miércoles, 26 de septiembre de 2007

La maravilla de la soledad

Después de un día de locos, aquí me encuentro en mi oficina, al fin sola y escuchando a Luis Miguel. Una ardida para variar. "Échame a mí la culpa".

Las novedades en mi trabajo son que yo no sé si sirvo para estar en una oficina. Aunque me encanta lo que hago, llega un momento de hartazgo de estar sentada en mi lugar atendiendo miles de correos, esclavizada a la computadora porque esa es la manera de comunicarse en esta gran multinacional que me ampara y que ha sido tan buena conmigo. Nunca puedo decir que no tengo trabajo. De hecho tengo tanto que me ahoga, pero también me distrae, me ayuda a no pensar en otros asuntos. Aún así, ayer tuve que regresar fuera de mis horas de trabajo para sacar el boletín electrónico.

A pesar de todo, me siento muy comprometida con lo que hago. Lo hago y me encanta, pero a menudo dudo de que éste sea mi camino.

Gran sueldo, sí. Gente brillante y linda. Sí. Cuatro paredes. No.

Me preocupa porque no sé si en el fondo lo que quiero es ser una vaga o una idealista, romántica empedernida. Cualquiera de las dos opciones está jodida.

Trabajar aquí me hace reflexionar. Me doy cuenta que también para ser oficinista se necesita vocación -con ser oficinista me refiero estrictamente a trabajar en una oficina-. No es simplemente llegar a laborar y salir a tus horas. Implica compromiso con la empresa. La gente que está aquí de 9am a 10pm se siente apasionada más que obligada. Para ellos el verdadero amor es esta empresa que tanto les ha dado. Es su alma máter. Más que su casa o su familia. La compañía es su familia.

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