Voy a alejarme un poco del tema de mi amargura y decepción para hablar de la experiencia que acabo de tener en Villa Guerrero, Estado de México.
Fui como voluntaria de una ONG llamada Un Techo para mi País. Ya había ido una vez antes a Tabasco. Estuvimos una semana y contruimos dos casas por cuadrilla. Ahora fuimos sólo tres días y construimos una casa por cuadrilla. Diez casas por escuela. Cuatro escuelas en total.
Cuando uno está ahí se preocupa por la casa, por los niños, por la familia, y poco repara en que no va al baño porque no hay baño, o que comió frijoles y arroz porque la familia no puede comer carne diario.
Sin embargo, al cabo de tres días de convivencia uno regresa a casa, se baña en la regadera, come carne todos los días, usa ropa limpia. Se vuelve a bañar porque siente que la arena acumulada los tres días anteriores no se le quita...
No es que llegue la perspectiva. Llega el veinte. En la bañera uno mira atrás, al pasado reciente en que jugaba con los niños y piensa que ellos se divierten con juegos sencillos, sin juguetes, trepándose en los árboles y el mayor placer es que un adulto los cargue, los aviente al aire y los cache otra vez. No se lamentan porque no tienen dinero. Se lamentan porque no pueden comer fruta.
Me cayó el veinte de que dos gallinas son sólo cuatro piernas, dos pechugas, dos muslos cuatro alas, y que para ellos matar a dos gallinas para comer representa un sacrificio enorme. Y uno se lo come agradecido por el detalle pero con el shock de que un par de horas antes uno vio a las gallinas vivas y con la preocupación de que el agua está sucia, el ambiente es arenoso y uno tiene que aguantarse las ganas de ir al baño...
El mundo es distinto ahí. En la noche no hay alumbrado público, pero las estrellas se ven hermosas y, como somos tan pequeños, da la impresión de que los árboles las coronan. No hay pavimento, y el excremento de los animales se confunde con el de los habitantes de la población, porque sólo hay un hoyo lejano para deshacerse de los residuos que el cuerpo no quiere, y los niños no se aguantan hasta llegar allá.
¿El lenguaje? No sé si combinan dialectos con español, o si de plano no saben hablar español. Es espcialmente difícil entenderles. No sólo a los niños, a quienes naturalmente nos cuesta trabajo porque todavía no pronuncian bien, sino también a los adultos. Lo ven a uno como si fuera superior, como si fuera una falta de respeto hablar con los voluntarios.
Los adultos tienen dos años más que yo -yo tengo 21- y parecen cuarentones. Los niños tienen cinco y se ven de tres. Los niños tienen piel de cocodrilo porque no se bañan -no los bañan, mejor dicho- y tampoco les limpian los mocos. Sus sonrisas son sinceras aunque acartonadas por la mugre. Lilly, la chiquita, usa un vestidito hermoso, deslavado y percudido. Además uno puede saber qué ha comido en los últimos días porque los residuos de chocolate -que le llevaron los voluntarios, por supuesto-, frijoles, plátano y demás se almacenan alrededor de su boca.
No hay gordos. No hay suficiente comida para que estén nutridos, mucho menos sobra como para que cometan el pecado capital de la gula.
Son campesinos. Y seguramente los hijos serán campesinos, y sus hijos también. No se hacen entender ni tampoco entienden lo que hay que hacer. Hay barreras por todos lados.
Las condiciones en las que viven son un reclamo para la sociedad. Un reclamo, no obstante el alto porcentaje de personas que subsisten en condiciones indignas, ahogado en la desinformación y desinterés de quienes, ya sea por nacimiento o por superación personal, podrían tener más conciencia.
Ver a los demás nos abre los ojos. No hay por qué dejarlo todo y vivir en esas condiciones, porque no es justo para nadie. Es valorar lo que tenemos y contribuir ayudando a los demás a que aprendan a pescar, no a pescar sus truchas...
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martes, 8 de abril de 2008
Villa Guerrero- Un techo para mi pais 17:01
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domingo, 13 de enero de 2008
Pelototas 21:27
Continúo con las historias del metro: ayer mi amiga y yo salimos del taller del cuento y nos dirigimos al metro. Cuando estábamos bajando las escaleras del metro nos encontramos con un tipo que las estaba subiendo. Naco, naco. Entonces se volteó, examinó a mi amiga de pies a cabeza, y su mirada se quedó postrada en el pecho de ella. Entonces quedaron hombro con hombro y él siguió mirándole el pecho hasta que le dijo: "Ay PELOTOTAS"...
Hizo cara de lujuria y siguió su camino.
La verdad yo me reí, pero qué hijo de puta el que le dijo eso... Las experiencias en el metro se acumulan cada día...
Hizo cara de lujuria y siguió su camino.
La verdad yo me reí, pero qué hijo de puta el que le dijo eso... Las experiencias en el metro se acumulan cada día...
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domingo, 6 de enero de 2008
Encuentros ajenos 19:21
Curiosamente el mismo día que escribí la entrada titulada "Encuentros", alguien me contó otra de esas historias. Cito textual:
"Caminaba hacia casa de N... cuando de pronto escuché que alguien silbaba. Yo creí que me buscaban a mí porque la calle estaba desierta pero cuando volteé sólo vi a una persona. No supe si era mujer u hombre porque traía el cabello pintado de naranja y se lo agarraba, pero sus rasgos eran muy varoniles. Entonces me tocó el alto peatonal y los autos podían dar vuelta. Una camioneta negra con los vidrios polarizados dio la vuelta, pero se detuvo justo frente a mí con el vidrio del piloto un poco más arriba de la mitad. Yo pensé "me van a secuestrar". En ese momento vi cómo el vidrio del copiloto se bajaba y se asomaba una cabeza. Era un transexual que me gritaba: "PAPITOOOOOO" y emprendió la marcha en la camioneta. Me sentí completamente humillado".
Ustedes dirán...
"Caminaba hacia casa de N... cuando de pronto escuché que alguien silbaba. Yo creí que me buscaban a mí porque la calle estaba desierta pero cuando volteé sólo vi a una persona. No supe si era mujer u hombre porque traía el cabello pintado de naranja y se lo agarraba, pero sus rasgos eran muy varoniles. Entonces me tocó el alto peatonal y los autos podían dar vuelta. Una camioneta negra con los vidrios polarizados dio la vuelta, pero se detuvo justo frente a mí con el vidrio del piloto un poco más arriba de la mitad. Yo pensé "me van a secuestrar". En ese momento vi cómo el vidrio del copiloto se bajaba y se asomaba una cabeza. Era un transexual que me gritaba: "PAPITOOOOOO" y emprendió la marcha en la camioneta. Me sentí completamente humillado".
Ustedes dirán...
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viernes, 4 de enero de 2008
Encuentros 20:46
Mis amigos siempre me hacen burla porque tengo una suerte extraña de atraer hombres raros en el transporte público, específicamente en el metro. Pero me parece que nunca he descrito aquí los particulares sobre mis encuentros del tercer tipo...
La vez más fuerte fue cuando me dejé engañar por la discapacidad de un individuo: estaba yo transbordando de la línea 1 a la naranja en Tacubaya. Mi mente estaba distraída porque creía que tal vez aquéllos serían los últimos días de mi estancia en la universidad, ya que me había ido a un extraordinario. Como nunca me había pasado esa vergüenza la exageré al máximo, pero mi beca peligraba y mi congoja crecía cada vez que lo recordaba.
En esas cuitas pensaba cuando caminaba ya sobre el andén. Generalmente me voy en el primer vagón porque está vacío. Entonces, mientras esperaba que el tren llegara, un hombre me saludó de lejos. Yo, distraída, le devolví el saludo. De lejos se notaba que tenía algún problema físico porque caminaba cojo. Pero rápidamente llegó adonde yo me encontraba.
- Hola- dijo extendiéndome la mano-. Me llamo Aurelio.
- Hola-. Contesté estrechándosela.
Tanto por su forma de hablar como por sus ojos desorbitados me di cuenta que era una persona discapacitada. Además, cuando nuestras manos se cruzaron noté que sólo usaba tres de los cinco dedos, y que los otros dos que no empleaba no estaban completamente desarrollados.
Entonces me preguntó "¿Te puedo dar un abrazo?", y yo contesté que cómo podía consentir un abrazo si ni siquiera nos conocíamos. Me volvió a decir su nombre y me preguntó el mío. Lo entendió mal. Me preguntó si podíamos abordar el siguiente metro pero yo contesté que me urgía tomarlo. Me agarró de la mano y entramos.
- ¿En cuál te bajas?
Como empezaba a darme mala espina, contesté que me bajaba en la siguiente estación. Aurelio me dijo que él se bajaba una después que yo. Que trabajaba en un súper mercado en el área de bebés. Quise separar nuestras manos pero cuando intenté hacerlo me di cuenta que había desarrollado una fuerza impresionante en los tres dedos. Al fin pude liberar mi mano y él me preguntó por qué la separaba. Contesté que necesitaba aferrarme al barandal para no caerme.
Cuando llegamos a la siguiente estación me despedí para bajarme.
- Te acompaño.
Sin acceder, bajó conmigo y volvió a tomarme la mano. Una vez en el andén me di cuenta que esperaba a que éste se quedara solo. Entonces comenzó a hablar. Me dijo que estaba muy bonita y que me agradecía que alguien como yo se hubiera atrevido a hablar con alguien como él, porque la gente le huía y lo ignoraba -por supuesto en ese momento yo pensaba que debía haber hecho lo que los demás- y que quería despedirse con un abrazo.
La vez más fuerte fue cuando me dejé engañar por la discapacidad de un individuo: estaba yo transbordando de la línea 1 a la naranja en Tacubaya. Mi mente estaba distraída porque creía que tal vez aquéllos serían los últimos días de mi estancia en la universidad, ya que me había ido a un extraordinario. Como nunca me había pasado esa vergüenza la exageré al máximo, pero mi beca peligraba y mi congoja crecía cada vez que lo recordaba.
En esas cuitas pensaba cuando caminaba ya sobre el andén. Generalmente me voy en el primer vagón porque está vacío. Entonces, mientras esperaba que el tren llegara, un hombre me saludó de lejos. Yo, distraída, le devolví el saludo. De lejos se notaba que tenía algún problema físico porque caminaba cojo. Pero rápidamente llegó adonde yo me encontraba.
- Hola- dijo extendiéndome la mano-. Me llamo Aurelio.
- Hola-. Contesté estrechándosela.
Tanto por su forma de hablar como por sus ojos desorbitados me di cuenta que era una persona discapacitada. Además, cuando nuestras manos se cruzaron noté que sólo usaba tres de los cinco dedos, y que los otros dos que no empleaba no estaban completamente desarrollados.
Entonces me preguntó "¿Te puedo dar un abrazo?", y yo contesté que cómo podía consentir un abrazo si ni siquiera nos conocíamos. Me volvió a decir su nombre y me preguntó el mío. Lo entendió mal. Me preguntó si podíamos abordar el siguiente metro pero yo contesté que me urgía tomarlo. Me agarró de la mano y entramos.
- ¿En cuál te bajas?
Como empezaba a darme mala espina, contesté que me bajaba en la siguiente estación. Aurelio me dijo que él se bajaba una después que yo. Que trabajaba en un súper mercado en el área de bebés. Quise separar nuestras manos pero cuando intenté hacerlo me di cuenta que había desarrollado una fuerza impresionante en los tres dedos. Al fin pude liberar mi mano y él me preguntó por qué la separaba. Contesté que necesitaba aferrarme al barandal para no caerme.
Cuando llegamos a la siguiente estación me despedí para bajarme.
- Te acompaño.
Sin acceder, bajó conmigo y volvió a tomarme la mano. Una vez en el andén me di cuenta que esperaba a que éste se quedara solo. Entonces comenzó a hablar. Me dijo que estaba muy bonita y que me agradecía que alguien como yo se hubiera atrevido a hablar con alguien como él, porque la gente le huía y lo ignoraba -por supuesto en ese momento yo pensaba que debía haber hecho lo que los demás- y que quería despedirse con un abrazo.
Por un momento pasó por mi cabeza que me asaltaría, así que accedí al abrazo pero apreté mi bolsa con la mano derecha. Aurelio apartó mi mano de la bolsa y la dirigió hacia su espalda baja. Me susurró al oído frases hechas dignas de Juan El Escamoso y me pidió que le diera un beso en la mejilla. A punto del llanto de desesperación, lo besé, pero cuando lo hice volteó la cara. Alcancé a quitarme, sin embargo el hombre juntaba su pelvis a la mía y por más que quería separarme mis piernas se congelaron de los nervios y era mucho más fuerte de lo que yo hubiera pensado. Cuando separaba su rostro me miraba los labios y entonces se acercaba como para besármelos, hasta que finalmente pude separarme y me eché a correr.
Recuerdo que aún me gritó: "Yo salgo a las 9. ¿Nos podemos encontrar aquí?"
Me escondí y cuando llegó el siguiente tren me subí hasta atrás.

El episodio me traumó. Sin embargo cuando lo conté causó gracia: un discapacitado con la mano mala había intentado aprovecharse de mí, una mujer mucho más grande que él.
Cuando el peligro pasó, lo que verdaderamente me entristeció fue que se aprovechó de su condición para hacer todo lo que hizo, y que yo fui lo suficientemente estúpida como para permitirlo.
Después de eso me propuse ser hostil con la gente. La siguiente semana me detuve en el expendio de pan que está en el pasillo de transborde a comprar unos Chocorroles. El señor que atendía me preguntó si tenía cambio y contesté que sí. Le di el cambio y me fui. Pocos días después regresé al expendio. Tomé otros Chocorroles del estante y cuando me disponía a pagarlos el señor que atendía -el mismo de la vez anterior- me dijo que quería invitármelos porque nunca había conocido a alguien como yo. Cuando le contesté que no, insistió y habló de mi belleza y mi amabilidad. Accedí y no volví a pararme en el expendio.
Después me tocó un taxista "romántico" que no quería hablar de otra cosa más que de mi matrimonio, mi "novio" y mis "hermosos ojos negros y grandes". Pero los conversadores en el metro terminaron.
Pues hoy me tocaron dos conversadores en el metro, uno nada más chismoso, el otro un rabo verde a quien la experiencia me ha enseñado a manejar. Después en el taxi me tocó un metiche, lujurioso y además, alburero.
No sé si me ven pendeja, confiada, inguenua o qué, pero estoy harta de esos hombres aprovechados que nada más porque me ven sola creen que estoy "necesitada" de amor... JAJAJAJAJAJAJAJA.
Fotografías: http://4.bp.blogspot.com
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