso han pasado ya más de dos lustros.

Sin embargo ayer la musa llegó sin que yo la buscara. Me encontró. Yo estaba a punto de dormir, y su voz pianita y dulce vino a mis oídos como un canto irreconocible. Como antaño, entré en trance. Busqué un cuaderno y me fui al baño a escribir (sí, yo confieso que mi lugar preferido para escribir es el baño, así como Hemingway tenía la costumbre de escribir desnudo y de pie).

Ya era de madrugada. Para mis costumbres estrictas de sueño, resultaba imposible que yo permitiera la alteración de mi disciplina. Pero con ella aquí, todo es posible.

Escribí tanto y tan intensamente que cuando salí del trance me di cuenta de que lloraba. Antes no le di importancia a mi mirada empañada por las lágrimas. Al fin y al cabo son las consecuencias de mi proceso creativo.

Una vez que la musa terminó conmigo, me besó los labios y los ojos y me llevó de la mano a la cama.
Yo me sentía agotada y caí dormida de inmediato.

No soñé. Mi sueño de meses ya había llegado y me acompañó para que escribiera algunas palabras que tenía que sacar.

Esas palabras que hoy leeré, y que me sorprenderé de haberlas escrito yo.

Así pasa siempre que llega la musa.

jueves, 21 de agosto de 2008

Los inconvenientes de la fama...

Ya en otras muchas ocasiones he mencionado que Ulises es un libro que me inspira muchísimo respeto. Hace un año -en mi cumpleaños número veintiuno-, un amigo me lo regaló.

Y sigo sin leerlo.

Posteriormente, ante mi temor de leerlo, mi mamá me regaló un libro titulado, Mujeres de Babel, que es el análisis de un autor apellidado Moreno sobre el lenguaje de la obra de Joyce, y sostiene que contiene gran carga femenina.

No lo he terminado. Y de ahí he sacado bibliografía para leer antes de tomar entre mis manos a Ulises.

Una de las cosas que me sorprenden más, no obstante la disección de Molly Bloom, es la manera cómo se ha hecho pública la vida privada del escritor. Es tal la curiosidad y el afán por comprenderlo, que se han publicado libros con la compilación de cartas a su mujer, Nora Barnacle, que contienen su intimidad expresada de todas las maneras posibles -desde la tierna hasta la grotesca- por James Joyce.

En cuanto llegué a casa prendí la computadora y busqué un retrato de Nora. Cuando la vi evoqué lo leído esta tarde y sentí pena por ella: las palabras que su amante le dedicaba en ojos de los lectores ávidos y morbosos. la descripción de su cuerpo, reservado para el padre de sus hijos, expuesto años después. El título de musa del autor de LA novela del siglo XX le costó la profanación de su intimidad.

Y, sin embargo, al verla, parece una mujer tan normal que el desconcierto es mayúsculo.

Antes de observar su retrato anoté en mi lista de libros la compilación de cartas. Después de conocerla me parece que debo guardarle respeto, el respeto que nadie más le guardó, ni su hombre...

A ver si no me gana la curiosidad...