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martes, 6 de septiembre de 2011

El mal uso de la palabra magia

(Del lat. magīa, y este del gr. μαγεία).
1. f. Arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales.
2. f. Encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo.

Fuente: Diccionario de la Real Academia Española

Estoy harta del uso de la palabra "magia" para designar la química de una relación de dos. Está mal empleada y es solo un pretexto burdo, tanto para sentir maripositas en el estómago, como para justificar la falta de ellas.

La magia no es otra cosa que inducir el cambio con el uso de palabras. "Abra cadabra" son palabras que, en el mundo de la fantasía más llana, van a provocar que un conejo salga de un sombrero que, antes de la pronunciación, estaba vacío. Pero las palabras no se dicen solas, las pronuncia un mago. Un mago que tiene cierta intención y que, sobre todo, tiene la voluntad de ser mago y transformar a través de las palabras.

Así es, no somos sujetos de magia sino los creadores de ella. O sea, en una relación no puede haber magia a menos que yo decida que quiero hacer magia (decidir es un acto de la voluntad, por cierto).

¡Qué diferencia inmensa entre el verbo haber y el verbo hacer! Hacer=acción. Haber=pasividad.

Así que, la próxima vez que escuche una justificación o un lamento que incluya la construcción "[no] había magia", voy a dar por hecho que quien me lo dice tuvo la responsabilidad de hacer magia, o no hacerla.

En los actos de voluntad es imposible deslindarse de la responsabilidad: la verdadera magia es tomar la decisión de estar para el otro, sin importar si hay o no revoloteo de maripositas. Es nuestra elección si seguimos haciendo magia, si nos detenemos o si nunca la hicimos.

sábado, 28 de agosto de 2010

Ocho

Así que voy ocho kilos abajo. No son muchos, comparados con todos los que tengo que bajar, pero al parecer hacen mucha diferencia. Quizá he disminuido volumen. El punto es que los ojos se me ven más grandes y los pechos más breves. Pero al fin, al fin, empiezo a ver que me puedo comprar algunas prendas en tallas normales, que los pantalones me nadan y que los hombres me miran más. No es que antes no me miraran, pero ahora lo noto más.

Y, sin embargo, nunca me había interesado tan poco que me miraran o no. Me da igual. Nunca he sido de esas mujeres que coleccionan cortejos. Es más, cuando he sido objeto de pretensiones rara vez me he dado cuenta. Y sin embargo ahora me da igual. Yo veo mi reflejo y me gusta lo que veo. Me gusta verme las pompas y los senos y el perfil de mi rostro. Me gusta verme los ojos y la boca y darme cuenta de que la papada disminuye. Me gusta verme así, menos voluminosa.

Y luego pienso que en realidad no es un logro estar bajando de peso, es una obligación. Quizá por un buen tiempo, cuando ya haya llegado a mi meta, la gente me señale y diga sobre mí: "mira, era gorda y bajó de peso", como si hubiera sido una meta. La meta nunca es beneficiosa si ésta implica resarcir un daño. El daño, finalmente, ya está hecho. Así que todo este esfuerzo es nada más para regresar. Pero cuando regrese al peso que debí haber respetado, existirán marcas de que alguna vez dañé mi cuerpo y lo inflé hasta que era posible destruirlo con una aguja.

Ahora, cuando veo mi reflejo, me pregunto cómo pude quererme tan poquito, al grado de abandonar mi santuario a la suerte de su peor enemiga: yo.

Pero no soy más mi enemiga. De pronto llegan estos pensamientos autodestructivos que no sirven sino para sabotearme, no obstante yo necesito sobre ponerme, ser más sensata y recordar mi santuario. Aferrarme a los hechos, y el hecho es que, lo justo para mi inteligencia, es que esté protegida y se manifieste a través de la belleza: mi cuerpo.

Así que a seguirle que apenas llevo ocho.