viernes, 18 de febrero de 2022
Los adioses 23:49
Ni él disfrutaba mi compañía, ni yo la de él. Mi cara se amargaba cada vez que lo veía, y él, ciertamente, era cruel. Disfrutaba sintiéndose superior y yo, por supuesto, me sentía inferior.
Y aquel día, que aún recuerdo como uno de los peores de mi vida, en un impulso, ante la inminente realidad de la omisión y el engaño, ante la verdad inevitable de que él nunca me amaría, le dije adiós.
Fue definitivo. Absoluto. Estúpidamente doloroso. Creí, conforme pasaban los años y conocía más hombres de los que finalmente me separaba, que nunca volvería a sentir tanto dolor. Era ese dolor arrebatado que solo se puede sentir de adolescente. Era un dolor sin experiencia, que sofoca, que oprime, que hiela y deja el pecho tan frío que uno siente que hierve. Iba a la universidad como una autómata, básicamente porque no quería preocupar a mi mamá con la depresión que me embargó y que me hizo presa durante años. Subí muchísimo de peso, porque comer era mi único refugio ante la pena que me embargaba. Con ese adiós se fueron todas las ilusiones inocentes de una joven que no había empezado a vivir todavía y que, ingenua, estaba esperando la correspondencia de su amor apasionado para empezar a vivir.
Hoy es sábado 19 de febrero, pero han pasado diecisiete años. Sané esas heridas y me olvidé de las cicatrices que dejaron, aunque hoy me estoy lamiendo otras. Hoy me estoy lamiendo unas heridas tan profundas que calaron los huesos de aquella muchachita de dieciocho años y, aún peor, penetraron el tuétano de la chiquilla de trece a la que un estúpido tuvo a bien gritarle que le daba asco frente a toda la escuela.
Alguien me dio a entender que le doy asco. Alguien por quien, otra vez, estuve dispuesta a sacrificarme, pero no sabía que el sacrificio sería tan alto: no sabía que, intentando ayudarle, iba a perderme a mí misma. No sabía que el dolor sería así, como el que sentí aquel día, hace tantos años y con tan poco conocimiento de por medio. No sabía que iba a recordar los buenos momentos con esta persona como si fueran instrumentos de tortura. Que me iba a arrepentir de haberlo conocido. De haber pasado tiempo con él, de estar a su lado.
Alguien. En mi mente, su nombre vibra, pero no voy a escribirlo aquí. Alguien. En mi alma, su nombre se ha grabado por todo el dolor que siento cuando pienso en él. Alguien. Ese a quien le di el poder de hacerme sentir lo que quisiera, y lo que me hizo sentir fue ínfima, poco importante, absurda, secundaria. Ese que me violentó con sus palabras. El dolor es igual al que vivió aquella chiquilla que apenas estaba descubriendo el amor de la formas más dolorosa. Hoy otra vez estoy así: desmembrada.
Hoy me obligo a querer. A querer comer. A querer salir de la cama. A bañarme. A trabajar. Tal como hace diecisiete años me armaba de toda la voluntad del mundo para ir a clases porque no quería que mi mamá se preocupara por mi comportamiento, por mi dolor, por mis impulsos autodestructivos, hoy tengo que pensar en ella para cambiar de las cuadro paredes de mi habitación a los cuatro muros de mi estudio. Tengo que reunir el cansancio de vivir para conciliar un sueño que, a veces quisiera, se volviera eterno.
Así que espero que hoy, 19 de febrero, este nuevo adiós sea suficiente y definitivo, como el de hace diecisiete años.
viernes, 25 de enero de 2013
Farewell, dear Rob 0:17
En todo el tiempo que supe que se iría —creo que lo he sabido siempre—, no hice el ejercicio de anticiparme al momento del abrazo.
Solo sucedió. Sin que yo hubiera estado preparada para ello —a pesar de saberlo desde siempre—. De pronto entre nosotros estaban los recuerdos de ocho años de conocernos. Los ojos se me llenaron de lágrimas cuando nos recordé en su casa gigantesca en Amores y vino a mi mente la idea de su cabello semilargo. Se derramaron cuando volví a vernos en su departamento en Fresas, donde planeamos la recreación en pantalla de una anécdota enternecedora que Rodrigo, su hermano, había vivido. Vinieron las noches de Scrabble a mi memoria, cuando jugábamos Lozano, Aldo, Rob y yo. ¡Cuán poco necesitábamos para divertirnos! Apenas un abecedario incompleto para formar palabras.
Se siente tan lejano el recuerdo de Aldo, Roberto y yo en una especie de club de Toby y Lulú, considerando este viaje que ahora uno de nosotros emprende. Las juntas, las conversaciones en el auto de Aldo donde él y yo llorábamos indistintamente mientras Rob nos escuchaba.
Hoy, cuando nos abrazamos, a la par del nacimiento de la certeza de su éxito, murió una época. Una época de tres que se esfumaba desde antes, pero que hoy terminó completamente. Rob se lleva la antorcha de nuestros anhelos comunes, y estoy segura de que hará que nos sintamos orgullosos de él dondequiera que vaya, con lo que sea que haga.
Siempre supe que su talento no era local sino que habría de internacionalizarse. Apenas es el principio, y como todo principio se deriva de un final, se ha terminado un capítulo en donde él se atrevió a poner punto final. Él escribió ya la letra capital de uno nuevo: a life-changing trip.
Lo voy a extrañar. Voy a extrañar hasta el grito desesperado de quien ya no quiere que lo molesten. Voy a extrañar el sueño prematuro que padecía en Cuernavaca. Me voy a acordar siempre, como ya me acuerdo, del día que me dijo que jugar un videojuego era como leer una novela. De su Reino. De la forma en la que, en su examen profesional, mencionó solemnemente "Te la pelas", junto a "significado" y "significante". La. manera en la que crea, en la que trabaja, en la que se esfuerza.
Qué risa cuando evoco aquel día que, en su casa, retiró la apuesta ante los ojos incrédulos de todos. Cuando rapeaba con Aldo.
Pocas veces he sentido tanta confianza como en casa de Roberto. Pocas veces me he divertido tanto como cuando le atinaron a "Faisán", o como cuando jugamos papelitos y le ganamos a Kim, Lamk y Miguel, los expertos, y nos ganaron en Tabú, nosotros que tan confiados estábamos en nuestra racha invicta.
Voy a añorar nuestras conversaciones. Pocas a solas, pero ¡tan significativas! Siempre reveladoras. Aun así, la vida sigue. Para mí, aquí, para él, allá. Me entristece pensar que alguna vez formamos parte de un trío de personas que tuvieron mucha intimidad -por lo menos yo así lo viví-, y que la partida de uno de los miembros fundadores del club me hace consciente de que esa que alguna vez fui, no soy más. Sin embargo, me llena de regocijo pensar que he sido parte de la historia de este personaje tan complejo llamado Roberto, así como de saber que él es parte de mi vida, de mi pasado, del presente y, seguramente, del futuro.
Así que, aunque duele que haya una frontera geográfica que nos separe, cómo agradezco que él y yo hayamos franqueado una Frontera con un muro, una pelota y un niño.
Hasta pronto, Rob.
you filled the room with hope and light.
It's only right that you should go your way,
cause nothing ever lasts that long.
Keane
viernes, 17 de junio de 2011
Adiós, adiós 8:28
Cuando estaba pensando en escribir esto, no podía decidir a ciencia cierta si hablaría en contra de la gente responsable de mi salida (porque, afortunadamente, yo no soy responsable de que haya sucedido) o si diría las ventajas y desventajas de estar en la compañía. Al final, me sacudí a los imbéciles, borré de mi memoria los malos ratos (si bien, me quedé con el aprendizaje que los errores y los momentos incómodos traen consigo) y me quedé solamente con los instantes agradables.
Así que, lo que voy a extrañar de trabajar en Medicus, es:
1. MEP cantando y bailando "All I want for Christmas is you".
2. Cantar "Desátame" con Dalia.
3. Cerrar la puerta de la bodega que Dalia y yo teníamos por oficina cada vez que Toño quería platicarnos algo, o viceversa.
4. Las rondas de Silvia por todos los lugares, incluido el mío.
5. Ponerme mis audífonos y cantar tan fuerte que tenían que callarme.
6. Que Pili y Marthita aullaran cada vez que cantaba.
7. La risa espontánea de Lupita Chavarría.
8. Los preámbulos de Ruth para llegar a un punto o contestar una pregunta.
9. Berenice entrando a la oficina para dejarle exámenes a Dalia.
10. Las muecas de Dalia cuando Bere le dejaba los exámenes.
11. La risa de María Elena.
12. Mi collage pegado en la pared con personajes símiles a nuestros compañeros.
13. Entrar a la oficina de Evelin.
14. Los abrazos de Armando Rodríguez.
15. Alfredo y David imitando a Armando.
16. Mi mesa de trabajo.
17. La fiesta de fin de año.
18. A María Elena como Directora de Recursos Humanos.
19. Luis riéndose de la nada y yo riéndome con él.
20. Cotorrearme a Reynita.
21. Chismear con Mónica.
22. Xochitl preguntándome por qué no la saludo.
23. El día de tanda.
24. Martha Rodríguez que me lanzó al ruedo en el karaoke el día de la fiesta del 14 de febrero, y luego me dejó ahí sola.
25. El coraje que me daba que no me hicieran caso en Sistemas, y que se me olvidara cuando veía a Víctor, Armand o Chavita, siempre con buena cara.
26. Andar con mi teclado viejo conectado a la laptop, porque el de la laptop no servía.
27. Tepeji del Río con María Elena.
28. Dormir en la cama aguada de Tepeji del Río.
29. Pasear con María Elena por el Malecón de Veracruz, cuando había norte y el viento nos empujaba hacia el otro lado.
30. Viajar con Dalia.
31. Viajar con Toño.
32. Las fotos en mi escritorio.
33. Hacer catarsis con Toño.
34. Las comidas de cumpleaños.
35. Que Marthita me consintiera y arreglara mi lugar.
36. Quedarme con Mago, Romi, Laura y Marthita después de los pasteles de cumpleaños para comer y platicar.
37. Los pasteles de cumpleaños (increíble pero cierto, los voy a extrañar).
38. El proceso tedioso y complicado para cambiar la pantalla electrónica.
39. La sinceridad de Pilar.
40. El juego de la sillas compitiendo con Laura Meneses.
41. El equipo Rápidos y Furiosas.
42. Irving saltando en chinga en el juego de los costales.
43. Dalia y yo compartiendo la misma mesa de trabajo.
44. La brutal honestidad de Maribel.
45. Las comidas con Toño y Dalia.
46. El estacionamiento.
47. La implementación de cada canal nuevo de comunicación.
48. Cantarle "Stereosexual" a Armand .
49. Ganarle a Salvador en el dominó.
50. Platicar de películas con Rubén.
51. Reírme con Sergio Pardo cuando iba a entregarme trabajo.
En fin, seguramente saldrán más cosas conforme pase el tiempo. Solamente me queda estar muy, muy agradecida con la vida por haber vivido dos años de alegría, intensidad y trabajo en Medicus, con todos y cada uno de mis compañeros.
viernes, 16 de abril de 2010
Chao en venta 14:41
Ese lugar está lleno de recuerdos. Cosas buenas, malas, incluso alberga el momento más triste de mi vida. Cuánto lamenté no entrar más a ese lugar. Tocar la cocina, sentarme en el comedor antiquísimo, mirar a la perra a través del ventanal que daba al patio.
¡Cuántos recuerdos! De inmediato recordé la primera vez que entré ahí. El calor con el que me recibieron, los motivos por los que fui.
Y me fui de ahí tan mal... Tanto que no volví.
Si fuera millonaria habría comprado ese lugar. Casi fue como un santuario, así es que lo habría comprado y lo habría hecho mi estudio. Mi refugio.
Pero ya no está. Nunca más estará, y sólo quedan mis recuerdos de sus paredes, de su entrada, del pasillo, sólo eso.
martes, 6 de abril de 2010
Volver a la infancia II 9:03
"Recuerdo perfecto que mi hermano y yo estábamos muy chiquitos, casi no sabíamos leer en español, y mi mamá cerraba la recámara y ponía Dreamlover de Mariah Carey y Like a prayer de Madonna. Entonces, mientras bailábamos los tres, nos enseñaba a cantar en inglés. Recuerdo nuestras vocecitas y los tonos desentonados de mi mamá, y cómo se me movía el cabello en consecuencia de que movía la cabeza al ritmo de la música. Nada había malo y me sentía completamente protegida."
Y sí, ése es mi recuerdo más feliz.
sábado, 13 de marzo de 2010
Encadenados a la borregada 20:34
Las cadenas. Siempre la palabra cadena denota prisión, falta de libertad. En el caso de los lugares de entretenimiento, cadena es el impedimento para que la gente entre a un lugar, y los Carontes -bueno, es una falta de respeto a la mitología que compare a esos gorilas con Caronte, pero me tomaré el atrevimiento por aquello de que en todos los casos, son guardianes-, los Carontes vigilan que al lugar sólo entre la "gente adecuada".
Me acuerdo perfectamente que, cuando fui a La Tradicional, casi rogué porque nos dejaran pasar. Entonces el tipo acercó su boca a mi oído y murmuró: "No les ruegues, mientras más mamona te comportes, más rápido entras". Yo, que en esa época era súper insegura, juré que la razón por la que no pasábamos era que yo no estaba vestida adecuadamente y parecía una quimera con el cabello corto y senos. Cuando al fin pasamos, me sentí aliviada porque creí que nunca lo volvería a hacer.
Luego, unos diez meses después de esa ocasión, una de mis amigas quería festejar su cumpleaños. ¿Por qué no? En un antro. Casi era una tardeada. Yo, que no quería que me discriminaran de nueva cuenta por mis vestimentas hippies y mal combinadas, me llevé un vestido de noche que tenía una apertura a medio muslo. Nada que ver con la vestimenta apropiada para un antro, pero yo juraba que estaba súper bien.
Y llegamos. Y esperamos, y esperamos, y esperamos. En este caso, las Carontes eran un par de chavas de complexión delgada, ESPANTOSAS, que nos miraban a mi amiga y a mí como si fuéramos unos bichos raros. Después llegó una tercera amiga de mi amiga. Y las tres nos quedamos observando cómo la cadena se acababa, y nosotras seguíamos afuera.
Aquel suceso acabó con mi autoestima. Yo me fui y no entré. Al lunes siguiente, mi amiga me contó que había hablado con el dueño para decirle que quería su dinero de vuelta -había pagado en preventa las entradas al lugar-, pero me habría resultado muy incómodo entrar y bailar en un lugar donde me habían sobajado de esa manera.
Después, salvo una vez, sólo he ido a lugares con cadena porque gente que es muy importante para mí me invita, y no tengo que hacer cola para entrar. Entramos de inmediato por la razón que sea. Permanecer aunque sea cinco minutos esperando que me elijan me traslada a esa tarde en Revolución en la que yo me quedé afuera con mi vestido negro puesto y sintiéndome la mujer más horrenda del planeta.
Conforme fui creciendo me di cuenta de que, de ninguna manera, soy la mujer más horrenda del planeta y que, de hecho, soy lo suficientemente guapa -yo diría que más que suficiente- como para entrar adonde se me dé la gana y que, en realidad, no tendría porqué importar si de verdad fuera la mujer más horrenda físicamente, o si tuvieran que darme tres sillas para que mi trasero cupiera sentado, NADIE se merece que lo discriminen, ni siquiera esos guaruras que están en las cadenas discriminando a los demás (si ellos se formaran en la cadena, seguramente no los dejarían entrar).
Ayer, la situación del vestido negro se repitió, sólo que esta vez yo traía un vestido verde sueltito y cortito (no muy cortito) e iba con mi mejor amigo. Y no nos dejaron pasar. Yo veía al de la cadena con tanto desprecio, y me caí mal.
Ha pasado más de un lustro y otra vez estaba ahí, esperando a que me dejaran pasar. Una vez más, sólo que ahora tengo 23. Me sentí impotente y enojada. Otra vez permití que un pinche gorila que no tiene ni la mitad de educación que yo, ni la mitad de belleza tampoco, que masca chicle como tortillero y trae colgado un rosario con una cruz de madera, volteara hacia arriba mientras mi amigo le hablaba, porque si lo viera a los ojos se daría cuenta de que lo único que le da poder a él somos nosotros y toda la gente que se forma y permite esa humillación de ser escogidos como mujeres en casas de citas.
Lo peor es que la diversión de los que están adentro se merma por la pena que sienten hacia los que están afuera y no pueden pasar. Hasta eso está mal pensado.
Me queda claro que somos masoquistas. Vamos a lugares donde nuestro dinero es mal recibido -o, en el caso de ayer, mi amigo y yo ni siquiera pudimos gastarlo-, y hacemos filas enormes para pasar y encontrarnos con otras personas igual de idiotas que nosotros, porque hicieron la misma larga fila para entrar.
Por mi parte, ya decidí que no quiero pasar ni cinco minutos más en una cadena. Añoro libertad, y la libertad tiene que darse incluso en las nimiedades. No más. Es mi responsabilidad si me expongo a que me discriminen, y no quiero cargar con eso.
Así que, todo lo anterior sólo es para decirles que si celebran su cumpleaños y me invitan, tengan la certeza de que con gusto asistiré si no hay cadena. Si hay, los invito a cenar un día después. Nada vale los malos recuerdos, ni el trato injusto de los otros.
Por cierto, este lugar al que fui se llama Dubai. Si confían más en un juicio inteligente (el mío seguro es), no vayan. Ni entré, pero les aseguro que ni hay atractivo visual. Además, entré a su página y lo que leí es completamente incronguente:
"DUBAI ABRE SUS PUERTAS A TODAS AQUELLAS PERSONAS QUE GUSTAN DE LA MUSICA (sic) Y LA COMBINACION(sic) DEL KARAOKE CON LA FUSION DEL DJ RESIDENTE.
NUESTRO OBJETIVO ES OFRECER A NUESTROS CLIENTES UN LUGAR DONDE LO MAS IMPORTANTE ES DAR UN BUEN SERVICO Y HOSPITLIDAD (sic) YA QUE NUESTRO PERSONAL ESTA ALTAMENTE CAPACITADO EN AREA DE DIVERSION NOCTURNA, MANTENIENDONOS ACTUALIZADOS EN LO MEJOR DE LA MUSCA Y VIDEOS DE TODOS LOS GENEROS, SIEMPRE PENSANDO QUE CADA CLIENTE ES UNICO."
De hospitalarios y buen servicio no tienen nada. Y eso de "abre sus puertas a todas aquellas personas que gustan de la música"... les aseguro que sé más que ellos de música, y no me abrieron las puertas.
En fin, ya me desahogué. Me sigo quedando con mi combinación hippie/alternativa/fodonga, y los lugares que frecuento donde a todos nos dejan ser.martes, 30 de diciembre de 2008
lunes, 20 de octubre de 2008
La cajita de vanidades 19:06
Hoy desenterré de mi memoria la "cajita de vanidades". Un correo como respuesta al que yo envié por el cumpleaños de una persona muy querida para mí fue suficiente para que yo la evocara, para que el dicho "recordar es volver a vivir" cobrara sentido una vez más.
No la he vuelto a ver. Desafortunadamente estaba conectada a otra persona a quien dejé de frecuentar, pero sus palabras están todavía en mi correo electrónico y hoy, mientras limpiaba mi bandeja, volví a encontrarlas.
En su respuesta hablaba de una "cajita de vanidades" a la que acudía para sentirse acompañada. Decía que mi correo formaba parte de esa cajita, y me decía que era muy bienvenida a su familia, que tenía todo su apoyo para siempre.
No se lo contesté. Sin embargo supongo que de haberlo hecho le habría mentido rotundamente: le habría dicho que también tenía mi cariño y mi apoyo incondicionales y, aunque el primero lo tendrá siempre, la segunda opción hubiera sido difícil de conservar.
Ahora quisiera encontrármela en la calle. Saber cómo le va la vida. Preguntarle por su "cajita de vanidades". Sin que lo hiciera con palabras, seguro con la mirada le agradecería los cuatro años de afecto y amistad. Le agradecería que me abriera las puertas de su casa con tanta confianza. Que me quisiera y me procurara tanto como lo hacía.
Ahora, mi único contacto con ella es la página de internet donde anuncia sus diseños. Recientemente tuve noticias suyas, y la imagen de ella en su coche, bajando la ventanilla y quitándose los lentes oscuros para saludarme, mirándome con sus grandes ojos claros, me dio tanta nostalgia que se me hizo un nudo en la garganta.
jueves, 28 de agosto de 2008
Hasta cierto punto me sentí identificada con la desesperación que mostraba en el amor. Con sus celos iracundos, y su afán de posesión como único acercamiento de la expresión de sus sensaciones y sus pensamientos tal vez se aproxime a reflejar en sus cartas todo aquello que le provocaba Nora.
Sin afán de parecer soberbia y compararme con Joyce -porque de ninguna manera lo intento, menos con ese monstruo de la literatura ante cuya memoria me siento humilde-, mientras leía recordaba las cartas que yo misma me aventuré a escribir en alguna época, hace ya tal vez un par de años (o más): eran cartas insignificantes. Comenzaron hablando de lo mucho que el tercero valía la pena, y terminaron siendo confesiones profundas de mi esencia, sin otro afán que el de mostrarle al ser amado mi confianza hacia él.
Aunque nunca se las di como "Cartas de amor", la verdad es que los dos sabíamos que eso eran. En cada palabra brotaba el frenesí de mis sensaciones, la violencia con la que lo urgía a una respuesta que no llegaba, la desesperación que me provocaba cada segundo en que no estaba con él. Después de estos años lo reflexiono y pienso que fui muy intensa y que es difícil encontrarse con alguien con quien haya tanto entendimiento y amor como para soportar esas intensidades. Antes bien, ahora que he dejado el duelo de lado y recuerdo con cariño, esos recuerdos nutren mi alma de alegría y de orgullo por lo que soy capaz de hacer por el amado.
Por eso cuando leí a Joyce e intuí las respuestas de Nora (por lo que él escribe en sus cartas) me sentí identificada y honrada de leer lo que se postraba ante mis ojos. Fue como si, muchos años antes, alguien hiciera lo mismo que yo he hecho con las mismas sensaciones que se quedan después de enviar una carta melancólica, o de reclamo, o de lujuria.
martes, 15 de julio de 2008
El subconsciente traiciona 10:33
La verdad es que yo me he jodido muchas veces. A lo mejor lo que sucede es que no pienso antes de hablar y de pronto ya dije el nombre prohibido. Me ha pasado con la familia, con amigos, con algún galán... a lo mejor también es porque no puedo pensar en dos cosas al mismo tiempo y de pronto lo que sucede es que se detona algún recuerdo, y como recordar es volver a vivir...
Chale.
lunes, 16 de junio de 2008
Regresiones 20:17
o al menos yo creí que tomaría zumba. Llegué al lugar donde tomaré clases y en el horario de lunes a las 7pm la clase era de jazz. No sólo eso, sino que el instructor de la clase era el mismo con el que tomé jazz por primera vez en mi vida.
Tenía 13 o 14 años. Una amiga mía (Aimé) vivía cerca de mi casa y quería entrar a clases de jazz. "¿Por qué no vamos juntas?", me preguntó, y como yo no tenía mejor cosa que hacer accedí.
Entramos a la Acquatic Sport Center (no sé si así se escribe) que es como el Sport City de la Jardín Balbuena.
Cuando tenía esa edad Alejandro me impactaba: fornido, con la piel blanca como leche, bailaba precioso y tenía novia. Todo maravilloso. Me intimidaba muchísimo. Tenía un crush por él.
El tiempo pasó y me salí de jazz. Regresé a un par de clases y él -como esta vez- no me recordaba. Ahora han pasado ocho años desde esa vez. Ya no soy una niña ni una adolescente tímida. Tengo 22 años. Recién cumpliditos. Ya me gradué y trabajo.
Y sus rutinas son las mismas: el calentamiento tiene la misma música y los mismos pasos, y no me costó tanto trabajo porque ya me lo sabía desde hace muchos años. Sólo había que desenterrarlo de mi memoria.
Por mí, en cambio, sí ha pasado el tiempo. Sigo siendo flexible pero estoy como oxidada. Llevo mucho tiempo sin hacer ejercicio y necesito regresar. Ya no soy insegura como era en aquella época, al contrario. Y Alejandro ya no me provoca absolutamente nada.
As simple as that
viernes, 11 de abril de 2008
La blusa azul 10:45
Sin embargo, con mis jeans y tennis gastados visto una blusa azul con circulitos, escote en "v" y manga larga. Así estoy en el deja vu. Hace unos años, ésta era mi blusa favorita. Me la ponía todos los días -bueno, no tanto, pero muy seguido- y me encantaba.
Esta blusa me recuerda a la época de mi vida en la que sólo me dedicaba a estudiar.
domingo, 17 de febrero de 2008
No aguanto mucho sin blog... 22:02
Mi espacio. Tal vez no es un espacio físico, pero se me antoja tan mío como ninguno otro que tenga. Quizá eso sea resultado de que nunca he vivido sola ni he tenido un espacio físico verdaderamente íntimo.
En fin, el tema es otro.
Febrero es un mes especialmente difícil para mí. No sin cierta nostalgia confieso que, desde hace seis años, febrero se ha convertido en el mes más importante de mi vida, y desde hace dos, también en el más triste.
¿Por qué? Porque el 19 de febrero otra persona y yo conmemoramos el aniversario del horror. Durante los primeros cuatro años de relevancia febrero era el mes del cumpleaños. El cumpleaños de quien ahora nombro el Boggie man y, como en esas épocas era mi persona favorita, la más importante, el mes cobró un nuevo sentido.
Pero después nos separamos. Literalmente lo abandoné el 19 de febrero de 2006. Le escribí una carta espantosa donde le pedía que no me buscara, que dejara de seguirme, que lo odiaba por lo que me estaba haciendo. Algún día, cuando en verdad consiga odiarlo -tal vez nunca-, escribiré con precisión qué fue lo que me hizo... qué nos hicimos.
Me cuesta trabajo el tema. De verdad me sorprende cómo cuatro años pueden marcar dos vidas. Aunque no lo veo, por varias razones sé que le pesa no estar conmigo. No poder hablarme, ya no llamarme ni amiga. A mí también me pesa. A pesar de todo a veces me arrepiento de estar ajena. De no compartir mi vida con él. Quienes conocen los detalles creen que soy una estúpida, que estoy loca, que no es posible, pero así es.
Así, en breve será 19 de febrero. Y el cumpleaños ya fue. En breve el recordatorio de que nuestras vidas continúan por separado se intensificará y llegará al grado máximo la melancolía de recordar lo que nunca tuve pero la esperanza de tenerlo prevalecía. Ahora ya no tengo esa esperanza.
Tengo nada.
jueves, 3 de enero de 2008
Adiós a Coffee Room 20:55
Como Juvenal Urbino preguntaba "¿Te gusta la música?" para comenzar una amistad, así yo consolidaba la confianza cuando llevaba alguien a mi lugar favorito en el mundo.
Y así, mientras caminaba ayer por la calle de Tlacocquemécatl dirigiéndome a Coffee Room, con toda la intención de probar el mejor chai de la ciudad, vi que los dos pisos que conformaban el café estaban ya vacíos.
Nunca volveré a subir las escaleras de medio caracol, ni me sentaré otra vez en los sillones, ni podré ver el lugar junto al barandal pensando que es un rito no sentarme ahí otra vez. Tampoco entraré al baño a contar las escenes del cuadro prosaico que me entretuvo tantas veces.
Estar dentro de Coffee Room implicaba entablar las mejores conversaciones, las mejores compañías envueltas en la atmósfera perfecta que olía a especias. Como si de tajo se hubieran fundido los focos de una habitación que SIEMPRE debió estar iluminada. SIEMPRE.
Gente vino y gente fue pero ahí, justo frente al parque, permaneció imponente y en apariencia eterno el café testigo de mis transiciones. Ahora la gente permanece y Coffee Room, no obstante, se ha escurrido entre las calles de la colonia del Valle, entre las calles de esta gran ciudad.
lunes, 17 de diciembre de 2007
El CUM 20:43
Pensar en el CUM -institución donde cursé la preparatoria- trae consigo recuerdos. Recuerdos amargos de cuando pertenecía sin pertenecer completamente a un grupo de amigos. De Matuk ceceando. Del gimnasio y Octavio, nuestro instructor, contándonos que alguna vez fue Mister México. Me trae el sonido del vidrio roto mientras yo me fundía en el abrazo con mi otro.
Pensar en el CUM me recuerda la pérdida de la inocencia en el más puro y más superfluo de los sentidos. Cuando pienso en quinto de prepa lo asocio con la primera vez que usé delineador en mi vida -para que me tomaran la fotografía del anuario- tanto como con la peor época económica de mi vida o con la desilusión del desamor desesperado.
El CUM fue testigo de mi época literaria más prolija, si bien menos vivida. Sus bancas fueron paño de lágrimas y los rincones estadios de prohibiciones y de placeres amargos. Las escaleras de la biblioteca nos resguardaban en la violación de las reglas, y luego nos miraban, inermes, a los ingratos que dejábamos colillas de cigarro tiradas para alcanzar la clase antes que el segundo timbre sonara.
El CUM sigue siendo una decisión que retumba en mis entrañas. ¿Y si no hubiera entrado? ¿Sería capaz de abandonar los buenos recuerdos y las grandiosas amistades a cambio de nunca haber conocido la tortura que me embargó durante tanto tiempo?
El CUM también trajo a María Amor, a Sherley, a Farid, a Daffne... calma después de la incesante marea brava. El CUM también me regaló el mejor espectáculo de tango que he visto en la vida. Y aún los recuerdos con mi otro errado son buenos en alguna medida.
Esa institución me forjó el carácter, me hizo más fuerte, más segura. Jamás me entendería sin el CUM en mi bagaje. No sería yo sin el señor Vignau detrás mío regañándome porque llegué tarde, sin los partidos de futbol soccer donde yo era portera, sin los lunes y los miércoles yendo con mi otro errado a tomar café al Fiorentino en vez de hacer ejercicio en el gimnasio.
No me encontraría en otras fotos sin verme en las fotos de mis épocas preparatorianas. Aquéllas del Café la Selva en las que, quien me las tomó, reflejó el amor que me profesaba.
Para algunos las amistades forjadas permanecen después del CUM. Para mí se han ido muchas por mis circunstancias con el otro errado. Pero esos recuerdos son míos, no me los quita nadie, están ahí más allá de mi decisión de asistir o no a la cena de gala.