lunes, 5 de octubre de 2009

Donde nacen las nubes

A principio de la semana mi mejor amigo me dijo que iría al Iztaccihuatl a caminar. Su primo, que deportista como él, lo invitó. Y luego pensé que subir siempre ha sido parte de mi Blucklet list, de las cosas que quiero hacer antes de morir.
Así que ayer, domingo, fuimos a vivir la experiencia. Desde que uno llega a Amecameca el aire cambia. Se siente más limpio y todo huele a pino. El aroma es contrastante con la cantidad de automóviles y el puente incompleto que está ahí. Esos atisbos de civilización rompían con la armonía y con la idea de que nos dirigíamos a convivir con la naturaleza.
Yo, por supuesto, no soltaba mi Blackberry. Quería tuitear y postear todo lo nuevo que encontrara, pero el grupo en el que iba no me permitió agregar un solo tuit, mucho menos escribir en mi blog que la experiencia se veía cada vez más cerca. El coche en el que yo iba fue el primero en llegar a la zona donde se compran los permisos para subir. Ahí hicimos la primera escala de fotografías, porque mi amigo llevaba su cámara y quería experimentar con una técnica de fotografía.

El majestuoso Popocatépetl, visto desde nuestra primera parada.

My boys totalmente jajaja


Después de esperar quién sabe cuánto tiempo (quiero dejar claro que, ayer, el tiempo era alterno, no me importaba y yo no le importaba a él), llegó el grupo de excursionistas que ha subido muchas veces y, después de adquirir los permisos, subimos en coche por el camino que nos llevaría a la falda del Iztaccihuatl.

Y llegamos. Estaba ahí, grandiosa y tranquila, la mujer dormida, esperando que alguien la despierte. Era como si, por veinticinco pesos, todos tuviéramos el derecho de desafiar su sueño e intentar llegar a su rostro para despertarla con nuestros pasos.

Ahí está, como siempre, aguardando

La montaña, gigantesca, y nosotros, tan pequeños. Un contraste natural. La prueba fehaciente de que nosotros pertenecemos a la naturaleza, no viceversa.

Empezamos a subir. Mi corazón palpitaba con intensidad y me dolía el orgullo. No era posible. Ni diez metros y yo me estaba muriendo. Así fue todo el camino. Los demás se me adelantaron y Aldo, muy lindo, me esperó todo el camino. Hice con él la subida. Se adelantaba, me esperaba y cuando yo llegaba, descansábamos. Al menos, el ritmo lento me permitió ver mucho mejor el paisaje.


Apenas al principio, y cuán diminuto se veía ya todo desde arriba
Las sombras, una maravilla

Nos tocó de todo: neblina que no permitía ver detrás de nosotros. Era como si, a cada paso que dábamos, se acercara a cubrir nuestras huellas los ojos de quienes acababan de hacerlas.

My friend and the fog behind him

Luego se abrieron las nubes como cortinas de teatro para presentarnos al sol y para que pudiésemos ver, del otro lado, al dueño mitológico de aquella mujer voluble y contrastante.


El cráter. Las nubes a su alrededor parecen un biombo

A veces sí, una imagen vale más que mil palabras

Adelante, el camino estaba más empinado y la tierra más suelta। Por supuesto, me habían dicho que llevara una chamarra gruesa que ni siquiera se bajó del coche, y pronto me despojé de la sudadera que traía. Me di cuenta de que los jeans no habían sido una buena opción, y de que mis tennis no eran suficientes. Y sin embargo, mientras el cuerpo aguante, uno tiene que seguir.

Y yo seguí. Lentísima. Pero seguí. Me da orgullo decirlo. Más allá de que fui la última, tanto en la subida como en la bajada. Me da gusto decir que lo hice, y decir que nunca me ha limitado la mente, ni tampoco el cuerpo. Me da gusto ser voluntariosa, porque sólo así puedo decir que llegué al siguiente punto.

La fábrica de nubes

O al menos así le he puesto yo al segundo portillo. Desde abajo, mi motivación era llegar a un lugar donde las nubes se precipitaban, donde parecía que se estaban haciendo. La fábrica de nubes. Quería llegar ahí. Si se podía, a lo mejor quería llegar un poquito más arriba. Tantito, quería que en mi mente se quedara grabada la idea de que estuve sobre las nubes. De que caminé arriba de ellas. Pero primero, primero tenía que llegar a ellas. Adonde se hacen.

El segundo portillo. Ahí era el lugar. La niebla chocaba contra la mujer dormida, y entonces se partía y se formaban las nubes de figuras. Ya, aunque el viaje había valido la pena, ése era el orgasmo. No sé cómo no lloré. Tenía toda la intención y todas las ganas. Pero no... nomás me quedé ahí, perpleja. De pronto me entró nostalgia por un país que desconozco, diferente del México tercermundista y citadino. En algún momento hasta sentí coraje hacia mi condición física, porque bien sabía que ya no podría andar mucho más de lo que había andado ya.

La piedra donde la niebla golpea

Otra toma

Y luego me prometí regresar. A las tres y fracción me prometí regresar. El paisaje estaba cambiando y, por esta vez, no me tocaría vivir el cambio. Así me lo hizo saber el regreso de la expedición. Qué triste. Pero también qué motivador. Quedé enamorada de ella y, como buen pretendiente, debo hacer lo propio para que ella me deje merecerla.


Ahí ya no llegué


El regreso me pareció más difícil que la ida.

El regreso

Me tardé horas en bajar, y además me caí sobre una piedra y me jodí la cadera y el coxis, y me torcí un tobillo.

Aldo et moi, y el Popo atrás
Pero de que regreso, regreso.
Voy a comulgar con la naturaleza.
A recordar que soy parte de ella. No la desafío, me le uno.

Bucklet list- Iztaccihuatl- Checked

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