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viernes, 18 de febrero de 2022

Los adioses

Un domingo 19 de febrero de hace diecisiete años le dije adiós a un hombre que marcó mi adolescencia. Muchas entradas de este blog hablan de él: del trabajo que me costó superarlo, del dolor que me infringí a mí misma, de la culpa que sentía porque no me creía suficiente, de todos los reproches que me hice. De que me sentí una víctima y una adolescente engañada. Al mirar atrás, como esta adulta rota que soy hoy, me cuesta trabajo distinguir si él me usó o si yo siempre supe que nuestra relación sería efímera. Siempre, mientras estuve cerca de él, me consumía una ansiedad sin precedentes. Esta idea de que algo doloroso pasaría entre nosotros me impidió disfrutar su compañía, le impidió verme como realmente era.

Ni él disfrutaba mi compañía, ni yo la de él. Mi cara se amargaba cada vez que lo veía, y él, ciertamente, era cruel. Disfrutaba sintiéndose superior y yo, por supuesto, me sentía inferior.

Y aquel día, que aún recuerdo como uno de los peores de mi vida, en un impulso, ante la inminente realidad de la omisión y el engaño, ante la verdad inevitable de que él nunca me amaría, le dije adiós.

Fue definitivo. Absoluto. Estúpidamente doloroso. Creí, conforme pasaban los años y conocía más hombres de los que finalmente me separaba, que nunca volvería a sentir tanto dolor. Era ese dolor arrebatado que solo se puede sentir de adolescente. Era un dolor sin experiencia, que sofoca, que oprime, que hiela y deja el pecho tan frío que uno siente que hierve. Iba a la universidad como una autómata, básicamente porque no quería preocupar a mi mamá con la depresión que me embargó y que me hizo presa durante años. Subí muchísimo de peso, porque comer era mi único refugio ante la pena que me embargaba. Con ese adiós se fueron todas las ilusiones inocentes de una joven que no había empezado a vivir todavía y que, ingenua, estaba esperando la correspondencia de su amor apasionado para empezar a vivir. 

Hoy es sábado 19 de febrero, pero han pasado diecisiete años. Sané esas heridas y me olvidé de las cicatrices que dejaron, aunque hoy me estoy lamiendo otras. Hoy me estoy lamiendo unas heridas tan profundas que calaron los huesos de aquella muchachita de dieciocho años y, aún peor, penetraron el tuétano de la chiquilla de trece a la que un estúpido tuvo a bien gritarle que le daba asco frente a toda la escuela. 

Alguien me dio a entender que le doy asco. Alguien por quien, otra vez, estuve dispuesta a sacrificarme, pero no sabía que el sacrificio sería tan alto: no sabía que, intentando ayudarle, iba a perderme a mí misma. No sabía que el dolor sería así, como el que sentí aquel día, hace tantos años y con tan poco conocimiento de por medio. No sabía que iba a recordar los buenos momentos con esta persona como si fueran instrumentos de tortura. Que me iba a arrepentir de haberlo conocido. De haber pasado tiempo con él, de estar a su lado. 

Alguien. En mi mente, su nombre vibra, pero no voy a escribirlo aquí. Alguien. En mi alma, su nombre se ha grabado por todo el dolor que siento cuando pienso en él. Alguien. Ese a quien le di el poder de hacerme sentir lo que quisiera, y lo que me hizo sentir fue ínfima, poco importante, absurda, secundaria. Ese que me violentó con sus palabras. El dolor es igual al que vivió aquella chiquilla que apenas estaba descubriendo el amor de la formas más dolorosa. Hoy otra vez estoy así: desmembrada. 

Hoy me obligo a querer. A querer comer. A querer salir de la cama. A bañarme. A trabajar. Tal como hace diecisiete años me armaba de toda la voluntad del mundo para ir a clases porque no quería que mi mamá se preocupara por mi comportamiento, por mi  dolor, por mis impulsos autodestructivos, hoy tengo que pensar en ella para cambiar de las cuadro paredes de mi habitación a los cuatro muros de mi estudio. Tengo que reunir el cansancio de vivir para conciliar un sueño que, a veces quisiera, se volviera eterno.

Así que espero que hoy, 19 de febrero, este nuevo adiós sea suficiente y definitivo, como el de hace diecisiete años. 








martes, 22 de diciembre de 2020

Cinco meses después

Ayer se cumplieron cinco meses del último día en que mi mamá estuvo viva, en ese cuerpecito suyo, en esa gran mente que se comunicaba y ya no lo hace más. Cinco meses de aquel día que empezó con preocupación, que luego siguió con consejos y decretos, en donde hubo risas y amor previos a aquel desenlace fatal. 

Miro al pasado, a aquel primer día sin Lourditas y me recuerdo como en un limbo, entre la asimilación y la incredulidad. Recuerdo a mi hermano, a mi tía, a mi primo. Luego, en la funeraria, me veo envuelta por el abrazo de mi cuñado, pero es como si no fuera yo. En mi memoria me encuentro de vuelta en mi cama, ya bien entrada la madrugada, llorando desesperada y ahogando mis gritos de desesperación en la almohada. En aquel entonces se me atravesaban muchos pensamientos: "¿Y si hubiéramos ido antes al hospital? ¿Y si le hubiéramos llamado al cardiólogo y no al neumólogo?" Los "y si hubiéramos" son atentados contra la conciencia. 

En retrospectiva, me siento muy agradecida de los meses de pandemia en que estuve todo el tiempo con mi mamá. Estoy agradecida con que su muerte fuera rápida, con que muriera como quería: acompañada de sus hijos. Sé, por lo que me han dicho otras personas que platicaban con ella y por lo que yo misma percibía, que estaba cansada, así que por lo menos se fue cuando lo decidió.

Creo que había pasado un mes cuando alguien me dijo, después de hacerme un estudio, que mi cuerpo decía que no estaba tan triste. En su momento me ofendí. Tuve que luchar conmigo para no salir de ahí corriendo. Pero ahora me doy cuenta de que, si bien estaba triste, por supuesto, la tristeza aquella no venía acompañada de vacío.

Y que no haya vacío es también algo que tengo que agradecerle a Lourditas, pues su amor es todavía tan grande que no siento un hueco. Será imposible sentirlo, sería casi una ofensa a quien fue, a todo lo que hizo por nosotros, que lo sintiera. Me siento privilegiada por la coincidencia genética de que sea mi mamá. A veces me siento indigna de ella, de su entrega, de su esfuerzo, de su transparencia. A veces no sé cómo afrontar la vida sin ella, pero de inmediato viene a mi mente algún recuerdo. Mi mamá me dejó llena de ella. 

Sí, tengo que reconfigurarme. Sí, tengo también que reconocerme así, sin ella, aunque estoy convencida de que ha cambiado de traje y se ha vuelto una con el universo. A lo mejor me sigue tocando como el viento frío. A lo mejor viaja en la luz que percibo con los ojos. 

Han pasado estos meses y me gustaría volver a platicar con ella. A veces me pongo los audios de WhatsApp donde me pide que compre alguna cosa, solo para escuchar su voz. La extraño, por supuesto, desde los niveles más mundanos y egoístas, hasta los más profundos. 

Hace un año, mi mamá y yo estábamos emocionadas por nuestro viaje a Chicago. Pasaríamos juntas el 24 de diciembre, que a ninguna de las dos nos emocionaba particularmente. Recuerdo que llegamos y abordamos el metro en lugar de pedir un Uber. Recuerdo que pensé "mi mamá se siente aventurera", pero luego nos bajamos mal y tuvimos que caminar media hora con las maletas: no regresamos al metro. 

La pasé muy divertida con ella. Me reí muchísimo con ella. Me inspiraba tanta admiración como ternura, y cuando peleábamos la incertidumbre y la intranquilidad se apoderaban de mí y me hacían un manojo de nervios. 

A veces todavía creo que me va a llamar para pedirme que le compre un Gansito o para contarme cómo iba en sus clases, pero no, se ha ido, y no volveré a verla sino hasta que yo cumpla mi ciclo y me reúna con ella en el universo. Pero la siento aquí, conmigo, y esa sensación me recuerda que ella quería lo mejor para nosotros, a veces a costa de ella misma. Le debo la felicidad tal como me la debo a mí misma y de lo único que me arrepiento es no haberle dicho lo feliz que fui aquellos meses de pandemia con ella. 

Te extraño y te amo, Lourditas, ya nos volveremos a ver.

domingo, 4 de septiembre de 2016

El retrato de la tristeza

Cuando pasé por la que quizá podría catalogar como la mayor sensación de tristeza en mi vida -si es que es posible categorizar esas situaciones-, me tomé una foto. Las selfies no estaban tan de moda como ahora, pero me acuerdo que me encontraba sentada en un escritorio de la universidad, con una playera azul. Me recargué sobre mis brazos encima del cristal del pupitre, hundí el rostro en medio y suspiré largamente, como cuando uno ahoga el llanto en el silencio, y sin embargo el dolor deja un eco. Tomé mi celular y, en ese preciso instante de tristeza, decidí que era momento de tomarme una foto.

"Qué lindos ojos tengo", pensé cuando vi el retrato consumado en la pantalla, y me di cuenta, con sorpresa, de que se me veían aún más bellos porque no podía ocultarlos de la tristeza que me embargaba. Eran la parte manifiesta del tormento interno que vivía pero, curiosamente, todo aquello que implotaba en mi espíritu se manifestaba tranquilamente en la mirada. No había inquietud en las pupilas, sino brillo. El entrecejo no estaba fruncido, sino resignado.

Luego me vi los labios. "Son muy simétricos", me dije, y se notaba más porque la boca no estaba torcida, ni en una mueca de dolor ni tampoco esbozando una sonrisa. Mi rostro, ligeramente inclinado, hacía que el cabello cayera todo a la derecha, el marco perfecto de aquel retrato de dolor certero.

Aún era una adolescente cuando aquella foto ocurrió, y la subí a las incipientes redes sociales a pesar de que sabía que no reflejaba más que mi profunda tristeza. Pero qué más daba, sentía que me veía tan bella en aquel autorretrato, que busqué la admiración.

El tiempo, glorioso, inclemente, ha transcurrido. Sin embargo, como si fuera ciclo y no línea, vuelvo a sentirme como en la ocasión que, adolescente e inexperta, me tomé una selfie en medio del resquemor. No me he fotografiado: en el espejo veo bien que tengo la piel reseca a causa de la ansiedad, aunque luego la mirada se desvía en una búsqueda desesperada dentro de mis pupilas castañas, y parece agotar recursos solo para salir de mí, frustrada por no encontrarme. Aún así, justo en los quince días que lleva la revolución interna que estoy atravesando, he recibido muchos comentarios sobre lo bien que me veo. "¿Qué te has hecho, que te ves tan guapa?", inquirió ayer mi vecina. "Ni siquiera me he bañado", quise contestar, pero preferí orientar la conversación hacia mi situación laboral. "Has bajado de peso", afirman otros. "Es que la comida me da asco, y no porque esté embarazada, sino por autodestructiva", tengo el impulso de responder, pero en cambio asiento con la cabeza, pongo mi sonrisa más franca dadas las circunstancias, y apelo a la ignorancia: "¿Tú crees? No estoy haciendo nada".

Así que quizá, en medio de todo esto, mi cuerpo se adorna de una melancolía que resulta atractiva. Me pregunto, sin afán real de obtener respuesta ahorita, si en realidad será que me guste estar triste, si yo lo provoqué, si mis demonios me sientan mejor que mis felicidades y, lo peor, si esa adolescente de hace once años, que se atrevió a fotografiarse en medio del dolor, estaba más consciente que yo de estas respuestas.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Celestina

Cuando estaba en la secundaria tenía una amiga que se llamaba a sí misma Cupido. Parecía que su misión en la vida era hacer parejitas. A mí intentó ayudarme en algún momento, pero nunca funcionó: bien porque los niños no le compartían información, bien porque al final ninguno de los dos nos decidíamos. Ahora que lo pienso, no recuerdo que sus intervenciones hayan rendido frutos.

Debí recordarlo hace unos meses que me adjudiqué el papel de Celestina. Aquí no pondré nombres, solo diré que quise juntar a una Melibea y un Calisto, personas a quienes quiero y con quien salió todo mal. Salvo el final, no voy a mencionar absolutamente nada sobre ellos, pero diré que estoy triste y decepcionada de haberlo hecho, porque me da la impresión de que nuestra amistad cambió para siempre. Ambos decidieron dejar de contarme para "no ponerme en medio" y al final eso se sintió más a la mitad que nada. Este no ha sido el mes más sencillo, y ni Melibea ni Calisto estuvieron presentes para los momentos que vivió Celestina.

Celestina está triste y está sentida. Y, sobre todo, está enojada consigo misma porque nunca debió haberse metido donde nadie la llamó. Al final, ella también salió perdiendo...


miércoles, 15 de junio de 2011

Carpe Diem

Hace como un mes y medio estábamos Alma, Maricela, Penny y yo en la Condesa tomando café y se nos acercó un tipo: "¿Me ayudan con un experimento fotográfico?" Por supuesto, le ayudamos. Nos pidió que revisáramos un paquete de fotografías y escogiéramos la que más nos gustaba. Una vez que lo hicimos, nos contó que se dedica a viajar por México, tomar fotografías y hacer una cadena de buena vibra entre la gente. Acto seguido, nos pidió que escribiéramos un mensaje atrás de la fotografía junto con nuestro correo electrónico. Cuando terminamos, sacó unos sobres y nos los dio (no me acuerdo si nosotros los escogimos, creo que sí) y nos dijo que teníamos que abrirlo en un momento especial, así como agradecerle a la persona por su mensaje.
Yo tenía intención de abrirla el día de mi cumpleaños número 25. Pero me adelanté porque la semana en que me enteré que María Elena se iba de la oficina me deprimí muchísimo. Así que la abrí el jueves 2 de junio. Su contenido me impresionó porque se convirtió en el lema que está marcando mis tiempos y los cambios que estoy viviendo y que he de vivir. Aquí transcribo lo que anotaron tras la fotografía:
"No desdeñes el pasado
ni atisbes el porvenir
y que tus pensamientos
no vuelen más alla de este preciso instante...
he ahí el secreto de la verdadera PAZ".
Cuando leí esto, entre lágrimas y dolor, sonreí.
Y en estos días que se acercan tantos cambios, sonreiré en paz.
El movimiento que este chavo ha iniciado se llama Movimiento postal 3er Ojo. Si les interesa, pueden ingresar a su página web haciendo clic aquí

sábado, 4 de junio de 2011

MEP

Siento una desolación inmensa. Se me hace chiquito el corazón. Las lágrimas invaden el rostro. Tengo gastritis de pena. Ayer, MEP dejó de trabajar en la empresa. No sé ni qué escribir. Qué decir. Cómo decirlo. Me parece tan injusto. Tan cobarde.
Odio las formas. Ayer tenía muchas ganas de pedirles a quienes no tenían que estar ahí que se fueran. Por mí, lo hubiera hecho. Se me hacía un nudo en la garganta cuando la veía a ella, tan triste, yéndose por culpa de gente que no tendría porqué estar ahí, por culpa de gente que solamente ve su conveniencia y no se da cuenta de que el bien común significa felicidad personal.

Yo me quiero ir con ella. Quisiera haber podido hacer algo para evitarle tanto sufrimiento. Para evitarle tanto llanto. De verdad, deseo con toda mi energía que a esas personas causantes de su desventura, la vida les devuelva con creces todo lo que mal vibraron, todo lo que hicieron contra ella.

Uno puede hacer muchas cosas, menos traicionar a quienes han estado ahí, al pie del cañón. Menos hacer una cosa y decir que se hizo o se siente otra. Yo creo que, de hecho, el karma ya empezó a hacer lo suyo con la partida de MEP. La gente se encargará de lo demás.

Por mi parte, el llanto que derramo no es en balde. Lo derramo porque ya no voy a ver diario a una gran, gran mujer que me ha enseñado muchas cosas. Porque me duele que se haya cometido una injusticia tan grande con ella, que procuraba ser justa con todos. Recuerdo su rostro de ayer, empañado por las lágrimas, y me da coraje que hayan manchado su sonrisa.

Así que, para ella no tengo otra cosa que palabras de aliento y cariño. Aunque me duela su ausencia, sé que ella y yo seguiremos en contacto porque el lazo que forjamos está más allá que un espacio laboral. Me queda muy claro que a ella le esperan puras cosas buenas.

Para todos los demás, en nombre de MEP que es tan espiritual, tan religiosa, solamente tengo una frase que, de fondo, dice mucho más que de forma: "Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen". Aquí dudo que los perdonarán. A leguas se nota que lo que hacen es incorrecto y soberbio.

miércoles, 9 de junio de 2010

Promesas

Cada vez que pienso en las promesas me parecen más tristes e idiotas. Quizá sea, más bien, que la gente las desgasta y promete y promete absurdos disfrazados de frases lindas y significativas.

Yo soy fan de las palabras, y aún así me parece que las promesas deberían estar prohibidas. Me resultan aún más tristes ahora que yo sufro por una promesa, por una frase hecha que engancha y que al final no es más que eso, una oración llena de palabras cuyo alcance no medimos, cuyas consecuencias se escapan a nuestro entendimiento y a nuestras posibilidades.

El año pasado, alguien a quien quiero mucho me dijo: "voy a dedicar mis días a hacerte feliz". Seguramente ya ni se acuerda, pero ese día, uno después de mi cumpleaños, me abrazó y salieron de su boca esas palabras. Me impactaron muchísimo. Me sentí abrumada ante las ganas de llorar de emoción y no atiné a contestar nada más que "gracias", porque me pareció que cualquier cosa que pudiera contestar sería absurda comparada con lo que él acababa de pronunciar. Me han dicho otras cosas, pero definitivamente ésa ascendió al primer lugar.

Entonces creí que, quizá, yo necesitaba hacerme merecedora de esa promesa, que tal vez no era lo suficientemente buen amiga, o podría ser mejor amiga de lo que era.

Un año después, me acuerdo de ese momento y de esas palabras, y pienso que lo único que no les permite estar vacías es que son una gran ironía. Me las dijo alguien que, un año después, ha dejado de importarle si soy feliz o no, y que con su indiferencia y su inconsciencia me ha hecho derramar muchas lágrimas.

Así que si hoy me volviera a decir que va a "dedicar mis días a hacerte feliz", simplemente le contestaría que me ha hecho muy infeliz con su inconsciencia , y que debería cuidar lo que dice porque el único efecto de las palabras al viento es que cortan el rostro como si fueran navajas.

Así que voy a borrar esas palabras de mi memoria, como si nunca las hubiera pronunciado.

No pensé que un amigo pudiera doler tanto.

jueves, 29 de abril de 2010

Lunes 26 de abril de 2010

Siempre me he caracterizado por ser temeraria, por no medir las consecuencias o, para empezar, ni siquiera planteármelas. Y la verdad es que he tenido suerte retando al país, a la ciudad en la que vivo y a la inseguridad que la caracteriza.

Sin embargo, la suerte terminó el lunes pasado. No me ocurrió a mí directamente, pero le sucedió la persona más cercana en mi vida: mi mamá.

El lunes pasado mi mamá abordó un taxi y, para no hacer el cuento largo, fue víctima de un secuestro exprés. El chofer hizo como que el auto se descomponía y de pronto se subió otro tipo. Sacaron dinero de sus tarjetas y luego la liberaron, no sin antes infundirle terror psicológico y llevarla a dar vueltas en lo que alguien sacaba el dinero de sus tarjetas.

No ha querido contarnos a detalle qué fue lo que pasó ahí. Pero yo la veo tristísima y se me rompe el corazón. Se me rompió por ella, por lo que vivió, por lo que le espera antes de la recuperación.

¿Se puede uno recuperar de una experiencia así? ¿Con qué seguridad? Me siento cada vez más decepcionada del país en donde vivo, de la injusticia, de que hayamos llegado al nivel de decir "pues lo bueno es que sólo se robaron tu dinero y te dejaron ir"... ¡No! No deberíamos agradecer ninguna de las dos cosas, ni que le hayan sacado su dinero ni que la hayan dejado ir, porque de entrada eso no debería suceder. Y es tan común que la gente vive con miedo y pensando "qué bueno que no me cortaron un dedo, qué bueno que no me mataron"...

La angustia que sentí desde el momento en que mi hermano me dijo que creía que habían secuestrado a mi mamá hasta que escuché su voz por el auricular no se compara con ninguna otra cosa que haya sentido en la vida. Con ninguna. De pronto me pegó el pensamiento de que unas horas antes habíamos platicado y de que podría haber sido el último momento de mi vida en que tuviera contacto con ella.

De verdad que no se lo deseo a nadie... ni siquiera me puedo imaginar lo que mi mamá debió sentir en esos momentos.

Lo que esos tipos nos quitaron fue mucho más que dinero. Fue libertad, seguridad, tranquilidad. A mí, además, me quitaron la poca esperanza que me quedaba en este país. No puedo dejar de pensar que es una mierda, una mierda que nos tiene a todos secuestrados y hundidos en los desechos.

Estoy en shock. No sé cuándo dejaré de estarlo.

sábado, 30 de enero de 2010

Paréntesis

No puedo dormir. ¿Qué es esto que sucede? No lo sé. Me siento tan poco familiarizada con estas cosas. No sé. Sólo no quiero pensar. Pero pienso. Más allá de pensar, siento. Está bien sentir, supongo, pero estaba desacostumbrada a sentir tanto.

No soy masoquista, pero definitivamente el dolor me hace sentir viva. Ni modo. Uno se decepciona y la vida sigue. Y si yo pensara de otra manera entonces significaría que no he aprendido nada. Y sí he aprendido. He aprendido, por ejemplo, que es mejor zafarse un poco de la parte de la naturaleza femenina que implica cuestionarse y darle vueltas al asunto. Lo acabado, acabado está y punto. Es mejor creer lo que se dice que preguntarse si será o no cierto. Si se dijo es por algo y el fondo es lo que importa, aunque la forma en que se manifiesta sea como el puñal, podría haber sido una bala y el resultado sería el mismo. Dentro de todo, me siento tranquila. Creo que hice lo que podía, y tenía intenciones de hacer más que eso, incluso.

He comido por obligación. Dos veces en dos días. No tengo hambre. Es la primera vez que me siento triste y se me va el apetito. Generalmente me sucede al revés. No es que piense todo el tiempo en eso, es que creo que la tristeza está en un nivel semiprofundo y constante, justo ese nivel que también se nutre de decepción, sin que tenga que pensar que estoy triste. Igual, no voy a evadir mis sentimientos ni enterrarlos mediante el bloqueo. Sencillamente dejaré que fluyan. Si ahora estoy triste, estoy triste y punto. Tengo que realizar mis actividades cotidianas –no voy a dejar de llevarlas a cabo- con una variante que no me impide vivir. Tal vez mañana me quede en cama hasta que me toque ver a Chrys. Tal vez no.

Hoy vi una película con mis amigas, Up in the air, y me llegó muchísimo una frase: “Tú eres mi paréntesis, ésta es mi vida real”, palabras más o menos, pero ése era el punto. Así me siento yo, como un paréntesis, y yo que estaba tan dispuesta a escribir la oración completa y sin paréntesis ni guiones largos como acotación.

Se me olvidó que, cuando se trata de seres humanos, uno no puede pensar en “eterno”. Simplemente porque no lo somos. Somos personas. Finitas. Y en este caso yo pensé en sempiterno, inacabable.

Ya tampoco me brotan lágrimas. Es más intenso que las lágrimas. Es cerrar los ojos y ver que el espacio que antes ocupaba una imagen, una idea, una palabra, ahora es negro como un hoyo que se queda en nada. Y pensar que hace tan poco esa única palabra, la imagen, la idea llenaba todo. Mi espíritu colmado de anhelo y esperanza, ahora sólo espera que pase el efecto.

Tengo muchos cuestionamientos en la cabeza pero cada vez que trato de plantearme uno para resolverlo mi mente queda en negro. No pienso. Soy ese paréntesis que no se había dado cuenta de que no pertenece a la frase principal.

Eso soy ahorita. Mañana… mañana quién sabe.

viernes, 22 de mayo de 2009

a dos semanas

Quizá sean ideas mías. Pero es un hecho que cada año me suceden asuntos desagradables cuando estoy por cumplir un aniversario más. Generalmente, más o menos dos semanas antes empiezan a ocurrir eventos desafortunados que acaban con la tranquilidad que los precedía.
Bueno, 2009 no es la excepción. Hoy estamos a exactamente dos semanas de que yo cumpla 23 años, y me avisaron que definitivamente se cancela mi taller de los miércoles.

Si leen mi blog constantemente, quizá recuerden la emoción que me causaba. Aún me quedo con uno. Pero perdí a mi primogénito. Como cuando salí de Novartis, esto me sabe a un fracaso profesional impresionante. Tengo muchas dudas atormentadoras rondando mi cabeza. Quiero, en este momento, llegar a mi casa y dormir hasta que se pase el 5 de junio, y yo haya cumplido años y deje de sentir que esta coincidencia nefasta y constante se me está convirtiendo en sugestión.

A diferencia de mi trabajo anterior, este aviso de cancelación me rompe el corazón, porque esto sí me gusta, me apasiona, y ni siquiera pudo terminar en el periodo corriente. ¿Será que me convertiré en una mediocre de por vida?

viernes, 1 de agosto de 2008

Mientras escuchaba El Triste

Una de mis canciones favoritas en el mundo es El triste, de Roberto Cantoral e interpretada por José José.

Hace poco vi la versión que interpretó en el Festival OTI en 1970. Estaba en un Sanborn's esperando a mi mamá y surgió ante mis ojos. Se me llenaron los ojos de lágrimas ante su interpretación.

Entonces bajé el video de youtube y exporté el audio en mp3. Un día, camino a una cita, la estaba escuchando y pensé en qué escribiría un "triste". No fue muy difícil ponerme en sus zapatos y esto fue lo que salió:

"Te deseo en el resto de mis días aunque en el entendimiento me queda clara tu ausencia.

Esta ya larga separación no impide que mis sentimientos permanezcan incorruptos difíciles de transformar y/o apaciguar.

He buscado reinventarte y conformarme con la vida que transcurre en mi mente, ésa donde los dos estamos junt y nuestros mundos se unen al compás de una melodía de Korsakov: escandalosa a veces, pero en todo momento armónica.

Es como si mi rostro conservara el dejo de amargura mientras que las estaciones cambian, van y regresan, y la gente y el mundo transcurren en eterno movimiento. Yo también me muevo, pero en lugar de ir hacia adelante regreso, en un devenir constante, a tu recuerdo.

Ya no lloro. Hace mucho que se me agotaron las lágrimas destinadas a nuestra causa perdida. Ya no lloro porque mi angusta y tu lejanía bombardean mi alma con un dolor tan profundo que no hay llanto que lo exprese o que lo amague aunque sea un poco.

En este caso, el tiempo no ha resultado ser el antídoto perfecto. O acaso las heridas son tan hondas como las fosas donde yacen los desconocidos, donde me hundiré yo dentro de poco.

Como no puedo curarne, voy a resguardarme en mis propias heridas. Me esconderé de mí mismo para evitar buscarte.

Porque, al final de cuentas, nos tuvimos que decir adiós cuando nos queríamos profundamente. Mis ojos ya sólo ven a través del velo gris de la soledad.

Antes bien, aún conservo el recuerdo de tus ojos sonrientes, de tus manos, mi hogar y mi delirio, y la añoranza de volver a sentirte es lo único que me mantiene vivo".

domingo, 23 de marzo de 2008

Boogie man

No hay alguien culpable de mi amargura. Si acaso yo misma. He repasado el momento en que la felicidad se esfumó y llegó el sinsabor a sustituir los sentimientos de esperanza que iluminaban mi corazón. Primero era natural: si las mujeres tardan en superarlo a los 40 años, ¿quién podía culparme si me tardaba en superarlo a los 20?

Lo viví dramáticamente, como si se me hubiera muerto alguien. Lo que se me murió en realidad fue el futuro. Ése que planeé con tanto detalle, acompañada de aquél a quien, muy tempranamente, le otorgué el título del amor de mi vida.

Pero era un futuro inexistente, como es el futuro en realidad. Mi futuro frustrado estaba basado en el pasado, en los recuerdos y en mi propia imaginación. Entonces extrañé el pretérito derrumbado y arcaico, imposible de conjugarse. Quise olvidarlo y quemé las pruebas de que había existido, pero no pude tostarme la memoria.

Amargura pura, insensibilidad a cualquier cosa que no tenga que ver conmigo, Soy ahora una completamente distinta a la que era antes de ese momento en que perdí todo… esta coraza es ahora mi columna vertebral. Ya no soy quien era antes, y dudo mucho que alguien me recuerde como solía ser en la prepa, o en la secundaria.

Hasta a mí me suena absurdo, pero es como haber hecho un voto eterno. De vez en cuando esta amargura que me embarga se queda dormida y da paso a la melancolía de la esperanza inútil. A la añoranza de un abrazo que no he vuelto a sentir y que a veces viene a mí en sueños. Después se despierta y el golpe es más duro porque me recuerda que lo que nos pasó no fue una simple separación, sino la burla completa de mis sentimientos y la utilización descarada de mi amor.

Así que hay que volver a desenamorarse. Regresar a la postura del orgullo que no puedo dejar. A mantener alerta los sentidos y el raciocinio para que las buenas memorias no me hagan caer en la trampa otra vez -aunque hay veces que me dejo llevar, como en enero que dejé que mi cerebro transmitiera una serie onírica de tres semanas de duración-.

Ya pasaron dos años y la lucha es tan inclemente como el primer día. ¿Se acabará?

domingo, 9 de marzo de 2008

...

El silencio. Harmónico y maravilloso silencio. No importa que la ventana dé a la avenida y se escuche la fricción de las llantas con el pavimento mojado. No importa que en mi casa se escuchen los aviones aterrizar. O la televisión de mi abuelo combinada con las palabras de mi hermano.

Yo escucho nada. Porque hay silencio en mi alma. Soledad. Soledad acompañada del bendito silencio. Absoluto. No pienso. Sólo permanezco callada. Incluso para mí. Tranquila. Resignada.

Probablemente después de este silencio puro regrese el estrés de la revista interna, el disgusto. Tendré que ir a limpiar mi cama. Escucharé el motor del bochito que seguramente es un taxi carcacha. Mis uñas rascando el brazo derecho.

Pero ahorita solamente estamos mi silencio y yo. O yo sola. Soledad. La pobre a la que todos le huyen, yo misma también, a veces. Pero últimamente somos amigas la Chole y yo. Me acompaña al trabajo, a la escuela, con los amigos. Me pide a gritos que no nos moleste nadie. Pero yo no la escuchaba. Hoy la escuché. Y la idea que me propuso no me desagradó.

Unos días con ella. Nada más con ella. Sí, hay que convivir con los demás. Coexistir no es lo mismo que socializar.

Mañana el plan es ir al cine juntas. Aunque el martes haya clase, seguramente estará conmigo porque me cela, y por el momento yo tampoco quiero estar con alguien que no sea ella.

A ver cómo nos va. A ver si no nos hartamos la una de la otra. Ella de mi absurda -y últimamente más absurda- hipersensibilidad. A ver si no me harto yo de ver a los demás vivir su vida mientras ella se aferra a mí.

A ver qué tal. Todo sea para que el silencio no me deje. Porque me gusta estar en paz.

martes, 4 de marzo de 2008

No puedo trabajar. Sí, después de tres días sin venir es cínico que diga que no puedo trabajar. Pero no puedo. Me tomé un Red Bull para ver si se me quitaban el sueño y el dolor de cabeza, y se me quitaron, pero el malestar y el enojo y la frustración no se me quitan. No me soporto. Odio sentirme enferma. Estar enferma. Tener obligaciones con el mundo y no poder quedarme en mi casa, en mi cama tirada, mirando al techo y con las extremidades abiertas y flojas. Sin pensar. En búsqueda de que se me olvide el dolor, para ver si con el olvido llega la cura.

Me siento ansiosa. Con la mirada perdida. Pienso en todo, pero se me revuelve el estómago sólo con la vaga decisión de concretar un pensamiento y llevar a cabo alguna acción.

Estar en la playa. Ser pescador. O albañil. Construir casas. Tener una pensión. Que la sabiduría adquirida sea fruto de la inteligencia y que la cultura venga de la experiencia.

¿Cómo me largo de esta vida que no quiero? ¿Cómo me arrepiento del camino recorrido? No puedo, se lo debo.

No puedo trabajar.

jueves, 3 de enero de 2008

Adiós a Coffee Room

Coffee Room era para mí como la cafetería de Seinfield. Como el sillón de Friends. Un lugar que marcó época. QUe determinó posturas, encerró en sus paredes discusiones y guardó el secreto de mis sentimientos.

Como Juvenal Urbino preguntaba "¿Te gusta la música?" para comenzar una amistad, así yo consolidaba la confianza cuando llevaba alguien a mi lugar favorito en el mundo.

Y así, mientras caminaba ayer por la calle de Tlacocquemécatl dirigiéndome a Coffee Room, con toda la intención de probar el mejor chai de la ciudad, vi que los dos pisos que conformaban el café estaban ya vacíos.

Nunca volveré a subir las escaleras de medio caracol, ni me sentaré otra vez en los sillones, ni podré ver el lugar junto al barandal pensando que es un rito no sentarme ahí otra vez. Tampoco entraré al baño a contar las escenes del cuadro prosaico que me entretuvo tantas veces.

Estar dentro de Coffee Room implicaba entablar las mejores conversaciones, las mejores compañías envueltas en la atmósfera perfecta que olía a especias. Como si de tajo se hubieran fundido los focos de una habitación que SIEMPRE debió estar iluminada. SIEMPRE.

Gente vino y gente fue pero ahí, justo frente al parque, permaneció imponente y en apariencia eterno el café testigo de mis transiciones. Ahora la gente permanece y Coffee Room, no obstante, se ha escurrido entre las calles de la colonia del Valle, entre las calles de esta gran ciudad.