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miércoles, 12 de octubre de 2016

El amante de cristal

En mi experiencia breve y errática, quizá lo más difícil de una relación sea recoger lo que uno ofreció y el otro no quiso —o no pudo aceptar por una u otra razón, para no convertir en víctima a ninguna de las partes—, e iniciar de nuevo. No es mentira ni es cliché que todo fin genera un principio. En este caso puede ser el inicio de un camino de desconcierto e inseguridad, de desconfianza, de duelo. Generalmente no hay un proceso puro, sino que ocurren todos de manera simultánea, de modo que, además de estar descompuesto, uno tiene que enfrentarse de nuevo a ver el mundo en soledad, porque el compañero que había elegido ya no está.

A veces, con la entereza suficiente y la madurez necesaria, uno se le planta al mundo solo y decide caminar así hasta que ha sanado por completo. Busca por ahí los pedazos que lo ayuden a reconstruirse de nuevo y, cuando está listo para ello, vuelve a sumirse en la búsqueda de un compañero.

Sin embargo, hay personas que hacen otras cosas. Quizá sea que, en este mundo de pares, al convertirse en nones, estos individuos no se hallan y buscan a otro desesperadamente para regresar a la condición de pares, como si fuera su esencia.

Por mucho tiempo yo no pertenecí a ninguno de los dos equipos, simplemente porque nunca hice par con nadie. Sí, me enamoré. Sí, me desenamoré. Sí, viví todo aquello, pero con la derrota anticipada de la incompatibilidad. Era una suerte de masoquismo emocional. "Amo al que no me ama" o "amo al que me ama, pero no lo suficiente para estar conmigo". Mi historia se convirtió en una pasarela de hombres imposibles, pese a que los tuve por instantes.

Cuando conocí al dueño de los gatos, debí saber que la historia se repetiría. Reconocí todos los indicios de que así sería, pero los obvié para darme, por primera vez en la vida, una oportunidad "real" de convertirme en par. Y luego, como es natural cuando uno echa un volado, aposté por águila y cayó sol, y tuve que recogerme, así descompuesta como me encontraba, y vivir muchísimos procesos completamente nuevos y simultáneos.

No es justificación para la narración posterior de los hechos, pero no supe cómo manejar la situación. Me di cuenta de que me había convertido en un ser que racionalizaba todo, que buscaba la lógica en todo lo que hacía y que, en contraste, cuando había hecho lo que pude para sacar mi relación a flote sin lograr la salvación del barco, la racionalidad dejó de tener sentido —por lo menos para esa relación sentimental—.

Antes de tener novio, conocí a un hombre a quien, para efectos de este post, llamaré El amante de cristal. Éramos muy distintos y muy incompatibles, de manera que dejé el asunto por la paz y, posteriormente, conocí al dueño de los gatos.

En lo único en que el amante de cristal se parece a mi exnovio es en la profesión y, también, coinciden en la edad. De ahí en fuera, son en todo diferentes: sus contextos, sus complexiones, sus maneras de tratarme y la pasión con que viven la vida. El primero es más bien frío, y el segundo emana fuego, pasión, deseo. 

En mis sensaciones, el amante de cristal despertaba matices muy distintos a los que experimentaba por el dueño de los gatos. Eran tan disímiles que, si hubiera podido vivir con ambos una relación de poliamor, lo habría hecho sin dudarlo. Sin embargo, el dueño de los gatos y yo vivíamos en una monogamia en peligro de extinción, aunque monogamia al fin y al cabo. Si bien el amante de cristal me procuraba a distancia y me insistía en que debíamos vernos, yo me resistí y me resistí, así como también me rehusé a aceptar, por unas semanas, que mi situación con el dueño de los gatos empeoraba cada día.

Como una coincidencia del universo, un día después de que di por terminado mi vínculo físico con el dueño de los gatos, el amante de cristal volvió a buscarme. "Véamonos", me pidió. "Veámonos", accedí. Y a partir de entonces, casi sin darme cuenta, caí en un torbellino de emociones en que, creí, nos encontrábamos los dos. Un vórtex de pasión que se mezclaba con tormento. Entre beso y beso, yo sentía que lo quería, que en sus ausencias me haría falta, que si no lo abrazaba con violencia, el alma se me requebrajaría. Antes bien, al separarnos entrábamos en una dinámica de peleas que se me antojaban infinitas e hirientes, pero que me hacían sentir más viva y más querida que las últimas semanas con el hombre anterior.

La última vez que lo había visto antes de esta nueva etapa, el amante de cristal me dijo que, aunque no hubiera nada formal entre nosotros, quería incluirme en su vida y que yo lo incluyera en la mía. Luego se ofendió porque no solamente no atiné a contestarle, sino que incluso, según me refirió después, mi gesto se transformó y miré su propuesta con repulsión.

En realidad, aquellas palabras se clavaron en mi espíritu y, pese a que no volví a mencionar el tema, cuando volví a verlo, con la certeza de su interés, mi conducta se transformó. Todos los días me despertaba pensando en él. En sustitución de mis remembranzas diarias con respecto al dueño de los gatos, mientras el agua de la ducha me caía en el rostro, pensaba en las manos del amante de cristal. Sentía hambre de sus abrazos, de su cuerpo cálido, de sus miradas inquisitivas, de sus conversaciones siempre apasionadas, de su sonrisa franca y espontánea. Y aún así, la comunicación a distancia resultaba tortuosa: malos entendidos, manipulaciones, machismo disfrazado de indiferencia, indiferencia disfrazada de falta de tiempo.

Seguí frecuentándolo hasta donde el trabajo y los tiempos nos permitieron. Mi cuerpo albergaba cada vez más pasión y, mi mente, una mezcolanza de emociones. Un día, en medio de sábanas encantadas por el hechizo de la piel, me confesó que estaba en una relación abierta. Primero me sentí usada, pero mientras escuchaba a lo lejos su voz diciéndome que conmigo se sentía distinto, mientras hablaba de la complicidad que experimentaba en mi presencia, de la química y de la pasión que desencadenaba en él, me di cuenta de que estaba actuando como una cínica y, más allá de eso, como una hipócrita: yo también lo estaba usando.

Seguí buscando al amante de cristal, y el amante de cristal comenzó a ausentarse. Un pretexto, otro y otro más, y terminamos mandándonos al diablo en una hecatombe telefónica. No sé si era mucha pasión, no sé si era mucha necesidad, o quizá un poco de ambas cosas, la cuestión es que, como azufre, fue deshaciendo nuestras bases inestables. El amante de cristal era tan frágil como yo y estaba lleno de inseguridades. Me decía que no veníamos del mismo mundo, que nuestros contextos eran distintos, que era mejor dirigirse a mí como "señora" o "doña", por respeto al origen distinto del que ambos proveníamos. Incluso usó de pretexto a sus amistades y a su certeza de que no me caerían bien para no invitarme a su vida. Tan distintas me parecieron sus acciones de aquella conversación que narré hace unos párrafos, en la que aseguró que quería involucrarme en su existencia, que terminé por sentirme engañada y lastimada, a pesar de mi conciencia de que yo no estaba siendo completamente honesta.

Y entonces, de nuevo, la ausencia del dueño de los gatos se apoderó de mi mente, pero de manera más intensa: se mezcló con la de mi amante de cristal, que había terminado de romperme. 

sábado, 17 de septiembre de 2016

La devolución de la guitarra

Después de una relación fallida queda pendiente la repartición de bienes. Yo creo que esto no se acaba sino hasta que uno decide "donar" esos objetos, o bien, recuperarlos.

En una entrada anterior narré cómo, cuando concluyó aquella única relación formal que he tenido a lo largo de treinta años de vida, olvidé en casa de mi expareja el objeto que debí haber recabado primero: la guitarra que, en vida, tocó mi abuelo durante muchos años.

No llevé el instrumento de manera arbitraria, sino porque, en alguna ocasión de las que pasamos juntos, aquel hombre me acompañó con su propia guitarra mientras yo cantaba. Posteriormente, manifestó su deseo de que hiciéramos un proyecto musical y, para tal fin, me enseñaría a tocar. Esa vez, me pareció tan entusiasmado que no dudé en aceptar su propuesta, a pesar de mi consabido pánico escénico y mi negación para tocar incluso la flauta dulce en la primaria. 

Quizá ahí, el dueño de los gatos sentía aún cierto interés por mí, puesto que, incluso, vino a casa por la guitarra para llevarla a la suya, ya que destinaríamos esos días juntos al aprendizaje. Nunca me enseñó más que a rascarla un poco, pero eso sí, le dedicó varias horas a pulir la madera del instrumento prestado, apretó las cuerdas, las cambió e, incluso, me aseguró que la semana siguiente a nuestro viernes, sábado y domingo en pareja, compraría cuerdas nuevas para renovar aquella guitarra tan querida por mi abuelo.

Me remito únicamente a los hechos —y no a mis sentimientos al respecto— cuando aseguro que nunca compró las cuerdas ni afinó el instrumento. Sin rencor alguno, asevero que no volvió a sacarlo del estuche una vez que lo guardó cuando todavía estábamos juntos. Ahora que lo pienso, él mismo se guardó en un estuche y no volvió a salir de él. Casi parecía que tenía doble fondo, como la utilería para los trucos de los magos, puesto que, mientras más intenté sacarlo, más se aferró a quedarse en un pozo, a oscuras, o por lo menos lejos de mi mirada, de mis ojos. 

Después de que me incluyera en su proyecto, cuando ya me había cubierto con el manto de su cotidianidad para que yo la cobijara como mía, me dijo que necesitaba tiempo. Sin afán de justificar la conducta de ninguno, escribo que él estaba deprimido y yo cada vez más ansiosa, una combinación letal para una relación que tenía el océano de por medio, sin ninguna esperanza de tocar tierra próximamente. Por lo tanto, el tiempo era un eufemismo que disfrazaba el adiós. Se lo dije y se enojó. "Me parece muy radical que dejemos de hablarnos", aseguró. 

Después de discutir el futuro por horas y de recoger mis cosas, ya apiladas en una bolsa, llamé un taxi. Nos despedimos en el zaguán de su casa y todavía me besó tres veces —un Judas combinado con Pedro, si es que el lector me permite la comparación—. Sus labios se posaron brevemente sobre los míos. Cuando se separaba, sus ojos me buscaban y me miraba, creo que con un dejo de culpa, si bien en aquel entonces casi pensé que era dolor.

Y, a partir de aquel domingo de hasta luegos, no dejó de buscarme. Diario, de lunes a viernes, hasta que el quinto día de separación le pregunté si ya lo había pensado. "No lo he pensado", me respondió desesperado. 

"Me doy por vencido", fue su última declaración. "Yo también", fue la mía. Y, no sé él, pero yo sí me había rendido. 

El sábado posterior a aquellas declaraciones escritas, recordé que había dejado la guitarra. La imaginé ahí, recargada en la pared de la habitación lúgubre donde pasé prácticamente todos los fines de semana durante cuatro meses, y sentí remordimiento de no habérmela llevado junto con todo lo demás. 

Al día siguiente, resuelta a recuperarla, le envié un mensaje a aquel hombre, en el que solicitaba amablemente el regreso del instrumento a mi casa, junto con el inicio de una nueva relación: la de amistad. Quizá mi mensaje fue muy a la manera femenina, puesto que él solamente me contestó "Ok, te aviso". 

El lunes ocurrió el deceso de su gato y yo decidí darle una tregua. Entre lunes y sábado no dejó de buscarme. Diariamente me hacía una relatoría de los hechos, de las novedades, de las imaginaciones recurrentes en torno a su felino muerto. Recibía mensajes de voz, audios con la canción que le había compuesto,fotografías de él abrazando al minino e, incluso, del cuerpo inerte. Todo él era desolación.

Yo estuve ahí. Si tenía alguna intención, aún no puedo descifrar cuál era, puesto que en mi conciencia sólo se había postrado la idea de tregua. Una persona que me importaba estaba viviendo un mal momento, y apoyarlo representaba un deber para con mis propios sentimientos. Incluso le ofrecí compañía: "Únicamente porque se murió tu gato", aclaré. Y en esa declaración supe que todo había terminado, porque no sentía naturalidad al proponerle que nos viéramos, porque me daba miedo que pareciera que tomaba lo del gato como un pretexto para volver a estar con él. Afortunadamente, no me tomó la palabra. Es un hombre de soledades y, muy probablemente, tampoco sentía deseo alguno de que nos miráramos. Yo le funcionaba a la distancia y así fue como me preservó toda aquella semana de duelo. 

El jueves, la señora María Luisa me preguntó por los tubos PVC que estaban en la cantina, aquellos que fui a comprar el fin de semana fatídico en que nuestra relación terminó. Se suponía que el hombre iría a casa a comer con mi familia y, después de eso, nos trasladaríamos a la suya donde, entre otras cosas, construiríamos una silla de ruedas para otra de sus gatas, que recientemente se había caído y había perdido la movilidad en las patas traseras. Sin embargo, él no llegó a mi casa y, más tarde ese día, cuando lo vi, interrumpí mi camino hacia otro lado para hablar con él y finalizar el capítulo, de modo que no llevé los tubos. 

La voz de la señora María Luisa diciendo "Chabe, ¿qué pasó con la sillita de ruedas de la gatita? ¿No se la van a hacer?" me retumbó en las entrañas. "No se la vamos a hacer juntos", pensé, pero no me atreví a contarle que ya no salía con el dueño de los gatos. En cambio, como él me estaba escribiendo mientras la señora inquiría por los tubos PVC, le pregunté si los quería. "No pasa nada si no,  solamente avísame para deshacerme de ellos", rematé. "Sí los quiero, de hecho te iba a preguntar si podía pasar por ellos el domingo", respondió en un mensaje de voz. Le contesté que sí —a pesar de que no quería verlo— y aproveché para hacerle la solicitud expresa de que me llevara la guitarra. A ese respecto no contestó nada y, francamente, me inquietó el silencio. La deshonestidad no formaba parte del repertorio de manías del hombre de los gatos, de manera que no entendía la razón de su mutismo cada vez que le hablaba de la guitarra de mi abuelo. 

El sábado en la tarde fue el último día que supe de él porque él tuviera la intención de comunicarse. Como a las dos le escribí que iba a dormirme: no estaba de humor para lidiar con el mundo. No recibí respuesta a ese mensaje. El domingo, como ya debe imaginarse el lector a estas alturas, el dueño de los gatos no llegó a mi casa y tampoco me avisó que no podría pasar por los tubos. A diferencia del día que terminó nuestra relación, esa vez no lo esperaba. No estaba ansiosa por su llegada ni por nuestro encuentro. Trabajé en casa y en la noche me fui al cine. Regresé y seguí trabajando. 

A la mañana siguiente, muy temprano, le escribí con un solo propósito: recuperar la guitarra. "¿Estás despierto? Quiero mandar un Uber para que recoja la guitarra de mi abuelo". Me contestó media hora después que no se encontraba en casa. "No mandes un Uber, yo la llevo cuando regrese" pero, ¿cómo podía confiar en las palabras de ceniza de un hombre que prometía y prometía sin cumplir nada? "No es necesario, te mando el Uber. Sólo avísame cuando llegues", respondí, esta vez sin reclamos por el plantón del día anterior, sin necedades, sin accesorios, sin nada. Frío, con esa frialdad que lo caracterizaba cada vez que algo le molestaba, prometió escribirme una vez que regresara.

No me escribió. Yo volví a contactarlo para preguntarle en qué momento del día siguiente podía mandar el Uber, porque a esa hora ya no estaba la señora María Luisa y no había nadie en casa para recibir el instrumento. Me explicó dónde había pasado el día, como si a esas alturas necesitara saberlo, y quedamos en que enviaría el transporte al día siguiente a las 9:45 am.

El martes desperté ansiosa por que fuera la hora acordada.  Después leí que había mucho tráfico en la avenida que llegaba directo de la casa del hombre de los gatos hasta la mía y, al diez para las nueve, pregunté si podía mandar el auto a su casa en ese momento. Mi examante estaba conectado y no me contestaba. El tiempo pasaba y yo leía "en línea" con mortificación. Le llamé veinte minutos después. Ocupado. Cinco minutos más tarde, me mandaba a buzón. Al fin, como la tercera es siempre la vencida, me contestó. Yo entré directamente en materia y él, no sé si indiferente, no sé si enojado, accedió a que lo mandara a esa hora. Casi se sentía como si me estuviera haciendo un favor. ¿El favor de devolverme una guitarra con altísimo valor sentimental? ¿El favor, quizá, de detener su ocupadísimo día de desempleo para entregarle la guitarra al chofer de Uber? ¿El favor de dejarme ir cuando yo quería, y no cuando él lo considerase necesario? A mí me quedaba muy claro que la devolución de la guitarra marcaba nuestro final. Asimismo, su falta de comunicación posterior a la entrega me hace pensar que él también lo sabía. 

Quisiera rematar con "Pero en realidad sólo él conoce lo que pasa por su cabeza", sin embargo —tal vez sea mi resentimiento hablando—, dudo que lo sepa. Dudo que le importe, por lo menos respecto a lo concerniente a mí. Únicamente diré que, después de su molestia manifiesta y mi preocupación creciente, cuando abrí la puerta trasera del coche donde la guitarra venía, sentí alivio y liberación. 

lunes, 5 de septiembre de 2016

Los gatos

Tuve un gato llamado Tolstói. Uno de esos que hacen cierto el dicho de que los felinos eligen a sus dueños. Nos conocimos en el estacionamiento de mi casa. Era un animalito tierno conmigo y feroz con sus compañeros de especie. Poco a poco fue entrando a mi vida, y poco a poco fue entrando a mi casa. Incluso Gaga, mi hermosa perrita, terminó por aceptarlo. 

La primera vez que se quedó en casa, durmió por días en mi cama. La primera vez que lo bañé, porque lo había llevado al veterinario y se había hecho popó a causa del susto, me clavó las uñas y no volvió a separarse de mí. Me ronroneaba y me daba masajes para dormirse en mi torso. Mi hermano lo cargaba en brazos mientras le decía "Tecuán".

Tolstói se me murió en brazos. Fue breve nuestro amor, pero muy significativo. Tenía leucemia y había estado enfermo el último mes que pasó con vida. Ni siquiera llegó al veterinario sino que, entre maullidos lastimeros, dio el último respiro para no volver en sí. Me sentía culpable porque no pude hacer más por él; sin embargo, cuando la gente me consolaba, me decía que le había dado una buena calidad de vida y que él había muerto sabiéndose amado.

Yo tenía una semana de conocer a quien, desde ese día, decidí que se convertiría en mi pareja y, entre los puntos de convergencia que teníamos, estaba el gusto por los gatos. Justo cuando estaba por salir del veterinario donde había entregado a Tolstói para que lo cremaran, aquel hombre, que después se convertiría en mi cómplice, me escribió para preguntarme si quería verlo. "Mi gato acaba de morir", le contesté, "No sé si sea la mejor compañía". Y aún así, afirmó que quería estar conmigo. Y estuvimos. Yo no quería llorar la partida de mi bebé gatuno en cada rincón de mi casa, de modo que fui a la suya. En ese entonces tenía un par de felinos que me hicieron llorar con su presencia y luego me consolaron así, sin hacer nada más que estar ahí.

Los meses que duré con mi pareja fueron breves, pero terminé muy involucrada con él. Nunca había tenido una relación formal, así como nunca antes había tenido un gato, y buena parte de nuestra cotidianidad fueron los suyos. Primero Manchas y La Güera, y luego llegó una bebé a la que él, el hombre de mis días, nombró Mauricia. Mis fines de semana se colmaron de aquellos cuatro y, a veces, regresaba a mi casa impregnada particularmente del olor de Manchas.

Al principio, veía a Manchas y me parecía que era una mujer celosa que guardaba cierta tregua conmigo, como si estuviese consciente de que yo era capaz de darle a su hombre las pocas cosas que él no podía proveerle. Luego sentí que me guardaba afecto y, hacia el final de nuestra relación, casi podía afirmar que me quería.

Aquel domingo, todavía clavado en mis entrañas, en que el dueño de Manchas me dijo que no podía estar conmigo, me despedí de los tres gatos también. "Cálmate", me pidió, "no es que no vayas a volver a verlos, solamente te estoy pidiendo tiempo".

No volví a ver a Manchas. Una semana después de aquella ruptura, se murió en brazos del hombre de nuestros afectos. Tal como Tolstói era mi compañero, Manchas era compañero, amo y señor de ese otro señor. Igual que Tolstói, Manchas se murió en los brazos del ser que más amaba en el mundo. Le dedicó su último suspiro y se fue.

Yo me enteré poco tiempo después de que sucedió. El mismo día, un par de horas más tarde, cuando los restos de Manchas estaban ya en la veterinaria, dispuestos para su próxima cremación. Hablamos largamente de sus tormentos en torno a la muerte del felino. Hablé un poco de mi experiencia con Tolstói y, posteriormente, cuando dejamos de hablar, no pude evitar pensar en la coincidencia de que el inicio de nuestra relación estuviera marcado por la muerte de un gato amarillo, mientras que el final, por la de un gato gris.

Seguramente a él, en el dolor, eso ni siquiera le pasa por la cabeza.

domingo, 4 de septiembre de 2016

El retrato de la tristeza

Cuando pasé por la que quizá podría catalogar como la mayor sensación de tristeza en mi vida -si es que es posible categorizar esas situaciones-, me tomé una foto. Las selfies no estaban tan de moda como ahora, pero me acuerdo que me encontraba sentada en un escritorio de la universidad, con una playera azul. Me recargué sobre mis brazos encima del cristal del pupitre, hundí el rostro en medio y suspiré largamente, como cuando uno ahoga el llanto en el silencio, y sin embargo el dolor deja un eco. Tomé mi celular y, en ese preciso instante de tristeza, decidí que era momento de tomarme una foto.

"Qué lindos ojos tengo", pensé cuando vi el retrato consumado en la pantalla, y me di cuenta, con sorpresa, de que se me veían aún más bellos porque no podía ocultarlos de la tristeza que me embargaba. Eran la parte manifiesta del tormento interno que vivía pero, curiosamente, todo aquello que implotaba en mi espíritu se manifestaba tranquilamente en la mirada. No había inquietud en las pupilas, sino brillo. El entrecejo no estaba fruncido, sino resignado.

Luego me vi los labios. "Son muy simétricos", me dije, y se notaba más porque la boca no estaba torcida, ni en una mueca de dolor ni tampoco esbozando una sonrisa. Mi rostro, ligeramente inclinado, hacía que el cabello cayera todo a la derecha, el marco perfecto de aquel retrato de dolor certero.

Aún era una adolescente cuando aquella foto ocurrió, y la subí a las incipientes redes sociales a pesar de que sabía que no reflejaba más que mi profunda tristeza. Pero qué más daba, sentía que me veía tan bella en aquel autorretrato, que busqué la admiración.

El tiempo, glorioso, inclemente, ha transcurrido. Sin embargo, como si fuera ciclo y no línea, vuelvo a sentirme como en la ocasión que, adolescente e inexperta, me tomé una selfie en medio del resquemor. No me he fotografiado: en el espejo veo bien que tengo la piel reseca a causa de la ansiedad, aunque luego la mirada se desvía en una búsqueda desesperada dentro de mis pupilas castañas, y parece agotar recursos solo para salir de mí, frustrada por no encontrarme. Aún así, justo en los quince días que lleva la revolución interna que estoy atravesando, he recibido muchos comentarios sobre lo bien que me veo. "¿Qué te has hecho, que te ves tan guapa?", inquirió ayer mi vecina. "Ni siquiera me he bañado", quise contestar, pero preferí orientar la conversación hacia mi situación laboral. "Has bajado de peso", afirman otros. "Es que la comida me da asco, y no porque esté embarazada, sino por autodestructiva", tengo el impulso de responder, pero en cambio asiento con la cabeza, pongo mi sonrisa más franca dadas las circunstancias, y apelo a la ignorancia: "¿Tú crees? No estoy haciendo nada".

Así que quizá, en medio de todo esto, mi cuerpo se adorna de una melancolía que resulta atractiva. Me pregunto, sin afán real de obtener respuesta ahorita, si en realidad será que me guste estar triste, si yo lo provoqué, si mis demonios me sientan mejor que mis felicidades y, lo peor, si esa adolescente de hace once años, que se atrevió a fotografiarse en medio del dolor, estaba más consciente que yo de estas respuestas.

La guitarra

Y de pronto escuchas el sonido de una guitarra. Te trae recuerdos de los últimos cuatro meses de tu vida, no tan maravillosos para la cantidad de lágrimas que has derramado. El sonido no tiene nada que ver con los acordes que marcaron tus fines de semana, pero el instrumento te recuerda a ese hombre que te quiso y luego no te quiso. Por eso te dejó a la deriva.
Y de pronto, otra vez, como si no te fuera suficiente el dolor del recuerdo, la melodía te trae a la memoria que, en su casa, dejaste olvidado el objeto más significativo de todos, ese que fue el primero que debías haber reclamado. El de tu abuelo. El que prestaste y que, cuando recogiste tus cosas, no te llevaste.
Está ahí. En su casa. Y tú, con el corazón roto -doblemente roto ahora, además, porque no recordaste y el instrumento que fue de tu abuelo está ahí, en el estuche, recargado en la pared que te escuchó reír, gemir y, en última instancia, llorar y decir adiós- tienes que buscar al sujeto que tiene en su poder aquella guitarra que no vale nada, pero para ti, hoy sí, vale oro.
La guitarra te escuchó decir adiós. Quizá, con sus cuerdas flojas incapaces de expresarte que estabas olvidándola... Una parte de tu abuelo, una parte de ti se quedó ahí.
Y ahora, en un futuro próximo, tendrás que ir por ella, porque la ansiedad no te va a dejar vivir mucho tiempo con la noción de que olvidaste la guitarra de tu abuelo en ese lugar donde hubo felicidad y ahora nada.

lunes, 17 de agosto de 2015

Nocturno en desesperación

Te sueño. Todavía. En mis noches de letargo o ante la incertidumbre de tu presencia en los lugares en los que comúnmente te encuentro, te sueño. Mi inconsciente saca la frustración de mi timidez, aunque al mismo tiempo me da aliento para seguirte añorando.

En esta desesperación de dejar lo que no existe, ante la inminente de realidad de que no existirá jamás, he llegado a preguntarme cuándo será el día en que alguien te encuentre. Una mujer más astuta que yo, que tenga la lupa puesta y se dé cuenta de que eres una joya auténtica en exhibición.

Sin duda, cuando ocurra, sentiré el yugo del dolor. Toda yo me convertiré en pecho oprimido. Me preguntaré constantemente si esa pude ser yo, con la duda en la sangre corroyendo más a mis órganos impíos. Lloraré rabia, envidia y tristeza, si acaso no estoy por llorarlas únicamente ante la idea de que eso pueda suceder. Sin embargo, una parte de mí ansía que alguien te encuentre y me ayude a salir de este letargo de años. Que dejemos de hablarnos, porque ya está ella y yo seré nadie, como nunca he sido, como nunca seré.

¿Cuándo será el día que tu nuevo alguien me arranque de tajo estas ilusiones, pues por más que trato de reprimirlas, afloran en las noches y se me marchitan en los días? Por más que intento, parece que el tiempo pasa y la invención de ti se adhiere a mis entrañas. ¿Cuándo será el día que te vuelvas real? 

lunes, 10 de agosto de 2015

Desesperanza

Soñé contigo. Que estabas en el aeropuerto y yo estaba ahí, también. Habías entrado ya a las salas de espera después del check-in y la revisión de las maletas. ¿Por qué estabas ahí? No lo sé. ¿Por qué no nos habíamos visto? No lo sé. Subí y bajé cientos de escaleras. El ritmo de las eléctricas no era lo suficientemente rápido, de manera que escalaba, de par en par. Una mujer policía se apiadó de mí y me dio acceso adonde estabas tú... pero, ¿dónde estabas? ¿En qué salida? Te llamé. ¿Dónde estás? Dime adónde debo caminar. "I am just about to board the plane", me contestabas. ¿Dónde estás? ¿Dónde? ¿Dónde?

Era un aeropuerto mucho más grande que la terminal 2 del mexicano. No nos entendíamos. Yo no sabía hablar el idioma con el que te dirigías a mí. ¿O sí? Me daba la impresión de que no querías verme, pero era ya muy tarde para preguntar qué querías tú. Si estaba ahí era por todo lo que yo quería, o lo que quise alguna vez. En medio de la marabunta de gente que estaba ese día, en mi sueño, en el aeropuerto, empecé a sollozar. ¿Será que no volveré a verte nunca?, pensé.

Y, con el mal sabor de esa certeza inundándome la boca a manera de saliva, desperté. 

lunes, 15 de julio de 2013

Reconstrucción

Estuve enamorada. Como canción de Raphael, El divo de Linares. Por una época, me sentí correspondida. Pensé entonces que no había nada mejor que el amor que se corresponde. Fue maravilloso y, después, sumamente doloroso.

No pretendo decir que no volveré a enamorarme, a pesar de que el corazón me late con violencia a causa del miedo que me provoca. Solo sé que el desamor me dejó hecha un guiñapo y que es tiempo, una vez más, de recoger mis pedacitos y reconstruirme. No queda más que eso. Reconstruirme. Tal vez quedaré como un Picasso, pero, aunque no lo entendamos, Picasso es arte.

Los pros de esta situación ya los empecé a ver: mucha escritura y un reacomodo de gente. Las desventajas: el desamor mismo y la desesperanza.

Fui muy dichosa mientras estuve enamorada. Es una pena que haya terminado.

sábado, 17 de septiembre de 2011

¡Ay Sor Juana!

Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata,
y mato al que me quiere ver triunfante.
Si a éste pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo, por mejor partido, escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que, de quien no me quiere, vil despojo.

Sor Juana Inés de la Cruz


Sor

viernes, 16 de septiembre de 2011

Celestina

Cuando estaba en la secundaria tenía una amiga que se llamaba a sí misma Cupido. Parecía que su misión en la vida era hacer parejitas. A mí intentó ayudarme en algún momento, pero nunca funcionó: bien porque los niños no le compartían información, bien porque al final ninguno de los dos nos decidíamos. Ahora que lo pienso, no recuerdo que sus intervenciones hayan rendido frutos.

Debí recordarlo hace unos meses que me adjudiqué el papel de Celestina. Aquí no pondré nombres, solo diré que quise juntar a una Melibea y un Calisto, personas a quienes quiero y con quien salió todo mal. Salvo el final, no voy a mencionar absolutamente nada sobre ellos, pero diré que estoy triste y decepcionada de haberlo hecho, porque me da la impresión de que nuestra amistad cambió para siempre. Ambos decidieron dejar de contarme para "no ponerme en medio" y al final eso se sintió más a la mitad que nada. Este no ha sido el mes más sencillo, y ni Melibea ni Calisto estuvieron presentes para los momentos que vivió Celestina.

Celestina está triste y está sentida. Y, sobre todo, está enojada consigo misma porque nunca debió haberse metido donde nadie la llamó. Al final, ella también salió perdiendo...


martes, 6 de septiembre de 2011

El mal uso de la palabra magia

(Del lat. magīa, y este del gr. μαγεία).
1. f. Arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales.
2. f. Encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo.

Fuente: Diccionario de la Real Academia Española

Estoy harta del uso de la palabra "magia" para designar la química de una relación de dos. Está mal empleada y es solo un pretexto burdo, tanto para sentir maripositas en el estómago, como para justificar la falta de ellas.

La magia no es otra cosa que inducir el cambio con el uso de palabras. "Abra cadabra" son palabras que, en el mundo de la fantasía más llana, van a provocar que un conejo salga de un sombrero que, antes de la pronunciación, estaba vacío. Pero las palabras no se dicen solas, las pronuncia un mago. Un mago que tiene cierta intención y que, sobre todo, tiene la voluntad de ser mago y transformar a través de las palabras.

Así es, no somos sujetos de magia sino los creadores de ella. O sea, en una relación no puede haber magia a menos que yo decida que quiero hacer magia (decidir es un acto de la voluntad, por cierto).

¡Qué diferencia inmensa entre el verbo haber y el verbo hacer! Hacer=acción. Haber=pasividad.

Así que, la próxima vez que escuche una justificación o un lamento que incluya la construcción "[no] había magia", voy a dar por hecho que quien me lo dice tuvo la responsabilidad de hacer magia, o no hacerla.

En los actos de voluntad es imposible deslindarse de la responsabilidad: la verdadera magia es tomar la decisión de estar para el otro, sin importar si hay o no revoloteo de maripositas. Es nuestra elección si seguimos haciendo magia, si nos detenemos o si nunca la hicimos.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Desamor 4

Amo la letra.




martes, 1 de febrero de 2011

Desamor 3- empieza pre-marzo

lunes, 31 de enero de 2011

Desamor 2

No es que la Polonesa de Chopin sea una melodía de desamor, pero hoy que la escuché en la mañana, camino al metro, me hizo llorar mucho de tristeza.

domingo, 30 de enero de 2011

Desamor 1

Me choca febrero. Sola o acompañada. Me choca. El año pasado lo nombramos pre-marzo y, salvo el 13 de febrero que mi chiquita sobrina cumple un año, todo lo demás será pre-marzo. Ahora, en particular, va a coincidir con mi periodo de sanación. No sé si tendré ganas de hacer mi acostumbrado mes del humor negro, pero definitivamente sí haré algo: poner canciones de desamor.

Advierto que la mayoría de estas canciones no me gustan en periodos normales, pero en estas circunstancias me hacen vivir los sentimientos a flor de piel.

Es 30 de enero. Pero empiezo hoy.

Aquí va la primera:

Ojos. Capítulo final

Tengo una amiga cuyo corazón está roto. Corazón roto. Sujeto sin predicado tan trillado y aún así tan significativo. No es que no sienta. Es que siente dolor. Dolor porque algo terminó. No. No. No algo. Una relación. Está sintiendo demasiado. Se acuerda del engaño y se le encoge el estómago. Le punza ahí. En el corazón. Recuerda esas frases que no eran para ella. Esos Ojos que la vieron. Quizá sin verla. Tal vez miraban los recuerdos del pasado a pesar de que la estrechaba entre sus brazos. Los calificativos que nunca usó para nombrarla. Que sí empleó para nombrar a alguien más. A una sombra que le quitó el protagonismo de su propia historia. Le duelen los párpados de tan hinchados. Así como su alma sigue hinchada por el desazón. Por el pesar. Por el desasosiego. Se mira en el espejo y se reconoce en los labios sellados que no quieren hablar porque desatan la angustia que trae dentro. Se convulsiona de tristeza, sufrimiento y enojo. De ansiedad. Le parece asimismo que todo lo que diga revelará el nombre de aquel que es sujeto de sus amores. De esos amores donde ella no es objeto directo. Ya lo ha perdonado. El amor perdona. El amor transforma. El amor enriquece. Haberlo amado le enriqueció el espíritu al grado que lo perdonó sin que él le ofreciera disculpas siquiera. Se perdonó a sí misma por los errores que cometió y pudo haberse ahorrado. Él. Él seguirá su camino. Él-quién-sabe. Él-tan-importante. Él-tan-volátil. Él es maravilloso. Pero la lastimó. Ella lo ama. Tanto para entender que no tiene más opción que dejarlo ir. Ya no llora. Su alma permanece profundamente triste. Tranquila también. Se entregó y podría haberse entregado más. Sin embargo no hay hubieras. Los hubieras consumen y ella no quiere estancarse en lo que podría haber sido. El mejor homenaje a su relación es que siga adelante. Porque lo que tenía fue real para ella. Quiere trabajar para recordar con amor lo que sí hubo. Quiere cerrar los ojos y remembrar su historia sin dolor. Con agradecimiento. Él le devolvió el amor de pareja que la vida le arrebató una vez. Le dio realidad. Le dio mucho. Y sin embargo es tiempo de decir adiós. A su Ojos. A su mirada. A todo aquello que creyó que era de ella. Que nunca le perteneció.

viernes, 17 de septiembre de 2010

let go

Y dicen que todavía estás enojado conmigo. Cuatro años y medio después, sigues enojado. ¿No te das cuenta de que el tiempo que no hemos estado juntos ya rebasó al que sí? Y sin embargo sigues culpándome de tu profundo dolor e infelicidad.

Luego pienso en el tiempo en el que yo estuve mal. Tres años y pico. Cuánto tiempo para algo que fue tan adolescente. No sé qué te duele, si el descubrimiento de tu clandestinidads o el futuro que planeamos juntos, pero cuando se vive en la etapa adolescente absolutamente todos afirmamos, prometemos, sin preocuparnos después de lo que dijimos.

Yo hablé de futuro a tu lado. Y cuando no te lo decía, tambien lo pensaba, y ese futuro no llegó. No llegó para fortuna de ambos. Quizá lo que te lastima es el orgullo, que no te permite sentir de verdad que no estas los dos juntos es nuestra mejor opcion. O tal vez sea que quien tomó la decisión fui yo. No me arrepiento de nada: ni del tiempo que te invertí, ni del enamoramiento adolescente, ni del futuro que pensé a tu lado, ni de haberme ido.

No te guardo rencor. Sólo te veo en la calle y no tengo ganas de saludarte. Escucho de ti y no tengo un interés real en saber cómo te va. Si llego a verte en una foto, tu belleza no me provoca ya ninguna sensación, ni siquiera una estética.

Sòlo te aconsejo que no sigas enojado. Te aseguro que la vida se disfruta más en tranquilidad. Si te enojas agitas al alma de manera inútil. Te lo digo por todos los años de amistad en que nos quisimos con tanta intensidad, tanta, tanta, que una vida entera de amistad se agotó en cuatro años.

Yo tengo tu recuerdo. Lo conservo. La memoria de un niño a quien me topé en una época. El recuerdo de la pasión inédita que me colmó la existencia durante algún tiempo. No estoy enojada. No te odio. No me dirigiré jamás a ti como examigo, sino como alguien que tocó mi vida, la transformó, y por ello se merece respeto.

Así que ya, ¿no? Es tiempo de dejarnos ir. Permite que todo ese amor que me profesabas (de la clase que fuera) salga de tu cuerpo. Te prometo, porque ya lo vivï, que se convierte en indiferencia.

Los niños que se quisieron necesitan que la otra parte sea indiferente. Y para ser indiferente no tienes que tardar cuatro años y medio.

Let us go, porque al final del día, ésos que añoras no somos presente y ésa con quien estás enojada no es más que pasado.

miércoles, 21 de julio de 2010

Dark-sided

Tal parece, mi estimado lector, que éste es el blog de mis tristezas. Pobrecito, él que ha estado aquí al pie del cañón y yo nada más lo uso para desahogarme.

Tres días. Si sigo la lógica que me platicaron una vez, en tres días estará superado. Mientras tanto se agolpan muchos recuerdos en mi mente. ¿Cuántos recuerdos puede generar uno en tan poquito tiempo? Quién sabe.

A lo mejor no es la actitud correcta a asumir, pero por lo pronto, por los tres días al menos, quiero volver a esconderme en el caparazón. La coraza está padre. Las escamas me gustan, se me ven más intensos los ojos si es lo único que brilla desde el lado oscuro.

I'm a dark-sided. Casi siento que el mes que pasé en la luz me dañó la piel al grado de que casi desaparezco. Al parecer me queda mejor ser vampiresa que princesa.

Así que, una vez más, estoy en el lado oscuro. En el lado donde no se ve lo que pasa, donde los que estamos ahí no vemos lo que pasa. Y sí, es mucho más cómodo, y hallo en la oscuridad el refugio y la frescura de la noche, la que no me brinda el día. Pero me pregunto si la experiencia de la luz hubiera sido mejor de haber escogido otro protector solar.

Ahora me recluto en el ejército de la noche, el que no me da la espalda y he comandado por la mayoría de mis días.

miércoles, 21 de abril de 2010

Took my heart to the limit and this were I stay

Desde que escuché esta canción por primera vez me movió algo. No es que sea la más profunda de las canciones, pero me deja una sensación de tristeza, nostalgia y reconocimiento. También me recuerda a Lyra y Will.

Supongo que siempre habrá condicionantes que detonen recuerdos, sin importar cuán viejos sean. Esta canción es uno de ellos.


I couldn't go any further.

lunes, 12 de abril de 2010

Decálogo de desamor (apuntes de experiencia propia)

Debido a ciertos acontecimientos que han sucedido últimamente, estaba pensando en hacer una guía de "leyes" de cuando uno se siente triste porque una relación terminó. Una de esas relaciones apasionadas e irreverentes que nos llevan al límite y en la que nos entregamos sin reservas. Una de esas maravillosas relaciones que marcarán nuestras vidas para siempre. Después me di cuenta de que era absurdo. Todos vivimos la tristeza de manera diferente, así que no hay manera de encasillar el dolor que provoca una despedida. Así que lo escribiré es simplemente una serie de reflexiones que seguro no tienen nada de nuevo, pero que a mí definitivamente me ayudaron para salir de la depresión más grande de la vida: la pérdida del ser amado.

1. Aunque a menudo sucede, uno no puede comparar la pérdida del ser amado con la muerte. En la primera, uno de los dos (o los dos) decidió irse, y en la segunda fue la vida. Cuando alguien que queremos muere uno tiene que vivir con la muerte, no con que el otro sigue rondando el mundo y decidió no hacerlo conmigo. Por otro lado, es un alivio saber que el otro sigue ahí.

2. La agonía es terrible, pero acaba. Es posible que, si nos convenciéramos de que todo el dolor que sentimos desaparece paulatinamente, quizá podríamos controlar nuestros ataques de ansiedad, las ganas de hablar con el otro, la desesperación de que no tenemos una máquina del tiempo para regresar los días, o una manera de entrar en el cerebro del otro y saber qué pensó cuando decidió que era momento de dejarnos ir, o en qué momento decidió no detenerse cuando lo dejamos ir.

3. Las dudas consumen, es mejor apegarse a los hechos. El hecho es que la persona que estaba ahí, a mi lado, no está más. En la práctica, las razones no importan. Al menos no importan en la primera parte del duelo, cuando somos autodestructivos. ¿Para qué atormentarnos con las preguntas que nos van a hundir en la depresión absoluta, si lo que necesitamos es salir a flote?

En este punto somos necios. Las preguntas nos carcomen. ¿Qué hice mal? ¿En qué fallé? ¿Qué pude tener mejor? Estas preguntas no sirven porque las relaciones son de dos. Los dos tuvieron aciertos, y los dos fallaron. La verdadera razón por la que ya no están juntos es que uno -o los dos- dejaron de tener voluntad para mantener la relación. Por la razón que sea, la voluntad ya no está. Ésa es la razón.

4. Todos necesitamos unos días de claustro para llorar sin pensar, sólo para sentir. Creo firmemente que el final de una relación debería establecerse en la Ley Federal del trabajo como un motivo para tener algunos días libres. Todos deberíamos tener la posibilidad de entristecernos y quedarnos en cama sólo a llorar, o a dormir, o a manifestar nuestro dolor. Así, hasta sentirnos patéticos por haber llorado tanto y nos miremos y estemos hechos polvo con los ojos hinchados y nuestro hedor invada el cuarto. A ese grado. Salvo algunas personas con patologías, la realidad es que la mayoría nos hartamos de ese estado, y llega un punto en el que nuestra dignidad nos obliga a salir adelante.

5. Escucha una sola canción. Cuando viví mi duelo dejé de escuchar a No Doubt, The Cranberries, y otros grupos. No los soportaba. En todo caso, las empleaba para flagelarme porque me recordaban al susodicho. Luego, un amigo me contó su método: él repetía una canción para que el recuerdo no manchara grupos enteros, ni muchísima música, sólo una canción.

6. Construye nuevos recuerdos. Por salud mental, uno tiene que enterrar momentáneamente los buenos recuerdos. Son dispensables para la primera parte del duelo. ¿Cómo lograrlo? A través de la creación de nuevos recuerdos. Por ejemplo, ver alguna película que uno sólo veía con la ex pareja con otra persona, realizando actividades que eran de dos en grupo, entre otras opciones. Por experiencia digo que los recuerdos enterrados salen a flote cuando el tiempo pasó, pero resplandecientes y como testimonios de una buena época en la vida. Sin embargo, al principio son tortuosos.

7. Guarda lo que te regaló. No lo destruyas. Craso error tirar las cartas, regalitos y demás recuerdos de la relación. Uno siempre se arrepiente. Mejor guardarlos hasta que la fuerza regrese y uno pueda verlos como lo que son: recuerdos.

8. Recuerda que la vida sigue y no se espera. Este punto parece un cliché, pero si es cliché es porque es una ley de leyes. La vida no espera a nadie. El tiempo pasa y si uno deja que se lo coma la tristeza, cuando al fin logre salir será sólo para ponerse triste por todo lo que pasó mientras uno se rascaba las heridas para que sangraran otra vez.

9. No vale la pena desperdiciar la vida esperando a quien ya te dejó ir. A veces uno, en la incredulidad, cree que las cosas pueden tomar el curso conocido y que, quizá, el otro recapacite y regrese. Sí, es una posibilidad, pero no es la más común. La realidad es que si el otro hubiera pedido que lo esperases, quizá lo habrías hecho. Pero nadie te lo pidió. No es ése el rumbo que tomó la relación. Se terminó. ¿Para qué esperar lo que ya no tiene futuro? Espera y futuro son un verbo y un sustantivo que van de la mano.

10. Esta experiencia es la prueba de que alguien te amó y amaste a alguien y puede volver a suceder. Quizá no pase con la misma pasión, porque estas rupturas marcan las relaciones que tendremos en el futuro, pero seguramente las siguientes serán mejores. No nos reciclamos para alguien más, simplemente mejoramos para las que siguen. Hay que ver la relación que terminó como un preparativo de lo que viene después y que, indudablemente, será mucho mejor.

Seguro hay más, pero éste es mi decálogo, si se me ocurren otras las anoto después.