Hoy tuve mi cita conmigo misma. Fui a tomar un café y leer mi libro, el del egipcio. Después entré a ver No country for old men, una más de las películas que forman parte de la buena racha de cine que he visto desde el principio del año.
Debo confesar que, aunque dicen que ir solo a las funciones es de verdaderos cinéfilos, la idea no me atraía demasiado. En otras ocasiones había vencido mi escasa voluntad de hacerlo, pero hoy sí tenía muchas, muchas ganas.
Así que compré mi boleto y me encaminé a la sala 7 de Cinemex Manacar.
Fue una buena elección. La película es tensa. Todo el tiempo. Lo logra sin música. Tengo que reflexionar sobre ella.
Pero ahorita no.
El punto es que, como siempre, me pasó un pequeñísimo incidente en la película que al principio me frustró y ahora me da risa:
Estaba viendo la película y pensé -durante un diálogo que me pareció irrelevante-: "Mmm, esto de venir sola al cine me gusta". Y cuando volteé para seguir viendo la película, ya estaba en los créditos. No podía creerlo. Me perdí el diálogo final del filme y no tenía un acompañante que me lo platicara.
Bajé el guión para leer el diálogo final. Aún así, la volveré a ver.
Me dio risa.
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lunes, 10 de marzo de 2008
jueves, 3 de enero de 2008
Adiós a Coffee Room 20:55
Coffee Room era para mí como la cafetería de Seinfield. Como el sillón de Friends. Un lugar que marcó época. QUe determinó posturas, encerró en sus paredes discusiones y guardó el secreto de mis sentimientos.
Como Juvenal Urbino preguntaba "¿Te gusta la música?" para comenzar una amistad, así yo consolidaba la confianza cuando llevaba alguien a mi lugar favorito en el mundo.
Y así, mientras caminaba ayer por la calle de Tlacocquemécatl dirigiéndome a Coffee Room, con toda la intención de probar el mejor chai de la ciudad, vi que los dos pisos que conformaban el café estaban ya vacíos.
Nunca volveré a subir las escaleras de medio caracol, ni me sentaré otra vez en los sillones, ni podré ver el lugar junto al barandal pensando que es un rito no sentarme ahí otra vez. Tampoco entraré al baño a contar las escenes del cuadro prosaico que me entretuvo tantas veces.
Estar dentro de Coffee Room implicaba entablar las mejores conversaciones, las mejores compañías envueltas en la atmósfera perfecta que olía a especias. Como si de tajo se hubieran fundido los focos de una habitación que SIEMPRE debió estar iluminada. SIEMPRE.
Gente vino y gente fue pero ahí, justo frente al parque, permaneció imponente y en apariencia eterno el café testigo de mis transiciones. Ahora la gente permanece y Coffee Room, no obstante, se ha escurrido entre las calles de la colonia del Valle, entre las calles de esta gran ciudad.
Como Juvenal Urbino preguntaba "¿Te gusta la música?" para comenzar una amistad, así yo consolidaba la confianza cuando llevaba alguien a mi lugar favorito en el mundo.
Y así, mientras caminaba ayer por la calle de Tlacocquemécatl dirigiéndome a Coffee Room, con toda la intención de probar el mejor chai de la ciudad, vi que los dos pisos que conformaban el café estaban ya vacíos.
Nunca volveré a subir las escaleras de medio caracol, ni me sentaré otra vez en los sillones, ni podré ver el lugar junto al barandal pensando que es un rito no sentarme ahí otra vez. Tampoco entraré al baño a contar las escenes del cuadro prosaico que me entretuvo tantas veces.
Estar dentro de Coffee Room implicaba entablar las mejores conversaciones, las mejores compañías envueltas en la atmósfera perfecta que olía a especias. Como si de tajo se hubieran fundido los focos de una habitación que SIEMPRE debió estar iluminada. SIEMPRE.
Gente vino y gente fue pero ahí, justo frente al parque, permaneció imponente y en apariencia eterno el café testigo de mis transiciones. Ahora la gente permanece y Coffee Room, no obstante, se ha escurrido entre las calles de la colonia del Valle, entre las calles de esta gran ciudad.