martes, 22 de diciembre de 2020
Cinco meses después 0:47
miércoles, 7 de septiembre de 2016
Velorios 13:04
3. intr. Dicho de una cosa: Ajustarse con otra, confundirse con ella, ya por superposición, ya por otro medio cualquiera.
lunes, 5 de septiembre de 2016
Los gatos 15:09
lunes, 4 de mayo de 2015
Mi corazón roto 21:09
lunes, 13 de abril de 2015
Murió joven 9:46
Hoy murieron Eduardo Galeano y Günter Grass. Este, a los 87 años; aquel, a los 74.
Me enteré primero del deceso del escritor alemán a propósito de una entrevista que publicó El País y que mi mamá tuvo a bien compartirme. No pude evitar comparar la edad de Grass con la de mi abuelo, que murió el 17 de marzo pasado, un mes antes se cumplir 83 años.
Además de la muerte, entre Grass y él no hay muchas coincidencias. Mi abuelo no era escritor, sino impresor de oficio. Un hombre muy trabajador que se jubiló después de una vida de labores arduas y de lujos moderados, producto de su intelecto agudo y sus manos prodigiosas. Fue padre de cuatro hijos, dos que engendró con mi abuela, dos que adoptó cuando se quedaron sin padre.
El 17 de marzo pasado murió mi padre. A los 82 años. El último día de vida de mi Ilde me ronda la cabeza. También el subsecuente, es decir, el primero de su ausencia. Me acuerdo del aroma de las flores, de la sensación fría de tocar un cuerpo embalsamado. Me acuerdo de los médicos del hospital, aparentemente insensibles a la muerte, porque ellos solamente manejan la vida. De los comentarios: que hay que dejarlo descansar, que no hay que llorar tanto, que hay que llorar lo que se tenga que llorar. No sé por qué, como una herida palpitante, recuerdo un comentario sin malicia, pero que me hizo chiraspelas. "Murió muy joven."
Murió muy joven, al inicio de su octagésima década en este mundo. ¿Porque quiso? Yo quiero pensar que así fue. Busco consuelo en la idea de que él tomó sus decisiones y que prefirió la muerte por encima de una vida enferma, no obstante que yo pensé que duraría muchos años más. Todo fue tan rápido, que mi abuelo no se dio ni cuenta de lo que tenía, porque estaba en el inicio y muy pronto llegó al final.
La muerte trae consigo un halo de egoísmo para los dolientes. Quisiera que mi abuelo hubiera vivido todos los años que le tocaban según mi perspectiva, y luego, cuando repaso, pienso que, efectivamente, los vivió, pero estoy enojada porque no fueron más.
"Murió joven". Seguramente, si hubiera escuchado que alguien lo adjetivaba así a los ochenta y dos años, se habría pitorreado. Hubiera dicho, entre risas, que no estaba bien ni mal, que estaba. "Uno se hace viejo", habría sentenciado como si estuviera desvelándonos la verdad del mundo.
Menos mal que también me rondan la cabeza sus frases célebres, aunque no son lo mismo sin el dominio de su voz. Son innumerables las veces que escuché la famosísima "Ni modo, dijo el zancudo, cuando volar ya no pudo." o su "Decía mi mamacita que las mujeres sin aretes son como las papas sin sal: no tienen chiste."
Tal vez sí, sí murió joven, porque últimamente que he visto sus fotos me he dado cuenta de que siempre lo vi rozagante. Hasta últimas fechas me dio la impresión de que ya era viejito. Hasta ese día, el último de su vida, lo dimensioné frágil, porque siempre fue un roble cuyo follaje nos protegió a todos.
Mi abuelo fue un hombre lleno de vida. Con aquella voz estruendosa que hacía eco en sus escuchas, y sus cejas pobladísimas, contrastantes con su cabeza calva, que no le dejaban disimular sus alegrías o sus disgustos. Con su risa contagiosa que invitaba a carcajearse con él hasta de sus chistes más bobos. Era un hombre sencillo, un hombre a quien la vida recibió con asperezas y cuyo camino de oportunidades se labró él. No ha habido nada hasta ahora que me doliera más que verlo muerto, aunque ese sea mi egoísmo hablando.
Como mencioné al principio, el mismo día que Günter Grass, murió también Eduardo Galeano a los 74 años de edad. El promedio de edad de vida del escritor alemán y del uruguayo es de 80.5. Mi abuelo, el joven Ildefonso, murió en el último mes de sus 82. Díganme tonta, pero no puedo evitar sentir que la estadística que aquí presento me da un poco de paz.
Un beso al universo, que es para ti y que espero que te encuentre, abuelo.
miércoles, 25 de junio de 2014
Sensei 14:15
miércoles, 3 de julio de 2013
Desahogo 7:41
Hace algunos años, unos amigos y yo nos dedicábamos a planear sorpresas por los cumpleaños. Tocaba la sorpresa de una de mis amigas que en el nombre lleva al mar y al cielo y en el alma lleva al agua tatuada. Decidimos llevarla a la playa. Solo un día, ida y vuelta.
Estuvimos muy contentos y, de pronto, como a las seis de la tarde, justo cuando los pescadores regresaban a la orilla, decidimos despedirnos de aquella jornada paradisíaca vistiéndonos una vez más de mar.
Primero bromeábamos entre las olas y, luego, nos dimos cuenta de que el mar ya no quería visitas. En su furia por nuestra irrupción, fue envolviéndonos en sus tentáculos.
Yo gritaba. Tan fuerte como la voz me daba. Me sentía cada vez más alejada de mis amigos y las olas me revolcaban. "Me voy a ahogar", pensé en el momento en que vi una ola gigantesca e intenté nadar hacia la cada vez más obnubilada orilla.
Justo antes de que me ganara el mar, grité a todo pulmón. Mi amiga apenas escuchó un susurro, pero fue suficiente para que volteara. Y me dio la mano, y me salvó. Ella y yo pudimos regresar a la orilla sin que los pescadores nos ayudaran, así que supongo que no estuvimos al borde de la muerte ni mucho menos. Con mis otros dos amigos, la historia fue distinta: estaban tan lejos que necesitaron ayuda.
Poco a poco, preferimos enterrar la anécdota, pero, ahora que lo pienso, la sensación que me embarga últimamente es esa de que una especie de mar interno me engulle y me lleva a lugares insospechados. En esta ocasión, no hay nadie que me salve de mí, ni yo misma, aunque el apoyo de quienes han estado es muy valioso, porque me obliga a seguir nadando.
Creo que nunca agradecí suficiente a esa amiga que me salvó del mar, pero ojalá que algún día lea esto y sepa lo importante que fue para mí que, en ese preciso instante en que la inmensa ola estaba por arrastrarme, me tendiera la mano.
Es una lástima que, ahora, la historia sea distinta: aunque nadie pueda salvarme de mí misma, siempre se agradecerá la mano ofrecida.
domingo, 10 de octubre de 2010
Pero la naturaleza falla. Falló con mi tío que no va a conocer a sus nietos, que dejó una viuda joven y unos hijos que apenas salen de la adolescencia. La naturaleza le falló a mi mamá que perdió a su hermano antes de tiempo. Y también le falló a mis tíos, que a finales de noviembre de 2009 enterraron a su primogénito.
viernes, 12 de febrero de 2010
Réquiem por Mine y Min 20:52
Mine y Min resultaron ser consecuencia de las maravillosas casualidades. Mi hermano, en ese entonces un chiquito de 13 años, necesitaba cuidar animalitos para Biología, y como no le gustaban los peces optó por un par de tortugas. Las compramos en Liverpool de Insurgentes. Entre mi mamá, mi hermano y yo las escogimos. Una chiquita que estaba hasta abajo y a quien todas las demás aplastaban, otra que estaba arriba, como reina de todas las demás.
Después de una discusión larguísima, decidimos nombrarlas Mine y Min. Mi hermano se las llevó a la escuela y sí, sobrevivieron a la inclemente y cruel adolescencia. Así que, como no sabíamos qué hacer con ellas, nos las quedamos. Al principio sólo las tocábamos Bruno y yo. A mi abuelo les daba miedo ser tosco con ellas, y a mi mamá simplemente no le gustaba agarrarlas. Pero pronto todos nos encariñamos con ellas. Nos asombrábamos con los fenómenos de nuestros lindísimos quelonios. Los observábamos de cerca, y vimos que Min era más grande que Mine y que tenía en medio de la cabeza una raya verde claro, mientras que Mine tenía una raya naranja. Sus garras también eran diferentes. A mí me encantaba verlas comer, y de vez en cuando soltar mordidas a nuestros dedos.
Mi hermano fue siempre quien cuidó más de ellas. De pronto mi mamá las ponía a caminar por la casa, para que disfrutaran de libertad. Más de una vez se perdieron por los rincones de la exploración, y en todas ocasiones salieron asustadas y hambrientas.
A mí me causaba curiosidad que no emitieran sonidos. Me les acercaba muchísimo para sentir su breve respiración golpeando mis mejillas. Me gustaba que caminaran sobre mi tronco, salvarlas del precipicio que para ellas representaba el borde de la cama. Luego crecieron y Mine le ganó terreno a Min, y se la quería comer.
A veces me parecía que su carácter era como el de un gato: voluble. Sin embargo, cada vez que escuchaban la voz de mi mamá, revoloteaban en el agua y seguían el sonido, buscándola.
Las guardábamos en un cajoncito para que durmieran a gusto. Según el veterinario, lo que hacíamos estaba bien. De hecho, cuando nos dimos cuenta de que hibernaban las guardamos durante el invierno. Por nueve años. No se morían. Simplemente se quedaban dormiditas y se ponían pellejudas. Despertaban por ahí de marzo y entonces comían como desesperadas hasta que sus pezuñas (¿se llaman así en los anfibios?) desbordaban carne que parecía que el caparazón iba a cortarles.
No sobrevivieron este invierno. Hace apenas una semana mi hermano las sacó al agua y aún estaban dormidas. Y hoy que volvió a revisarlas estaban muertas. Las dos. Siempre se acompañaron y se murieron juntas. En el reino animal no consciente, no hay romanticismo, pero yo no puedo evitar pensar que una no hubiera sobrevivido sin la otra.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
1959-2009 20:56
Me desperté a las nueve de la mañana porque escuché los sollozos de mi mamá en la habitación contigua. Ya lo sabía: el jueves había estado en casa de mi tío. No entré a verlo. Sabía que hacerlo sería un momento de quiebre absoluto. Que no me aguantaría y empeoraría el sentir, ya de por sí apesadumbrado, de la casa y de los que nos encontrábamos ahí.
Quisera ver su muerte como su única posibilidad de descanso. Racionalmente así lo veo, pero en el sentimiento me cuesta. Racionalmente entiendo que esto fue lo mejor. Desde todas las perspectivas posibles. Me queda claro que la muerte es muerte, y es un proceso natural e inevitable de la vida. No hay calificativos para la muerte. Sólo es.
Y sin embargo mis emociones ven víctimas. La primera víctima, Fernando. El hombre que se fue después de haber sufrido lo que sólo él supo. No se fue exento de dolor ni de pensamientos tormentosos. Me pregunto cuántas veces le pasó por la cabeza la idea de que no va a ver a su hija casarse. A su hijo terminar la universidad. Cuántas veces le acechó la frustración de conocer que con su muerte dejaría a su familia en apuros económicos. A su esposa sin su compañero de vida. Me pregunto si alguna vez se cuestionó que su vida se quedaba trunca. Como cuando cierran las calles a la mitad y uno deja de tomarlas no porque se acaben, sino porque un agente externo la obstruyó.
Ésa es la impresión que su muerte me deja. No de fin lógico y natural sino de algo que se quedó a medias.
Mi tío había cumplido 50 años en agosto. Fuimos a su fiesta sorpresa. Me acuerdo de su respiración agitada, pero había vida, había esperanza en su cuerpo débil, había ganas. Después de que le dijeron que el cáncer había penetrado el hueso toda la fortaleza que lo caracterizó se vino abajo.
Una amiga mía me pasó un texto que escribió para un concurso. Estaba basado en el testimonio de vida de una señora que milagrosamente se había recuperado del cáncer, aún cuando, enferma, se había embarazado. Lo único que podía pensar el jueves y viernes era en esa historia. Supongo que hasta el más ateo y el más pesimista quiere que haya magia.
Pero en este caso no hubo. Mi tío no podrá dar testimonios de que sobrevivió al cáncer y de que ahora vive la vida distinto. ¿Por qué algunos sí cuentan con esa fortuna y otros no? Vale para pura madre mi pregunta porque no hay respuesta.
Las imágenes que vi el sábado y el domingo se han quedado grabadas en mi alma. Yo, que soy tan llorona, y me cuesta trabajo llorarlo. He tenido que entrar muchas veces al blog de mi mamá y leer su testimonio para poder desahogarme. Hasta ahora que está muerto yo me doy cuenta de cuánto lo quería. No tenía que verlo diario. Así es el cariño.
Ayer soñé que hablábamos por teléfono. No me acuerdo qué. Sólo me acuerdo que sentía mucha alegría porque su voz estaba sana. Todo mi sueño versó en eso. En él y yo hablando.
Al final, me siento descorazonada. Y doblemente descorazonada cuando pienso en lo que los demás más allegados deben sentir.
Su alma ya descansa del sufrimiento corporal. Entonces, que descansen en paz los vivos, que nos quedamos con la inquietud y el dolor que la muerte trae consigo.
domingo, 29 de noviembre de 2009
Última voluntad adelantada y pública 9:05
Por favor, lléveme a cremar. No le avise a nadie. Agarre sus cosas y lléveme. Quiero que me cremen sin féretro. O bueno, si es indispensable pues con féretro. Ni modo. Y luego de que me lleve a cremar, ponga mis cenizas en una lata cualquiera y lléveme a algún lugar (más adelante le diré cuál) y ahí abra la lata, disperse mis cenizas, llóreme, y bébase unas chelas oscuras a mi salud. Ríase conmigo. Y después váyase de vacaciones al lugar que haya elegido.
Cuando haya regresado, entonces avise. Avise que me morí y que mi última voluntad se consumó. Le voy a dejar un videito o algo para que no se enojen con usted. Ahí diré que yo le escogí para ser mi último acompañante. Que no quería plañideras, ni gran escándalo, ni desvelos en mi deceso.
Espero no morirme pronto para ahorrar y que todos los gastos de mi muerte corran por mi cuenta. Incluido mi último regalo: sus primeras vacaciones sin mí.
Diviértase sin mí. Si fui importante, entonces olvídeme. No me llore. Jamás me llore.
jueves, 12 de noviembre de 2009
Sáltatelo, es catarsis 20:23
No poseo recuerdos sobre las muertes, algunos cuantos sobre los duelos. Así que, aunque conozco la ausencia, en realidad conozco muy poco la muerte.
Pero la voy a conocer pronto.
Hoy me avisó mi mamá que su primo hermano, la persona más querida para ella, está en fase terminal de cáncer. Es un hombre joven, luchador, con una esposa que lo ama y dos hijos que lo adoran. Es un buen hombre. Yo no le deseo la muerte a absolutamente nadie, pero mucho menos a una persona que ha sido tan, tan buena. Esta clase de muerte, es decir, porque uno muere y ya. Es el único y verdadero destino al que todos nos dirigimos, sin embargo morir debería ser un verbo que sucediera rápido. Así, morir y ya.
Este concepto de morir lentamente es pavoroso. Mi tío lleva algunos meses muriéndose, pero ahora que ya es oficial, que no hay esperanzas que albergar, el verbo morir se conjuga en presente continuo y es aberrante.
Nadie debería pronunciar "está muriéndose". Debería ser vida o muerte y ya, sin medias tintas.
En una ocasión escuché una conversación que francamente hoy me parece absurda. Decía alguien que la ventaja de que cierta persona querida hubiera muerto lentamente era que la familia se había resignado. Yo no creo que haya ventajas. La muerte es muerte y la ausencia duele, y no puedo concebir mayor dolor que ver cómo alguien se te va de las manos, involuntariamente, y tú no puedes hacer absolutamente nada para retenerlo. La vida se escapa en esta media tinta que desafortunadamente existe, y tú no puedes guardarla en una botella para que no salga. Se evapora. De pronto, aquella persona a la que alguna vez viste fuerte y joven se la ha comido la enfermedad, aliada cruel de la muerte.
No hay más que hacer. Sólo poner buena cara ante esa persona que sabe que porta la muerte. Que el porcentaje de vida se disminuye y el de no vida aumenta. No puedo ni imaginarme la tortura que representa saber que vas a irte cuando no te tocaba, que no es natural, que no vas a ver a tus hijos casarse, vaya, ni terminar la carrera, que vas a dejar a tu esposa con un montón de deudas y viuda y sola. El vacío.
Al menos si crees en Dios, pues puedes pensar que algo hay después de la muerte, pero si no, quedará lo que haya aquí, en vida... Y los últimos momentos no serán precisamente agradables.
esto sólo era a manera de catarsis.
domingo, 17 de mayo de 2009
El guía perfecto- Obituario de Mario Benedetti 18:15
Yo digo que se murió porque de verdad lo siento. A pesar de que uno sabe que la gente se muere, cuando sus obras empiezan a inmortalizarse en vida, parece que ese alguien también encontró la fuente de la inmortalidad, parece que su cuerpo es su alma y como su alma está en su literatura, ésta no perecerá jamás.
Pero el cuerpo perece. El cuerpo se desgasta. El cuerpo muere. Hoy murió Mario Benedetti. Es que hay que escribirlo muchas veces para empezar a digerirlo. Será tal vez porque murió de una enfermedad intestinal crónica. Quizá tampoco él digería su muerte.
No es intención de esta autora hacer un obituario impersonal. No es de su interés dar esta noticia como la ha leído y visto en los medios. Ella quiere hablar de su experiencia personal, de cómo Benedetti ha influido en su instrucción, en su afán por convertirse en escritora. Esta autora leyó primero La Tregua y quedó maravillada. Tenía catorce años. Aunque ya había leído antes, el diario de Martín Santomé fue su primer encuentro con una literatura desgarradora y apasionante. Fue la primera vez en la que ella se sintió un personaje. En que parecía que estaba leyendo sus propias memorias. Hay quienes dicen que Benedetti impacta cuando uno es joven y después, conforme uno crece, va perdiendo su encanto. La autora considera que tocar a los jóvenes es un privilegio. Hay escritores mucho más complicados que aburren a los adolescentes. Benedetti es una invitación a conocer la lectura. Es la puerta abierta a descubrir el gran mundo literario que nos rodea, que crece con nosotros, y que a diferencia de los seres humanos, no muere.
Y sin embargo el autor ha muerto. No volverá a sacar algo nuevo. Nunca. Las más de ochenta obras bajo su autoría serán las únicas que reposen en los libreros esperando ser leídas. No habrá más. Tendremos que conformarnos con Quién de nosotros, con Gracias por el fuego, pero la sed de sus obras, tan sencillas y al mismo tiempo profundas, no se saciará. El aguador se ha ido. Ha dejado una obra inconclusa.
Mi agradecimiento hacia él es infinito. Desde que entró a mi vida cambió mi manera de ver la literatura. Acentuó mi gusto y terminó por encender mis inquietudes artísticas. Me abrió las puertas. Me llevó hasta la habitación en la que millones de personajes rondan, en la que incontables palabras se conjugan en oraciones que cambian el sentido de la existencia. Y luego me dejó ahí. Me dejó ahí para decidir. Para encontrarme con nuevos escritores que influyeron en él también. Luego me dejó crecer. El guía perfecto. Mario Benedetti, que murió hoy. Mario Benedetti murió.
Yo no quiero que descanse. Desearle eso a un escritor es una ofensa. Deseo que su obra se lea incansablemente. Deseo que vuelva a vivir en los ojos de quienes lo leen, a resonar en las mentes de quienes lo escuchan.
No descanses en paz, Mario Benedetti. Vive.
A continuación les dejo un poema cuyas palabras siento hoy que nos dedica:
Chau número tres
Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.
Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.
Te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.
Te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.
Pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.
Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.
Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.
Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.
Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.
domingo, 22 de marzo de 2009
0:18
lunes, 1 de diciembre de 2008
Ser viejo 21:31
Me da miedo que la rutina se estanque en mis últimos días. Levantarme a la misma hora, bañarme a la misma hora, desayunar a la misma hora, dormir a la misma hora, hacer las mismas actividades diariamente, verme en el espejo y entender al fin cómo funciona el tiempo, porque ya para entonces habrá dejado huellas imborrables en mi cuerpo.
Tengo miedo de añorar la juventud. De observarme por breves lapsos como la adolescente que fui, solamente para decepcionarme de la senectud. No quiero arrugarme como pasita y poner como primer lugar de mi jerarquía cobrar mi pensión cada inicio de mes.
¿Seré feliz cuando envejezca? La verdad es que sí me gustaría cuidar de mis nietos, terminar de hacer las cosas que me propuse en la vida y después morir tranquila en una noche cualquiera. Así, tranquila, sin saberlo, para que no me duela.