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sábado, 17 de septiembre de 2016

La devolución de la guitarra

Después de una relación fallida queda pendiente la repartición de bienes. Yo creo que esto no se acaba sino hasta que uno decide "donar" esos objetos, o bien, recuperarlos.

En una entrada anterior narré cómo, cuando concluyó aquella única relación formal que he tenido a lo largo de treinta años de vida, olvidé en casa de mi expareja el objeto que debí haber recabado primero: la guitarra que, en vida, tocó mi abuelo durante muchos años.

No llevé el instrumento de manera arbitraria, sino porque, en alguna ocasión de las que pasamos juntos, aquel hombre me acompañó con su propia guitarra mientras yo cantaba. Posteriormente, manifestó su deseo de que hiciéramos un proyecto musical y, para tal fin, me enseñaría a tocar. Esa vez, me pareció tan entusiasmado que no dudé en aceptar su propuesta, a pesar de mi consabido pánico escénico y mi negación para tocar incluso la flauta dulce en la primaria. 

Quizá ahí, el dueño de los gatos sentía aún cierto interés por mí, puesto que, incluso, vino a casa por la guitarra para llevarla a la suya, ya que destinaríamos esos días juntos al aprendizaje. Nunca me enseñó más que a rascarla un poco, pero eso sí, le dedicó varias horas a pulir la madera del instrumento prestado, apretó las cuerdas, las cambió e, incluso, me aseguró que la semana siguiente a nuestro viernes, sábado y domingo en pareja, compraría cuerdas nuevas para renovar aquella guitarra tan querida por mi abuelo.

Me remito únicamente a los hechos —y no a mis sentimientos al respecto— cuando aseguro que nunca compró las cuerdas ni afinó el instrumento. Sin rencor alguno, asevero que no volvió a sacarlo del estuche una vez que lo guardó cuando todavía estábamos juntos. Ahora que lo pienso, él mismo se guardó en un estuche y no volvió a salir de él. Casi parecía que tenía doble fondo, como la utilería para los trucos de los magos, puesto que, mientras más intenté sacarlo, más se aferró a quedarse en un pozo, a oscuras, o por lo menos lejos de mi mirada, de mis ojos. 

Después de que me incluyera en su proyecto, cuando ya me había cubierto con el manto de su cotidianidad para que yo la cobijara como mía, me dijo que necesitaba tiempo. Sin afán de justificar la conducta de ninguno, escribo que él estaba deprimido y yo cada vez más ansiosa, una combinación letal para una relación que tenía el océano de por medio, sin ninguna esperanza de tocar tierra próximamente. Por lo tanto, el tiempo era un eufemismo que disfrazaba el adiós. Se lo dije y se enojó. "Me parece muy radical que dejemos de hablarnos", aseguró. 

Después de discutir el futuro por horas y de recoger mis cosas, ya apiladas en una bolsa, llamé un taxi. Nos despedimos en el zaguán de su casa y todavía me besó tres veces —un Judas combinado con Pedro, si es que el lector me permite la comparación—. Sus labios se posaron brevemente sobre los míos. Cuando se separaba, sus ojos me buscaban y me miraba, creo que con un dejo de culpa, si bien en aquel entonces casi pensé que era dolor.

Y, a partir de aquel domingo de hasta luegos, no dejó de buscarme. Diario, de lunes a viernes, hasta que el quinto día de separación le pregunté si ya lo había pensado. "No lo he pensado", me respondió desesperado. 

"Me doy por vencido", fue su última declaración. "Yo también", fue la mía. Y, no sé él, pero yo sí me había rendido. 

El sábado posterior a aquellas declaraciones escritas, recordé que había dejado la guitarra. La imaginé ahí, recargada en la pared de la habitación lúgubre donde pasé prácticamente todos los fines de semana durante cuatro meses, y sentí remordimiento de no habérmela llevado junto con todo lo demás. 

Al día siguiente, resuelta a recuperarla, le envié un mensaje a aquel hombre, en el que solicitaba amablemente el regreso del instrumento a mi casa, junto con el inicio de una nueva relación: la de amistad. Quizá mi mensaje fue muy a la manera femenina, puesto que él solamente me contestó "Ok, te aviso". 

El lunes ocurrió el deceso de su gato y yo decidí darle una tregua. Entre lunes y sábado no dejó de buscarme. Diariamente me hacía una relatoría de los hechos, de las novedades, de las imaginaciones recurrentes en torno a su felino muerto. Recibía mensajes de voz, audios con la canción que le había compuesto,fotografías de él abrazando al minino e, incluso, del cuerpo inerte. Todo él era desolación.

Yo estuve ahí. Si tenía alguna intención, aún no puedo descifrar cuál era, puesto que en mi conciencia sólo se había postrado la idea de tregua. Una persona que me importaba estaba viviendo un mal momento, y apoyarlo representaba un deber para con mis propios sentimientos. Incluso le ofrecí compañía: "Únicamente porque se murió tu gato", aclaré. Y en esa declaración supe que todo había terminado, porque no sentía naturalidad al proponerle que nos viéramos, porque me daba miedo que pareciera que tomaba lo del gato como un pretexto para volver a estar con él. Afortunadamente, no me tomó la palabra. Es un hombre de soledades y, muy probablemente, tampoco sentía deseo alguno de que nos miráramos. Yo le funcionaba a la distancia y así fue como me preservó toda aquella semana de duelo. 

El jueves, la señora María Luisa me preguntó por los tubos PVC que estaban en la cantina, aquellos que fui a comprar el fin de semana fatídico en que nuestra relación terminó. Se suponía que el hombre iría a casa a comer con mi familia y, después de eso, nos trasladaríamos a la suya donde, entre otras cosas, construiríamos una silla de ruedas para otra de sus gatas, que recientemente se había caído y había perdido la movilidad en las patas traseras. Sin embargo, él no llegó a mi casa y, más tarde ese día, cuando lo vi, interrumpí mi camino hacia otro lado para hablar con él y finalizar el capítulo, de modo que no llevé los tubos. 

La voz de la señora María Luisa diciendo "Chabe, ¿qué pasó con la sillita de ruedas de la gatita? ¿No se la van a hacer?" me retumbó en las entrañas. "No se la vamos a hacer juntos", pensé, pero no me atreví a contarle que ya no salía con el dueño de los gatos. En cambio, como él me estaba escribiendo mientras la señora inquiría por los tubos PVC, le pregunté si los quería. "No pasa nada si no,  solamente avísame para deshacerme de ellos", rematé. "Sí los quiero, de hecho te iba a preguntar si podía pasar por ellos el domingo", respondió en un mensaje de voz. Le contesté que sí —a pesar de que no quería verlo— y aproveché para hacerle la solicitud expresa de que me llevara la guitarra. A ese respecto no contestó nada y, francamente, me inquietó el silencio. La deshonestidad no formaba parte del repertorio de manías del hombre de los gatos, de manera que no entendía la razón de su mutismo cada vez que le hablaba de la guitarra de mi abuelo. 

El sábado en la tarde fue el último día que supe de él porque él tuviera la intención de comunicarse. Como a las dos le escribí que iba a dormirme: no estaba de humor para lidiar con el mundo. No recibí respuesta a ese mensaje. El domingo, como ya debe imaginarse el lector a estas alturas, el dueño de los gatos no llegó a mi casa y tampoco me avisó que no podría pasar por los tubos. A diferencia del día que terminó nuestra relación, esa vez no lo esperaba. No estaba ansiosa por su llegada ni por nuestro encuentro. Trabajé en casa y en la noche me fui al cine. Regresé y seguí trabajando. 

A la mañana siguiente, muy temprano, le escribí con un solo propósito: recuperar la guitarra. "¿Estás despierto? Quiero mandar un Uber para que recoja la guitarra de mi abuelo". Me contestó media hora después que no se encontraba en casa. "No mandes un Uber, yo la llevo cuando regrese" pero, ¿cómo podía confiar en las palabras de ceniza de un hombre que prometía y prometía sin cumplir nada? "No es necesario, te mando el Uber. Sólo avísame cuando llegues", respondí, esta vez sin reclamos por el plantón del día anterior, sin necedades, sin accesorios, sin nada. Frío, con esa frialdad que lo caracterizaba cada vez que algo le molestaba, prometió escribirme una vez que regresara.

No me escribió. Yo volví a contactarlo para preguntarle en qué momento del día siguiente podía mandar el Uber, porque a esa hora ya no estaba la señora María Luisa y no había nadie en casa para recibir el instrumento. Me explicó dónde había pasado el día, como si a esas alturas necesitara saberlo, y quedamos en que enviaría el transporte al día siguiente a las 9:45 am.

El martes desperté ansiosa por que fuera la hora acordada.  Después leí que había mucho tráfico en la avenida que llegaba directo de la casa del hombre de los gatos hasta la mía y, al diez para las nueve, pregunté si podía mandar el auto a su casa en ese momento. Mi examante estaba conectado y no me contestaba. El tiempo pasaba y yo leía "en línea" con mortificación. Le llamé veinte minutos después. Ocupado. Cinco minutos más tarde, me mandaba a buzón. Al fin, como la tercera es siempre la vencida, me contestó. Yo entré directamente en materia y él, no sé si indiferente, no sé si enojado, accedió a que lo mandara a esa hora. Casi se sentía como si me estuviera haciendo un favor. ¿El favor de devolverme una guitarra con altísimo valor sentimental? ¿El favor, quizá, de detener su ocupadísimo día de desempleo para entregarle la guitarra al chofer de Uber? ¿El favor de dejarme ir cuando yo quería, y no cuando él lo considerase necesario? A mí me quedaba muy claro que la devolución de la guitarra marcaba nuestro final. Asimismo, su falta de comunicación posterior a la entrega me hace pensar que él también lo sabía. 

Quisiera rematar con "Pero en realidad sólo él conoce lo que pasa por su cabeza", sin embargo —tal vez sea mi resentimiento hablando—, dudo que lo sepa. Dudo que le importe, por lo menos respecto a lo concerniente a mí. Únicamente diré que, después de su molestia manifiesta y mi preocupación creciente, cuando abrí la puerta trasera del coche donde la guitarra venía, sentí alivio y liberación. 

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Velorios

No sé qué está pasando con las coincidencias. Quizá sea que uno las encuentra y en realidad no existen. Es más, iré al diccionario a buscar específicamente qué significa la palabra. Ya regreso.

Coincidir, de acuerdo con la RAE:
[...]
3. intr. Dicho de una cosa: Ajustarse con otra, confundirse con ella, ya por superposición, ya por otro medio cualquiera.

Hoy, la tercera acepción queda perfectamente con lo que ocurrió en el día, con lo que está pasando últimamente.

Mi tía segunda murió. Toda su vida, desde niña, luchó contra el cáncer y, de nueve años para acá, contra un tumor cerebral. Cuando le dijeron que era necesario abrirle la cabeza para extraerle aquel gigante que se albergó sin permiso en su cerebro, la fui a ver. Ya no éramos cercanas pero, ante la posibilidad de la muerte, las rencillas quedan atrás y hay pocas cosas peores que no complacer a un moribundo.
Sobrevivió la cirugía con terribles consecuencias, porque de ahí para adelante ya no pudo valerse por sí misma. En estos actos de la vida que parecen contra natura, sus padres, ya desde entonces ancianos, envejeciendo cuidando a una enferma que, gradualmente, fue deteriorándose en todos los sentidos, a excepción de sus ganas de seguir con vida.

Finalmente, su agonía de casi una década concluyó. Sus padres, que la sobreviven, se hicieron cargo de ella y ahora ya no tienen que vivir la enfermedad de su hija.

No veía a mi tía desde hace un par de años, cuando sobrevivió a otra cirugía. Recuerdo que su imagen me impresionó: el cráneo aplastado, su rostro desfigurado y el cuerpo postrado en la cama me hicieron pensar que esa no era vida. Creí que no me reconocería, y sin embargo, cuando me vio, esbozó una mueca insípida que, me dijeron, era una sonrisa. Puse especial atención en su testa rapada, porque recordé que, de niña, me parecía que tenía una cabellera china preciosa, y ya nada quedaba de ella.
En el funeral, me dijeron que pasó algunos días en agonía. Que perdió los reflejos. Que perdió la vista. Mi hermano me avisó que la tía Julieta chica, como siempre la nombramos, había expirado. Pregunté por mis tíos. "Están tranquilos", me respondió, "ya no querían ver a su hija sufrir tanto".

Mi mamá, mi hermano y yo fuimos al velorio, que se llevó a cabo en la misma funeraria donde conmemoramos a mi abuelo.

"Capilla seis", leí en el pizarrón cuando ingresamos al recinto. Las manos empezaron a sudarme. "Segundo piso". Empecé a temblar. Entré al baño, intenté tranquilizarme. "Igual y no es", me dije en el espejo mientras terminaba de lavarme la manos... Pero sí era: la capilla donde velamos a mi abuelo con un poco de parentela y los amigos cercanos que se enteraron de su muerte a tiempo para acompañarnos. Aunque con mínimas remodelaciones, era el mismo lugar. El mismo olor a flores blancas de diferentes tipos. El mismo féretro gris. La misma distribución de espacios. Los mismos sillones diseñados para hundirse en los asientos, como si fueran a reconfortarnos de alguna manera.

Hiperventilaba. Quería soltarme a llorar, pero me pareció una falta de respeto a las circunstancias —sin mencionar que de egoísmo absoluto— hacerlo por mis recuerdos y no por mi tía muerta. Además, nadie sollozaba. Todos estaban tristes, pero tranquilos. Y en cambio a mí las lágrimas se me agolpaban en las entrañas, como las olas que se rompen en los acantilados. 

Luego pensé que sería buena idea acudir a los velorios, como plañidera. Me acordé de un par de personajes. ¿Por qué no? ¿POR QUÉ NO? Era mi ansiedad hablando, una vez más, como en últimas fechas ha hecho. Mi abuelo, MI ABUELO. Mi corazón. ¿MI CORAZÓN? ¿Dónde está mi alma? ¿Está, acaso, en el féretro? ¿Dónde está mi abuelo? 

Recordé mi sueño, ese del hospital subterráneo en el que lo busco, solo para no encontrarlo. Ese donde me encuentro con un hombre de cabello gris, delgado, que viste una chamarra de cuero y se la acomoda mientras me dice que es inútil seguir buscando. 

Evoqué otro sueño, en el departamento de antaño, con Gaga ahí, aunque ni había nacido, en la mañana, despertando. Mi abuelo, con su voz estruendosa, nos deseaba los buenos días, y cuando estaba por ver que se asomaba para platicar, me desperté con el rostro empapado. 

¿Dónde estás, Ilde? ¿Soy egoísta hasta por llorarte ahora que te necesito tanto y la vida me trae al lugar donde te despedimos? Quiero tirarme en la cama y escuchar que, en las habitaciones contiguas, tú gritas "Gol" mientras yo ahogo las lágrimas, tal como los clavadistas profesionales meten el agua a la alberca. Quiero que estés cerca, como estabas, en la ignorancia —o la pretensión de ella— de que me siento mal, porque tu presencia es un consuelo que se me ha escapado para siempre. 

En estos días de dolor y de terribles coincidencias, tu ausencia es el peor de los males. Te extraño, mi Ilde. Te extrañaré siempre.

lunes, 4 de mayo de 2015

Mi corazón roto

 "Dentro de mí tu dulce voz escucho. Es como un eco que me rompe el corazón." 

Mi espíritu está roto desde que te fuiste, Ilde. 

lunes, 13 de abril de 2015

Murió joven

Hoy murieron Eduardo Galeano y Günter Grass. Este, a los 87 años; aquel, a los 74.

Me enteré primero del deceso del escritor alemán a propósito de una entrevista que publicó El País y que mi mamá tuvo a bien compartirme. No pude evitar comparar la edad de Grass con la de mi abuelo, que murió el 17 de marzo pasado, un mes antes se cumplir 83 años.

Además de la muerte, entre Grass y él no hay muchas coincidencias. Mi abuelo no era escritor, sino impresor de oficio. Un hombre muy trabajador que se jubiló después de una vida de labores arduas y de lujos moderados, producto de su intelecto agudo y sus manos prodigiosas. Fue padre de cuatro hijos, dos que engendró con mi abuela, dos que adoptó cuando se quedaron sin padre.

El 17 de marzo pasado murió mi padre. A los 82 años. El último día de vida de mi Ilde me ronda la cabeza. También el subsecuente, es decir, el primero de su ausencia. Me acuerdo del aroma de las flores, de la sensación fría de tocar un cuerpo embalsamado. Me acuerdo de los médicos del hospital, aparentemente insensibles a la muerte, porque ellos solamente manejan la vida. De los comentarios: que hay que dejarlo descansar, que no hay que llorar tanto, que hay que llorar lo que se tenga que llorar. No sé por qué, como una herida palpitante, recuerdo un comentario sin malicia, pero que me hizo chiraspelas. "Murió muy joven."

Murió muy joven, al inicio de su octagésima década en este mundo. ¿Porque quiso? Yo quiero pensar que así fue. Busco consuelo en la idea de que él tomó sus decisiones y que prefirió la muerte por encima de una vida enferma, no obstante que yo pensé que duraría muchos años más. Todo fue tan rápido, que mi abuelo no se dio ni cuenta de lo que tenía, porque estaba en el inicio y muy pronto llegó al final.

La muerte trae consigo un halo de egoísmo para los dolientes. Quisiera que mi abuelo hubiera vivido todos los años que le tocaban según mi perspectiva, y luego, cuando repaso, pienso que, efectivamente, los vivió, pero estoy enojada porque no fueron más.

"Murió joven". Seguramente, si hubiera escuchado que alguien lo adjetivaba así a los ochenta y dos años, se habría pitorreado. Hubiera dicho, entre risas, que no estaba bien ni mal, que estaba. "Uno se hace viejo", habría sentenciado como si estuviera desvelándonos la verdad del mundo.

Menos mal que también me rondan la cabeza sus frases célebres, aunque no son lo mismo sin el dominio de su voz. Son innumerables las veces que escuché la famosísima "Ni modo, dijo el zancudo, cuando volar ya no pudo." o su "Decía mi mamacita que las mujeres sin aretes son como las papas sin sal: no tienen chiste."

Tal vez sí, sí murió joven, porque últimamente que he visto sus fotos me he dado cuenta de que siempre lo vi rozagante. Hasta últimas fechas me dio la impresión de que ya era viejito. Hasta ese día, el último de su vida, lo dimensioné frágil, porque siempre fue un roble cuyo follaje nos protegió a todos.

Mi abuelo fue un hombre lleno de vida. Con aquella voz estruendosa que hacía eco en sus escuchas, y sus cejas pobladísimas, contrastantes con su cabeza calva, que no le dejaban disimular sus alegrías o sus disgustos. Con su risa contagiosa que invitaba a carcajearse con él hasta de sus chistes más bobos. Era un hombre sencillo, un hombre a quien la vida recibió con asperezas y cuyo camino de oportunidades se labró él. No ha habido nada hasta ahora que me doliera más que verlo muerto, aunque ese sea mi egoísmo hablando.

Como mencioné al principio, el mismo día que Günter Grass, murió también Eduardo Galeano a los 74 años de edad. El promedio de edad de vida del escritor alemán y del uruguayo es de 80.5. Mi abuelo, el joven Ildefonso, murió en el último mes de sus 82. Díganme tonta, pero no puedo evitar sentir que la estadística que aquí presento me da un poco de paz.

Un beso al universo, que es para ti y que espero que te encuentre, abuelo.

jueves, 2 de agosto de 2012

El hombre de mi vida

Mi abuelo tiene Degeneración macular causada por la edad. Con ochenta años y la salud que lo hace parecer un roble, su cuerpo empezó a dar una muestra de debilidad. Afortunadamente, se ha detectado a tiempo y, con cuidados, la vista del ojo le ha regresado casi a la normalidad. También es afortunado que yo sea quien lo lleve al hospital a las inyecciones y a las consultas. Ahí estamos, a la espera, y mi abuelo siempre se hace de amigos momentáneos o enemigos.

Ayer fuimos a consulta e inyección. Después de los intentos fallidos del médico por socializar con él, lo revisó y se despidió. "Cuídese", le dijo a mi abuelo. "Cuídese usted, para que me
cuide a mí", respondió Ilde.

En la tarde, cuando salió de la sala quirúrgica donde le pusieron la inyección, tenía el ojo rojo: "Ya le dije a ese doctor que tiene la mano muy pesada, mira nada más cómo me dejó el ojo". Cuando fui a preguntarle al médico si la irritación era normal, se acordaba perfecto de él. "Ahhhh sí, ya sé. Sí es normal, le expliqué que esta vez se relajó más y por eso sintió todo".

Pero me encanta. Es un mago que hace sonreír al niño más llorón. Tiene el don de la vitalidad y, aunque enojón, es también bondadoso. Es mi amigo, mi compañero de tardes de televisión y de soledades. Con él me convierto en experta en deportes y, enseguida, en conocedora de películas, en árbitro de futbol, en testigo de telenovelas y en la escucha de sus quejas y de sus anécdotas.

A veces le leo. Se interesa en mi conversación y, si no, me da el avión. Mi abuelo me ha dado una lección de vida que me ha ahorrado horas de aburrición: "Oye, pero no escuches si no te interesa o si la gente te está diciendo tonterías. Desconéctate. Despréndete.".

Somos cómplices. Yo quiero que me lo cuente todo, y definitivamente sé que me ha contado algunos secretos que me llevaré a la tumba porque él decidió no llevárselos con él.

Todos los días quiero que sea la hora en que llega y me dice: "Charbe, vamos a ver 'Acorralada'" y juntos nos ponemos a comentar la historia de Diana y Max.

jueves, 12 de julio de 2012

Instalando la TV

Sin duda, una de las ventajas que me ha dado el freelance es pasar más tiempo en casa. Eso implica compartir las horas en compañía de mi abuelo. En abril, Ilde cumplió ni más ni menos que ochenta años. Si bien arrastra los pies y ya camina jorobado, su tono de voz destila vitalidad y su cuerpo es una atalaya saludable y digna de la admiración de quienes lo conocen.

Antier, mi mamá le regaló una pantalla porque, al fin, después de un par de años de estar renuente a cambiar su televisión de imágenes descoloridas, dijo: "Creo que ya me hace falta otra tele". Ayer fue día de instalación.

Yo estaba resfriada y mi plan era bañarme, enfundarme en unos pants y acostarme. Sin embargo, cuando vi que necesitaba ayuda, mi día dio un giro.

Ahí estaba yo –que seguramente fui cargadora en otra vida–, ayudándole a mover el pesadísimo mueble de los aparatos de sonido e imágenes. Sacamos juntos la televisión vieja del hueco en el que estuvo como doce años. Luego intentamos sustituirla por la nueva pantalla widescreen, solo para darnos cuenta de que el mueble necesita una renovación porque los espacios ya no son cuadrados sino rectangulares. Decepcionado, le costaba pronunciar las palabras "es que no cabe, vamos a tener que devolverla", pero sus ojos volvieron a iluminarse cuando le dije, "¿y si ponemos la tele sobre el otro mueble y recorremos este?". Para desplazarlo, hubo que sacarle los DVD, VHS y acetatos que todavía hay en mi casa. Luego quitamos las estatuillas y, al final, hasta la lámpara y la bocina. Fue una faena. Mi abuelo rabiaba, luego se sentía contento y después maldecía.

Instalar la TV fue fácil; conectar las bocinas al búfer, no tanto. Al final, el amplificador y las bocinas no reaccionaron, a pesar de los veinte intentos que hicimos por conectar los cables correctamente.

Sin embargo, cuando terminó la jornada, a pesar de todas las veces que me regañó, de las sugerencias que rechazó y de los momentos desesperados en los que cayó, mi abuelo octagenario me dijo: "Ándale, 'Charalí', vámonos a dormir que mañana tenemos que seguir conectando las bocinas".

Me dio un vuelco el corazón de la emoción que sentí y me fui a dormir sonriendo. Su compañía es lo mejor de mi freelance.

sábado, 14 de abril de 2012

Herlinda Tejeda o el mal servicio 2

Sí, sí. Yo creí que, a raíz de la entrada pasada que llegó a los ojos de la gente del Vips, no volvería a hablar de Herlinda. Me equivoqué: resulta que mi abuelo, quien está a escasos 11 días de cumplir ochenta años, ya no va al Vips que frecuentó durante años.

–¿Cómo que ya no vas?– Pregunta mi mamá.
– Es que la mesera de la barra me hacía muchas groserías, entonces me cambié de Vips.
–¿Qué groserías?
– Por ejemplo, la última vez me corrió de la barra. Estaba sentado ahí, ya había desayunado y me dijo que me quitara porque necesitaba el lugar.

Mi abuelo dice que Herlinda Tejeda se siente intocable porque es lidereza del sindicato "Unión de meseras del Vips". Se le olvida que, sin clientes como mi abuelo, no habría Vips de donde ella pudiera ser mesera y hacer su negocio en el sindicato.

–¿Y tus amigos?– Le pregunto yo.
– Pues ya se perdieron.

Repito que, para mi abuelo, acudir al Vips era una cuestión mucho más profunda que el hecho de sentarse a desayunar, mi abuelo, como otros, socializaba en ese lugar.

La vez pasada se comunicaron con mi mamá, que puso una queja en el Vips de Facebook. Le ofrecieron disculpas para mi abuelo y le dijeron que Herlinda tenía mala actitud porque se quiere retirar. Le dijeron que hablarían con Herlinda para que mejorara su actitud.

Por lo visto, solo la empeoró.

Les hablo del Vips Aeropuerto y les conmino a que no vayan. A lo mejor, la próxima vez, Herlinda o cualquiera los corre a ustedes o a su familia.

Esta es la liga de la narración anterior, por si ocupan.

http://charbaramos.blogspot.mx/2012/01/herlinda-o-el-mal-servicio.html

domingo, 5 de abril de 2009

De ahí vengo

Es cierto que hay personas a quienes envejecer les sienta de maravilla. A este señor encorvado, rosado y redondo, le va muy bien la vejez. Él siempre se queja de sus achaques, pero cuando va al doctor, éste lo felicita y se sorprende de que a sus casi 77 años, posea tal condición física, sobre todo porque empezó a fumar cuando tenía nueve años de edad.

Mi abuelo es un hombre lleno de contrastes: por un lado le fascina el control, que le digamos lo que platicamos entre nosotros, aunque no sepa bien de lo que hablamos, pero no le gusta hablar de sus cosas. Es súper explosivo pero casi no se enoja. No tiene tacto, pero tampoco le gusta que lo traten sin él. Uno de los episodios tragicómicos de mi vida es con él y mi mamá.

Es adicto al cigarrillo tanto como es adicto al futbol. No se pierde el torneo nacional. Es el típico hombre que le grita a la televisión, como si ésta, a su vez, transmitiera que el árbitro es un pendejo, que Hugo Sánchez es un comemierda cazafortunas malinchista, y los comentaristas son absolutamente parciales, pero ahí está viendo al América jugar (aunque es archienemigo), escucha a los comentaristas y lee el periódico deportivo para refutar las estupideces que dicen los demás.

Y es que, para él, todos los demás están equivocados. Él tiene la razón. Siempre. Es necio por convicción. Más de una vez ha pasado que algún otro miembro de la familia va al cine, y cuando le dice el argumento de la película, él contesta que ya la vio. No hay poder humano que lo convenza de lo contrario. Y lo dice tan seguro, que por un momento parece que la verdad empieza en sus palabras, y se agota en lo que desconoce.

Siempre trabajó. Desde que cumplió nueve años. Su padre se murió cuando él tenía siete y toda la familia, que constaba de doce hermanos más y la madre, inmigró al D.F. en busca de mejores oportunidades. Y sin embargo, el corazón de mi abuelo está en Zamora, Michoacán. Uno juraría que vivió ahí toda su vida, y no apenas el principio.

Es un simplón. Se ríe de todo. Se exaspera por todo. Me regaña cuando me está felicitando. Me felicita cuando me regaña. Va al VIP's diario, porque en la barra se encuentra con otros viudos o viudas que también desayunan ahí todos los días. Se queja de la señora de la limpieza, pero si algún día decidiéramos decirle que se fuera, él se iría con ella y, también, como es tradición en casa, le fascina el drama.

A pesar de todo, de la brecha generacional y de las cosas que nos exasperan sobre el otro, es con quien mejor me llevo en mi casa. Sus quejas constantes me llenan el corazón de ternura. Su pasión por el futbol me lleva a sentarme con él, de vez en cuando, a ver los partidos televisados. Me gusta escucharlo hablar de la extraordinaria historia de cuando huyó de su casa y trabajó un año en Oaxaca en unos cafetales. Pero, lo que más me gusta, es evocar el recuerdo que tengo de la infancia, uno de él y mi abuela abrazados...

De ahí vengo

martes, 3 de junio de 2008

- Abue, mi graduación es el 14 de junio. ¿Tienes traje o compramos uno?

Mi abuelo corre hacia su clóset, saca un saco gris y se lo pone.

- ¡Mira, mira cómo me queda!-. Parece niño chiquito.

- ¿Te queda bien no?

- Sí, sólo tengo que mandar a arreglarle las mangas y llevarlo a la tintorería.

- Pero está limpio...

- No, tengo que llevarlo a la tintorería.

Se me hace un nudo en la garganta. Mi abuelo está muy emocionado.