El pasado nos pasa innumerables veces. Como un mundo diverso al que vivimos en la actualidad, vamos desenterrando recuerdos que se quedaron en lo más profundo de la memoria y en lo más severo de nuestro entrenamiento para no evocar lo que fue magnífico, pero en algún momento nos hizo sufrir.
Hoy desenterré de mi memoria la "cajita de vanidades". Un correo como respuesta al que yo envié por el cumpleaños de una persona muy querida para mí fue suficiente para que yo la evocara, para que el dicho "recordar es volver a vivir" cobrara sentido una vez más.
No la he vuelto a ver. Desafortunadamente estaba conectada a otra persona a quien dejé de frecuentar, pero sus palabras están todavía en mi correo electrónico y hoy, mientras limpiaba mi bandeja, volví a encontrarlas.
En su respuesta hablaba de una "cajita de vanidades" a la que acudía para sentirse acompañada. Decía que mi correo formaba parte de esa cajita, y me decía que era muy bienvenida a su familia, que tenía todo su apoyo para siempre.
No se lo contesté. Sin embargo supongo que de haberlo hecho le habría mentido rotundamente: le habría dicho que también tenía mi cariño y mi apoyo incondicionales y, aunque el primero lo tendrá siempre, la segunda opción hubiera sido difícil de conservar.
Ahora quisiera encontrármela en la calle. Saber cómo le va la vida. Preguntarle por su "cajita de vanidades". Sin que lo hiciera con palabras, seguro con la mirada le agradecería los cuatro años de afecto y amistad. Le agradecería que me abriera las puertas de su casa con tanta confianza. Que me quisiera y me procurara tanto como lo hacía.
Ahora, mi único contacto con ella es la página de internet donde anuncia sus diseños. Recientemente tuve noticias suyas, y la imagen de ella en su coche, bajando la ventanilla y quitándose los lentes oscuros para saludarme, mirándome con sus grandes ojos claros, me dio tanta nostalgia que se me hizo un nudo en la garganta.
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lunes, 20 de octubre de 2008
martes, 2 de septiembre de 2008
Un año 11:30
El pasado 31 de agosto cumplí un año trabajando en la empresa para la que trabajo actualmente. Laboralmente no ha pasado mucho. Sigo teniendo las mismas responsabilidades, es una labor cómoda, de medio tiempo, así que, ahora que ya no estoy estudiando, se podría decir que vivo en una vacación parcial.
Lo que me sorprende en realidad es cómo puede haber una persona a la que muchas le tengan miedo. Que sea como una vaca sagrada intocable, pero al mismo tiempo se quejen de la vaca a sus espaldas.
Todo este año me he quedado sorprendida de darme cuenta cómo esta persona consigue todas sus peticiones. Hasta los altos mandos la consienten. Es una persona implacable por la que la gente, incluso, se salta los procedimientos.
No digo que pida barbaridades, porque muchas veces, efectivamente, pretende asuntos que se resolverían de manera más eficaz con lo que ella propone, lo que me asombra es su influencia, en quien sea y, aunque por atrás se quejan, de frente todos asienten a sus peticiones.
TRAS. Un año después, ese fenómeno sique asombrándome...
Lo que me sorprende en realidad es cómo puede haber una persona a la que muchas le tengan miedo. Que sea como una vaca sagrada intocable, pero al mismo tiempo se quejen de la vaca a sus espaldas.
Todo este año me he quedado sorprendida de darme cuenta cómo esta persona consigue todas sus peticiones. Hasta los altos mandos la consienten. Es una persona implacable por la que la gente, incluso, se salta los procedimientos.
No digo que pida barbaridades, porque muchas veces, efectivamente, pretende asuntos que se resolverían de manera más eficaz con lo que ella propone, lo que me asombra es su influencia, en quien sea y, aunque por atrás se quejan, de frente todos asienten a sus peticiones.
TRAS. Un año después, ese fenómeno sique asombrándome...
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domingo, 6 de enero de 2008
Encuentros ajenos 19:21
Curiosamente el mismo día que escribí la entrada titulada "Encuentros", alguien me contó otra de esas historias. Cito textual:
"Caminaba hacia casa de N... cuando de pronto escuché que alguien silbaba. Yo creí que me buscaban a mí porque la calle estaba desierta pero cuando volteé sólo vi a una persona. No supe si era mujer u hombre porque traía el cabello pintado de naranja y se lo agarraba, pero sus rasgos eran muy varoniles. Entonces me tocó el alto peatonal y los autos podían dar vuelta. Una camioneta negra con los vidrios polarizados dio la vuelta, pero se detuvo justo frente a mí con el vidrio del piloto un poco más arriba de la mitad. Yo pensé "me van a secuestrar". En ese momento vi cómo el vidrio del copiloto se bajaba y se asomaba una cabeza. Era un transexual que me gritaba: "PAPITOOOOOO" y emprendió la marcha en la camioneta. Me sentí completamente humillado".
Ustedes dirán...
"Caminaba hacia casa de N... cuando de pronto escuché que alguien silbaba. Yo creí que me buscaban a mí porque la calle estaba desierta pero cuando volteé sólo vi a una persona. No supe si era mujer u hombre porque traía el cabello pintado de naranja y se lo agarraba, pero sus rasgos eran muy varoniles. Entonces me tocó el alto peatonal y los autos podían dar vuelta. Una camioneta negra con los vidrios polarizados dio la vuelta, pero se detuvo justo frente a mí con el vidrio del piloto un poco más arriba de la mitad. Yo pensé "me van a secuestrar". En ese momento vi cómo el vidrio del copiloto se bajaba y se asomaba una cabeza. Era un transexual que me gritaba: "PAPITOOOOOO" y emprendió la marcha en la camioneta. Me sentí completamente humillado".
Ustedes dirán...
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martes, 27 de noviembre de 2007
El túnel 17:34
(Es mi apreciación personal)
Después de toda la crueldad, de la influencia de lo leído y la comunión con el propio pensamiento surge la pregunta enterrada, si bien ya existente: ¿qué hubiera hecho yo? Quizá en forma menos macabra y más bien mental, también le di muerte.
Sin embargo la conciencia ocasional de que no ha muerto se hace presente y casi no aguanto las ansias locas de volverlo a ver, de conocerme o regresar el tiempo y evitar mi huida.
Supongo que mi enojo, todavía latente, hubiese derivado en una muerte verdadera. Tal vez la mía, que de no haberme detenido habria sido capaz de suicidarme o hacerme algún daño muy grave. Pero no, exagero, en realidad no era capaz de infringirme dolor físico, por lo que lo más seguro es que, en uno de mis arranques frenéticos que buscaban el amor ajeno dirigido hacia mí, encontrara la paz momentánea matándolo a él.
Sí, entiendo completamente a Juan Pablo Castel. Comprendo las razones para inmiscuirse en un amor tormentoso. Entiendo las contradicciones y la decadencia de las que alguna vez fueron sensaciones sublimadas.
Entiendo la muerte del ser por quien uno se apasiona como la única forma de librarlo de nuestros amores enfermos, y como el castigo eterno de una obsesión escabrosa e inevitable.
Aunque quisiera que resultara de otra forma, ni Juan Pablo ni yo hubiéramos sido capaces de lograr amar de una manera distinta a la que amábamos a algien. No, no a alguien en general sino a ellos en particular. Implícitamente, Juan Pablo establece la certeza de que no volverá a amar. Pero Juan Pablo lo sabe con 40 años y la libertad encerrada. Yo tengo 21 y la posibilidad de volver a amar parece cada vez más lejana. Como si el desgaste de querer tanto y tan mal fuera permanente. Como si los celos que sentí hubieran existido a cambio de tinieblas sempiternas, y es un trato que desconocía, pero que tampoco sé si habría rechazado. Como si el castigo real consistiera en añorar las caricia y los breves momentos de felicidad con aquél con quien nos hicimos tanto daño.
Así pasa el tiempo. Aunque hay día que creo que lo he superado, la realidad es que hay veces que las situaciones viven, pero mi amado se distorsiona en forma, como si fuera una ilusión de mi mente ruin y macabra.
Si creyera en el destino entonces creería tal vez que me predestinaron a ser infeliz. Ni modo, a mí me toco. A mí me tocó la execrable realidad de ser infeliz toda la vida.
Pero no tengo el consuelo del destino o de un Dios a quien culpar. La culpa es mía y de mis malas decisiones. El engaño sólo es a causa de mis sentimientos insolentes y preponderantes por los que no me permití guiarme de la razón.
...
Después de toda la crueldad, de la influencia de lo leído y la comunión con el propio pensamiento surge la pregunta enterrada, si bien ya existente: ¿qué hubiera hecho yo? Quizá en forma menos macabra y más bien mental, también le di muerte.
Sin embargo la conciencia ocasional de que no ha muerto se hace presente y casi no aguanto las ansias locas de volverlo a ver, de conocerme o regresar el tiempo y evitar mi huida.
Supongo que mi enojo, todavía latente, hubiese derivado en una muerte verdadera. Tal vez la mía, que de no haberme detenido habria sido capaz de suicidarme o hacerme algún daño muy grave. Pero no, exagero, en realidad no era capaz de infringirme dolor físico, por lo que lo más seguro es que, en uno de mis arranques frenéticos que buscaban el amor ajeno dirigido hacia mí, encontrara la paz momentánea matándolo a él.
Sí, entiendo completamente a Juan Pablo Castel. Comprendo las razones para inmiscuirse en un amor tormentoso. Entiendo las contradicciones y la decadencia de las que alguna vez fueron sensaciones sublimadas.
Entiendo la muerte del ser por quien uno se apasiona como la única forma de librarlo de nuestros amores enfermos, y como el castigo eterno de una obsesión escabrosa e inevitable.
Aunque quisiera que resultara de otra forma, ni Juan Pablo ni yo hubiéramos sido capaces de lograr amar de una manera distinta a la que amábamos a algien. No, no a alguien en general sino a ellos en particular. Implícitamente, Juan Pablo establece la certeza de que no volverá a amar. Pero Juan Pablo lo sabe con 40 años y la libertad encerrada. Yo tengo 21 y la posibilidad de volver a amar parece cada vez más lejana. Como si el desgaste de querer tanto y tan mal fuera permanente. Como si los celos que sentí hubieran existido a cambio de tinieblas sempiternas, y es un trato que desconocía, pero que tampoco sé si habría rechazado. Como si el castigo real consistiera en añorar las caricia y los breves momentos de felicidad con aquél con quien nos hicimos tanto daño.
Así pasa el tiempo. Aunque hay día que creo que lo he superado, la realidad es que hay veces que las situaciones viven, pero mi amado se distorsiona en forma, como si fuera una ilusión de mi mente ruin y macabra.
Si creyera en el destino entonces creería tal vez que me predestinaron a ser infeliz. Ni modo, a mí me toco. A mí me tocó la execrable realidad de ser infeliz toda la vida.
Pero no tengo el consuelo del destino o de un Dios a quien culpar. La culpa es mía y de mis malas decisiones. El engaño sólo es a causa de mis sentimientos insolentes y preponderantes por los que no me permití guiarme de la razón.
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