Mostrando entradas con la etiqueta tía nena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tía nena. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de abril de 2010

Volver a la infancia III

Gracias a mi tía Nena y a mi mamá es que me volví adicta a la lectura. Entre el libro de cuentos de hadas que me leía mi mamá, y lo libros que leía con mi tía Nena, ahí están mis orígenes "profesionales".

De mi tía Nena tengo muy gratos recuerdos. Uno de ellos, por ejemplo, es que en las tardes nos acostábamos a dormir la siesta y me leía mientras me quedaba dormida en su cama matrimonial que en aquella época me parecía inmensa. Cuando crecí y aprendí a leer, era yo quien reproducía en voz alta las palabras escritas, y ella quien se quedaba dormida antes. Muchas veces no me dormía. Algunas me escurría por la cama para bajarme sin despertarla y salir a jugar. Sin embargo, otras veces me quedaba observándola dormir. Me daba la impresión de que le velaba el sueño. Pero en realidad la examinaba con curiosidad. Me gustaba ver su tez blanca y sus ojitos cerrados. Su nariz chata y su boquita. Tenía la cara como esas muñequitas de cuerpo rígido y cabecita suave, suave. Así, chatita. Mi tía Nena me parecía verdaderamente linda. Así, con el cabello blanco -a lo mejor era gris, pero en mis recuerdos es blanco- y no me cansaba de verla y de escucharla respirar más profundo mientras dormía. No sé si lo hice en algún momento, pero si no me aprendí sus facciones de tal manera que casi siento que las recorro con mis yemas.

Me dolió mucho cuando supe que había muerto. Mucho. Me acuerdo de las cosas que guarda un niño: como lo rico que cocinaba, sus manos grandes y pesadas, sus pantalones. Y luego, me acuerdo de una foto que me enseñaron de cuando era joven. Se veía tan bonita. Tan tranquila.

Mi tía Nena me hacía sentir mucha paz. Aún ahora la extraño, y sé que sin ella mi infancia no hubiera sido igual, aunque sólo haya sido testigo de los seis primeros años de ella.

Gracias, donde quiera que estés.

miércoles, 8 de abril de 2009

La nena

Había una vez una mujer llamada Carmen. Su nombre era sencillo y bonito. Y ella era una mujer sencilla y hermosa también. Tuvo a su primera y única hija cuando tan sólo contaba con 19 años de edad, y desde entonces se convirtió en una mujer independiente que salió adelante sola, porque su marido se divorció de ella como de otras varias más.

Le decían "La nena". De facciones exquisitas, cabello chino y piel blanca, La nena fue secretaria. Sé muy poco de su vida, pero estoy segura de que era una princesa de cuentos de hadas.

Cuando yo llegué al mundo La nena me consintió como nadie. Dormía las tardes en su regazo, después de que me leía cuentos. Me encantaba que me leyera. Es una pena que ya no recuerde su voz, pero recuerdo la sensación de paz que ésta me provocaba. Recuerdo su delantal y recuerdo su sazón. Diario me preguntaba qué quería comer. Cuando aprendí a hablar le contestaba, y cuando regresaba de la escuela olía el delicioso aroma de las mojarras, o del pollo.

Pienso en ella y de pronto la imagen que evoco está llena de luz. Era como si todo a su alrededor se encendiera con su presencia. Yo sólo la vi con el cabello completamente blanco, el cuerpo rollizo y el paso lento. Tranquila, siempre tranquila. Leyéndome, y cuando yo aprendí a leer, leyéndole, arrullándola para que se quedara dormida.

Mi tía abuela se murió dormida. De un día para otro ya no despertó. Yo acababa de cumplir siete años. Me enteré un mes después. A mi hermano y a mí nos dijeron que estaba en el hospital.

Un día mi mamá nos llevó a la feria conmemorativa de alguna virgen, no sé de cuál. Estábamos en misa y, cuando llegó el momento de rezar, mi hermano y yo dijimos que queríamos rezar para que mi tía regresara pronto del hospital. Ahí fue. No hubo más remedio. Nos dijeron que estaba muerta.

También recuerdo mucho cuánto la lloré. Recuerdo que tomaba los libros que leía con ella para evocarla. A lo mejor, si deseaba mucho que ella llegara a leerme un cuento, aquel Dios del que ya dudaba, me la regresaría. Se lo pedí muchísimo pero fue inútil. La nena ya no estaba. Nunca más volvería a probar su sazón rico, sus pescaditos con ojos, ni volvería a oler su piel que me sabía a hogar. Pero dejó huella. Una huella hondísima. Ahora, siempre que leo, me parece que es su voz la que resuena en mi mente.