lunes, 17 de diciembre de 2007

El CUM

El CUM cumplirá 60 años de su fundación. Curioso que haya revisado el correo electrónico justo el mismo día que vi la película de Efectos Secundarios... coincidencia nimia, pero coincidencia al fin y al cabo. Hay una invitación para la cena de gala con motivo del aniversario. Cuando la vi, de inmediato me cuestioné qué tan prudente sería presentarme ahí.

Pensar en el CUM -institución donde cursé la preparatoria- trae consigo recuerdos. Recuerdos amargos de cuando pertenecía sin pertenecer completamente a un grupo de amigos. De Matuk ceceando. Del gimnasio y Octavio, nuestro instructor, contándonos que alguna vez fue Mister México. Me trae el sonido del vidrio roto mientras yo me fundía en el abrazo con mi otro.

Pensar en el CUM me recuerda la pérdida de la inocencia en el más puro y más superfluo de los sentidos. Cuando pienso en quinto de prepa lo asocio con la primera vez que usé delineador en mi vida -para que me tomaran la fotografía del anuario- tanto como con la peor época económica de mi vida o con la desilusión del desamor desesperado.

El CUM fue testigo de mi época literaria más prolija, si bien menos vivida. Sus bancas fueron paño de lágrimas y los rincones estadios de prohibiciones y de placeres amargos. Las escaleras de la biblioteca nos resguardaban en la violación de las reglas, y luego nos miraban, inermes, a los ingratos que dejábamos colillas de cigarro tiradas para alcanzar la clase antes que el segundo timbre sonara.

El CUM sigue siendo una decisión que retumba en mis entrañas. ¿Y si no hubiera entrado? ¿Sería capaz de abandonar los buenos recuerdos y las grandiosas amistades a cambio de nunca haber conocido la tortura que me embargó durante tanto tiempo?

El CUM también trajo a María Amor, a Sherley, a Farid, a Daffne... calma después de la incesante marea brava. El CUM también me regaló el mejor espectáculo de tango que he visto en la vida. Y aún los recuerdos con mi otro errado son buenos en alguna medida.

Esa institución me forjó el carácter, me hizo más fuerte, más segura. Jamás me entendería sin el CUM en mi bagaje. No sería yo sin el señor Vignau detrás mío regañándome porque llegué tarde, sin los partidos de futbol soccer donde yo era portera, sin los lunes y los miércoles yendo con mi otro errado a tomar café al Fiorentino en vez de hacer ejercicio en el gimnasio.

No me encontraría en otras fotos sin verme en las fotos de mis épocas preparatorianas. Aquéllas del Café la Selva en las que, quien me las tomó, reflejó el amor que me profesaba.

Para algunos las amistades forjadas permanecen después del CUM. Para mí se han ido muchas por mis circunstancias con el otro errado. Pero esos recuerdos son míos, no me los quita nadie, están ahí más allá de mi decisión de asistir o no a la cena de gala.

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