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domingo, 4 de abril de 2010

Volver a la infancia 1

A diferencia de gente que admiro mucho, como mi mamá o mi hermano, yo no tengo el privilegio de recordar muchas anécdotas de mi vida. Sobre todo de la infancia, a veces me da la impresión de que me lo contaron, o de que yo era testigo de mi vida, y no protagonista.

En fin, este mes intentaré hacer un esfuerzo por recordar los detalles que hicieron de mi infancia un gran recuerdo -la verdad es que sí me acuerdo de la infancia con mucha felicidad-. Empecemos por esta entrada:

En casa de mis abuelitos había un librero color café muy grande y alto. Lo veía con mucha curiosidad porque guardaba un libro con historias maravillosas que mi mamá solía leernos. El libro, si mal no recuerdo, estaba casi deshojándose y era el más grande que había visto jamás. Tenía cuentos e ilustraciones para cada cuento. No estoy segura, pero en mi memoria las ilustraciones están en blanco y negro y la portada y la cuarta de forros en color morado.

Mi cuento favorito era el de Pulgarcita. Me gustaba muchísimo.

Aquel libro me reconfortaba, ¡me hacía sentir tan feliz! Conservo aún la imagen de mi mamá leyéndome Pulgarcita y explicándomela con lujo de detalles.

Qué bien se siente ser niño.

lunes, 19 de enero de 2009

El otro

Hace poco leí en un libro de McGrath una frase que hablaba sobre llevar un diario. Decía algo así como que a veces las palabras fluían tanto que parecía que uno era escrito.
Yo no llevo un diario, así que me fue difícil comprender la sensación de "ser escrito". Tampoco creo en el destino, así que pensar en que uno puede salirse por un momento de su vida para que alguien más le dicte el camino simplemente me resultaba imposible de creer.


Me llamaron alcohólico. En el transcurso del mes me he emborrachado dos veces, al grado de que me despierto ebrio. Sin embargo, si me preguntaran, no me considero un alcohólico. Es decir, sé que bebo pero decir que soy alcohólico es muy drástico.

La verdad es que me lo dijeron y no estaba en mis cinco sentidos. Había bebido dos margaritas, un Cosmo, un mojito, dos caballitos de tequila y estaba consumiendo un vodka con agua quina. Sí, ya sé que con esta ennumeración parece que quien me lo dijo tenía razón...
Tal vez la tenga. No es que beba tan seguido, pero cuando lo hago no me controlo. Es una sensación tan placentera. Me gusta que mi vista esté adormecida. Me gusta que las palabras tarden más tiempo en caminar el sendero del cerebro a la boca. Me gusta desinhibirme. Como decía ese personaje de McGrath, en esos momentos siento que me están escribiendo. De pronto dejo de ser yo, dejo de tener voluntad y me convierto en el títere de mi propio subconsciente. Ya no soy yo. Soy un hombre distinto. Me siento muy cómodo con esa condición momentánea de marioneta en la que las decisiones que tomo en realidad no son mías. El cuerpo es el mismo pero el alma muta cuando hay alcohol en mis venas.

En mi última borrachera le pedí a una de mis amigas que me mostrara sus senos. Ella, que estaba tan perdida como yo, me los enseñó. Después me pidió que le enseñara "el glande" y yo, ni tonto ni perezoso, lo hice sin pensarlo dos veces. Fue mi subconsciente el que escribió esa noche. A mí ella no me gusta y yo no le gusto tampoco. Lo que siguió después de eso surgió de dos personas que no somos ella ni yo. El lunes siguiente, cuando nos vimos en el trabajo, ella se sentía incómoda. Entonces yo, que había tenido el domingo disponible para la cruda y las reflexiones, le planteé toda mi tesis sobre el alcohol que pierde la conciencia y que saca a relucir una personalidad distinta, individuos completamente diferentes que se posesionan de nuestros cuerpos y que, como sólo están momentáneamente en ellos, escriben nuestras historias.

Creo que la convencí porque dejó la incomodidad a un lado y bromeamos un poco sobre lo que sucedió aquel día. De lo que estoy seguro es que prefiero a ese otro que a mí mismo, sin embargo también creo que si lo dejara salir más seguido me aburriría de él, y comenzaría a sentir culpa por los actos que el otro comete cuando, voluntariamente, le cedo mi físico. Por eso este mes sólo ha salido dos veces, y puedo pasar temporadas enteras sin disfrutar del estímulo etílico.

Él es más divertido pero yo vivo con este cuerpo la mayoría de la semana.

jueves, 16 de octubre de 2008

El taller de cuento.

Hoy fue la segunda emisión de mi taller de cuento. Nuevamente me sentí como pez en el agua. Me siento identificada con lo que dice el profesor, me gusta estar entre mis condiscípulos, lo disfruto.

Además, entraron dos personas más. Ya somos diez en el taller.

Al final me quedé para que los nuevos y quienes llegaron tarde pudieran sacar copias a mis juegos... entonces pude platicar con tres de mis compañeros. La historia de una de ellas me llamó particularmente la atención: la señora se casó, tuvo hijos, y ahora que sus hijos se casaron se metió a estudiar la preparatoria y al taller de cuento.

Otro señor viene de Texcoco al taller, porque acaba de nacer su nieta y quiere escribirle cuentos.

I just love it.