Curiosamente el mismo día que escribí la entrada titulada "Encuentros", alguien me contó otra de esas historias. Cito textual:
"Caminaba hacia casa de N... cuando de pronto escuché que alguien silbaba. Yo creí que me buscaban a mí porque la calle estaba desierta pero cuando volteé sólo vi a una persona. No supe si era mujer u hombre porque traía el cabello pintado de naranja y se lo agarraba, pero sus rasgos eran muy varoniles. Entonces me tocó el alto peatonal y los autos podían dar vuelta. Una camioneta negra con los vidrios polarizados dio la vuelta, pero se detuvo justo frente a mí con el vidrio del piloto un poco más arriba de la mitad. Yo pensé "me van a secuestrar". En ese momento vi cómo el vidrio del copiloto se bajaba y se asomaba una cabeza. Era un transexual que me gritaba: "PAPITOOOOOO" y emprendió la marcha en la camioneta. Me sentí completamente humillado".
Ustedes dirán...
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domingo, 6 de enero de 2008
viernes, 4 de enero de 2008
Encuentros 20:46
Mis amigos siempre me hacen burla porque tengo una suerte extraña de atraer hombres raros en el transporte público, específicamente en el metro. Pero me parece que nunca he descrito aquí los particulares sobre mis encuentros del tercer tipo...
La vez más fuerte fue cuando me dejé engañar por la discapacidad de un individuo: estaba yo transbordando de la línea 1 a la naranja en Tacubaya. Mi mente estaba distraída porque creía que tal vez aquéllos serían los últimos días de mi estancia en la universidad, ya que me había ido a un extraordinario. Como nunca me había pasado esa vergüenza la exageré al máximo, pero mi beca peligraba y mi congoja crecía cada vez que lo recordaba.
En esas cuitas pensaba cuando caminaba ya sobre el andén. Generalmente me voy en el primer vagón porque está vacío. Entonces, mientras esperaba que el tren llegara, un hombre me saludó de lejos. Yo, distraída, le devolví el saludo. De lejos se notaba que tenía algún problema físico porque caminaba cojo. Pero rápidamente llegó adonde yo me encontraba.
- Hola- dijo extendiéndome la mano-. Me llamo Aurelio.
- Hola-. Contesté estrechándosela.
Tanto por su forma de hablar como por sus ojos desorbitados me di cuenta que era una persona discapacitada. Además, cuando nuestras manos se cruzaron noté que sólo usaba tres de los cinco dedos, y que los otros dos que no empleaba no estaban completamente desarrollados.
Entonces me preguntó "¿Te puedo dar un abrazo?", y yo contesté que cómo podía consentir un abrazo si ni siquiera nos conocíamos. Me volvió a decir su nombre y me preguntó el mío. Lo entendió mal. Me preguntó si podíamos abordar el siguiente metro pero yo contesté que me urgía tomarlo. Me agarró de la mano y entramos.
- ¿En cuál te bajas?
Como empezaba a darme mala espina, contesté que me bajaba en la siguiente estación. Aurelio me dijo que él se bajaba una después que yo. Que trabajaba en un súper mercado en el área de bebés. Quise separar nuestras manos pero cuando intenté hacerlo me di cuenta que había desarrollado una fuerza impresionante en los tres dedos. Al fin pude liberar mi mano y él me preguntó por qué la separaba. Contesté que necesitaba aferrarme al barandal para no caerme.
Cuando llegamos a la siguiente estación me despedí para bajarme.
- Te acompaño.
Sin acceder, bajó conmigo y volvió a tomarme la mano. Una vez en el andén me di cuenta que esperaba a que éste se quedara solo. Entonces comenzó a hablar. Me dijo que estaba muy bonita y que me agradecía que alguien como yo se hubiera atrevido a hablar con alguien como él, porque la gente le huía y lo ignoraba -por supuesto en ese momento yo pensaba que debía haber hecho lo que los demás- y que quería despedirse con un abrazo.
La vez más fuerte fue cuando me dejé engañar por la discapacidad de un individuo: estaba yo transbordando de la línea 1 a la naranja en Tacubaya. Mi mente estaba distraída porque creía que tal vez aquéllos serían los últimos días de mi estancia en la universidad, ya que me había ido a un extraordinario. Como nunca me había pasado esa vergüenza la exageré al máximo, pero mi beca peligraba y mi congoja crecía cada vez que lo recordaba.
En esas cuitas pensaba cuando caminaba ya sobre el andén. Generalmente me voy en el primer vagón porque está vacío. Entonces, mientras esperaba que el tren llegara, un hombre me saludó de lejos. Yo, distraída, le devolví el saludo. De lejos se notaba que tenía algún problema físico porque caminaba cojo. Pero rápidamente llegó adonde yo me encontraba.
- Hola- dijo extendiéndome la mano-. Me llamo Aurelio.
- Hola-. Contesté estrechándosela.
Tanto por su forma de hablar como por sus ojos desorbitados me di cuenta que era una persona discapacitada. Además, cuando nuestras manos se cruzaron noté que sólo usaba tres de los cinco dedos, y que los otros dos que no empleaba no estaban completamente desarrollados.
Entonces me preguntó "¿Te puedo dar un abrazo?", y yo contesté que cómo podía consentir un abrazo si ni siquiera nos conocíamos. Me volvió a decir su nombre y me preguntó el mío. Lo entendió mal. Me preguntó si podíamos abordar el siguiente metro pero yo contesté que me urgía tomarlo. Me agarró de la mano y entramos.
- ¿En cuál te bajas?
Como empezaba a darme mala espina, contesté que me bajaba en la siguiente estación. Aurelio me dijo que él se bajaba una después que yo. Que trabajaba en un súper mercado en el área de bebés. Quise separar nuestras manos pero cuando intenté hacerlo me di cuenta que había desarrollado una fuerza impresionante en los tres dedos. Al fin pude liberar mi mano y él me preguntó por qué la separaba. Contesté que necesitaba aferrarme al barandal para no caerme.
Cuando llegamos a la siguiente estación me despedí para bajarme.
- Te acompaño.
Sin acceder, bajó conmigo y volvió a tomarme la mano. Una vez en el andén me di cuenta que esperaba a que éste se quedara solo. Entonces comenzó a hablar. Me dijo que estaba muy bonita y que me agradecía que alguien como yo se hubiera atrevido a hablar con alguien como él, porque la gente le huía y lo ignoraba -por supuesto en ese momento yo pensaba que debía haber hecho lo que los demás- y que quería despedirse con un abrazo.
Por un momento pasó por mi cabeza que me asaltaría, así que accedí al abrazo pero apreté mi bolsa con la mano derecha. Aurelio apartó mi mano de la bolsa y la dirigió hacia su espalda baja. Me susurró al oído frases hechas dignas de Juan El Escamoso y me pidió que le diera un beso en la mejilla. A punto del llanto de desesperación, lo besé, pero cuando lo hice volteó la cara. Alcancé a quitarme, sin embargo el hombre juntaba su pelvis a la mía y por más que quería separarme mis piernas se congelaron de los nervios y era mucho más fuerte de lo que yo hubiera pensado. Cuando separaba su rostro me miraba los labios y entonces se acercaba como para besármelos, hasta que finalmente pude separarme y me eché a correr.
Recuerdo que aún me gritó: "Yo salgo a las 9. ¿Nos podemos encontrar aquí?"
Me escondí y cuando llegó el siguiente tren me subí hasta atrás.

El episodio me traumó. Sin embargo cuando lo conté causó gracia: un discapacitado con la mano mala había intentado aprovecharse de mí, una mujer mucho más grande que él.
Cuando el peligro pasó, lo que verdaderamente me entristeció fue que se aprovechó de su condición para hacer todo lo que hizo, y que yo fui lo suficientemente estúpida como para permitirlo.
Después de eso me propuse ser hostil con la gente. La siguiente semana me detuve en el expendio de pan que está en el pasillo de transborde a comprar unos Chocorroles. El señor que atendía me preguntó si tenía cambio y contesté que sí. Le di el cambio y me fui. Pocos días después regresé al expendio. Tomé otros Chocorroles del estante y cuando me disponía a pagarlos el señor que atendía -el mismo de la vez anterior- me dijo que quería invitármelos porque nunca había conocido a alguien como yo. Cuando le contesté que no, insistió y habló de mi belleza y mi amabilidad. Accedí y no volví a pararme en el expendio.
Después me tocó un taxista "romántico" que no quería hablar de otra cosa más que de mi matrimonio, mi "novio" y mis "hermosos ojos negros y grandes". Pero los conversadores en el metro terminaron.
Pues hoy me tocaron dos conversadores en el metro, uno nada más chismoso, el otro un rabo verde a quien la experiencia me ha enseñado a manejar. Después en el taxi me tocó un metiche, lujurioso y además, alburero.
No sé si me ven pendeja, confiada, inguenua o qué, pero estoy harta de esos hombres aprovechados que nada más porque me ven sola creen que estoy "necesitada" de amor... JAJAJAJAJAJAJAJA.
Fotografías: http://4.bp.blogspot.com
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martes, 1 de enero de 2008
Julieta 21:51
Hoy terminé de leer Julieta. Julieta es una obra del Marqués de Sade. Cuando estaba en la preparatoria leí Justina, y en él hacen referencia a Julieta. Justina y Julieta son dos hermanas que estudian en un convento hasta que sus padres mueren. Entonces son arrojadas al viento, a su suerte. Justina decide tomar el camino de la virtud, mientras que Julieta opta por el del vicio. Entonces Justina, una niña apenas, padece los infortunios de la virtud -de hecho, el libro se titula Justina o los infortunios de la virtud-. En su camino se encuentra con muchos depravados sexuales que la torturan y que buscan arrebatarle la virginidad, sin embargo nunca le quitan la pureza. Así, cuando Justina se reencuentra con su hermana ha vivido una vida espinada y cruel, mientras que Julieta, que se ha dedicado al vicio, es una mujer millonaria.
Entonces, después de haber leído Justina decidí que quería leer Julieta. Confieso que creo que lo que me llevó a tomar tal decisión fue la curiosidad morbosa de conocer la contraparte de Justina quien, de tan buena y tan vejada, me hartaba.
Pero con Julieta mi sensación fue de asco total: en el libro se describen situaciones mucho más asquerosas que las que leí en Justina. La narrativa, llevada por la protagonista de la historia, describe la iniciación de Julieta en las artes eróticas. Narra sus experiencias lésbicas en un colegio de monjas, y posteriormente, cuando es arrojada al viento, exalta su decisión de abandonarse al vicio -el libro se titula Julieta o el vicio ampliamente recompensado- y entrar como prostituta a un burdel. Pronto, su belleza infinita y su mente inteligente y malvada la llevan a convertirse en una mujer adinerada que goza de la flagelación y de otras perversiones como cometer crímenes en función de la excitación sexual.
En la novela se describen actos orgiásticos donde se involucra la pedofilia, coprofilia, coprofagia, zoofilia, sadomasoquismo -no de balde sádico viene de Sade...- e incesto. El final es un completo sacrilegio -y una crítica a la sociedad-, una terrible ofensa a la Iglesia Católica.
En fin, la verdad es que me lo imaginaba menos asqueroso de lo que fue. Pero lo terminé todo. ¡Quién me manda a leer esas cosas!
Entonces, después de haber leído Justina decidí que quería leer Julieta. Confieso que creo que lo que me llevó a tomar tal decisión fue la curiosidad morbosa de conocer la contraparte de Justina quien, de tan buena y tan vejada, me hartaba.
Pero con Julieta mi sensación fue de asco total: en el libro se describen situaciones mucho más asquerosas que las que leí en Justina. La narrativa, llevada por la protagonista de la historia, describe la iniciación de Julieta en las artes eróticas. Narra sus experiencias lésbicas en un colegio de monjas, y posteriormente, cuando es arrojada al viento, exalta su decisión de abandonarse al vicio -el libro se titula Julieta o el vicio ampliamente recompensado- y entrar como prostituta a un burdel. Pronto, su belleza infinita y su mente inteligente y malvada la llevan a convertirse en una mujer adinerada que goza de la flagelación y de otras perversiones como cometer crímenes en función de la excitación sexual.
En la novela se describen actos orgiásticos donde se involucra la pedofilia, coprofilia, coprofagia, zoofilia, sadomasoquismo -no de balde sádico viene de Sade...- e incesto. El final es un completo sacrilegio -y una crítica a la sociedad-, una terrible ofensa a la Iglesia Católica.
En fin, la verdad es que me lo imaginaba menos asqueroso de lo que fue. Pero lo terminé todo. ¡Quién me manda a leer esas cosas!
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