No hay alguien culpable de mi amargura. Si acaso yo misma. He repasado el momento en que la felicidad se esfumó y llegó el sinsabor a sustituir los sentimientos de esperanza que iluminaban mi corazón. Primero era natural: si las mujeres tardan en superarlo a los 40 años, ¿quién podía culparme si me tardaba en superarlo a los 20?
Lo viví dramáticamente, como si se me hubiera muerto alguien. Lo que se me murió en realidad fue el futuro. Ése que planeé con tanto detalle, acompañada de aquél a quien, muy tempranamente, le otorgué el título del amor de mi vida.
Pero era un futuro inexistente, como es el futuro en realidad. Mi futuro frustrado estaba basado en el pasado, en los recuerdos y en mi propia imaginación. Entonces extrañé el pretérito derrumbado y arcaico, imposible de conjugarse. Quise olvidarlo y quemé las pruebas de que había existido, pero no pude tostarme la memoria.
Amargura pura, insensibilidad a cualquier cosa que no tenga que ver conmigo, Soy ahora una completamente distinta a la que era antes de ese momento en que perdí todo… esta coraza es ahora mi columna vertebral. Ya no soy quien era antes, y dudo mucho que alguien me recuerde como solía ser en la prepa, o en la secundaria.
Hasta a mí me suena absurdo, pero es como haber hecho un voto eterno. De vez en cuando esta amargura que me embarga se queda dormida y da paso a la melancolía de la esperanza inútil. A la añoranza de un abrazo que no he vuelto a sentir y que a veces viene a mí en sueños. Después se despierta y el golpe es más duro porque me recuerda que lo que nos pasó no fue una simple separación, sino la burla completa de mis sentimientos y la utilización descarada de mi amor.
Así que hay que volver a desenamorarse. Regresar a la postura del orgullo que no puedo dejar. A mantener alerta los sentidos y el raciocinio para que las buenas memorias no me hagan caer en la trampa otra vez -aunque hay veces que me dejo llevar, como en enero que dejé que mi cerebro transmitiera una serie onírica de tres semanas de duración-.
Ya pasaron dos años y la lucha es tan inclemente como el primer día. ¿Se acabará?
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domingo, 23 de marzo de 2008
Boogie man 0:28
domingo, 17 de febrero de 2008
No aguanto mucho sin blog... 22:02
En realidad sí tuve otro blog pero lo que escribí ahí fue completamente secreto. El punto es que no puedo dejar de escribir un blog. Lo dejo para pensar, pero al fin me he dado cuenta que escribir aquí me ayuda a despejar la mente y a pensar mejor. Así que aquí estoy. De nuevo en este espacio que me pertenece y que generé hace poco más de un año de manera gratuita en blogger.
Mi espacio. Tal vez no es un espacio físico, pero se me antoja tan mío como ninguno otro que tenga. Quizá eso sea resultado de que nunca he vivido sola ni he tenido un espacio físico verdaderamente íntimo.
En fin, el tema es otro.
Febrero es un mes especialmente difícil para mí. No sin cierta nostalgia confieso que, desde hace seis años, febrero se ha convertido en el mes más importante de mi vida, y desde hace dos, también en el más triste.
¿Por qué? Porque el 19 de febrero otra persona y yo conmemoramos el aniversario del horror. Durante los primeros cuatro años de relevancia febrero era el mes del cumpleaños. El cumpleaños de quien ahora nombro el Boggie man y, como en esas épocas era mi persona favorita, la más importante, el mes cobró un nuevo sentido.
Pero después nos separamos. Literalmente lo abandoné el 19 de febrero de 2006. Le escribí una carta espantosa donde le pedía que no me buscara, que dejara de seguirme, que lo odiaba por lo que me estaba haciendo. Algún día, cuando en verdad consiga odiarlo -tal vez nunca-, escribiré con precisión qué fue lo que me hizo... qué nos hicimos.
Me cuesta trabajo el tema. De verdad me sorprende cómo cuatro años pueden marcar dos vidas. Aunque no lo veo, por varias razones sé que le pesa no estar conmigo. No poder hablarme, ya no llamarme ni amiga. A mí también me pesa. A pesar de todo a veces me arrepiento de estar ajena. De no compartir mi vida con él. Quienes conocen los detalles creen que soy una estúpida, que estoy loca, que no es posible, pero así es.
Así, en breve será 19 de febrero. Y el cumpleaños ya fue. En breve el recordatorio de que nuestras vidas continúan por separado se intensificará y llegará al grado máximo la melancolía de recordar lo que nunca tuve pero la esperanza de tenerlo prevalecía. Ahora ya no tengo esa esperanza.
Tengo nada.
Mi espacio. Tal vez no es un espacio físico, pero se me antoja tan mío como ninguno otro que tenga. Quizá eso sea resultado de que nunca he vivido sola ni he tenido un espacio físico verdaderamente íntimo.
En fin, el tema es otro.
Febrero es un mes especialmente difícil para mí. No sin cierta nostalgia confieso que, desde hace seis años, febrero se ha convertido en el mes más importante de mi vida, y desde hace dos, también en el más triste.
¿Por qué? Porque el 19 de febrero otra persona y yo conmemoramos el aniversario del horror. Durante los primeros cuatro años de relevancia febrero era el mes del cumpleaños. El cumpleaños de quien ahora nombro el Boggie man y, como en esas épocas era mi persona favorita, la más importante, el mes cobró un nuevo sentido.
Pero después nos separamos. Literalmente lo abandoné el 19 de febrero de 2006. Le escribí una carta espantosa donde le pedía que no me buscara, que dejara de seguirme, que lo odiaba por lo que me estaba haciendo. Algún día, cuando en verdad consiga odiarlo -tal vez nunca-, escribiré con precisión qué fue lo que me hizo... qué nos hicimos.
Me cuesta trabajo el tema. De verdad me sorprende cómo cuatro años pueden marcar dos vidas. Aunque no lo veo, por varias razones sé que le pesa no estar conmigo. No poder hablarme, ya no llamarme ni amiga. A mí también me pesa. A pesar de todo a veces me arrepiento de estar ajena. De no compartir mi vida con él. Quienes conocen los detalles creen que soy una estúpida, que estoy loca, que no es posible, pero así es.
Así, en breve será 19 de febrero. Y el cumpleaños ya fue. En breve el recordatorio de que nuestras vidas continúan por separado se intensificará y llegará al grado máximo la melancolía de recordar lo que nunca tuve pero la esperanza de tenerlo prevalecía. Ahora ya no tengo esa esperanza.
Tengo nada.
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