domingo, 20 de agosto de 2017
Odio el ejercicio, pero amo los resultados... 22:42
miércoles, 3 de julio de 2013
Desahogo 7:41
Hace algunos años, unos amigos y yo nos dedicábamos a planear sorpresas por los cumpleaños. Tocaba la sorpresa de una de mis amigas que en el nombre lleva al mar y al cielo y en el alma lleva al agua tatuada. Decidimos llevarla a la playa. Solo un día, ida y vuelta.
Estuvimos muy contentos y, de pronto, como a las seis de la tarde, justo cuando los pescadores regresaban a la orilla, decidimos despedirnos de aquella jornada paradisíaca vistiéndonos una vez más de mar.
Primero bromeábamos entre las olas y, luego, nos dimos cuenta de que el mar ya no quería visitas. En su furia por nuestra irrupción, fue envolviéndonos en sus tentáculos.
Yo gritaba. Tan fuerte como la voz me daba. Me sentía cada vez más alejada de mis amigos y las olas me revolcaban. "Me voy a ahogar", pensé en el momento en que vi una ola gigantesca e intenté nadar hacia la cada vez más obnubilada orilla.
Justo antes de que me ganara el mar, grité a todo pulmón. Mi amiga apenas escuchó un susurro, pero fue suficiente para que volteara. Y me dio la mano, y me salvó. Ella y yo pudimos regresar a la orilla sin que los pescadores nos ayudaran, así que supongo que no estuvimos al borde de la muerte ni mucho menos. Con mis otros dos amigos, la historia fue distinta: estaban tan lejos que necesitaron ayuda.
Poco a poco, preferimos enterrar la anécdota, pero, ahora que lo pienso, la sensación que me embarga últimamente es esa de que una especie de mar interno me engulle y me lleva a lugares insospechados. En esta ocasión, no hay nadie que me salve de mí, ni yo misma, aunque el apoyo de quienes han estado es muy valioso, porque me obliga a seguir nadando.
Creo que nunca agradecí suficiente a esa amiga que me salvó del mar, pero ojalá que algún día lea esto y sepa lo importante que fue para mí que, en ese preciso instante en que la inmensa ola estaba por arrastrarme, me tendiera la mano.
Es una lástima que, ahora, la historia sea distinta: aunque nadie pueda salvarme de mí misma, siempre se agradecerá la mano ofrecida.
domingo, 8 de julio de 2012
sábado, 24 de abril de 2010
... 20:23
miércoles, 21 de abril de 2010
domingo, 18 de abril de 2010
Cambios 22:45
Yo creo en los detalles y las coincidencias. Hay quienes dicen que todo pasa por algo y que las casualidades no existen, pero yo creo que la vida está hecha de deliciosas y terribles coincidencias. Así es como uno conoce a la mejor gente, o como, de pronto, una canción que sonó en la radio marca un momento decisivo y se queda en la memoria como un detonador del recuerdo de ese momento.
Bueno, pues yo este fin de semana me puse uñas postizas. Desde niña me muerdo las uñas y no he podido dejar de hacerlo. Así que, este fin de semana, me vi las manos y pensé que podrían verse más femeninas con las uñas largas, así que decidí que debía dejármelas de morder y que, quizá, si las uñas me crecen debajo de las postizas entonces las conoceré largas y me darán ganas de dejar de mordérmelas. Es un aliciente para mi a veces flaca fuerza de voluntad.
También sucedió que tuve una cita seria con Daffne, quien de ahora en adelante será, ya en serio, mi nutrióloga oficial. Vamos a empezar con metas chiquitas... o eso tenía pensado. Hasta hoy, que me pesé en la báscula del súper y casi me pongo a llorar. Evidentemente, el pudor me gana y no diré cuánto peso. Pero es mucho.
Millones de pensamientos se agolparon en mi cabeza, todos ellos autodestructivos. Pero luego me acordé de un consejo que doy mucho últimamente: "entierra tus pensamientos autodestructivos, se práctica y piensa qué puedes hacer para solucionar tus problemas". Así que ya, si la lo tenía pensado ahora está más que consolidado y traducido a mis acciones: necesito cambiar de hábitos. Es una cuestión de salud primero, y luego de amor propio. Quizá antes, cuando me permití llegar hasta este momento, no me quería, pero el hecho es que ahora sí me quiero y quiero verme debajo de todas estas capas de protección absurda. Ahora dejaré de preocuparme y me ocuparé.
Creo que mi aumento de peso fue la reacción al miedo que me daba el mundo: si no soy "normal", entonces la gente no se me acerca y no tengo que abrirme. Pero no más. Ya estoy dispuesta a regresar al mundo. Ya floté durante mucho tiempo en el espacio exterior, ya sé qué se siente, ahora me reincorporaré adonde pertenezco, aunque a veces me siga pareciendo un lugar tan ajeno... supongo que no estará de más aislarme en el espacio exterior, pero una cosa es un retiro breve y otro querer vivir ahí.
I'm trying.
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Por otro lado, ya es oficial que estamos buscando un lugar para cambiarnos de casa. Me emociona la idea. He vivido aquí desde que mi mamá, mi hermano y yo nos quedamos solos. Mis abuelos nos abrieron las puertas. Ahora, mi abuelo, mi mamá, mi hermano y yo, 18 años después, nos mudaremos.
A ver qué tal.
martes, 22 de septiembre de 2009
Francisca 11:25
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Francisca era mi tatarabuela. Abuela de mi abuelo. Bisabuela de mi mamá. Vivió a mediados del siglo XIX. No sé de quién era hija, sólo sé que se apellidaba Ortega y vivió en Colima hasta los quince años. Su padre maltrataba a su madre y ésta se encontraba muy deteriorada. Cuando Francisca cumplió los quince, decidió que no podía seguir soportando el lento asesinato de su madre y, gracias a su iniciativa, ambas mujeres huyeron de él. Detuvo a algún viajero y éste le ofreció una mula para su madre. Así, la joven caminando y velando por su madre, llegaron a la libertad: Zamora, Michoacán.
Francisca tenía los pantalones muy bien puestos. Su carácter fuerte era su cualidad tanto como su verdugo y mortaja. En aquella época donde las mujeres debían matrimoniarse jóvenes, mi tatarabuela tenía ya 25 años. Entonces un adolescente se enamoró de ella. Un adolescente español, proveniente de una familia de músicos a quienes les decían "Los Navarros" (de ahí que mi abuelo se apellide Navarro), se prendó de ella de 25, cuando él tenía 14.
Se casaron. Pasaron la noche juntos, escondidos porque el papá de Francisco no aprobaba el amor del muchacho.
Francisca era profundamente celosa. Francisco tenía que tocar en burdeles, y Francisca lo vigilaba. Era todo un mujerón. Siempre con los pantalones puestos, voluntariosa, decidida...
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- ¡Qué bueno que nadie de nuestra familia salió como Francisca! ¡Era tremenda!- exclamó mi tía Lola, una mujer que, a pesar de que es octagenaria y prácticamente perdió la vista, sigue saliendo sola a la calle y siempre ha manejado su vida como le ha venido en gana.
Mi mamá y su prima voltearon a verla y la contradijeron:
- Todas las mujeres de esta familia somos como la Paca.
Entonces mi abuelo las interrumpió y, dirigiéndose a mi tía Lola, dijo:
- No, no, no. Si bien todas se parecen, hay una de las mujeres de esta familia que es igualita. Igual de decidida, igual de balita que la Paca.
- ¿Ah sí? ¿Quién?- preguntó mi tía, curiosa y asombrada.
- La hija de Lourdes, Charbelí.
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Cuando me lo contaron, no cabía en el orgullo de ser así.



