sábado, 17 de septiembre de 2016
La devolución de la guitarra 0:14
lunes, 17 de agosto de 2015
Nocturno en desesperación 13:43
En esta desesperación de dejar lo que no existe, ante la inminente de realidad de que no existirá jamás, he llegado a preguntarme cuándo será el día en que alguien te encuentre. Una mujer más astuta que yo, que tenga la lupa puesta y se dé cuenta de que eres una joya auténtica en exhibición.
Sin duda, cuando ocurra, sentiré el yugo del dolor. Toda yo me convertiré en pecho oprimido. Me preguntaré constantemente si esa pude ser yo, con la duda en la sangre corroyendo más a mis órganos impíos. Lloraré rabia, envidia y tristeza, si acaso no estoy por llorarlas únicamente ante la idea de que eso pueda suceder. Sin embargo, una parte de mí ansía que alguien te encuentre y me ayude a salir de este letargo de años. Que dejemos de hablarnos, porque ya está ella y yo seré nadie, como nunca he sido, como nunca seré.
¿Cuándo será el día que tu nuevo alguien me arranque de tajo estas ilusiones, pues por más que trato de reprimirlas, afloran en las noches y se me marchitan en los días? Por más que intento, parece que el tiempo pasa y la invención de ti se adhiere a mis entrañas. ¿Cuándo será el día que te vuelvas real?
lunes, 4 de mayo de 2015
Mi corazón roto 21:09
sábado, 24 de enero de 2015
Incendio en seco 6:00
Parece que la espalda se ha cansado de sostenerme. Ni porque le quité kilos de encima, ni porque, de las incongruencias médicas, he procurado seguirlas todas.
Me clava un no rotundo en la piel con angustia. En el costado izquierdo, en la zona lumbar, en la pierna. "Camine un poco, pero no se mueva" parece la instrucción más incongruente, pero en este cuerpo que de pronto me sabe a papel quemado, resulta una indicación que viene muy bien.
Por primera vez en días, creí que está lumbalgia cedía un poco. Creí que, al fin, la salud por la que he luchado desde el abandono de la obesidad mórbida estaba regresando. Sólo que no. Mi cuerpo y la vida me hicieron notar que no estoy lista. No estoy lista para andar mi camino de regreso al mundo, ni con bastón ni sin él.
"Siete días de incapacidad", dijeron. Hoy, por un minuto, pareció que el doctor había exagerado. Me dio la impresión de que tal vez, sólo tal vez, podría buscar la forma de revocar mi sentencia de reposo obligatorio.
No. Una voz grave y profunda resuena en mi cuerpo. Una voz enojada. No. Un punzón. No. Contractura. ¡No! Y en el latigazo final, ya no puedo caminar un poco, sólo no me muevo; simplemente me quedo ahí, torturada, pero tranquila porque, después de un rato de tortura y aunque el dolor permanezca, mi espalda y yo encontramos tregua.
miércoles, 25 de diciembre de 2013
Un recuento 22:45
Un año acaba y con él llega la costumbre de hacer un recuento. Quizá por nuestra educación moral, se nos obliga a calificar de bueno o malo un año. Hay que hacer un balance. Es un deber.
Pues bien, me rehúso, al menos en la teoría, a llevar a cabo una calificación de todo lo que viví en el año. Algunas cosas son públicas; otras, tan privadas que solamente mi propio espíritu podría delatarme, e incluso así me estaría revelando asuntos que desconozco.
Este año me desdoblé. Fui yo, pero también fui otra que no conocía. Y esa otra me asustó. Se apoderó de mí. Eso no me hizo menos responsable de mis actos, pero de pronto me encontré absolutamente dominada por alguien que era yo y que solo se me había aparecido una o dos veces, varios años atrás. Aquellas otras veces duró muy poco tiempo, esta vez, gradualmente, se instaló dentro de mí. Mis yo libraron una batalla que aún ahora, en ocasiones, siguen llevando a cabo. Fue una batalla de meses de soledad, de meses de dolor emocional, de incertidumbre que creí que me llevaría a la locura. Incluso ahora lo recuerdo y se me llenan los ojos de lágrimas. Pienso en cómo fui perdiendo los estribos, en cómo me hundí y en cuánto trabajo me costó levantarme.
Hubo testigos incansables. Constantes. Hubo, desafortunadamente, víctimas. Gente a la que lastimé en el proceso de transformarme. En la crisis de convertirme en quien no sabía que era... Hubo también quienes no supieron bien qué sucedía conmigo, pero me apoyaron sin necesidad de conocer detalles. A ellos les estoy inmensamente agradecida.
Al principio, sentí mucho dolor, adicional a la desesperación de sentirme al borde de la locura, porque me dio la impresión de que no me entendían. Sentí que aquella gente en quien confié ciegamente, me había dado la espalda. Pero ni confié tanto, ni tampoco tendrían por qué no habérmela dado.
Poco a poco, todo fue esclareciéndose. A fuerza de decidir que no quería seguir llorando,de reconocer que había caído, de aceptar que también soy esa otra , la que fue destrozándome, renací de las cenizas. Fue un proceso muy personal. Probablemente, incluso quienes lo vivieron de cerca consideren que exagero; sin embargo, tal fue mi proceso interno. Lentamente, mis fibras fueron regenerándose con lo que quedaba de mi yo antigua y se fundieron con esa otra que me negué a reconocer. En el horno donde se llevó a cabo la mezcla, perdí a gente que me importaba, otra decidió cambiar nuestra relación de tajo. Tuve que decir adiós a algunas de las personas en cuyo sendero me imaginé por siempre, pero también recuperé a otras de quienes ya me había despedido. En la oscuridad absoluta, yo fui mi propia luz. Cuando vi hacia abajo y miré el abismo, creí que inevitablemente caería; antes bien, cuando las lágrimas dejaron de obnubilarme el pensamiento, volteé y me di cuenta de que había quienes me observaban y me decían, en silencio, "a pesar de que puedes caerte, a pesar de que no podemos detenerte, estamos aquí para decirte que nos importas."
En la soledad absoluta, la del alma acongojada, decidí perdonarme y regresar al mundo. Busqué ayuda profesional para combatir mis demonios. Entonces, a fuerza de nombrarlos, fui liberándome de ellos. Gracias a eso, fui capaz de retomar la pluma, de escribir. De dejar de procastinar. Empecé a actuar.
Así que me da la impresión de que, en mi caso, este año no hay balances, las cosas solamente sucedieron. Ocurrió que padecí tantas enfermedades como nunca, que primero bajé de peso y luego subí. Ocurrió que crecí. Por primera vez en la vida ya no me siento una niña. Por primera vez en la vida me di el valor como lo que efectivamente soy. Viajé. Escribí sin tabúes. Perdí amistades. Gané amistades. Me gané a mí.
Definitivamente, en 2013 no puedo presumir que leí muchísimo -porque no es cierto-, ni que llegué a mi peso ideal -porque estaría mintiendo-, pero sí puedo contar a quien quiera leer, que me siento más cerca de encontrarme.
Mi gran logro de 2013 es que soy más honesta conmigo, y vaya que me costó recorrer un camino que nunca había atravesado.
Quiero agradecer a mi familia, a mis amigos y también a quienes, por lo que sea, no pudieron quedarse conmigo.
Que 2014 sea un año de estabilidad, ya que este me sacó de control en todo sentido.
lunes, 15 de julio de 2013
Reconstrucción 22:01
Estuve enamorada. Como canción de Raphael, El divo de Linares. Por una época, me sentí correspondida. Pensé entonces que no había nada mejor que el amor que se corresponde. Fue maravilloso y, después, sumamente doloroso.
No pretendo decir que no volveré a enamorarme, a pesar de que el corazón me late con violencia a causa del miedo que me provoca. Solo sé que el desamor me dejó hecha un guiñapo y que es tiempo, una vez más, de recoger mis pedacitos y reconstruirme. No queda más que eso. Reconstruirme. Tal vez quedaré como un Picasso, pero, aunque no lo entendamos, Picasso es arte.
Los pros de esta situación ya los empecé a ver: mucha escritura y un reacomodo de gente. Las desventajas: el desamor mismo y la desesperanza.
Fui muy dichosa mientras estuve enamorada. Es una pena que haya terminado.
sábado, 6 de julio de 2013
Bálsamos 11:32
Me estoy volviendo loca, me digo a diario. Pero últimamente las distracciones son tantas y tan cuerdas, que me permiten olvidar el inevitable punzón que me penetra incansable.
Los rayos son, por ejemplo, la creación. Esa concesión que el universo le da a algunos seres entre los cuales yo me cuento. Soy afortunada de que el cosmos me deje jugar a que creo. Y he creado: en el trabajo, como entretenimiento, en Facebook, todo el tiempo estoy creando historias: de dos renglones, de cinco, de varias cuartillas, todo el tiempo estoy pensando en qué decir porque no puedo decir lo mío. Seguramente se lee entre líneas o, en ocasiones como esta, lo plasmo en este espacio de dos punto cero.
A veces, la ansiedad regresa y hace temblar mi interior como si tuviera mal de Parkinson. Esta semana volví a tener uno de esos episodios que no le deseo a nadie, uno de esos de destrucción. No obstante, tal vez sea cierto eso que dicen: hay que destruir para crear. Una estrella se destruye y crea tantas cosas. Un ser se destruye para reproducirse y crea otros seres más. Se divide.
Tal vez esa es mi naturaleza. Yo, que soy una nómada espiritual y busco incansablemente un lugar donde estar. Quizá nunca lo encuentre y lo que tengo que hacer es, precisamente, dejar de buscar, dejar de añorarlo. Quizá tengo que destruir, pero no ser antropófaga de mis propios órganos, de mi propia piel.
Sí. He llegado a estas conclusiones, que por el momento me dan paz, gracias a que he creado después de haberme hecho pedazos. ¿Para qué echarle la culpa a los demás si lo que he aprendido en estos últimos tiempos es que todos somos pasajeros en un tren y que, por largo que el camino sea, eventualmente nos bajamos?
De pronto me cansé de luchar porque la humanidad sepa que valgo. De pronto me cansé de la gente, del mundo, de la sociedad en la que vivo. De todas las sociedades. De pronto lo que ansío es un buen libro, una buena herramienta para escribir y echarme, como hace mi perrita, a limpiarme las heridas. Es como si hubiera librado una batalla tan grande dentro de mí que, ahora, no queda más que contabilizar las bajas, y limpiar los escombros. ¡Cuántos recuerdos removeré en el proceso de purificación! No pinta para que los 27 pasen fácilmente, ni tampoco para que pasen en compañía.
La compañía, aunque siempre la agradezco mucho, puede ser un lastre. Después uno exige porque no la tiene, y luego los otros no entienden el dolor cuando no la brindan. Así que, gracias a los que han estado como han podido, y a los que no, hasta nunca.
domingo, 11 de marzo de 2012
El síndrome de Alí 0:24
No sé cuántas cosas habrá hecho Nadia para amarrarlo. No sé y tampoco me interesa. La cuestión es que ella cedió, cedió, cedió y Alí se sintió totalmente seguro de ella. Tanto que, mientras salía con ella, se atrevió a proponerme "andar en secreto". Seguramente, cuando Alí se case, va a andar en secreto con muchas mujeres, tantas como su sonrisa magnética cautive.
Por su parte, Nadia, que se encargó de aislarlo de todas las maneras posibles. Que se adelantó a su edad con tal de ganarse a Alí, como si él fuera una presea. Y Alí, a pesar de que estaba con ella, me buscaba. Y a mí me gustaba. No le decía que sí, tampoco sabía que salía con Nadia, pero ahí estaba. En aquel vaivén de emociones donde no se decidía nada. Donde él no me dejaba y yo tampoco salía del círculo.
Y entonces un día yo me quedé sin más opciones. Y él tenía dos, tres o cinco o veinte. Porque todas seguían muriendo por él y por mí ya no moría nadie. Estaba tan volcada en esa relación que no me di cuenta de que otros caminaban por ahí, esperando. Sin embargo, cuando se cansaron, resentí que sus sombras faltaran en mis días soleados.
Alí terminó con otra chava, compañera mía. Ni con Nadia ni conmigo. Y Nadia terminó sin opciones de ahí a que acabó la secundaria y yo, cuando dejé de interesarme, me conseguí a otro en quien pensar y poner mis esperanzas de andar por los pasillos de la secundaria tomados de la mano. Esa historia no pasó a mayores porque teníamos 14 años.
Sin embargo, hace unos meses me enteré de que una conocida mía está enamorada de un hombre. Este hombre no la ama, pero tampoco la deja ir. Están en un estira y afloja constante. Ella ignora si él tiene otras mujeres, como yo desconocía la relación entre Nadia y Alí, aunque la simple idea de que él pueda estar con otras le carcome las entrañas. Lo sé porque se le nota, no porque me lo haya dicho, pues ella y yo no somos amigas. Me imagino que, si lo fuéramos, tendría más confianza para decirme que su Alí no la ama y ella es adicta a él. Si algo me queda claro es que él también tiene una adicción: le gusta que lo hagan sentir bien y, en cambio, paga a esas mujeres con desdén y, en algún punto, indiferencia disfrazada de cariño. De acuerdo con una amiga suya que sí es mi amiga, esta es la cuarta o quinta vez que él la rechaza y luego vuelve a buscarla. También es la quinta vez que ella les dice que ya no siente nada, sin embargo vuelve a caer.
Este caso, El síndrome de Alí, como yo lo llamo, no es más que la unión terrible entre un Casanova y una mujer que se autodestruye. Ella es como una pelota y él es el futbolista: la pelota sirve, porque a fuerza de golpearla se anota gol. Sin embargo, es reemplazable: si sale del área de juego, pero no alcanzan a agarrarla, no pasa de que la sustituyen por otra en el juego y por otra, hasta que regresa otra vez a ser pateada con un objetivo que podría cumplirse con ella o con un bote de frutsi.
La diferencia entre la pelota y esta mujer de la que me entero cada dos o tres meses que me plaitca mi amiga es que la esencia de la pelota es que la golpeen. Me pregunto si ella creerá que, en su esencia, está escrito que el hombre ideal tiene que humillarla, dejarla y tomarla cada vez que se le antoja, sin que ella haga absolutamente nada.
sábado, 4 de junio de 2011
MEP 8:04
domingo, 30 de enero de 2011
Ojos. Capítulo final 14:02
jueves, 29 de abril de 2010
Lunes 26 de abril de 2010 21:14
Sin embargo, la suerte terminó el lunes pasado. No me ocurrió a mí directamente, pero le sucedió la persona más cercana en mi vida: mi mamá.
El lunes pasado mi mamá abordó un taxi y, para no hacer el cuento largo, fue víctima de un secuestro exprés. El chofer hizo como que el auto se descomponía y de pronto se subió otro tipo. Sacaron dinero de sus tarjetas y luego la liberaron, no sin antes infundirle terror psicológico y llevarla a dar vueltas en lo que alguien sacaba el dinero de sus tarjetas.
No ha querido contarnos a detalle qué fue lo que pasó ahí. Pero yo la veo tristísima y se me rompe el corazón. Se me rompió por ella, por lo que vivió, por lo que le espera antes de la recuperación.
¿Se puede uno recuperar de una experiencia así? ¿Con qué seguridad? Me siento cada vez más decepcionada del país en donde vivo, de la injusticia, de que hayamos llegado al nivel de decir "pues lo bueno es que sólo se robaron tu dinero y te dejaron ir"... ¡No! No deberíamos agradecer ninguna de las dos cosas, ni que le hayan sacado su dinero ni que la hayan dejado ir, porque de entrada eso no debería suceder. Y es tan común que la gente vive con miedo y pensando "qué bueno que no me cortaron un dedo, qué bueno que no me mataron"...
La angustia que sentí desde el momento en que mi hermano me dijo que creía que habían secuestrado a mi mamá hasta que escuché su voz por el auricular no se compara con ninguna otra cosa que haya sentido en la vida. Con ninguna. De pronto me pegó el pensamiento de que unas horas antes habíamos platicado y de que podría haber sido el último momento de mi vida en que tuviera contacto con ella.
De verdad que no se lo deseo a nadie... ni siquiera me puedo imaginar lo que mi mamá debió sentir en esos momentos.
Lo que esos tipos nos quitaron fue mucho más que dinero. Fue libertad, seguridad, tranquilidad. A mí, además, me quitaron la poca esperanza que me quedaba en este país. No puedo dejar de pensar que es una mierda, una mierda que nos tiene a todos secuestrados y hundidos en los desechos.
Estoy en shock. No sé cuándo dejaré de estarlo.
sábado, 31 de octubre de 2009
M. 10:16
Ayer leí una entrada en su blog al respecto. Y me gustó. Me gustó de pronto leerle tanta madurez, a pesar de todo el dolor. Tanta vulnerabilidad aunque, esta vez, parezca que el resultado fue la falla.
Me encanta. Hace un tiempo (no tanto en realidad) M. estaba anestesiado. No sentía. De pronto vivió automatizado, ahora vive humano, vive sentimientos, vive desamor.
¡Qué chingón! Nada como cuando sabes que vas a superarlo. Porque sí se supera, siempre se supera. Y sí, habrá esperanza de un mundo mejor con una relación adecuada para uno.
Yo no sé si existe la media naranja, pero definitivamente vale la pena buscarla. Tan sólo la idea del encuentro es lo suficientemente fuerte e ilusoria como para hacer el intento.
Y él lo sabe. Está sufriendo la metamorfosis que amar implica. El antes, muy fijo en mi memoria, empieza a sustituirse por el atractivo después. Mi amigo M. ha madurado. Ése es su después. Entender que puede doler a niveles insospechados pero que, en realidad y por fortuna, los seres humanos perdemos la memoria del dolor. Por eso seguimos viviendo. Porque nuestro cuerpo y nuestra alma saben que dolió pero no recuerdan cómo. Y en cambio, después del sufrimiento, nos queda el resplandor de la felicidad. Sí, fuimos felices, en el amor, en la entrega absoluta, y recordamos al otro sin rencor y con un dejo de nostalgia. Lo recordamos bien. Bellamente. Verdaderamente.
Vale la pena. La intención es que, la próxima vez, seamos más felices. Es lo bueno de que la plenitud sólo sea alcanzable hasta que uno decide que ya se instaló en ella. Y va a ser mejor. Para estas personas que maduran sus errores y entienden los ajenos, esta nueva posibilidad de amar mejor es un hecho y una recompensa.
Como bien escribió Lourditas en un comentario, hay que empezar a andar en bicicleta y caerse, antes de poder hacer ciclismo de montaña.
Así que, M., bienvenido al club del péndulo. Te aseguro que habrá un día en que ya no osciles entre un extremo y otro y alcances el punto medio.
Felicidades por el dolor.