sábado, 17 de septiembre de 2016
La devolución de la guitarra 0:14
miércoles, 7 de septiembre de 2016
Velorios 13:04
3. intr. Dicho de una cosa: Ajustarse con otra, confundirse con ella, ya por superposición, ya por otro medio cualquiera.
lunes, 4 de mayo de 2015
Mi corazón roto 21:09
lunes, 13 de abril de 2015
Murió joven 9:46
Hoy murieron Eduardo Galeano y Günter Grass. Este, a los 87 años; aquel, a los 74.
Me enteré primero del deceso del escritor alemán a propósito de una entrevista que publicó El País y que mi mamá tuvo a bien compartirme. No pude evitar comparar la edad de Grass con la de mi abuelo, que murió el 17 de marzo pasado, un mes antes se cumplir 83 años.
Además de la muerte, entre Grass y él no hay muchas coincidencias. Mi abuelo no era escritor, sino impresor de oficio. Un hombre muy trabajador que se jubiló después de una vida de labores arduas y de lujos moderados, producto de su intelecto agudo y sus manos prodigiosas. Fue padre de cuatro hijos, dos que engendró con mi abuela, dos que adoptó cuando se quedaron sin padre.
El 17 de marzo pasado murió mi padre. A los 82 años. El último día de vida de mi Ilde me ronda la cabeza. También el subsecuente, es decir, el primero de su ausencia. Me acuerdo del aroma de las flores, de la sensación fría de tocar un cuerpo embalsamado. Me acuerdo de los médicos del hospital, aparentemente insensibles a la muerte, porque ellos solamente manejan la vida. De los comentarios: que hay que dejarlo descansar, que no hay que llorar tanto, que hay que llorar lo que se tenga que llorar. No sé por qué, como una herida palpitante, recuerdo un comentario sin malicia, pero que me hizo chiraspelas. "Murió muy joven."
Murió muy joven, al inicio de su octagésima década en este mundo. ¿Porque quiso? Yo quiero pensar que así fue. Busco consuelo en la idea de que él tomó sus decisiones y que prefirió la muerte por encima de una vida enferma, no obstante que yo pensé que duraría muchos años más. Todo fue tan rápido, que mi abuelo no se dio ni cuenta de lo que tenía, porque estaba en el inicio y muy pronto llegó al final.
La muerte trae consigo un halo de egoísmo para los dolientes. Quisiera que mi abuelo hubiera vivido todos los años que le tocaban según mi perspectiva, y luego, cuando repaso, pienso que, efectivamente, los vivió, pero estoy enojada porque no fueron más.
"Murió joven". Seguramente, si hubiera escuchado que alguien lo adjetivaba así a los ochenta y dos años, se habría pitorreado. Hubiera dicho, entre risas, que no estaba bien ni mal, que estaba. "Uno se hace viejo", habría sentenciado como si estuviera desvelándonos la verdad del mundo.
Menos mal que también me rondan la cabeza sus frases célebres, aunque no son lo mismo sin el dominio de su voz. Son innumerables las veces que escuché la famosísima "Ni modo, dijo el zancudo, cuando volar ya no pudo." o su "Decía mi mamacita que las mujeres sin aretes son como las papas sin sal: no tienen chiste."
Tal vez sí, sí murió joven, porque últimamente que he visto sus fotos me he dado cuenta de que siempre lo vi rozagante. Hasta últimas fechas me dio la impresión de que ya era viejito. Hasta ese día, el último de su vida, lo dimensioné frágil, porque siempre fue un roble cuyo follaje nos protegió a todos.
Mi abuelo fue un hombre lleno de vida. Con aquella voz estruendosa que hacía eco en sus escuchas, y sus cejas pobladísimas, contrastantes con su cabeza calva, que no le dejaban disimular sus alegrías o sus disgustos. Con su risa contagiosa que invitaba a carcajearse con él hasta de sus chistes más bobos. Era un hombre sencillo, un hombre a quien la vida recibió con asperezas y cuyo camino de oportunidades se labró él. No ha habido nada hasta ahora que me doliera más que verlo muerto, aunque ese sea mi egoísmo hablando.
Como mencioné al principio, el mismo día que Günter Grass, murió también Eduardo Galeano a los 74 años de edad. El promedio de edad de vida del escritor alemán y del uruguayo es de 80.5. Mi abuelo, el joven Ildefonso, murió en el último mes de sus 82. Díganme tonta, pero no puedo evitar sentir que la estadística que aquí presento me da un poco de paz.
Un beso al universo, que es para ti y que espero que te encuentre, abuelo.
jueves, 2 de agosto de 2012
El hombre de mi vida 22:31
Ayer fuimos a consulta e inyección. Después de los intentos fallidos del médico por socializar con él, lo revisó y se despidió. "Cuídese", le dijo a mi abuelo. "Cuídese usted, para que me
cuide a mí", respondió Ilde.
En la tarde, cuando salió de la sala quirúrgica donde le pusieron la inyección, tenía el ojo rojo: "Ya le dije a ese doctor que tiene la mano muy pesada, mira nada más cómo me dejó el ojo". Cuando fui a preguntarle al médico si la irritación era normal, se acordaba perfecto de él. "Ahhhh sí, ya sé. Sí es normal, le expliqué que esta vez se relajó más y por eso sintió todo".
Pero me encanta. Es un mago que hace sonreír al niño más llorón. Tiene el don de la vitalidad y, aunque enojón, es también bondadoso. Es mi amigo, mi compañero de tardes de televisión y de soledades. Con él me convierto en experta en deportes y, enseguida, en conocedora de películas, en árbitro de futbol, en testigo de telenovelas y en la escucha de sus quejas y de sus anécdotas.
A veces le leo. Se interesa en mi conversación y, si no, me da el avión. Mi abuelo me ha dado una lección de vida que me ha ahorrado horas de aburrición: "Oye, pero no escuches si no te interesa o si la gente te está diciendo tonterías. Desconéctate. Despréndete.".
Somos cómplices. Yo quiero que me lo cuente todo, y definitivamente sé que me ha contado algunos secretos que me llevaré a la tumba porque él decidió no llevárselos con él.
Todos los días quiero que sea la hora en que llega y me dice: "Charbe, vamos a ver 'Acorralada'" y juntos nos ponemos a comentar la historia de Diana y Max.
jueves, 12 de julio de 2012
Instalando la TV 23:33
Sin duda, una de las ventajas que me ha dado el freelance es pasar más tiempo en casa. Eso implica compartir las horas en compañía de mi abuelo. En abril, Ilde cumplió ni más ni menos que ochenta años. Si bien arrastra los pies y ya camina jorobado, su tono de voz destila vitalidad y su cuerpo es una atalaya saludable y digna de la admiración de quienes lo conocen.Antier, mi mamá le regaló una pantalla porque, al fin, después de un par de años de estar renuente a cambiar su televisión de imágenes descoloridas, dijo: "Creo que ya me hace falta otra tele". Ayer fue día de instalación.
Yo estaba resfriada y mi plan era bañarme, enfundarme en unos pants y acostarme. Sin embargo, cuando vi que necesitaba ayuda, mi día dio un giro.
Ahí estaba yo –que seguramente fui cargadora en otra vida–, ayudándole a mover el pesadísimo mueble de los aparatos de sonido e imágenes. Sacamos juntos la televisión vieja del hueco en el que estuvo como doce años. Luego intentamos sustituirla por la nueva pantalla widescreen, solo para darnos cuenta de que el mueble necesita una renovación porque los espacios ya no son cuadrados sino rectangulares. Decepcionado, le costaba pronunciar las palabras "es que no cabe, vamos a tener que devolverla", pero sus ojos volvieron a iluminarse cuando le dije, "¿y si ponemos la tele sobre el otro mueble y recorremos este?". Para desplazarlo, hubo que sacarle los DVD, VHS y acetatos que todavía hay en mi casa. Luego quitamos las estatuillas y, al final, hasta la lámpara y la bocina. Fue una faena. Mi abuelo rabiaba, luego se sentía contento y después maldecía.
Instalar la TV fue fácil; conectar las bocinas al búfer, no tanto. Al final, el amplificador y las bocinas no reaccionaron, a pesar de los veinte intentos que hicimos por conectar los cables correctamente.
Sin embargo, cuando terminó la jornada, a pesar de todas las veces que me regañó, de las sugerencias que rechazó y de los momentos desesperados en los que cayó, mi abuelo octagenario me dijo: "Ándale, 'Charalí', vámonos a dormir que mañana tenemos que seguir conectando las bocinas".
Me dio un vuelco el corazón de la emoción que sentí y me fui a dormir sonriendo. Su compañía es lo mejor de mi freelance.
sábado, 14 de abril de 2012
Herlinda Tejeda o el mal servicio 2 8:48
–¿Cómo que ya no vas?– Pregunta mi mamá.
– Es que la mesera de la barra me hacía muchas groserías, entonces me cambié de Vips.
–¿Qué groserías?
– Por ejemplo, la última vez me corrió de la barra. Estaba sentado ahí, ya había desayunado y me dijo que me quitara porque necesitaba el lugar.
Mi abuelo dice que Herlinda Tejeda se siente intocable porque es lidereza del sindicato "Unión de meseras del Vips". Se le olvida que, sin clientes como mi abuelo, no habría Vips de donde ella pudiera ser mesera y hacer su negocio en el sindicato.
–¿Y tus amigos?– Le pregunto yo.
– Pues ya se perdieron.
Repito que, para mi abuelo, acudir al Vips era una cuestión mucho más profunda que el hecho de sentarse a desayunar, mi abuelo, como otros, socializaba en ese lugar.
La vez pasada se comunicaron con mi mamá, que puso una queja en el Vips de Facebook. Le ofrecieron disculpas para mi abuelo y le dijeron que Herlinda tenía mala actitud porque se quiere retirar. Le dijeron que hablarían con Herlinda para que mejorara su actitud.
Por lo visto, solo la empeoró.
Les hablo del Vips Aeropuerto y les conmino a que no vayan. A lo mejor, la próxima vez, Herlinda o cualquiera los corre a ustedes o a su familia.
Esta es la liga de la narración anterior, por si ocupan.
http://charbaramos.blogspot.mx/2012/01/herlinda-o-el-mal-servicio.html
domingo, 5 de abril de 2009
De ahí vengo 21:52
Mi abuelo es un hombre lleno de contrastes: por un lado le fascina el control, que le digamos lo que platicamos entre nosotros, aunque no sepa bien de lo que hablamos, pero no le gusta hablar de sus cosas. Es súper explosivo pero casi no se enoja. No tiene tacto, pero tampoco le gusta que lo traten sin él. Uno de los episodios tragicómicos de mi vida es con él y mi mamá.
Es adicto al cigarrillo tanto como es adicto al futbol. No se pierde el torneo nacional. Es el típico hombre que le grita a la televisión, como si ésta, a su vez, transmitiera que el árbitro es un pendejo, que Hugo Sánchez es un comemierda cazafortunas malinchista, y los comentaristas son absolutamente parciales, pero ahí está viendo al América jugar (aunque es archienemigo), escucha a los comentaristas y lee el periódico deportivo para refutar las estupideces que dicen los demás.
Y es que, para él, todos los demás están equivocados. Él tiene la razón. Siempre. Es necio por convicción. Más de una vez ha pasado que algún otro miembro de la familia va al cine, y cuando le dice el argumento de la película, él contesta que ya la vio. No hay poder humano que lo convenza de lo contrario. Y lo dice tan seguro, que por un momento parece que la verdad empieza en sus palabras, y se agota en lo que desconoce.
Siempre trabajó. Desde que cumplió nueve años. Su padre se murió cuando él tenía siete y toda la familia, que constaba de doce hermanos más y la madre, inmigró al D.F. en busca de mejores oportunidades. Y sin embargo, el corazón de mi abuelo está en Zamora, Michoacán. Uno juraría que vivió ahí toda su vida, y no apenas el principio.
Es un simplón. Se ríe de todo. Se exaspera por todo. Me regaña cuando me está felicitando. Me felicita cuando me regaña. Va al VIP's diario, porque en la barra se encuentra con otros viudos o viudas que también desayunan ahí todos los días. Se queja de la señora de la limpieza, pero si algún día decidiéramos decirle que se fuera, él se iría con ella y, también, como es tradición en casa, le fascina el drama.
A pesar de todo, de la brecha generacional y de las cosas que nos exasperan sobre el otro, es con quien mejor me llevo en mi casa. Sus quejas constantes me llenan el corazón de ternura. Su pasión por el futbol me lleva a sentarme con él, de vez en cuando, a ver los partidos televisados. Me gusta escucharlo hablar de la extraordinaria historia de cuando huyó de su casa y trabajó un año en Oaxaca en unos cafetales. Pero, lo que más me gusta, es evocar el recuerdo que tengo de la infancia, uno de él y mi abuela abrazados...
martes, 3 de junio de 2008
Mi abuelo corre hacia su clóset, saca un saco gris y se lo pone.
- ¡Mira, mira cómo me queda!-. Parece niño chiquito.
- ¿Te queda bien no?
- Sí, sólo tengo que mandar a arreglarle las mangas y llevarlo a la tintorería.
- Pero está limpio...
- No, tengo que llevarlo a la tintorería.
Se me hace un nudo en la garganta. Mi abuelo está muy emocionado.
