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martes, 22 de diciembre de 2020

Cinco meses después

Ayer se cumplieron cinco meses del último día en que mi mamá estuvo viva, en ese cuerpecito suyo, en esa gran mente que se comunicaba y ya no lo hace más. Cinco meses de aquel día que empezó con preocupación, que luego siguió con consejos y decretos, en donde hubo risas y amor previos a aquel desenlace fatal. 

Miro al pasado, a aquel primer día sin Lourditas y me recuerdo como en un limbo, entre la asimilación y la incredulidad. Recuerdo a mi hermano, a mi tía, a mi primo. Luego, en la funeraria, me veo envuelta por el abrazo de mi cuñado, pero es como si no fuera yo. En mi memoria me encuentro de vuelta en mi cama, ya bien entrada la madrugada, llorando desesperada y ahogando mis gritos de desesperación en la almohada. En aquel entonces se me atravesaban muchos pensamientos: "¿Y si hubiéramos ido antes al hospital? ¿Y si le hubiéramos llamado al cardiólogo y no al neumólogo?" Los "y si hubiéramos" son atentados contra la conciencia. 

En retrospectiva, me siento muy agradecida de los meses de pandemia en que estuve todo el tiempo con mi mamá. Estoy agradecida con que su muerte fuera rápida, con que muriera como quería: acompañada de sus hijos. Sé, por lo que me han dicho otras personas que platicaban con ella y por lo que yo misma percibía, que estaba cansada, así que por lo menos se fue cuando lo decidió.

Creo que había pasado un mes cuando alguien me dijo, después de hacerme un estudio, que mi cuerpo decía que no estaba tan triste. En su momento me ofendí. Tuve que luchar conmigo para no salir de ahí corriendo. Pero ahora me doy cuenta de que, si bien estaba triste, por supuesto, la tristeza aquella no venía acompañada de vacío.

Y que no haya vacío es también algo que tengo que agradecerle a Lourditas, pues su amor es todavía tan grande que no siento un hueco. Será imposible sentirlo, sería casi una ofensa a quien fue, a todo lo que hizo por nosotros, que lo sintiera. Me siento privilegiada por la coincidencia genética de que sea mi mamá. A veces me siento indigna de ella, de su entrega, de su esfuerzo, de su transparencia. A veces no sé cómo afrontar la vida sin ella, pero de inmediato viene a mi mente algún recuerdo. Mi mamá me dejó llena de ella. 

Sí, tengo que reconfigurarme. Sí, tengo también que reconocerme así, sin ella, aunque estoy convencida de que ha cambiado de traje y se ha vuelto una con el universo. A lo mejor me sigue tocando como el viento frío. A lo mejor viaja en la luz que percibo con los ojos. 

Han pasado estos meses y me gustaría volver a platicar con ella. A veces me pongo los audios de WhatsApp donde me pide que compre alguna cosa, solo para escuchar su voz. La extraño, por supuesto, desde los niveles más mundanos y egoístas, hasta los más profundos. 

Hace un año, mi mamá y yo estábamos emocionadas por nuestro viaje a Chicago. Pasaríamos juntas el 24 de diciembre, que a ninguna de las dos nos emocionaba particularmente. Recuerdo que llegamos y abordamos el metro en lugar de pedir un Uber. Recuerdo que pensé "mi mamá se siente aventurera", pero luego nos bajamos mal y tuvimos que caminar media hora con las maletas: no regresamos al metro. 

La pasé muy divertida con ella. Me reí muchísimo con ella. Me inspiraba tanta admiración como ternura, y cuando peleábamos la incertidumbre y la intranquilidad se apoderaban de mí y me hacían un manojo de nervios. 

A veces todavía creo que me va a llamar para pedirme que le compre un Gansito o para contarme cómo iba en sus clases, pero no, se ha ido, y no volveré a verla sino hasta que yo cumpla mi ciclo y me reúna con ella en el universo. Pero la siento aquí, conmigo, y esa sensación me recuerda que ella quería lo mejor para nosotros, a veces a costa de ella misma. Le debo la felicidad tal como me la debo a mí misma y de lo único que me arrepiento es no haberle dicho lo feliz que fui aquellos meses de pandemia con ella. 

Te extraño y te amo, Lourditas, ya nos volveremos a ver.

jueves, 29 de abril de 2010

Lunes 26 de abril de 2010

Siempre me he caracterizado por ser temeraria, por no medir las consecuencias o, para empezar, ni siquiera planteármelas. Y la verdad es que he tenido suerte retando al país, a la ciudad en la que vivo y a la inseguridad que la caracteriza.

Sin embargo, la suerte terminó el lunes pasado. No me ocurrió a mí directamente, pero le sucedió la persona más cercana en mi vida: mi mamá.

El lunes pasado mi mamá abordó un taxi y, para no hacer el cuento largo, fue víctima de un secuestro exprés. El chofer hizo como que el auto se descomponía y de pronto se subió otro tipo. Sacaron dinero de sus tarjetas y luego la liberaron, no sin antes infundirle terror psicológico y llevarla a dar vueltas en lo que alguien sacaba el dinero de sus tarjetas.

No ha querido contarnos a detalle qué fue lo que pasó ahí. Pero yo la veo tristísima y se me rompe el corazón. Se me rompió por ella, por lo que vivió, por lo que le espera antes de la recuperación.

¿Se puede uno recuperar de una experiencia así? ¿Con qué seguridad? Me siento cada vez más decepcionada del país en donde vivo, de la injusticia, de que hayamos llegado al nivel de decir "pues lo bueno es que sólo se robaron tu dinero y te dejaron ir"... ¡No! No deberíamos agradecer ninguna de las dos cosas, ni que le hayan sacado su dinero ni que la hayan dejado ir, porque de entrada eso no debería suceder. Y es tan común que la gente vive con miedo y pensando "qué bueno que no me cortaron un dedo, qué bueno que no me mataron"...

La angustia que sentí desde el momento en que mi hermano me dijo que creía que habían secuestrado a mi mamá hasta que escuché su voz por el auricular no se compara con ninguna otra cosa que haya sentido en la vida. Con ninguna. De pronto me pegó el pensamiento de que unas horas antes habíamos platicado y de que podría haber sido el último momento de mi vida en que tuviera contacto con ella.

De verdad que no se lo deseo a nadie... ni siquiera me puedo imaginar lo que mi mamá debió sentir en esos momentos.

Lo que esos tipos nos quitaron fue mucho más que dinero. Fue libertad, seguridad, tranquilidad. A mí, además, me quitaron la poca esperanza que me quedaba en este país. No puedo dejar de pensar que es una mierda, una mierda que nos tiene a todos secuestrados y hundidos en los desechos.

Estoy en shock. No sé cuándo dejaré de estarlo.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Cuentos del sótano

Hace alrededor de diez meses comencé a asistir a un taller de cuento gratuito que impartían en la librería del Sótano de Coyoacán. El plan era que la coordinadora de ese taller necesitaba una persona que coordinara otros talleres matutinos y pagados. Yo estaba por quedarme sin trabajo y la idea de impartir un taller me enloquecía. Al fin, me decía, voy a dedicarme a lo que verdaderamente me gusta, sin importar que la paga fuera una bicoca.

Total que la primera vez que fui, la coordinadora me citó a la semana siguiente. Quería ver cómo hablaba en público y qué comentarios hacía a los textos de los demás. Efectivamente, me quedé. No sólo me seleccionó para dar un par de talleres, sino que además me gustó tanto su taller que dedicaba mis martes a asistir, a leer y comentar los textos ajenos, y de vez en cuando compartir uno propio.

No sé si quepa aquí decir que llevo muchos años —desde que escribí el primer intento de cuento— asistiendo a talleres. Me gusta. Es casi el único momento en el que puedo relacionarme con gente con quien comparto el mismo interés: escribir.

Salvo Susana, una amiga que lo vive conmigo, dudo mucho que algún otro de mis seres cercanos comprenda el placer que me provoca asistir a esta clase de actividades. Independientemente de que puede convertirse en un martirio, de que, sin duda, destruyen los textos, de que hay veces que se torna agresivo, a mí me ENCANTA.

Aunque, ahora lo digo sin tristeza, mis talleres resultaron ser un fracaso —porque también es cierto que la gente es muy inconstante en un taller—, haber acudido al Sótano y haber impartido mis talleres y mi círculo de lectura fueron experiencias que rindieron frutos intelectuales y tangibles.

A finales de septiembre fue la presentación del libro Cuentos del sótano, una antología en la que participé.

Al fin, el primer triunfo. La primera oda a mi perseverancia. Un incentivo para seguir escribiendo. Quien diga que no quiere que lo lean, está mintiendo. Todos escribimos para que nos lean en primera y básica instancia. Y ahora, uno de mis personajes, de mis creaciones, está impreso en papel más grueso que el Bond y encuadernado junto con la obra de otros más. Ya lo había escrito aquí, pero me resulta inexplicable —sí, yo que escribo no le encuentro explicación—este reconocimiento de que las páginas de un libro son exclusivamente mías, están llenas de mis letras, empapadas de mi experiencia. Ahí está una parte de mí, y una parte importante. Quizá la más.

Sin temor a equivocarme afirmo que el día de la presentación no había otra persona tan contenta como yo. Tan realizada. Algunas personas me pidieron que les firmara mi cuento, y yo no cabía en la emoción. Me parecía una prueba que gritaba: "Vas bien, éste es el camino, persevera".

Estoy meditando la manera de hacerlo. Me tomó muchos años atreverme, —¡al fin!— he decidido que quiero dedicarme a la Literatura. Única y exclusivamente a la Literatura.

Así que, después de un buen mes y medio, he podido escribir sobre mi libro. Esta maravillosa experiencia de vida. Agradezco mucho a la vida y, una vez más, a las coincidencias hasta la primera, que fue que mi mamá entrara a trabajar a la agencia de publicidad donde conoció a una uruguaya que asistía al Sótano de Coyoacán a un taller de creación...

Y también agradezco a mi mamá, sin cuyo apoyo jamás habría descubierto el maravilloso y arduo mundo de la literatura.

martes, 15 de abril de 2008

A mi mamá

Mi mamá se siente especialmente emocionada por el concurso de cuento que gané. Ayer me envió una copia del correo que envió a sus amigos, donde dice que se siente muy orgullosa de mí.

Yo quiero agradecer a mi mamá que siempre ha estado ahí, que nos ha sacado adelante sola y que jamás me ha negado las cosas que importan. Siempre me ha apoyado aún cuando la gente nos dice que de escritora me moriré de hambre.

Ella siempre ha estado ahí, al pie del cañón, lidiando con la hija hipersensible que le tocó como si lidiar no fuera el verbo indicado. Así que con la garantía de tener una pilar tan fuerte como ella, la construcción no puede ser menos que un rascacielos...

Y siempre será un rascacielos que comenzó ella. Siempre que triunfe pensaré en ella.

Gracias mamá.