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sábado, 17 de septiembre de 2016

La devolución de la guitarra

Después de una relación fallida queda pendiente la repartición de bienes. Yo creo que esto no se acaba sino hasta que uno decide "donar" esos objetos, o bien, recuperarlos.

En una entrada anterior narré cómo, cuando concluyó aquella única relación formal que he tenido a lo largo de treinta años de vida, olvidé en casa de mi expareja el objeto que debí haber recabado primero: la guitarra que, en vida, tocó mi abuelo durante muchos años.

No llevé el instrumento de manera arbitraria, sino porque, en alguna ocasión de las que pasamos juntos, aquel hombre me acompañó con su propia guitarra mientras yo cantaba. Posteriormente, manifestó su deseo de que hiciéramos un proyecto musical y, para tal fin, me enseñaría a tocar. Esa vez, me pareció tan entusiasmado que no dudé en aceptar su propuesta, a pesar de mi consabido pánico escénico y mi negación para tocar incluso la flauta dulce en la primaria. 

Quizá ahí, el dueño de los gatos sentía aún cierto interés por mí, puesto que, incluso, vino a casa por la guitarra para llevarla a la suya, ya que destinaríamos esos días juntos al aprendizaje. Nunca me enseñó más que a rascarla un poco, pero eso sí, le dedicó varias horas a pulir la madera del instrumento prestado, apretó las cuerdas, las cambió e, incluso, me aseguró que la semana siguiente a nuestro viernes, sábado y domingo en pareja, compraría cuerdas nuevas para renovar aquella guitarra tan querida por mi abuelo.

Me remito únicamente a los hechos —y no a mis sentimientos al respecto— cuando aseguro que nunca compró las cuerdas ni afinó el instrumento. Sin rencor alguno, asevero que no volvió a sacarlo del estuche una vez que lo guardó cuando todavía estábamos juntos. Ahora que lo pienso, él mismo se guardó en un estuche y no volvió a salir de él. Casi parecía que tenía doble fondo, como la utilería para los trucos de los magos, puesto que, mientras más intenté sacarlo, más se aferró a quedarse en un pozo, a oscuras, o por lo menos lejos de mi mirada, de mis ojos. 

Después de que me incluyera en su proyecto, cuando ya me había cubierto con el manto de su cotidianidad para que yo la cobijara como mía, me dijo que necesitaba tiempo. Sin afán de justificar la conducta de ninguno, escribo que él estaba deprimido y yo cada vez más ansiosa, una combinación letal para una relación que tenía el océano de por medio, sin ninguna esperanza de tocar tierra próximamente. Por lo tanto, el tiempo era un eufemismo que disfrazaba el adiós. Se lo dije y se enojó. "Me parece muy radical que dejemos de hablarnos", aseguró. 

Después de discutir el futuro por horas y de recoger mis cosas, ya apiladas en una bolsa, llamé un taxi. Nos despedimos en el zaguán de su casa y todavía me besó tres veces —un Judas combinado con Pedro, si es que el lector me permite la comparación—. Sus labios se posaron brevemente sobre los míos. Cuando se separaba, sus ojos me buscaban y me miraba, creo que con un dejo de culpa, si bien en aquel entonces casi pensé que era dolor.

Y, a partir de aquel domingo de hasta luegos, no dejó de buscarme. Diario, de lunes a viernes, hasta que el quinto día de separación le pregunté si ya lo había pensado. "No lo he pensado", me respondió desesperado. 

"Me doy por vencido", fue su última declaración. "Yo también", fue la mía. Y, no sé él, pero yo sí me había rendido. 

El sábado posterior a aquellas declaraciones escritas, recordé que había dejado la guitarra. La imaginé ahí, recargada en la pared de la habitación lúgubre donde pasé prácticamente todos los fines de semana durante cuatro meses, y sentí remordimiento de no habérmela llevado junto con todo lo demás. 

Al día siguiente, resuelta a recuperarla, le envié un mensaje a aquel hombre, en el que solicitaba amablemente el regreso del instrumento a mi casa, junto con el inicio de una nueva relación: la de amistad. Quizá mi mensaje fue muy a la manera femenina, puesto que él solamente me contestó "Ok, te aviso". 

El lunes ocurrió el deceso de su gato y yo decidí darle una tregua. Entre lunes y sábado no dejó de buscarme. Diariamente me hacía una relatoría de los hechos, de las novedades, de las imaginaciones recurrentes en torno a su felino muerto. Recibía mensajes de voz, audios con la canción que le había compuesto,fotografías de él abrazando al minino e, incluso, del cuerpo inerte. Todo él era desolación.

Yo estuve ahí. Si tenía alguna intención, aún no puedo descifrar cuál era, puesto que en mi conciencia sólo se había postrado la idea de tregua. Una persona que me importaba estaba viviendo un mal momento, y apoyarlo representaba un deber para con mis propios sentimientos. Incluso le ofrecí compañía: "Únicamente porque se murió tu gato", aclaré. Y en esa declaración supe que todo había terminado, porque no sentía naturalidad al proponerle que nos viéramos, porque me daba miedo que pareciera que tomaba lo del gato como un pretexto para volver a estar con él. Afortunadamente, no me tomó la palabra. Es un hombre de soledades y, muy probablemente, tampoco sentía deseo alguno de que nos miráramos. Yo le funcionaba a la distancia y así fue como me preservó toda aquella semana de duelo. 

El jueves, la señora María Luisa me preguntó por los tubos PVC que estaban en la cantina, aquellos que fui a comprar el fin de semana fatídico en que nuestra relación terminó. Se suponía que el hombre iría a casa a comer con mi familia y, después de eso, nos trasladaríamos a la suya donde, entre otras cosas, construiríamos una silla de ruedas para otra de sus gatas, que recientemente se había caído y había perdido la movilidad en las patas traseras. Sin embargo, él no llegó a mi casa y, más tarde ese día, cuando lo vi, interrumpí mi camino hacia otro lado para hablar con él y finalizar el capítulo, de modo que no llevé los tubos. 

La voz de la señora María Luisa diciendo "Chabe, ¿qué pasó con la sillita de ruedas de la gatita? ¿No se la van a hacer?" me retumbó en las entrañas. "No se la vamos a hacer juntos", pensé, pero no me atreví a contarle que ya no salía con el dueño de los gatos. En cambio, como él me estaba escribiendo mientras la señora inquiría por los tubos PVC, le pregunté si los quería. "No pasa nada si no,  solamente avísame para deshacerme de ellos", rematé. "Sí los quiero, de hecho te iba a preguntar si podía pasar por ellos el domingo", respondió en un mensaje de voz. Le contesté que sí —a pesar de que no quería verlo— y aproveché para hacerle la solicitud expresa de que me llevara la guitarra. A ese respecto no contestó nada y, francamente, me inquietó el silencio. La deshonestidad no formaba parte del repertorio de manías del hombre de los gatos, de manera que no entendía la razón de su mutismo cada vez que le hablaba de la guitarra de mi abuelo. 

El sábado en la tarde fue el último día que supe de él porque él tuviera la intención de comunicarse. Como a las dos le escribí que iba a dormirme: no estaba de humor para lidiar con el mundo. No recibí respuesta a ese mensaje. El domingo, como ya debe imaginarse el lector a estas alturas, el dueño de los gatos no llegó a mi casa y tampoco me avisó que no podría pasar por los tubos. A diferencia del día que terminó nuestra relación, esa vez no lo esperaba. No estaba ansiosa por su llegada ni por nuestro encuentro. Trabajé en casa y en la noche me fui al cine. Regresé y seguí trabajando. 

A la mañana siguiente, muy temprano, le escribí con un solo propósito: recuperar la guitarra. "¿Estás despierto? Quiero mandar un Uber para que recoja la guitarra de mi abuelo". Me contestó media hora después que no se encontraba en casa. "No mandes un Uber, yo la llevo cuando regrese" pero, ¿cómo podía confiar en las palabras de ceniza de un hombre que prometía y prometía sin cumplir nada? "No es necesario, te mando el Uber. Sólo avísame cuando llegues", respondí, esta vez sin reclamos por el plantón del día anterior, sin necedades, sin accesorios, sin nada. Frío, con esa frialdad que lo caracterizaba cada vez que algo le molestaba, prometió escribirme una vez que regresara.

No me escribió. Yo volví a contactarlo para preguntarle en qué momento del día siguiente podía mandar el Uber, porque a esa hora ya no estaba la señora María Luisa y no había nadie en casa para recibir el instrumento. Me explicó dónde había pasado el día, como si a esas alturas necesitara saberlo, y quedamos en que enviaría el transporte al día siguiente a las 9:45 am.

El martes desperté ansiosa por que fuera la hora acordada.  Después leí que había mucho tráfico en la avenida que llegaba directo de la casa del hombre de los gatos hasta la mía y, al diez para las nueve, pregunté si podía mandar el auto a su casa en ese momento. Mi examante estaba conectado y no me contestaba. El tiempo pasaba y yo leía "en línea" con mortificación. Le llamé veinte minutos después. Ocupado. Cinco minutos más tarde, me mandaba a buzón. Al fin, como la tercera es siempre la vencida, me contestó. Yo entré directamente en materia y él, no sé si indiferente, no sé si enojado, accedió a que lo mandara a esa hora. Casi se sentía como si me estuviera haciendo un favor. ¿El favor de devolverme una guitarra con altísimo valor sentimental? ¿El favor, quizá, de detener su ocupadísimo día de desempleo para entregarle la guitarra al chofer de Uber? ¿El favor de dejarme ir cuando yo quería, y no cuando él lo considerase necesario? A mí me quedaba muy claro que la devolución de la guitarra marcaba nuestro final. Asimismo, su falta de comunicación posterior a la entrega me hace pensar que él también lo sabía. 

Quisiera rematar con "Pero en realidad sólo él conoce lo que pasa por su cabeza", sin embargo —tal vez sea mi resentimiento hablando—, dudo que lo sepa. Dudo que le importe, por lo menos respecto a lo concerniente a mí. Únicamente diré que, después de su molestia manifiesta y mi preocupación creciente, cuando abrí la puerta trasera del coche donde la guitarra venía, sentí alivio y liberación. 

lunes, 17 de agosto de 2015

Nocturno en desesperación

Te sueño. Todavía. En mis noches de letargo o ante la incertidumbre de tu presencia en los lugares en los que comúnmente te encuentro, te sueño. Mi inconsciente saca la frustración de mi timidez, aunque al mismo tiempo me da aliento para seguirte añorando.

En esta desesperación de dejar lo que no existe, ante la inminente de realidad de que no existirá jamás, he llegado a preguntarme cuándo será el día en que alguien te encuentre. Una mujer más astuta que yo, que tenga la lupa puesta y se dé cuenta de que eres una joya auténtica en exhibición.

Sin duda, cuando ocurra, sentiré el yugo del dolor. Toda yo me convertiré en pecho oprimido. Me preguntaré constantemente si esa pude ser yo, con la duda en la sangre corroyendo más a mis órganos impíos. Lloraré rabia, envidia y tristeza, si acaso no estoy por llorarlas únicamente ante la idea de que eso pueda suceder. Sin embargo, una parte de mí ansía que alguien te encuentre y me ayude a salir de este letargo de años. Que dejemos de hablarnos, porque ya está ella y yo seré nadie, como nunca he sido, como nunca seré.

¿Cuándo será el día que tu nuevo alguien me arranque de tajo estas ilusiones, pues por más que trato de reprimirlas, afloran en las noches y se me marchitan en los días? Por más que intento, parece que el tiempo pasa y la invención de ti se adhiere a mis entrañas. ¿Cuándo será el día que te vuelvas real? 

lunes, 4 de mayo de 2015

Mi corazón roto

 "Dentro de mí tu dulce voz escucho. Es como un eco que me rompe el corazón." 

Mi espíritu está roto desde que te fuiste, Ilde. 

sábado, 24 de enero de 2015

Incendio en seco

Parece que la espalda se ha cansado de sostenerme. Ni porque le quité kilos de encima, ni porque, de las incongruencias médicas, he procurado seguirlas todas.

Me clava un no rotundo en la piel con angustia. En el costado izquierdo, en la zona lumbar, en la pierna. "Camine un poco, pero no se mueva" parece la instrucción más incongruente, pero en este cuerpo que de pronto me sabe a papel quemado, resulta una indicación que viene muy bien.

Por primera vez en días, creí que está lumbalgia cedía un poco. Creí que, al fin, la salud por la que he luchado desde el abandono de la obesidad mórbida estaba regresando. Sólo que no. Mi cuerpo y la vida me hicieron notar que no estoy lista. No estoy lista para andar mi camino de regreso al mundo, ni con bastón ni sin él.

"Siete días de incapacidad", dijeron. Hoy, por un minuto, pareció que el doctor había exagerado. Me dio la impresión de que tal vez, sólo tal vez, podría buscar la forma de revocar mi sentencia de reposo obligatorio.

No. Una voz grave y profunda resuena en mi cuerpo. Una voz enojada. No. Un punzón. No. Contractura. ¡No! Y en el latigazo final, ya no puedo caminar un poco, sólo no me muevo; simplemente me quedo ahí, torturada, pero tranquila porque, después de un rato de tortura y aunque el dolor permanezca, mi espalda y yo encontramos tregua.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Un recuento

Un año acaba y con él llega la costumbre de hacer un recuento. Quizá por nuestra educación moral, se nos obliga a calificar de bueno o malo un año. Hay que hacer un balance. Es un deber.

Pues bien, me rehúso, al menos en la teoría, a llevar a cabo una calificación de todo lo que viví en el año. Algunas cosas son públicas; otras, tan privadas que solamente mi propio espíritu podría delatarme, e incluso así me estaría revelando asuntos que desconozco.

Este año me desdoblé. Fui yo, pero también fui otra que no conocía. Y esa otra me asustó. Se apoderó de mí. Eso no me hizo menos responsable de mis actos, pero de pronto me encontré absolutamente dominada por alguien que era yo y que solo se me había aparecido una o dos veces, varios años atrás. Aquellas otras veces duró muy poco tiempo, esta vez, gradualmente, se instaló dentro de mí. Mis yo libraron una batalla que aún ahora, en ocasiones, siguen llevando a cabo. Fue una batalla de meses de soledad, de meses de dolor emocional, de incertidumbre que creí que me llevaría a la locura. Incluso ahora lo recuerdo y se me llenan los ojos de lágrimas. Pienso en cómo fui perdiendo los estribos, en cómo me hundí y en cuánto trabajo me costó levantarme.

Hubo testigos incansables. Constantes. Hubo, desafortunadamente, víctimas. Gente a la que lastimé en el proceso de transformarme. En la crisis de convertirme en quien no sabía que era... Hubo también quienes no supieron bien qué sucedía conmigo, pero me apoyaron sin necesidad de conocer detalles. A ellos les estoy inmensamente agradecida.

Al principio, sentí mucho dolor, adicional a la desesperación de sentirme al borde de la locura, porque me dio la impresión de que no me entendían. Sentí que aquella gente en quien confié ciegamente, me había dado la espalda. Pero ni confié tanto, ni tampoco tendrían por qué no habérmela dado.

Poco a poco, todo fue esclareciéndose. A fuerza de decidir que no quería seguir llorando,de reconocer que había caído, de aceptar que también soy esa otra , la que fue destrozándome, renací de las cenizas. Fue un proceso muy personal. Probablemente, incluso quienes lo vivieron de cerca consideren que exagero; sin embargo, tal fue mi proceso interno. Lentamente, mis fibras fueron regenerándose con lo que quedaba de mi yo antigua y se fundieron con esa otra que me negué a reconocer. En el horno donde se llevó a cabo la mezcla, perdí a gente que me importaba, otra decidió cambiar nuestra relación de tajo. Tuve que decir adiós a algunas de las personas en cuyo sendero me imaginé por siempre, pero también recuperé a otras de quienes ya me había despedido. En la oscuridad absoluta, yo fui mi propia luz. Cuando vi hacia abajo y miré el abismo, creí que inevitablemente caería; antes bien, cuando las lágrimas dejaron de obnubilarme el pensamiento, volteé y me di cuenta de que había quienes me observaban y me decían, en silencio, "a pesar de que puedes caerte, a pesar de que no podemos detenerte, estamos aquí para decirte que nos importas."

En la soledad absoluta, la del alma acongojada, decidí perdonarme y regresar al mundo. Busqué ayuda profesional para combatir mis demonios. Entonces, a fuerza de nombrarlos, fui liberándome de ellos. Gracias a eso, fui capaz de retomar la pluma, de escribir. De dejar de procastinar. Empecé a actuar.

Así que me da la impresión de que, en mi caso, este año no hay balances, las cosas solamente sucedieron. Ocurrió que padecí tantas enfermedades como nunca, que primero bajé de peso y luego subí. Ocurrió que crecí. Por primera vez en la vida ya no me siento una niña. Por primera vez en la vida me di el valor como lo que efectivamente soy. Viajé. Escribí sin tabúes. Perdí amistades. Gané amistades. Me gané a mí.

Definitivamente, en 2013 no puedo presumir que leí muchísimo -porque no es cierto-, ni que llegué a mi peso ideal -porque estaría mintiendo-, pero sí puedo contar a quien quiera leer, que me siento más cerca de encontrarme.

Mi gran logro de 2013 es que soy más honesta conmigo, y vaya que me costó recorrer un camino que nunca había atravesado.

Quiero agradecer a mi familia, a mis amigos y también a quienes, por lo que sea, no pudieron quedarse conmigo.

Que 2014 sea un año de estabilidad, ya que este me sacó de control en todo sentido.

lunes, 15 de julio de 2013

Reconstrucción

Estuve enamorada. Como canción de Raphael, El divo de Linares. Por una época, me sentí correspondida. Pensé entonces que no había nada mejor que el amor que se corresponde. Fue maravilloso y, después, sumamente doloroso.

No pretendo decir que no volveré a enamorarme, a pesar de que el corazón me late con violencia a causa del miedo que me provoca. Solo sé que el desamor me dejó hecha un guiñapo y que es tiempo, una vez más, de recoger mis pedacitos y reconstruirme. No queda más que eso. Reconstruirme. Tal vez quedaré como un Picasso, pero, aunque no lo entendamos, Picasso es arte.

Los pros de esta situación ya los empecé a ver: mucha escritura y un reacomodo de gente. Las desventajas: el desamor mismo y la desesperanza.

Fui muy dichosa mientras estuve enamorada. Es una pena que haya terminado.

sábado, 6 de julio de 2013

Bálsamos

De nuevo a buscar luz en donde todo parece oscuridad.  ¿La ventaja? Cualquier rayito contrasta con la negrura del espacio y da esperanza.

Me estoy volviendo loca, me digo a diario. Pero últimamente las distracciones son tantas y tan cuerdas, que me permiten olvidar el inevitable punzón que me penetra incansable.

Los rayos son, por ejemplo, la creación. Esa concesión que el universo le da a algunos seres entre los cuales yo me cuento. Soy afortunada de que el cosmos me deje jugar a que creo. Y he creado: en el trabajo, como entretenimiento, en Facebook, todo el tiempo estoy creando historias: de dos renglones, de cinco, de varias cuartillas, todo el tiempo estoy pensando en qué decir porque no puedo decir lo mío. Seguramente se lee entre líneas o, en ocasiones como esta, lo plasmo en este espacio de dos punto cero.

A veces, la ansiedad regresa y hace temblar mi interior como si tuviera mal de Parkinson. Esta semana volví a tener uno de esos episodios que no le deseo a nadie, uno de esos de destrucción. No obstante, tal vez sea cierto eso que dicen: hay que destruir para crear. Una estrella se destruye y crea tantas cosas. Un ser se destruye para reproducirse y crea otros seres más. Se divide.

Tal vez esa es mi naturaleza. Yo, que soy una nómada espiritual y busco incansablemente un lugar donde estar. Quizá nunca lo encuentre y lo que tengo que hacer es, precisamente, dejar de buscar, dejar de añorarlo. Quizá tengo que destruir, pero no ser antropófaga de mis propios órganos, de mi propia piel.

Sí. He llegado a estas conclusiones, que por el momento me dan paz, gracias a que he creado después de haberme hecho pedazos. ¿Para qué echarle la culpa a los demás si lo que he aprendido en estos últimos tiempos es que todos somos pasajeros en un tren y que, por largo que el camino sea, eventualmente nos bajamos?

De pronto me cansé de luchar porque la humanidad sepa que valgo. De pronto me cansé de la gente, del mundo, de la sociedad en la que vivo. De todas las sociedades. De pronto lo que ansío es un buen libro, una buena herramienta para escribir y echarme, como hace mi perrita, a limpiarme las heridas. Es como si hubiera librado una batalla tan grande dentro de mí que, ahora, no queda más que contabilizar las bajas, y limpiar los escombros. ¡Cuántos recuerdos removeré en el proceso de purificación! No pinta para que los 27 pasen fácilmente, ni tampoco para que pasen en compañía. 

La compañía, aunque siempre la agradezco mucho, puede ser un lastre. Después uno exige porque no la tiene, y luego los otros no entienden el dolor cuando no la brindan. Así que, gracias a los que han estado como han podido, y a los que no, hasta nunca. 

domingo, 11 de marzo de 2012

El síndrome de Alí

Cuando estaba en la secundaria, todas sentían atracción por Alí. Era un muchacho medianamente guapo, no muy limpio, con notas pésimas. Y sin embargo, su sonrisa de dientes necesitados de ortodoncia nos cautivaba. Por supuesto, yo no era la excepción. También me gustaba muchísimo. En segundo de secundaria, en algún punto me sentaron junto a él. Banca con banca, codo con codo. ¡Cómo me gustaba! Luego, una amiga me contó que, en clase de computación –yo cursaba Dibujo Técnico–, él admitió que yo le gustaba también. Me bastó esa certeza para que el mundo se moviera y mis días se ilumaran de colores vivos y, después, de las tormentas propias de la adolescencia. Entre nosotros nunca pasó gran cosa. Yo me enteré de que le gustaba y, en vez de propiciar que el gusto creciera, me volví enojona y molesta. En algún punto, Alí me dijo que quería andar conmigo, pero "en secreto". Algo me llamaba a decirle que no y así lo hice. Después me enteré de que, mientras yo jugaba el inocente juego del coqueteo adolescente, otras de mis compañeras de tercero de secundaria apostaban al póquer, es decir, sacaban toda la artillería pesada en tanto yo quería caminar tomada de su mano por los pasillos de la secundaria.

No sé cuántas cosas habrá hecho Nadia para amarrarlo. No sé y tampoco me interesa. La cuestión es que ella cedió, cedió, cedió y Alí se sintió totalmente seguro de ella. Tanto que, mientras salía con ella, se atrevió a proponerme "andar en secreto". Seguramente, cuando Alí se case, va a andar en secreto con muchas mujeres, tantas como su sonrisa magnética cautive.

Por su parte, Nadia, que se encargó de aislarlo de todas las maneras posibles. Que se adelantó a su edad con tal de ganarse a Alí, como si él fuera una presea. Y Alí, a pesar de que estaba con ella, me buscaba. Y a mí me gustaba. No le decía que sí, tampoco sabía que salía con Nadia, pero ahí estaba. En aquel vaivén de emociones donde no se decidía nada. Donde él no me dejaba y yo tampoco salía del círculo.

 Y entonces un día yo me quedé sin más opciones. Y él tenía dos, tres o cinco o veinte. Porque todas seguían muriendo por él y por mí ya no moría nadie. Estaba tan volcada en esa relación que no me di cuenta de que otros caminaban por ahí, esperando. Sin embargo, cuando se cansaron, resentí que sus sombras faltaran en mis días soleados.

Alí terminó con otra chava, compañera mía. Ni con Nadia ni conmigo. Y Nadia terminó sin opciones de ahí a que acabó la secundaria y yo, cuando dejé de interesarme, me conseguí a otro en quien pensar y poner mis esperanzas de andar por los pasillos de la secundaria tomados de la mano.  Esa historia no pasó a mayores porque teníamos 14 años.

Sin embargo, hace unos meses me enteré de que una conocida mía está enamorada de un hombre. Este hombre no la ama, pero tampoco la deja ir. Están en un estira y afloja constante. Ella ignora si él tiene otras mujeres, como yo desconocía la relación entre Nadia y Alí, aunque la simple idea de que él pueda estar con otras le carcome las entrañas. Lo sé porque se le nota, no porque me lo haya dicho, pues ella y yo no somos amigas. Me imagino que, si lo fuéramos, tendría más confianza para decirme que su Alí no la ama y ella es adicta a él. Si algo me queda claro es que él también tiene una adicción: le gusta que lo hagan sentir bien y, en cambio, paga a esas mujeres con desdén y, en algún punto, indiferencia disfrazada de cariño. De acuerdo con una amiga suya que sí es mi amiga, esta es la cuarta o quinta vez que él la rechaza y luego vuelve a buscarla. También es la quinta vez que ella les dice que ya no siente nada, sin embargo vuelve a caer.

Este caso, El síndrome de Alí, como yo lo llamo, no es más que la unión terrible entre un Casanova y una mujer que se autodestruye. Ella es como una pelota y él es el futbolista: la pelota sirve, porque a fuerza de golpearla se anota gol. Sin embargo, es reemplazable: si sale del área de juego, pero no alcanzan a agarrarla, no pasa de que la sustituyen por otra en el juego y por otra, hasta que regresa otra vez a ser pateada con un objetivo que podría cumplirse con ella o con un bote de frutsi.

La diferencia entre la pelota y esta mujer de la que me entero cada dos o tres meses que me plaitca mi amiga es que la esencia de la pelota es que la golpeen. Me pregunto si ella creerá que, en su esencia, está escrito que el hombre ideal tiene que humillarla, dejarla y tomarla cada vez que se le antoja, sin que ella haga absolutamente nada.

sábado, 4 de junio de 2011

MEP

Siento una desolación inmensa. Se me hace chiquito el corazón. Las lágrimas invaden el rostro. Tengo gastritis de pena. Ayer, MEP dejó de trabajar en la empresa. No sé ni qué escribir. Qué decir. Cómo decirlo. Me parece tan injusto. Tan cobarde.
Odio las formas. Ayer tenía muchas ganas de pedirles a quienes no tenían que estar ahí que se fueran. Por mí, lo hubiera hecho. Se me hacía un nudo en la garganta cuando la veía a ella, tan triste, yéndose por culpa de gente que no tendría porqué estar ahí, por culpa de gente que solamente ve su conveniencia y no se da cuenta de que el bien común significa felicidad personal.

Yo me quiero ir con ella. Quisiera haber podido hacer algo para evitarle tanto sufrimiento. Para evitarle tanto llanto. De verdad, deseo con toda mi energía que a esas personas causantes de su desventura, la vida les devuelva con creces todo lo que mal vibraron, todo lo que hicieron contra ella.

Uno puede hacer muchas cosas, menos traicionar a quienes han estado ahí, al pie del cañón. Menos hacer una cosa y decir que se hizo o se siente otra. Yo creo que, de hecho, el karma ya empezó a hacer lo suyo con la partida de MEP. La gente se encargará de lo demás.

Por mi parte, el llanto que derramo no es en balde. Lo derramo porque ya no voy a ver diario a una gran, gran mujer que me ha enseñado muchas cosas. Porque me duele que se haya cometido una injusticia tan grande con ella, que procuraba ser justa con todos. Recuerdo su rostro de ayer, empañado por las lágrimas, y me da coraje que hayan manchado su sonrisa.

Así que, para ella no tengo otra cosa que palabras de aliento y cariño. Aunque me duela su ausencia, sé que ella y yo seguiremos en contacto porque el lazo que forjamos está más allá que un espacio laboral. Me queda muy claro que a ella le esperan puras cosas buenas.

Para todos los demás, en nombre de MEP que es tan espiritual, tan religiosa, solamente tengo una frase que, de fondo, dice mucho más que de forma: "Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen". Aquí dudo que los perdonarán. A leguas se nota que lo que hacen es incorrecto y soberbio.

domingo, 30 de enero de 2011

Ojos. Capítulo final

Tengo una amiga cuyo corazón está roto. Corazón roto. Sujeto sin predicado tan trillado y aún así tan significativo. No es que no sienta. Es que siente dolor. Dolor porque algo terminó. No. No. No algo. Una relación. Está sintiendo demasiado. Se acuerda del engaño y se le encoge el estómago. Le punza ahí. En el corazón. Recuerda esas frases que no eran para ella. Esos Ojos que la vieron. Quizá sin verla. Tal vez miraban los recuerdos del pasado a pesar de que la estrechaba entre sus brazos. Los calificativos que nunca usó para nombrarla. Que sí empleó para nombrar a alguien más. A una sombra que le quitó el protagonismo de su propia historia. Le duelen los párpados de tan hinchados. Así como su alma sigue hinchada por el desazón. Por el pesar. Por el desasosiego. Se mira en el espejo y se reconoce en los labios sellados que no quieren hablar porque desatan la angustia que trae dentro. Se convulsiona de tristeza, sufrimiento y enojo. De ansiedad. Le parece asimismo que todo lo que diga revelará el nombre de aquel que es sujeto de sus amores. De esos amores donde ella no es objeto directo. Ya lo ha perdonado. El amor perdona. El amor transforma. El amor enriquece. Haberlo amado le enriqueció el espíritu al grado que lo perdonó sin que él le ofreciera disculpas siquiera. Se perdonó a sí misma por los errores que cometió y pudo haberse ahorrado. Él. Él seguirá su camino. Él-quién-sabe. Él-tan-importante. Él-tan-volátil. Él es maravilloso. Pero la lastimó. Ella lo ama. Tanto para entender que no tiene más opción que dejarlo ir. Ya no llora. Su alma permanece profundamente triste. Tranquila también. Se entregó y podría haberse entregado más. Sin embargo no hay hubieras. Los hubieras consumen y ella no quiere estancarse en lo que podría haber sido. El mejor homenaje a su relación es que siga adelante. Porque lo que tenía fue real para ella. Quiere trabajar para recordar con amor lo que sí hubo. Quiere cerrar los ojos y remembrar su historia sin dolor. Con agradecimiento. Él le devolvió el amor de pareja que la vida le arrebató una vez. Le dio realidad. Le dio mucho. Y sin embargo es tiempo de decir adiós. A su Ojos. A su mirada. A todo aquello que creyó que era de ella. Que nunca le perteneció.

jueves, 29 de abril de 2010

Lunes 26 de abril de 2010

Siempre me he caracterizado por ser temeraria, por no medir las consecuencias o, para empezar, ni siquiera planteármelas. Y la verdad es que he tenido suerte retando al país, a la ciudad en la que vivo y a la inseguridad que la caracteriza.

Sin embargo, la suerte terminó el lunes pasado. No me ocurrió a mí directamente, pero le sucedió la persona más cercana en mi vida: mi mamá.

El lunes pasado mi mamá abordó un taxi y, para no hacer el cuento largo, fue víctima de un secuestro exprés. El chofer hizo como que el auto se descomponía y de pronto se subió otro tipo. Sacaron dinero de sus tarjetas y luego la liberaron, no sin antes infundirle terror psicológico y llevarla a dar vueltas en lo que alguien sacaba el dinero de sus tarjetas.

No ha querido contarnos a detalle qué fue lo que pasó ahí. Pero yo la veo tristísima y se me rompe el corazón. Se me rompió por ella, por lo que vivió, por lo que le espera antes de la recuperación.

¿Se puede uno recuperar de una experiencia así? ¿Con qué seguridad? Me siento cada vez más decepcionada del país en donde vivo, de la injusticia, de que hayamos llegado al nivel de decir "pues lo bueno es que sólo se robaron tu dinero y te dejaron ir"... ¡No! No deberíamos agradecer ninguna de las dos cosas, ni que le hayan sacado su dinero ni que la hayan dejado ir, porque de entrada eso no debería suceder. Y es tan común que la gente vive con miedo y pensando "qué bueno que no me cortaron un dedo, qué bueno que no me mataron"...

La angustia que sentí desde el momento en que mi hermano me dijo que creía que habían secuestrado a mi mamá hasta que escuché su voz por el auricular no se compara con ninguna otra cosa que haya sentido en la vida. Con ninguna. De pronto me pegó el pensamiento de que unas horas antes habíamos platicado y de que podría haber sido el último momento de mi vida en que tuviera contacto con ella.

De verdad que no se lo deseo a nadie... ni siquiera me puedo imaginar lo que mi mamá debió sentir en esos momentos.

Lo que esos tipos nos quitaron fue mucho más que dinero. Fue libertad, seguridad, tranquilidad. A mí, además, me quitaron la poca esperanza que me quedaba en este país. No puedo dejar de pensar que es una mierda, una mierda que nos tiene a todos secuestrados y hundidos en los desechos.

Estoy en shock. No sé cuándo dejaré de estarlo.

sábado, 31 de octubre de 2009

M.

Tengo un amigo a quien se le acaba de romper el corazón. O quizá el corazón fue quebrándose gradualmente hasta que se tensó la última vena de que pendía, y de un pequeño golpe se hizo trizas.

Ayer leí una entrada en su blog al respecto. Y me gustó. Me gustó de pronto leerle tanta madurez, a pesar de todo el dolor. Tanta vulnerabilidad aunque, esta vez, parezca que el resultado fue la falla.

Me encanta. Hace un tiempo (no tanto en realidad) M. estaba anestesiado. No sentía. De pronto vivió automatizado, ahora vive humano, vive sentimientos, vive desamor.

¡Qué chingón! Nada como cuando sabes que vas a superarlo. Porque sí se supera, siempre se supera. Y sí, habrá esperanza de un mundo mejor con una relación adecuada para uno.

Yo no sé si existe la media naranja, pero definitivamente vale la pena buscarla. Tan sólo la idea del encuentro es lo suficientemente fuerte e ilusoria como para hacer el intento.

Y él lo sabe. Está sufriendo la metamorfosis que amar implica. El antes, muy fijo en mi memoria, empieza a sustituirse por el atractivo después. Mi amigo M. ha madurado. Ése es su después. Entender que puede doler a niveles insospechados pero que, en realidad y por fortuna, los seres humanos perdemos la memoria del dolor. Por eso seguimos viviendo. Porque nuestro cuerpo y nuestra alma saben que dolió pero no recuerdan cómo. Y en cambio, después del sufrimiento, nos queda el resplandor de la felicidad. Sí, fuimos felices, en el amor, en la entrega absoluta, y recordamos al otro sin rencor y con un dejo de nostalgia. Lo recordamos bien. Bellamente. Verdaderamente.

Vale la pena. La intención es que, la próxima vez, seamos más felices. Es lo bueno de que la plenitud sólo sea alcanzable hasta que uno decide que ya se instaló en ella. Y va a ser mejor. Para estas personas que maduran sus errores y entienden los ajenos, esta nueva posibilidad de amar mejor es un hecho y una recompensa.

Como bien escribió Lourditas en un comentario, hay que empezar a andar en bicicleta y caerse, antes de poder hacer ciclismo de montaña.

Así que, M., bienvenido al club del péndulo. Te aseguro que habrá un día en que ya no osciles entre un extremo y otro y alcances el punto medio.

Felicidades por el dolor.