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domingo, 13 de enero de 2013

Tarde de despedida

Uno nunca sabe que va a extrañar un lugar sino hasta que mira hacia atrás, antes de cerrar la puerta, y el lugar está vacío. Entonces, con el alma rebosante de memorias, uno vuelve a encontrar el comedor alrededor del cual patinaba y, en el pasillo, vuelve a situar los libreros que usaba para jugar con los playmobil. En aquellos brevísimos instantes en los que uno jala la puerta para cerrarla, recuerda la casa llena, los días de Reyes, los berrinches de adolescencia, a las mujeres que estaban y que se han muerto. A la que estuvo y se ha ido.

Y la puerta cierra. Y además de cargar con las bolsas y las maletas, en la mente uno se lleva los anteojos de la Nena, las siestas después de leer cuentos, los terrores nocturnos, las canciones interpretadas por la madre y los hijos, el primer corpiño... Todo está en esas paredes que pronto serán de otros. Esos muros sin conciencia que resguardarán otras historias aunque, hasta hace apenas unos días, protegieron las de uno. Con la nueva pintura se borrará la evidencia de que antaño hubo alguien ahí...

Entre llanto y melancolía se termina la etapa vieja. Una echa el cerrojo a la puerta, como si las pertenencias siguieran ahí, como si en un rato más regresara a tocar esas paredes, como si ese techo aún fuera el que una vez un par de niños observaron mientras pensaban en el mundo.

Hay que empezar un nuevo día, incluso si el reloj marca las 2:40 de la tarde.

lunes, 19 de abril de 2010

Volver a la infancia VII

SOBRE LA INFANCIA
Alejandro Romualdo

La infancia nos llena la cabeza de luciérnagas,
de polvo las rodillas y los ojos nos cubre
dulcemente. La infancia nos llena las manos
de globos y limosnas; la boca de pitos y azucenas
y nos cobre las espaldas con con sus plumas de cigüeña.
En la infancia son monarcas los ratones y los dientes.
¡Oh la infancia, la hora blanca del reloj,
el tierno silabario, el bonete de los ángeles y el duende!
Uno se siente nuevo, herido por un corcho,
muerto heroicamente sobre un caballo de madera:
amo mi infancia, mi corazón en pantalones cortos.

(De La torre de los alucinados)

jueves, 15 de abril de 2010

Volver a la infancia VII

Me acuerdo de pocas cosas de la infancia, ahora que lo pienso, pero una de las cosas que más me gustaba era jugar con los Playmobile (Oops, ya no me acuerdo cómo se escribe). Por supuesto, jugaba con mi hermano. Les hacíamos historias y luego cuando nos hartábamos hacíamos flashbacks o adelantábamos el tiempo.

De pronto el espacio dejó de ser suficiente y vaciamos un librero para poner un edificio de departamentos. Jejeje. Luego, no sé por qué, teníamos unos Playmobile piratas que eran como del doble de tamaño y decíamos que eran Gullivers, o que tenían gigantismo. Jajajaja, total que yo quería que interactuaran con los otros, pero mi hermano los discriminaba.

No me acuerdo qué edades teníamos, pero estábamos chiquitos y nos trajeron una casita de tela con conejitos. Jejeje, me encantaban los conejitos que nos invitaban a pasar a la casita. Era mínima, pero me acuerdo que hasta quería dormirme ahí. Como que cuando uno está chiquito no entiende bien de proporciones, porque yo pensaba que era posible hacerme una camita para dormir ahí.

Otra cosa que recuerdo es que, también chiquita, veía la televisión y me imaginaba que alguien me estaba viendo a mí por televisión. Como una especie de "Continuidad de los parques", porque a ese alguien que me estaba viendo en televisión, también lo estaban viendo, y así sucesivamente. El "sucesivamente" me causaba dolor de cabeza porque no conocía el concepto de infinito, pero tampoco el de finitud, creo que no me interesaban.

Otras veces me daba la impresión de que el mundo estaba hecho para que yo existiera, y que todo alrededor existía supeditado a mí. Creía, cuando iba en coche, que los otros autos se movían para que yo los viera y que las personas eran como maniquíes que cobraban vida momentáneamente, mientras yo pasaba por ahí, y luego se volvían a quedar, inertes, congelados. Supongo que es la lógica de todos los niños: ser egocéntricos. Creer que todos están para estar con nosotros.

miércoles, 14 de abril de 2010

Volver a la infancia VI

La etapa más inocente de mi vida. Qué lástima que dure tan poquito:





La primera vez que caminé en la vida.







martes, 13 de abril de 2010

Volver a la infancia V

Casi no tengo recuerdos escolares de la infancia. Es decir, hay pocos, pero no son nítidos. Me estoy esforzando por encontrar alguno, y no, mi mente se queda en blanco. Estudié en una primaria llamada Colegio Inglés Elizabeth Brock en la colonia San Rafael. Qué linda colonia y la escuela era una casa vieja enorme. Mi maestra del primer año de primaria se llama Carmen. Miss Carmen. Me acuerdo que me decía Daniela en vez de Danila (Danila es mi primer nombre). También recuerdo que, entre todos mis compañeros del salón, yo era de las pocas que sabía leer. Los demás no sabían. Me parecía extraordinario que a los seis años no supieran leer. Miss Ana Luisa me daba clases de inglés y me cambiaban de primero azul a primero rojo, donde estaban los niños avanzados. Ahora que lo pienso, siempre fui niña avanzada. Disfrutaba la escuela. No me esforzaba especialmente, sólo me gustaba. En segundo de primaria mis maestras fueron Miss Chela de inglés, y de español Miss María Luisa. A Miss María Luisa la hicieron directora de Español después. Español era genérico, porque nos daban Matemáticas, Ciencias Naturales, Ciencias Sociales, Historia y Español, y seguro otras materias que me daban igual. Español era porque daban las clases en castellano. Pero bueno, estaba en el conteo de maestros. Luego en tercero de primaria me dio el profesor Mauricio para inglés, y creo que Miss Sara en español. Miss Sara fue cruel conmigo, no sé si en el aula, pero fue cruel un año después, por eso no la recuerdo como mi maestra, creo que fue mi manera infantil de castigarla: borrándola de mi recuerdo. Luego en cuarto tuve a Miss Raquel y al profesor Humberto. Me acuerdo que el profesor estaba quedándose calvo y tenía una bandita de micropor puesta permanentemente en la nariz. Miss Raquel era una mujer inmensa que tenía nada más dos trajes de falda y saco: uno morado y uno verde, y le pedía a Gonzalo -uno de mis compañeros- que le subiera el cierre de la falda. También recuerdo que nos contaba "chistes colorados" y nos decía que era nuestro secreto, para que no la acusáramos. Qué lástima que no recuerde su apellido. También me acuerdo que mandó llamar a mi mamá porque era yo muy latosa. Creo que la mandaban llamar todos los años. Yo era la alumna ejemplar en cuanto a calificaciones, y un desmadre en cuanto a conducta. Así que en realidad no era la alumna ejemplar. Pero no me importaba. En quinto de primaria me dio clases el profesor Raúl y de inglés me dio Miss Helen. Miss Helen es la mejor maestra de inglés que he tenido en toda mi vida. No se llama Helen, se llama Elena. Muy delgadita, blanca y con unos chinos negros más grandes que su rostro. Con la risa agradable y el carácter intimidante si se enojaba. Yo le tenía más respeto al profesor Raúl, pero cuando crecí se me quitó: creía que Carlos Cuauhtémoc Sánchez era literatura y nos dejó leer "La Fuerza de Sheccid". Qué libro de porquería. Cuando mi mamá supo que me lo habían pedido, me lo compró con cara de asco. Ella, que siempre me había inculcado leer literatura, no podía estar de acuerdo con que me pusieran a leer porquerías. Aún así, no dijo nada, me dejó decidir por mí misma. En sexto de primaria me dio clases otra vez el profesor Raúl, y de inglés se dividieron entre Miss Rosy y Miss Yesenia. Hace relativamente poco hubo una reunión de mis amigos de esa época, y dicen que Miss Rosy tenía unas piernotas. A lo mejor son como las que yo tengo ahorita, porque recuerdo que estaba gordita. Miss Rosy nos contaba que se paseaba en brassiere en su casa porque había confianza con sus hermanos y demás. No, no estuve en una cárcel, haber estudiado ahí la primaria y secundaria fue lo mejor que me pudo haber pasado. No sólo salí con muy buen nivel académico, también fui muy feliz. No me acuerdo de mis amigos, sé que siguieron siendo mis amigos en la secundaria, pero no me acuerdo bien de ellos. Quizá de Karla Hernández. Recuerdo que me invitaba a su casa, pero no sé a qué jugábamos. Sólo sé que iba a su casa y jugaba con ella, y de vez en cuando también llegaba su hermano a jugar. Luego me acuerdo de Adriana. Recuerdo poco de ella en la primaria. Sólo sé que había llegado de una escuela de gobierno y la cambiaron en quinto de primaria. Me daba la impresión de que su manera de arreglarse era como de una persona más grande, no de una niña. Me cayó bien y nos empezamos a llevar. Creo que nunca fui la consentida de ningún maestro, salvo de Miss Helen quizá. También, tal vez, de Miss Chela. Era demasiado desmadrosa para ser la consentida. Y luego también era muy llorona. No llorona de las que acusa. Llorona de las que llora. Era muy sensible. Ya desde entonces. Pero la sensibilidad en el mundo cruel de los niños parece no caber. Por eso me gustó tanto estar ahí, porque siempre cupo. Mis amigos de esas épocas y yo crecimos juntos. Sabían que era tan llorona a los 14 años como fui a los 9. Esta entrada es un debraye.

lunes, 12 de abril de 2010

Volver a la infancia IV

Afortunadamente mi mamá fue muy estricta en cuanto a lo que veíamos en televisión así que, cuando los adultos se reunían a disfrutar de una película clasificación C, mi hermano y yo nos quedábamos en otra habitación jugando. Por supuesto, más de una vez tuvimos mucha curiosidad por saber qué veían los adultos que no podíamos ver nosotros. Sin embargo, esa curiosidad se disipó cuando Bruno y yo inventamos un juego lleno de suspenso y aventura: "tocarle las pompitas a los adultos sin que ellos lo notaran".

Apenas escribí la frase en comillas y ya me estoy riendo. Sí, ése era nuestro juego secreto. No entendíamos las razones por las que los traseros eran "sagrados", pero seguramente alguna vez, por accidente, alguno de los dos tocó uno y fue reprendido al respecto, así que "las pompitas" estaban prohibidas.

¿Cuáles eran las reglas del juego? Reunirnos en la base para que el que tenía que tocar las pompitas dijera a quién las tocaría y el otro vigilara que lo cumpliera. Después, el encargado de la misión se iba adonde estaban las pompitas en cuestión, y se valía de artilugios. El punto era tocarlas, aunque fuera un roce, sin que los adultos lo notaran. De vez en cuando una de mis tías se daba cuenta y nos observaba, y si nos cachaba nos regañaba. Sin embargo, nunca nadie -ni siquiera mi hermano y yo- nos dimos cuenta de que aquel juego surgió por los tabúes de adultos que no entendíamos. De otra manera, ni siquiera hubiéramos pensado en "tocar las pompitas".

Por otro lado, creo que es de ese juego del que se remonta la complicidad con mi hermano. No siempre ha estado presente, pero en el fondo los dos sabemos que nos tenemos para "tocarle las pompitas" a la vida y protegernos si alguien nos cacha o nos lastima.

domingo, 11 de abril de 2010

Volver a la infancia III

Gracias a mi tía Nena y a mi mamá es que me volví adicta a la lectura. Entre el libro de cuentos de hadas que me leía mi mamá, y lo libros que leía con mi tía Nena, ahí están mis orígenes "profesionales".

De mi tía Nena tengo muy gratos recuerdos. Uno de ellos, por ejemplo, es que en las tardes nos acostábamos a dormir la siesta y me leía mientras me quedaba dormida en su cama matrimonial que en aquella época me parecía inmensa. Cuando crecí y aprendí a leer, era yo quien reproducía en voz alta las palabras escritas, y ella quien se quedaba dormida antes. Muchas veces no me dormía. Algunas me escurría por la cama para bajarme sin despertarla y salir a jugar. Sin embargo, otras veces me quedaba observándola dormir. Me daba la impresión de que le velaba el sueño. Pero en realidad la examinaba con curiosidad. Me gustaba ver su tez blanca y sus ojitos cerrados. Su nariz chata y su boquita. Tenía la cara como esas muñequitas de cuerpo rígido y cabecita suave, suave. Así, chatita. Mi tía Nena me parecía verdaderamente linda. Así, con el cabello blanco -a lo mejor era gris, pero en mis recuerdos es blanco- y no me cansaba de verla y de escucharla respirar más profundo mientras dormía. No sé si lo hice en algún momento, pero si no me aprendí sus facciones de tal manera que casi siento que las recorro con mis yemas.

Me dolió mucho cuando supe que había muerto. Mucho. Me acuerdo de las cosas que guarda un niño: como lo rico que cocinaba, sus manos grandes y pesadas, sus pantalones. Y luego, me acuerdo de una foto que me enseñaron de cuando era joven. Se veía tan bonita. Tan tranquila.

Mi tía Nena me hacía sentir mucha paz. Aún ahora la extraño, y sé que sin ella mi infancia no hubiera sido igual, aunque sólo haya sido testigo de los seis primeros años de ella.

Gracias, donde quiera que estés.

martes, 6 de abril de 2010

Volver a la infancia II

Hace poco estábamos haciendo una dinámica en la oficina donde planteaban ciertas preguntas, entre ellas cuál es el momento más feliz de nuestras vidas. Cuando tocó mi turno de contestar no había pensado nada, de manera que dejé a mi inconsciente hablar, y esto fue lo que dijo:

"Recuerdo perfecto que mi hermano y yo estábamos muy chiquitos, casi no sabíamos leer en español, y mi mamá cerraba la recámara y ponía Dreamlover de Mariah Carey y Like a prayer de Madonna. Entonces, mientras bailábamos los tres, nos enseñaba a cantar en inglés. Recuerdo nuestras vocecitas y los tonos desentonados de mi mamá, y cómo se me movía el cabello en consecuencia de que movía la cabeza al ritmo de la música. Nada había malo y me sentía completamente protegida."

Y sí, ése es mi recuerdo más feliz.

domingo, 4 de abril de 2010

Volver a la infancia 1

A diferencia de gente que admiro mucho, como mi mamá o mi hermano, yo no tengo el privilegio de recordar muchas anécdotas de mi vida. Sobre todo de la infancia, a veces me da la impresión de que me lo contaron, o de que yo era testigo de mi vida, y no protagonista.

En fin, este mes intentaré hacer un esfuerzo por recordar los detalles que hicieron de mi infancia un gran recuerdo -la verdad es que sí me acuerdo de la infancia con mucha felicidad-. Empecemos por esta entrada:

En casa de mis abuelitos había un librero color café muy grande y alto. Lo veía con mucha curiosidad porque guardaba un libro con historias maravillosas que mi mamá solía leernos. El libro, si mal no recuerdo, estaba casi deshojándose y era el más grande que había visto jamás. Tenía cuentos e ilustraciones para cada cuento. No estoy segura, pero en mi memoria las ilustraciones están en blanco y negro y la portada y la cuarta de forros en color morado.

Mi cuento favorito era el de Pulgarcita. Me gustaba muchísimo.

Aquel libro me reconfortaba, ¡me hacía sentir tan feliz! Conservo aún la imagen de mi mamá leyéndome Pulgarcita y explicándomela con lujo de detalles.

Qué bien se siente ser niño.

domingo, 5 de abril de 2009

De ahí vengo

Es cierto que hay personas a quienes envejecer les sienta de maravilla. A este señor encorvado, rosado y redondo, le va muy bien la vejez. Él siempre se queja de sus achaques, pero cuando va al doctor, éste lo felicita y se sorprende de que a sus casi 77 años, posea tal condición física, sobre todo porque empezó a fumar cuando tenía nueve años de edad.

Mi abuelo es un hombre lleno de contrastes: por un lado le fascina el control, que le digamos lo que platicamos entre nosotros, aunque no sepa bien de lo que hablamos, pero no le gusta hablar de sus cosas. Es súper explosivo pero casi no se enoja. No tiene tacto, pero tampoco le gusta que lo traten sin él. Uno de los episodios tragicómicos de mi vida es con él y mi mamá.

Es adicto al cigarrillo tanto como es adicto al futbol. No se pierde el torneo nacional. Es el típico hombre que le grita a la televisión, como si ésta, a su vez, transmitiera que el árbitro es un pendejo, que Hugo Sánchez es un comemierda cazafortunas malinchista, y los comentaristas son absolutamente parciales, pero ahí está viendo al América jugar (aunque es archienemigo), escucha a los comentaristas y lee el periódico deportivo para refutar las estupideces que dicen los demás.

Y es que, para él, todos los demás están equivocados. Él tiene la razón. Siempre. Es necio por convicción. Más de una vez ha pasado que algún otro miembro de la familia va al cine, y cuando le dice el argumento de la película, él contesta que ya la vio. No hay poder humano que lo convenza de lo contrario. Y lo dice tan seguro, que por un momento parece que la verdad empieza en sus palabras, y se agota en lo que desconoce.

Siempre trabajó. Desde que cumplió nueve años. Su padre se murió cuando él tenía siete y toda la familia, que constaba de doce hermanos más y la madre, inmigró al D.F. en busca de mejores oportunidades. Y sin embargo, el corazón de mi abuelo está en Zamora, Michoacán. Uno juraría que vivió ahí toda su vida, y no apenas el principio.

Es un simplón. Se ríe de todo. Se exaspera por todo. Me regaña cuando me está felicitando. Me felicita cuando me regaña. Va al VIP's diario, porque en la barra se encuentra con otros viudos o viudas que también desayunan ahí todos los días. Se queja de la señora de la limpieza, pero si algún día decidiéramos decirle que se fuera, él se iría con ella y, también, como es tradición en casa, le fascina el drama.

A pesar de todo, de la brecha generacional y de las cosas que nos exasperan sobre el otro, es con quien mejor me llevo en mi casa. Sus quejas constantes me llenan el corazón de ternura. Su pasión por el futbol me lleva a sentarme con él, de vez en cuando, a ver los partidos televisados. Me gusta escucharlo hablar de la extraordinaria historia de cuando huyó de su casa y trabajó un año en Oaxaca en unos cafetales. Pero, lo que más me gusta, es evocar el recuerdo que tengo de la infancia, uno de él y mi abuela abrazados...

De ahí vengo

domingo, 22 de marzo de 2009

   

La gente se muere. Todos los días, a todas horas. Cada minuto. Ahora, incluso, alguien muere. Mientras yo escribo esto y mientras tú lo estés leyendo. No digo nada nuevo ni tampoco pretendo hacerlo. Es más, ni siquiera sé adónde voy a llegar con esto. Supongo que quiero reforzar la idea de que la muerte es parte del proceso natural de la vida. Es quizá la culminación. Pero, como tal, uno esperaría que la muerte llegara en la vejez, cuando uno ya creció, ya vivió.

Y sin embargo no siempre sucede así. En ciertos casos la muerte deja de ser un proceso natural, cuando la mano del hombre interviene.

Matar, ¡qué verbo terriblemente poderoso! Quitarle la vida a alguien. Aún así, en infinitivo es decir, se escucha, se lee y se siente catastrófico. Leer la mejor descripción de la ejecución de este verbo no se compara con el dolor que infringe en las familias de quienes han muerto en manos de los hombres o en las familias de quienes conjugaron el verbo en primera persona.

Y aún así, hasta que el nombre y apellido de quienes murieron -o de quienes mataron- nos resulta conocido, la muerte adquiere otra impresión, incluso una diferente de la que nos causa la expiración de nuestros seres queridos.

El viernes pasado me enteré de que murió la hija de una de las mejores amigas de mi mamá. Hace más de un mes regresaba de una comida y chocaron el coche en el que venía. El resultado: tres operaciones en el cerebro, dos en el estómago, una familia endeudadísima y mucho sufrimiento: ella nunca estuvo en coma.

Truncaron su existencia. Tenía 16 años. Mi mamá la vio crecer así como su mamá nos vio crecer a mi hermano y a mí, quienes jugábamos con ella, con su gemela y con su hermano. Y de pronto ya no existe. Cuando me enteré de su muerte pensé en que siempre tuve la certeza de que ella y su familia estarían en mi boda y de que mi familia y yo estaríamos en la suya.

Pero ahora está muerta y murió de manera antinatural (así lo pienso, no concibo esta idea de que "cuando te toca, te toca", y este caso es un ejemplo claro de que no es cierto). Todos lo lamentamos muchísimo. Se respira un gran nudo en el ambiente.

Y la madre tendrá que acostumbrarse a una nueva vida, una vida en la que no sucedió lo natural: morirse antes que su hija.
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No sé por qué, este suceso me trajo a la mente lo del joven de 22 años que atropelló al policía el pasado viernes 13 de marzo. A él también lo conozco. No somos íntimos pero me cae muy bien. Me da mucha pena ese caso. Aquí fue lo contrario: él cometió un error y mató a alguien. Ahora está en la cárcel, uno de los peores temores de cualquier ciudadano mexicano. Una persona que cometió una mala acción y ahora es juzgada como si fuera una mala persona. Me preguntó cómo vivirá la familia este proceso tan doloroso. De un momento a otro, la vida de este joven también se vio truncada, y el error ha salido en todos los medios. Han exhibido su rostro de manera despiadada y el accidente ha servido para "reivindicar" a la fuerza policíaca de esta ciudad. Ojalá que esos años en el CERESO (que de Centro de Readaptación Social no tiene nada) de verdad fueran años de reflexión para que saliera al mundo con una nueva oportunidad.
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En ambos casos (y en un tercero del que prefiero no hablar, pero que me afectó directamente hace mucho tiempo) me gustaría que hubiera una máquina del tiempo. Alguna forma de prevenir estas dos muertes antinaturales. Me gustaría que ella, la chiquilla que recuerdo con tanto cariño, no hubiera estado a esa hora en ese automóvil. Que él no hubiese acelerado, o que el policía no hubiera estado frente a él, o que se hubiera pasado unas horas en el Torito. Pero no existe. Desafortunadamente el tiempo es lineal. Es lineal y cobró un saldo de tres muertes, de familias marcadas, de vidas truncas.

domingo, 28 de septiembre de 2008

La muñeca de trapo


Cuando era niña tenía una muñeca de trapo a la que adoraba. Me encantaba jugar con ella, y pasear con ella. Me hacía muy feliz tenerla.

Sin embargo, una niña de seis años es muy demandante y la muñeca no me duró mucho porque, como jugaba con ella y ella era muy frágil, le desprendí un brazo, y luego otro, y después la pobre muñequita no era más que una piltrafa.

Entonces la tiraron.

Me acuerdo que lloré por ella. Sufrí sin mi muñeca de trapo. Fue insustituible. Ni siquiera intentaron regalarme una nueva. Con el tiempo, el dolor de mi muñeca de trapo se amainó, pero siempre mantuve el recuerdo.

Hace poco, caminando por el metro, en la estación Zócalo, nos topamos con una señora que vendía muñecas de trapo. De inmediato recordé aquélla que fue elemento clave para que mi infancia fuera feliz, sobre todo a pesar de las numerosas pérdidas que tuve a muy temprana edad.

Este amigo -que es un gran amigo de la familia- me regaló una muñequita.

ME ENCANTAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA. Me siento como una niña cada vez que la veo sentadita en mi cama.