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viernes, 17 de octubre de 2008

:(

La definición de decisión, elegir un bien sobre otro, se fijó en mi mente desde la primera vez que la escuché.

Pero, ¿qué pasa cuando elegimos un bien y él implica hacer algo mal? ¿Elegimos un bien en el camino del mal?

El fin no justifica los medios.

martes, 10 de junio de 2008

Cuando ni uno se entiende...

Sí, así es, somos un manojo de contradicciones. Quisiéramos entendernos pero en realidad no. No sabemos cómo. Preferimos la complejidad que ser ordinarios. Sentirnos revueltos que sensatos.

No me entiendo. Otra vez el top of mind que no debería ser, todo por unas cuantas palabras. Palabrería. No es más que eso. Pero son tan fuertes y tan esperadas que cuando al fin suceden uno no sabe cómo reaccionar. Y cuando quiere compartirlas ya se agotó el tema y desespera hasta a los más pacientes.

Así que uno ya no tiene con quién hablar. Ya ni en este territorio, que es mío, porque ahora lo siento invadido por un par de ojos que no fueron invitados.

No, no me entiendo ni yo misma. Quiero hablarlo para sacarlo del sistema. Pero no sé con quién.

sábado, 3 de mayo de 2008

Caminar por el Centro a las 5:30 de la mañana puede no ser la decisión más cuerda, y sin embargo nunca me había sentido tan libre y segura en México como me sentí ese día.

No era la compañía, ni el alumbrado, ni siquiera la majestuosidad de los edificios que enmarcan las calles en la oscuridad de la madrugada, era sólo una sensación de paz que hacía mucho no me embargaba.

miércoles, 16 de abril de 2008

El tema...

No me acuerdo si ya lo escribí pero la verdad es que últimamente me he dado cuenta del alcance de nuestras palabras. Somos herreros y nos dan muerte con ellas. Espadas de dos filos. Criticamos, damos consejos, nos llenamos la boca de reproches, pero al final no queremos que nos critiquen o que nos reprochen.

Todo comenzó con una conversación que tuve con una amiga. Estábamos aclarando nuestros asuntos y me contó que dos amigas -a quienes consider(aba, o) amigas- habían dicho cosas que desencadenaron nuestros problemas -los de la amiga1 y su servidora-. Después hubo un problema en el salón por una pregunta que se tergiversó hasta convertirse en una intriga. Luego me dan consejos, los sigo y tras -claro que está en mí seguirlos, no culpo a nadie-.

Me parece que esto es muy ilustrativo: no sabemos hablar. No conocemos la prudencia, que significa quedarnos callados cuando no son nuestros asuntos, o cuando conocemos cosas que no deberíamos saber.

Decimos de más. Sin darnos cuenta cuál será el alcance real de nuestras palabras, porque generalmente las expresamos a gente para quienes somos importantes y en cuyas vidas hemos influido.

Cuando aconsejamos lo hacemos desde nuestra perspectiva. Desde nuestras vivencias, y aunque intentemos ponernos en los zapatos del otro, la realidad es que somos subjetivos y siempre -aunque sea mínimamente-, aunque conozcamos a detalle la situación de quien nos pide consejo, nuestra opinión estará sesgada.

Confundimos consejo con opinión, y en los asuntos ajenos la opinión sobra -no digo que no deba existir, sólo que sobra-. No sobran orejas, no sobra para quien tiene necesidad de ser escuchado, hombros para desahogarse. Eso nunca sobra porque, al final de cuentas, es cierto que mientras más se cuenta, las cosas van desechándose y perdiendo valor -por eso los secretos son tan importantes-.

¿Disculpé a mis amigas? Están tan disculpadas que ni siquiera se dieron cuenta de que me enteré de lo que hicieron. No me interesa. De vez en cuando la vida nos da la oportunidad de poner las cosas en su justa dimensión, y me di cuenta que las razones de mi enojo eran válidas, pero que realmente no me importaba tanto.

martes, 8 de abril de 2008

Villa Guerrero- Un techo para mi pais

Voy a alejarme un poco del tema de mi amargura y decepción para hablar de la experiencia que acabo de tener en Villa Guerrero, Estado de México.

Fui como voluntaria de una ONG llamada Un Techo para mi País. Ya había ido una vez antes a Tabasco. Estuvimos una semana y contruimos dos casas por cuadrilla. Ahora fuimos sólo tres días y construimos una casa por cuadrilla. Diez casas por escuela. Cuatro escuelas en total.

Cuando uno está ahí se preocupa por la casa, por los niños, por la familia, y poco repara en que no va al baño porque no hay baño, o que comió frijoles y arroz porque la familia no puede comer carne diario.

Sin embargo, al cabo de tres días de convivencia uno regresa a casa, se baña en la regadera, come carne todos los días, usa ropa limpia. Se vuelve a bañar porque siente que la arena acumulada los tres días anteriores no se le quita...

No es que llegue la perspectiva. Llega el veinte. En la bañera uno mira atrás, al pasado reciente en que jugaba con los niños y piensa que ellos se divierten con juegos sencillos, sin juguetes, trepándose en los árboles y el mayor placer es que un adulto los cargue, los aviente al aire y los cache otra vez. No se lamentan porque no tienen dinero. Se lamentan porque no pueden comer fruta.

Me cayó el veinte de que dos gallinas son sólo cuatro piernas, dos pechugas, dos muslos cuatro alas, y que para ellos matar a dos gallinas para comer representa un sacrificio enorme. Y uno se lo come agradecido por el detalle pero con el shock de que un par de horas antes uno vio a las gallinas vivas y con la preocupación de que el agua está sucia, el ambiente es arenoso y uno tiene que aguantarse las ganas de ir al baño...

El mundo es distinto ahí. En la noche no hay alumbrado público, pero las estrellas se ven hermosas y, como somos tan pequeños, da la impresión de que los árboles las coronan. No hay pavimento, y el excremento de los animales se confunde con el de los habitantes de la población, porque sólo hay un hoyo lejano para deshacerse de los residuos que el cuerpo no quiere, y los niños no se aguantan hasta llegar allá.

¿El lenguaje? No sé si combinan dialectos con español, o si de plano no saben hablar español. Es espcialmente difícil entenderles. No sólo a los niños, a quienes naturalmente nos cuesta trabajo porque todavía no pronuncian bien, sino también a los adultos. Lo ven a uno como si fuera superior, como si fuera una falta de respeto hablar con los voluntarios.

Los adultos tienen dos años más que yo -yo tengo 21- y parecen cuarentones. Los niños tienen cinco y se ven de tres. Los niños tienen piel de cocodrilo porque no se bañan -no los bañan, mejor dicho- y tampoco les limpian los mocos. Sus sonrisas son sinceras aunque acartonadas por la mugre. Lilly, la chiquita, usa un vestidito hermoso, deslavado y percudido. Además uno puede saber qué ha comido en los últimos días porque los residuos de chocolate -que le llevaron los voluntarios, por supuesto-, frijoles, plátano y demás se almacenan alrededor de su boca.

No hay gordos. No hay suficiente comida para que estén nutridos, mucho menos sobra como para que cometan el pecado capital de la gula.

Son campesinos. Y seguramente los hijos serán campesinos, y sus hijos también. No se hacen entender ni tampoco entienden lo que hay que hacer. Hay barreras por todos lados.

Las condiciones en las que viven son un reclamo para la sociedad. Un reclamo, no obstante el alto porcentaje de personas que subsisten en condiciones indignas, ahogado en la desinformación y desinterés de quienes, ya sea por nacimiento o por superación personal, podrían tener más conciencia.

Ver a los demás nos abre los ojos. No hay por qué dejarlo todo y vivir en esas condiciones, porque no es justo para nadie. Es valorar lo que tenemos y contribuir ayudando a los demás a que aprendan a pescar, no a pescar sus truchas...