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martes, 22 de diciembre de 2020

Cinco meses después

Ayer se cumplieron cinco meses del último día en que mi mamá estuvo viva, en ese cuerpecito suyo, en esa gran mente que se comunicaba y ya no lo hace más. Cinco meses de aquel día que empezó con preocupación, que luego siguió con consejos y decretos, en donde hubo risas y amor previos a aquel desenlace fatal. 

Miro al pasado, a aquel primer día sin Lourditas y me recuerdo como en un limbo, entre la asimilación y la incredulidad. Recuerdo a mi hermano, a mi tía, a mi primo. Luego, en la funeraria, me veo envuelta por el abrazo de mi cuñado, pero es como si no fuera yo. En mi memoria me encuentro de vuelta en mi cama, ya bien entrada la madrugada, llorando desesperada y ahogando mis gritos de desesperación en la almohada. En aquel entonces se me atravesaban muchos pensamientos: "¿Y si hubiéramos ido antes al hospital? ¿Y si le hubiéramos llamado al cardiólogo y no al neumólogo?" Los "y si hubiéramos" son atentados contra la conciencia. 

En retrospectiva, me siento muy agradecida de los meses de pandemia en que estuve todo el tiempo con mi mamá. Estoy agradecida con que su muerte fuera rápida, con que muriera como quería: acompañada de sus hijos. Sé, por lo que me han dicho otras personas que platicaban con ella y por lo que yo misma percibía, que estaba cansada, así que por lo menos se fue cuando lo decidió.

Creo que había pasado un mes cuando alguien me dijo, después de hacerme un estudio, que mi cuerpo decía que no estaba tan triste. En su momento me ofendí. Tuve que luchar conmigo para no salir de ahí corriendo. Pero ahora me doy cuenta de que, si bien estaba triste, por supuesto, la tristeza aquella no venía acompañada de vacío.

Y que no haya vacío es también algo que tengo que agradecerle a Lourditas, pues su amor es todavía tan grande que no siento un hueco. Será imposible sentirlo, sería casi una ofensa a quien fue, a todo lo que hizo por nosotros, que lo sintiera. Me siento privilegiada por la coincidencia genética de que sea mi mamá. A veces me siento indigna de ella, de su entrega, de su esfuerzo, de su transparencia. A veces no sé cómo afrontar la vida sin ella, pero de inmediato viene a mi mente algún recuerdo. Mi mamá me dejó llena de ella. 

Sí, tengo que reconfigurarme. Sí, tengo también que reconocerme así, sin ella, aunque estoy convencida de que ha cambiado de traje y se ha vuelto una con el universo. A lo mejor me sigue tocando como el viento frío. A lo mejor viaja en la luz que percibo con los ojos. 

Han pasado estos meses y me gustaría volver a platicar con ella. A veces me pongo los audios de WhatsApp donde me pide que compre alguna cosa, solo para escuchar su voz. La extraño, por supuesto, desde los niveles más mundanos y egoístas, hasta los más profundos. 

Hace un año, mi mamá y yo estábamos emocionadas por nuestro viaje a Chicago. Pasaríamos juntas el 24 de diciembre, que a ninguna de las dos nos emocionaba particularmente. Recuerdo que llegamos y abordamos el metro en lugar de pedir un Uber. Recuerdo que pensé "mi mamá se siente aventurera", pero luego nos bajamos mal y tuvimos que caminar media hora con las maletas: no regresamos al metro. 

La pasé muy divertida con ella. Me reí muchísimo con ella. Me inspiraba tanta admiración como ternura, y cuando peleábamos la incertidumbre y la intranquilidad se apoderaban de mí y me hacían un manojo de nervios. 

A veces todavía creo que me va a llamar para pedirme que le compre un Gansito o para contarme cómo iba en sus clases, pero no, se ha ido, y no volveré a verla sino hasta que yo cumpla mi ciclo y me reúna con ella en el universo. Pero la siento aquí, conmigo, y esa sensación me recuerda que ella quería lo mejor para nosotros, a veces a costa de ella misma. Le debo la felicidad tal como me la debo a mí misma y de lo único que me arrepiento es no haberle dicho lo feliz que fui aquellos meses de pandemia con ella. 

Te extraño y te amo, Lourditas, ya nos volveremos a ver.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Velorios

No sé qué está pasando con las coincidencias. Quizá sea que uno las encuentra y en realidad no existen. Es más, iré al diccionario a buscar específicamente qué significa la palabra. Ya regreso.

Coincidir, de acuerdo con la RAE:
[...]
3. intr. Dicho de una cosa: Ajustarse con otra, confundirse con ella, ya por superposición, ya por otro medio cualquiera.

Hoy, la tercera acepción queda perfectamente con lo que ocurrió en el día, con lo que está pasando últimamente.

Mi tía segunda murió. Toda su vida, desde niña, luchó contra el cáncer y, de nueve años para acá, contra un tumor cerebral. Cuando le dijeron que era necesario abrirle la cabeza para extraerle aquel gigante que se albergó sin permiso en su cerebro, la fui a ver. Ya no éramos cercanas pero, ante la posibilidad de la muerte, las rencillas quedan atrás y hay pocas cosas peores que no complacer a un moribundo.
Sobrevivió la cirugía con terribles consecuencias, porque de ahí para adelante ya no pudo valerse por sí misma. En estos actos de la vida que parecen contra natura, sus padres, ya desde entonces ancianos, envejeciendo cuidando a una enferma que, gradualmente, fue deteriorándose en todos los sentidos, a excepción de sus ganas de seguir con vida.

Finalmente, su agonía de casi una década concluyó. Sus padres, que la sobreviven, se hicieron cargo de ella y ahora ya no tienen que vivir la enfermedad de su hija.

No veía a mi tía desde hace un par de años, cuando sobrevivió a otra cirugía. Recuerdo que su imagen me impresionó: el cráneo aplastado, su rostro desfigurado y el cuerpo postrado en la cama me hicieron pensar que esa no era vida. Creí que no me reconocería, y sin embargo, cuando me vio, esbozó una mueca insípida que, me dijeron, era una sonrisa. Puse especial atención en su testa rapada, porque recordé que, de niña, me parecía que tenía una cabellera china preciosa, y ya nada quedaba de ella.
En el funeral, me dijeron que pasó algunos días en agonía. Que perdió los reflejos. Que perdió la vista. Mi hermano me avisó que la tía Julieta chica, como siempre la nombramos, había expirado. Pregunté por mis tíos. "Están tranquilos", me respondió, "ya no querían ver a su hija sufrir tanto".

Mi mamá, mi hermano y yo fuimos al velorio, que se llevó a cabo en la misma funeraria donde conmemoramos a mi abuelo.

"Capilla seis", leí en el pizarrón cuando ingresamos al recinto. Las manos empezaron a sudarme. "Segundo piso". Empecé a temblar. Entré al baño, intenté tranquilizarme. "Igual y no es", me dije en el espejo mientras terminaba de lavarme la manos... Pero sí era: la capilla donde velamos a mi abuelo con un poco de parentela y los amigos cercanos que se enteraron de su muerte a tiempo para acompañarnos. Aunque con mínimas remodelaciones, era el mismo lugar. El mismo olor a flores blancas de diferentes tipos. El mismo féretro gris. La misma distribución de espacios. Los mismos sillones diseñados para hundirse en los asientos, como si fueran a reconfortarnos de alguna manera.

Hiperventilaba. Quería soltarme a llorar, pero me pareció una falta de respeto a las circunstancias —sin mencionar que de egoísmo absoluto— hacerlo por mis recuerdos y no por mi tía muerta. Además, nadie sollozaba. Todos estaban tristes, pero tranquilos. Y en cambio a mí las lágrimas se me agolpaban en las entrañas, como las olas que se rompen en los acantilados. 

Luego pensé que sería buena idea acudir a los velorios, como plañidera. Me acordé de un par de personajes. ¿Por qué no? ¿POR QUÉ NO? Era mi ansiedad hablando, una vez más, como en últimas fechas ha hecho. Mi abuelo, MI ABUELO. Mi corazón. ¿MI CORAZÓN? ¿Dónde está mi alma? ¿Está, acaso, en el féretro? ¿Dónde está mi abuelo? 

Recordé mi sueño, ese del hospital subterráneo en el que lo busco, solo para no encontrarlo. Ese donde me encuentro con un hombre de cabello gris, delgado, que viste una chamarra de cuero y se la acomoda mientras me dice que es inútil seguir buscando. 

Evoqué otro sueño, en el departamento de antaño, con Gaga ahí, aunque ni había nacido, en la mañana, despertando. Mi abuelo, con su voz estruendosa, nos deseaba los buenos días, y cuando estaba por ver que se asomaba para platicar, me desperté con el rostro empapado. 

¿Dónde estás, Ilde? ¿Soy egoísta hasta por llorarte ahora que te necesito tanto y la vida me trae al lugar donde te despedimos? Quiero tirarme en la cama y escuchar que, en las habitaciones contiguas, tú gritas "Gol" mientras yo ahogo las lágrimas, tal como los clavadistas profesionales meten el agua a la alberca. Quiero que estés cerca, como estabas, en la ignorancia —o la pretensión de ella— de que me siento mal, porque tu presencia es un consuelo que se me ha escapado para siempre. 

En estos días de dolor y de terribles coincidencias, tu ausencia es el peor de los males. Te extraño, mi Ilde. Te extrañaré siempre.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Los gatos

Tuve un gato llamado Tolstói. Uno de esos que hacen cierto el dicho de que los felinos eligen a sus dueños. Nos conocimos en el estacionamiento de mi casa. Era un animalito tierno conmigo y feroz con sus compañeros de especie. Poco a poco fue entrando a mi vida, y poco a poco fue entrando a mi casa. Incluso Gaga, mi hermosa perrita, terminó por aceptarlo. 

La primera vez que se quedó en casa, durmió por días en mi cama. La primera vez que lo bañé, porque lo había llevado al veterinario y se había hecho popó a causa del susto, me clavó las uñas y no volvió a separarse de mí. Me ronroneaba y me daba masajes para dormirse en mi torso. Mi hermano lo cargaba en brazos mientras le decía "Tecuán".

Tolstói se me murió en brazos. Fue breve nuestro amor, pero muy significativo. Tenía leucemia y había estado enfermo el último mes que pasó con vida. Ni siquiera llegó al veterinario sino que, entre maullidos lastimeros, dio el último respiro para no volver en sí. Me sentía culpable porque no pude hacer más por él; sin embargo, cuando la gente me consolaba, me decía que le había dado una buena calidad de vida y que él había muerto sabiéndose amado.

Yo tenía una semana de conocer a quien, desde ese día, decidí que se convertiría en mi pareja y, entre los puntos de convergencia que teníamos, estaba el gusto por los gatos. Justo cuando estaba por salir del veterinario donde había entregado a Tolstói para que lo cremaran, aquel hombre, que después se convertiría en mi cómplice, me escribió para preguntarme si quería verlo. "Mi gato acaba de morir", le contesté, "No sé si sea la mejor compañía". Y aún así, afirmó que quería estar conmigo. Y estuvimos. Yo no quería llorar la partida de mi bebé gatuno en cada rincón de mi casa, de modo que fui a la suya. En ese entonces tenía un par de felinos que me hicieron llorar con su presencia y luego me consolaron así, sin hacer nada más que estar ahí.

Los meses que duré con mi pareja fueron breves, pero terminé muy involucrada con él. Nunca había tenido una relación formal, así como nunca antes había tenido un gato, y buena parte de nuestra cotidianidad fueron los suyos. Primero Manchas y La Güera, y luego llegó una bebé a la que él, el hombre de mis días, nombró Mauricia. Mis fines de semana se colmaron de aquellos cuatro y, a veces, regresaba a mi casa impregnada particularmente del olor de Manchas.

Al principio, veía a Manchas y me parecía que era una mujer celosa que guardaba cierta tregua conmigo, como si estuviese consciente de que yo era capaz de darle a su hombre las pocas cosas que él no podía proveerle. Luego sentí que me guardaba afecto y, hacia el final de nuestra relación, casi podía afirmar que me quería.

Aquel domingo, todavía clavado en mis entrañas, en que el dueño de Manchas me dijo que no podía estar conmigo, me despedí de los tres gatos también. "Cálmate", me pidió, "no es que no vayas a volver a verlos, solamente te estoy pidiendo tiempo".

No volví a ver a Manchas. Una semana después de aquella ruptura, se murió en brazos del hombre de nuestros afectos. Tal como Tolstói era mi compañero, Manchas era compañero, amo y señor de ese otro señor. Igual que Tolstói, Manchas se murió en los brazos del ser que más amaba en el mundo. Le dedicó su último suspiro y se fue.

Yo me enteré poco tiempo después de que sucedió. El mismo día, un par de horas más tarde, cuando los restos de Manchas estaban ya en la veterinaria, dispuestos para su próxima cremación. Hablamos largamente de sus tormentos en torno a la muerte del felino. Hablé un poco de mi experiencia con Tolstói y, posteriormente, cuando dejamos de hablar, no pude evitar pensar en la coincidencia de que el inicio de nuestra relación estuviera marcado por la muerte de un gato amarillo, mientras que el final, por la de un gato gris.

Seguramente a él, en el dolor, eso ni siquiera le pasa por la cabeza.

lunes, 4 de mayo de 2015

Mi corazón roto

 "Dentro de mí tu dulce voz escucho. Es como un eco que me rompe el corazón." 

Mi espíritu está roto desde que te fuiste, Ilde. 

lunes, 13 de abril de 2015

Murió joven

Hoy murieron Eduardo Galeano y Günter Grass. Este, a los 87 años; aquel, a los 74.

Me enteré primero del deceso del escritor alemán a propósito de una entrevista que publicó El País y que mi mamá tuvo a bien compartirme. No pude evitar comparar la edad de Grass con la de mi abuelo, que murió el 17 de marzo pasado, un mes antes se cumplir 83 años.

Además de la muerte, entre Grass y él no hay muchas coincidencias. Mi abuelo no era escritor, sino impresor de oficio. Un hombre muy trabajador que se jubiló después de una vida de labores arduas y de lujos moderados, producto de su intelecto agudo y sus manos prodigiosas. Fue padre de cuatro hijos, dos que engendró con mi abuela, dos que adoptó cuando se quedaron sin padre.

El 17 de marzo pasado murió mi padre. A los 82 años. El último día de vida de mi Ilde me ronda la cabeza. También el subsecuente, es decir, el primero de su ausencia. Me acuerdo del aroma de las flores, de la sensación fría de tocar un cuerpo embalsamado. Me acuerdo de los médicos del hospital, aparentemente insensibles a la muerte, porque ellos solamente manejan la vida. De los comentarios: que hay que dejarlo descansar, que no hay que llorar tanto, que hay que llorar lo que se tenga que llorar. No sé por qué, como una herida palpitante, recuerdo un comentario sin malicia, pero que me hizo chiraspelas. "Murió muy joven."

Murió muy joven, al inicio de su octagésima década en este mundo. ¿Porque quiso? Yo quiero pensar que así fue. Busco consuelo en la idea de que él tomó sus decisiones y que prefirió la muerte por encima de una vida enferma, no obstante que yo pensé que duraría muchos años más. Todo fue tan rápido, que mi abuelo no se dio ni cuenta de lo que tenía, porque estaba en el inicio y muy pronto llegó al final.

La muerte trae consigo un halo de egoísmo para los dolientes. Quisiera que mi abuelo hubiera vivido todos los años que le tocaban según mi perspectiva, y luego, cuando repaso, pienso que, efectivamente, los vivió, pero estoy enojada porque no fueron más.

"Murió joven". Seguramente, si hubiera escuchado que alguien lo adjetivaba así a los ochenta y dos años, se habría pitorreado. Hubiera dicho, entre risas, que no estaba bien ni mal, que estaba. "Uno se hace viejo", habría sentenciado como si estuviera desvelándonos la verdad del mundo.

Menos mal que también me rondan la cabeza sus frases célebres, aunque no son lo mismo sin el dominio de su voz. Son innumerables las veces que escuché la famosísima "Ni modo, dijo el zancudo, cuando volar ya no pudo." o su "Decía mi mamacita que las mujeres sin aretes son como las papas sin sal: no tienen chiste."

Tal vez sí, sí murió joven, porque últimamente que he visto sus fotos me he dado cuenta de que siempre lo vi rozagante. Hasta últimas fechas me dio la impresión de que ya era viejito. Hasta ese día, el último de su vida, lo dimensioné frágil, porque siempre fue un roble cuyo follaje nos protegió a todos.

Mi abuelo fue un hombre lleno de vida. Con aquella voz estruendosa que hacía eco en sus escuchas, y sus cejas pobladísimas, contrastantes con su cabeza calva, que no le dejaban disimular sus alegrías o sus disgustos. Con su risa contagiosa que invitaba a carcajearse con él hasta de sus chistes más bobos. Era un hombre sencillo, un hombre a quien la vida recibió con asperezas y cuyo camino de oportunidades se labró él. No ha habido nada hasta ahora que me doliera más que verlo muerto, aunque ese sea mi egoísmo hablando.

Como mencioné al principio, el mismo día que Günter Grass, murió también Eduardo Galeano a los 74 años de edad. El promedio de edad de vida del escritor alemán y del uruguayo es de 80.5. Mi abuelo, el joven Ildefonso, murió en el último mes de sus 82. Díganme tonta, pero no puedo evitar sentir que la estadística que aquí presento me da un poco de paz.

Un beso al universo, que es para ti y que espero que te encuentre, abuelo.

miércoles, 25 de junio de 2014

Sensei

Me había cuidado mucho de hablar de este tema aquí. La muerte de un ser querido es siempre un tabú, aunque como tal, es también una realidad con la que hay que convivir.
Tal vez también sea una situación que de pronto uno no se siente con derecho a relatar porque, ni sé bien cómo decirlo, pero no es nuestro.
Un amigo mío murió en mayo. Al anotarlo aquí, los ojos se me empañan. Nos escribíamos por chat más o menos seguido y nos vimos varias veces. Era amigo mío por sociedad: estaba casado con una amiga mía. Eran una pareja de ensueño, de esas en las que uno va creyendo menos conforme pasa el tiempo y se adquiere experiencia. Una pareja que uno se siente afortunado de atestiguar, porque el amor es maravilloso siempre, aunque a veces no se sea protagonista sino espectador.
Su muerte me hirió de manera profunda. Desde las generalidades (un hombre joven y brillante, con todo el futuro por delante) hasta las particularidades (escuchar canciones vanguardistas de los setenta gracias a sus recomendaciones o ver películas viejas). Tengo colgado ahí su bastón, que he sido incapaz de devolverle a la viuda. Tengo ahí un teclado que me prestó, que no me atrevo ni a ver, porque no lo toqué cuando aún vivía.
Su muerte me llenó de silencio y de pensamientos sobre el final de la vida. No es que quiera dejarla, al contrario, antes bien, irónicamente, ahora la veo como un gran sinsentido. ¿Será una etapa posadolescente? No lo sé.
A Emmanuel nunca le dije en vida lo mucho que lo admiraba. Sus conocimientos musicales, sus conocimientos académicos, el amor incondicional que le profesaba a Lauris y, sobre todo, la forma en que se ponía los guantes para revertir todos los ganchos al hígado que le tocó recibir. Me hubiera gustado hacer por él más que lo que hice: absolutamente nada.

miércoles, 3 de julio de 2013

Desahogo

Hace algunos años, unos amigos y yo nos dedicábamos a planear sorpresas por los cumpleaños.  Tocaba la sorpresa de una de mis amigas que en el nombre lleva al mar y al cielo y en el alma lleva al agua tatuada. Decidimos llevarla a la playa. Solo un día, ida y vuelta.

Estuvimos muy contentos y, de pronto, como a las seis de la tarde, justo cuando los pescadores regresaban a la orilla, decidimos despedirnos de aquella jornada paradisíaca vistiéndonos una vez más de mar.

Primero bromeábamos entre las olas y, luego, nos dimos cuenta de que el mar ya no quería visitas. En su furia por nuestra irrupción, fue envolviéndonos en sus tentáculos.

Yo gritaba. Tan fuerte como la voz me daba. Me sentía cada vez más alejada de mis amigos y las olas me revolcaban. "Me voy a ahogar", pensé en el momento en que vi una ola gigantesca e intenté nadar hacia la cada vez más obnubilada orilla.

Justo antes de que me ganara el mar, grité a todo pulmón. Mi amiga apenas escuchó un susurro, pero fue suficiente para que volteara. Y me dio la mano, y me salvó. Ella y yo pudimos regresar a la orilla sin que los pescadores nos ayudaran, así que supongo que no estuvimos al borde de la muerte ni mucho menos. Con mis otros dos amigos, la historia fue distinta: estaban tan lejos que necesitaron ayuda.

Poco a poco, preferimos enterrar la anécdota, pero, ahora que lo pienso, la sensación que me embarga últimamente es esa de que una especie de mar interno me engulle y me lleva a lugares insospechados. En esta ocasión, no hay nadie que me salve de mí, ni yo misma, aunque el apoyo de quienes han estado es muy valioso, porque me obliga a seguir nadando.

Creo que nunca agradecí suficiente a esa amiga que me salvó del mar, pero ojalá que algún día lea esto y sepa lo importante que fue para mí que, en ese preciso instante en que la inmensa ola estaba por arrastrarme, me tendiera la mano.

Es una lástima que, ahora, la historia sea distinta: aunque nadie pueda salvarme de mí misma, siempre se agradecerá la mano ofrecida.

domingo, 10 de octubre de 2010

El próximo mes se cumple un año de que murió mi tío Fernando. Creo que la imagen de mi tía Julieta, su madre, al centro del salón de la funeraria nunca se me va a olvidar. Recuerdo cómo se levantó de la silla y caminó apoyada en el bastón cuando escuchó el llanto desconsolado de mi mamá. La envolvió en sus brazos mientras le murmuraba palabras que ya no recuerdo. Antes de ver el dolor de mi mamá, no había dimensionado el cariño y el lazo que unió a los primos como si fueran hermanos. Cada vez que pienso en muerte evoco la imagen de mi tía Julieta en el centro del salón. Me acuerdo de su rostro arrugado y su mirada triste, tan bella como siempre, acariciándome las mejillas. Me acuerdo de mi prima llorando sobre el ataúd de su padre. De la entrada en el blog de mi mamá que me hace sentir que me sofoco de pena cada vez que la veo. Cada vez que me entero de la muerte de alguien, recuerdo la foto de mi tío jugando guitar hero. Sus Beatles a escala. Me acuerdo de su casa en la calle de Nueva York, pero sobre todo recuerdo los pasos de mi tía, de sus arrugas y su sabiduría y de sus ojos cristalinos por el llanto. Los padres no deberían enterrar a sus hijos. Las personas no deberían enviudar a los treinta y tantos, ni a los cincuenta y tantos. Los hijos deberían conservar a sus padres, y los hijos de los hijos deberían conocer a sus abuelos.

Pero la naturaleza falla. Falló con mi tío que no va a conocer a sus nietos, que dejó una viuda joven y unos hijos que apenas salen de la adolescencia. La naturaleza le falló a mi mamá que perdió a su hermano antes de tiempo. Y también le falló a mis tíos, que a finales de noviembre de 2009 enterraron a su primogénito.

viernes, 12 de febrero de 2010

Réquiem por Mine y Min

Mine y Min resultaron ser consecuencia de las maravillosas casualidades. Mi hermano, en ese entonces un chiquito de 13 años, necesitaba cuidar animalitos para Biología, y como no le gustaban los peces optó por un par de tortugas. Las compramos en Liverpool de Insurgentes. Entre mi mamá, mi hermano y yo las escogimos. Una chiquita que estaba hasta abajo y a quien todas las demás aplastaban, otra que estaba arriba, como reina de todas las demás.

Después de una discusión larguísima, decidimos nombrarlas Mine y Min. Mi hermano se las llevó a la escuela y sí, sobrevivieron a la inclemente y cruel adolescencia. Así que, como no sabíamos qué hacer con ellas, nos las quedamos. Al principio sólo las tocábamos Bruno y yo. A mi abuelo les daba miedo ser tosco con ellas, y a mi mamá simplemente no le gustaba agarrarlas. Pero pronto todos nos encariñamos con ellas. Nos asombrábamos con los fenómenos de nuestros lindísimos quelonios. Los observábamos de cerca, y vimos que Min era más grande que Mine y que tenía en medio de la cabeza una raya verde claro, mientras que Mine tenía una raya naranja. Sus garras también eran diferentes. A mí me encantaba verlas comer, y de vez en cuando soltar mordidas a nuestros dedos.

Mi hermano fue siempre quien cuidó más de ellas. De pronto mi mamá las ponía a caminar por la casa, para que disfrutaran de libertad. Más de una vez se perdieron por los rincones de la exploración, y en todas ocasiones salieron asustadas y hambrientas.

A mí me causaba curiosidad que no emitieran sonidos. Me les acercaba muchísimo para sentir su breve respiración golpeando mis mejillas. Me gustaba que caminaran sobre mi tronco, salvarlas del precipicio que para ellas representaba el borde de la cama. Luego crecieron y Mine le ganó terreno a Min, y se la quería comer.

A veces me parecía que su carácter era como el de un gato: voluble. Sin embargo, cada vez que escuchaban la voz de mi mamá, revoloteaban en el agua y seguían el sonido, buscándola.

Las guardábamos en un cajoncito para que durmieran a gusto. Según el veterinario, lo que hacíamos estaba bien. De hecho, cuando nos dimos cuenta de que hibernaban las guardamos durante el invierno. Por nueve años. No se morían. Simplemente se quedaban dormiditas y se ponían pellejudas. Despertaban por ahí de marzo y entonces comían como desesperadas hasta que sus pezuñas (¿se llaman así en los anfibios?) desbordaban carne que parecía que el caparazón iba a cortarles.

No sobrevivieron este invierno. Hace apenas una semana mi hermano las sacó al agua y aún estaban dormidas. Y hoy que volvió a revisarlas estaban muertas. Las dos. Siempre se acompañaron y se murieron juntas. En el reino animal no consciente, no hay romanticismo, pero yo no puedo evitar pensar que una no hubiera sobrevivido sin la otra.

Al final no conviví tanto con ellas, pero ahora que sé que no están me duele muchísimo. Bruno llora desconsolado. "Nueve años", me dijo, "nueve años". Yo me imaginaba que vivirían mucho más. Me gusta esa característica suya. Me gustaba su compañía, la manera en la que hacían temblar sus patas delanteras como si fuera un ritual de apareamiento, o una pelea. Me gustaba observarlas, me resultaban sumamente interesantes. Recorrí con las yemas de los dedos sus caparazones, recogí sus escamas viejas y rasqué mi piel con ellas.

Me encantaban. Las quería. Supongo que las quería con ese amor que uno da por sentado, como también di por sentado su existencia. Y ya no existen. Se extinguieron. Sólo nos quedaron dos cadáveres, y la incertidumbre de qué pasó con ellas.

Hoy, cuando me dieron la noticia, me puse los audífonos y escuché música. Escuché el bello y lánguido Soundtrack de Oldboy, compuesto por Yeong Wook Ho. Cuando llegué a Cries and whispers, supe que ése era el réquiem de Mine y Min.


miércoles, 9 de diciembre de 2009

1959-2009

Mi tío murió hace once días. Era la madrugada del 28 de noviembre. Yo estaba dormida. Concilié el sueño a las dos de la mañana de ese día. Del 28 de noviembre.

Me desperté a las nueve de la mañana porque escuché los sollozos de mi mamá en la habitación contigua. Ya lo sabía: el jueves había estado en casa de mi tío. No entré a verlo. Sabía que hacerlo sería un momento de quiebre absoluto. Que no me aguantaría y empeoraría el sentir, ya de por sí apesadumbrado, de la casa y de los que nos encontrábamos ahí.

Quisera ver su muerte como su única posibilidad de descanso. Racionalmente así lo veo, pero en el sentimiento me cuesta. Racionalmente entiendo que esto fue lo mejor. Desde todas las perspectivas posibles. Me queda claro que la muerte es muerte, y es un proceso natural e inevitable de la vida. No hay calificativos para la muerte. Sólo es.

Y sin embargo mis emociones ven víctimas. La primera víctima, Fernando. El hombre que se fue después de haber sufrido lo que sólo él supo. No se fue exento de dolor ni de pensamientos tormentosos. Me pregunto cuántas veces le pasó por la cabeza la idea de que no va a ver a su hija casarse. A su hijo terminar la universidad. Cuántas veces le acechó la frustración de conocer que con su muerte dejaría a su familia en apuros económicos. A su esposa sin su compañero de vida. Me pregunto si alguna vez se cuestionó que su vida se quedaba trunca. Como cuando cierran las calles a la mitad y uno deja de tomarlas no porque se acaben, sino porque un agente externo la obstruyó.

Ésa es la impresión que su muerte me deja. No de fin lógico y natural sino de algo que se quedó a medias.

Mi tío había cumplido 50 años en agosto. Fuimos a su fiesta sorpresa. Me acuerdo de su respiración agitada, pero había vida, había esperanza en su cuerpo débil, había ganas. Después de que le dijeron que el cáncer había penetrado el hueso toda la fortaleza que lo caracterizó se vino abajo.
Una amiga mía me pasó un texto que escribió para un concurso. Estaba basado en el testimonio de vida de una señora que milagrosamente se había recuperado del cáncer, aún cuando, enferma, se había embarazado. Lo único que podía pensar el jueves y viernes era en esa historia. Supongo que hasta el más ateo y el más pesimista quiere que haya magia.

Pero en este caso no hubo. Mi tío no podrá dar testimonios de que sobrevivió al cáncer y de que ahora vive la vida distinto. ¿Por qué algunos sí cuentan con esa fortuna y otros no? Vale para pura madre mi pregunta porque no hay respuesta.

Las imágenes que vi el sábado y el domingo se han quedado grabadas en mi alma. Yo, que soy tan llorona, y me cuesta trabajo llorarlo. He tenido que entrar muchas veces al blog de mi mamá y leer su testimonio para poder desahogarme. Hasta ahora que está muerto yo me doy cuenta de cuánto lo quería. No tenía que verlo diario. Así es el cariño.

Ayer soñé que hablábamos por teléfono. No me acuerdo qué. Sólo me acuerdo que sentía mucha alegría porque su voz estaba sana. Todo mi sueño versó en eso. En él y yo hablando.

Al final, me siento descorazonada. Y doblemente descorazonada cuando pienso en lo que los demás más allegados deben sentir.

Su alma ya descansa del sufrimiento corporal. Entonces, que descansen en paz los vivos, que nos quedamos con la inquietud y el dolor que la muerte trae consigo.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Última voluntad adelantada y pública

Cuando muera, a quien quiera que le toque, le pido por favor que me lleve directito a cremar. No practico ninguna religión así que no hay necesidad de Rosarios ni de gastar en sacerdotes o en misas.

Por favor, lléveme a cremar. No le avise a nadie. Agarre sus cosas y lléveme. Quiero que me cremen sin féretro. O bueno, si es indispensable pues con féretro. Ni modo. Y luego de que me lleve a cremar, ponga mis cenizas en una lata cualquiera y lléveme a algún lugar (más adelante le diré cuál) y ahí abra la lata, disperse mis cenizas, llóreme, y bébase unas chelas oscuras a mi salud. Ríase conmigo. Y después váyase de vacaciones al lugar que haya elegido.

Cuando haya regresado, entonces avise. Avise que me morí y que mi última voluntad se consumó. Le voy a dejar un videito o algo para que no se enojen con usted. Ahí diré que yo le escogí para ser mi último acompañante. Que no quería plañideras, ni gran escándalo, ni desvelos en mi deceso.

Espero no morirme pronto para ahorrar y que todos los gastos de mi muerte corran por mi cuenta. Incluido mi último regalo: sus primeras vacaciones sin mí.

Diviértase sin mí. Si fui importante, entonces olvídeme. No me llore. Jamás me llore.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Sáltatelo, es catarsis

No conozco la muerte lenta. Las tres más significativas de mi vida (papá, tía Nena y abuela, así se sucedieron) ocurrieron en un periodo entre los 5 y los siete años, y después ya, el mundo fue libre de muertes que realmente me importaran.

No poseo recuerdos sobre las muertes, algunos cuantos sobre los duelos. Así que, aunque conozco la ausencia, en realidad conozco muy poco la muerte.

Pero la voy a conocer pronto.

Hoy me avisó mi mamá que su primo hermano, la persona más querida para ella, está en fase terminal de cáncer. Es un hombre joven, luchador, con una esposa que lo ama y dos hijos que lo adoran. Es un buen hombre. Yo no le deseo la muerte a absolutamente nadie, pero mucho menos a una persona que ha sido tan, tan buena. Esta clase de muerte, es decir, porque uno muere y ya. Es el único y verdadero destino al que todos nos dirigimos, sin embargo morir debería ser un verbo que sucediera rápido. Así, morir y ya.

Este concepto de morir lentamente es pavoroso. Mi tío lleva algunos meses muriéndose, pero ahora que ya es oficial, que no hay esperanzas que albergar, el verbo morir se conjuga en presente continuo y es aberrante.

Nadie debería pronunciar "está muriéndose". Debería ser vida o muerte y ya, sin medias tintas.

En una ocasión escuché una conversación que francamente hoy me parece absurda. Decía alguien que la ventaja de que cierta persona querida hubiera muerto lentamente era que la familia se había resignado. Yo no creo que haya ventajas. La muerte es muerte y la ausencia duele, y no puedo concebir mayor dolor que ver cómo alguien se te va de las manos, involuntariamente, y tú no puedes hacer absolutamente nada para retenerlo. La vida se escapa en esta media tinta que desafortunadamente existe, y tú no puedes guardarla en una botella para que no salga. Se evapora. De pronto, aquella persona a la que alguna vez viste fuerte y joven se la ha comido la enfermedad, aliada cruel de la muerte.

No hay más que hacer. Sólo poner buena cara ante esa persona que sabe que porta la muerte. Que el porcentaje de vida se disminuye y el de no vida aumenta. No puedo ni imaginarme la tortura que representa saber que vas a irte cuando no te tocaba, que no es natural, que no vas a ver a tus hijos casarse, vaya, ni terminar la carrera, que vas a dejar a tu esposa con un montón de deudas y viuda y sola. El vacío.

Al menos si crees en Dios, pues puedes pensar que algo hay después de la muerte, pero si no, quedará lo que haya aquí, en vida... Y los últimos momentos no serán precisamente agradables.

esto sólo era a manera de catarsis.

domingo, 17 de mayo de 2009

El guía perfecto- Obituario de Mario Benedetti

Benedetti murió. Lo digo así, con el verbo morir porque a él le gustaría que no se hablara de su muerte empleando otros verbos, otros impersonales verbos.

Yo digo que se murió porque de verdad lo siento. A pesar de que uno sabe que la gente se muere, cuando sus obras empiezan a inmortalizarse en vida, parece que ese alguien también encontró la fuente de la inmortalidad, parece que su cuerpo es su alma y como su alma está en su literatura, ésta no perecerá jamás.

Pero el cuerpo perece. El cuerpo se desgasta. El cuerpo muere. Hoy murió Mario Benedetti. Es que hay que escribirlo muchas veces para empezar a digerirlo. Será tal vez porque murió de una enfermedad intestinal crónica. Quizá tampoco él digería su muerte.

No es intención de esta autora hacer un obituario impersonal. No es de su interés dar esta noticia como la ha leído y visto en los medios. Ella quiere hablar de su experiencia personal, de cómo Benedetti ha influido en su instrucción, en su afán por convertirse en escritora. Esta autora leyó primero La Tregua y quedó maravillada. Tenía catorce años. Aunque ya había leído antes, el diario de Martín Santomé fue su primer encuentro con una literatura desgarradora y apasionante. Fue la primera vez en la que ella se sintió un personaje. En que parecía que estaba leyendo sus propias memorias. Hay quienes dicen que Benedetti impacta cuando uno es joven y después, conforme uno crece, va perdiendo su encanto. La autora considera que tocar a los jóvenes es un privilegio. Hay escritores mucho más complicados que aburren a los adolescentes. Benedetti es una invitación a conocer la lectura. Es la puerta abierta a descubrir el gran mundo literario que nos rodea, que crece con nosotros, y que a diferencia de los seres humanos, no muere.

Y sin embargo el autor ha muerto. No volverá a sacar algo nuevo. Nunca. Las más de ochenta obras bajo su autoría serán las únicas que reposen en los libreros esperando ser leídas. No habrá más. Tendremos que conformarnos con Quién de nosotros, con Gracias por el fuego, pero la sed de sus obras, tan sencillas y al mismo tiempo profundas, no se saciará. El aguador se ha ido. Ha dejado una obra inconclusa.

Mi agradecimiento hacia él es infinito. Desde que entró a mi vida cambió mi manera de ver la literatura. Acentuó mi gusto y terminó por encender mis inquietudes artísticas. Me abrió las puertas. Me llevó hasta la habitación en la que millones de personajes rondan, en la que incontables palabras se conjugan en oraciones que cambian el sentido de la existencia. Y luego me dejó ahí. Me dejó ahí para decidir. Para encontrarme con nuevos escritores que influyeron en él también. Luego me dejó crecer. El guía perfecto. Mario Benedetti, que murió hoy. Mario Benedetti murió.

Yo no quiero que descanse. Desearle eso a un escritor es una ofensa. Deseo que su obra se lea incansablemente. Deseo que vuelva a vivir en los ojos de quienes lo leen, a resonar en las mentes de quienes lo escuchan.

No descanses en paz, Mario Benedetti. Vive.

A continuación les dejo un poema cuyas palabras siento hoy que nos dedica:


Chau número tres

Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.

Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.

Te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.

Te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.

Pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.

Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.

Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.

Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.

Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.

domingo, 22 de marzo de 2009

   

La gente se muere. Todos los días, a todas horas. Cada minuto. Ahora, incluso, alguien muere. Mientras yo escribo esto y mientras tú lo estés leyendo. No digo nada nuevo ni tampoco pretendo hacerlo. Es más, ni siquiera sé adónde voy a llegar con esto. Supongo que quiero reforzar la idea de que la muerte es parte del proceso natural de la vida. Es quizá la culminación. Pero, como tal, uno esperaría que la muerte llegara en la vejez, cuando uno ya creció, ya vivió.

Y sin embargo no siempre sucede así. En ciertos casos la muerte deja de ser un proceso natural, cuando la mano del hombre interviene.

Matar, ¡qué verbo terriblemente poderoso! Quitarle la vida a alguien. Aún así, en infinitivo es decir, se escucha, se lee y se siente catastrófico. Leer la mejor descripción de la ejecución de este verbo no se compara con el dolor que infringe en las familias de quienes han muerto en manos de los hombres o en las familias de quienes conjugaron el verbo en primera persona.

Y aún así, hasta que el nombre y apellido de quienes murieron -o de quienes mataron- nos resulta conocido, la muerte adquiere otra impresión, incluso una diferente de la que nos causa la expiración de nuestros seres queridos.

El viernes pasado me enteré de que murió la hija de una de las mejores amigas de mi mamá. Hace más de un mes regresaba de una comida y chocaron el coche en el que venía. El resultado: tres operaciones en el cerebro, dos en el estómago, una familia endeudadísima y mucho sufrimiento: ella nunca estuvo en coma.

Truncaron su existencia. Tenía 16 años. Mi mamá la vio crecer así como su mamá nos vio crecer a mi hermano y a mí, quienes jugábamos con ella, con su gemela y con su hermano. Y de pronto ya no existe. Cuando me enteré de su muerte pensé en que siempre tuve la certeza de que ella y su familia estarían en mi boda y de que mi familia y yo estaríamos en la suya.

Pero ahora está muerta y murió de manera antinatural (así lo pienso, no concibo esta idea de que "cuando te toca, te toca", y este caso es un ejemplo claro de que no es cierto). Todos lo lamentamos muchísimo. Se respira un gran nudo en el ambiente.

Y la madre tendrá que acostumbrarse a una nueva vida, una vida en la que no sucedió lo natural: morirse antes que su hija.
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No sé por qué, este suceso me trajo a la mente lo del joven de 22 años que atropelló al policía el pasado viernes 13 de marzo. A él también lo conozco. No somos íntimos pero me cae muy bien. Me da mucha pena ese caso. Aquí fue lo contrario: él cometió un error y mató a alguien. Ahora está en la cárcel, uno de los peores temores de cualquier ciudadano mexicano. Una persona que cometió una mala acción y ahora es juzgada como si fuera una mala persona. Me preguntó cómo vivirá la familia este proceso tan doloroso. De un momento a otro, la vida de este joven también se vio truncada, y el error ha salido en todos los medios. Han exhibido su rostro de manera despiadada y el accidente ha servido para "reivindicar" a la fuerza policíaca de esta ciudad. Ojalá que esos años en el CERESO (que de Centro de Readaptación Social no tiene nada) de verdad fueran años de reflexión para que saliera al mundo con una nueva oportunidad.
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En ambos casos (y en un tercero del que prefiero no hablar, pero que me afectó directamente hace mucho tiempo) me gustaría que hubiera una máquina del tiempo. Alguna forma de prevenir estas dos muertes antinaturales. Me gustaría que ella, la chiquilla que recuerdo con tanto cariño, no hubiera estado a esa hora en ese automóvil. Que él no hubiese acelerado, o que el policía no hubiera estado frente a él, o que se hubiera pasado unas horas en el Torito. Pero no existe. Desafortunadamente el tiempo es lineal. Es lineal y cobró un saldo de tres muertes, de familias marcadas, de vidas truncas.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Ser viejo

La vejez me da miedo. No como la antesala de la muerte, sino que me da miedo por sí misma. Me da miedo despertarme un día y darme cuenta de que no tengo nada más que hacer que recordar. Me da miedo que mis manías se exacerben y, peor aún, que adquiera unas nuevas.

Me da miedo que la rutina se estanque en mis últimos días. Levantarme a la misma hora, bañarme a la misma hora, desayunar a la misma hora, dormir a la misma hora, hacer las mismas actividades diariamente, verme en el espejo y entender al fin cómo funciona el tiempo, porque ya para entonces habrá dejado huellas imborrables en mi cuerpo.

Tengo miedo de añorar la juventud. De observarme por breves lapsos como la adolescente que fui, solamente para decepcionarme de la senectud. No quiero arrugarme como pasita y poner como primer lugar de mi jerarquía cobrar mi pensión cada inicio de mes.

¿Seré feliz cuando envejezca? La verdad es que sí me gustaría cuidar de mis nietos, terminar de hacer las cosas que me propuse en la vida y después morir tranquila en una noche cualquiera. Así, tranquila, sin saberlo, para que no me duela.