martes, 13 de abril de 2010

Volver a la infancia V

Casi no tengo recuerdos escolares de la infancia. Es decir, hay pocos, pero no son nítidos. Me estoy esforzando por encontrar alguno, y no, mi mente se queda en blanco. Estudié en una primaria llamada Colegio Inglés Elizabeth Brock en la colonia San Rafael. Qué linda colonia y la escuela era una casa vieja enorme. Mi maestra del primer año de primaria se llama Carmen. Miss Carmen. Me acuerdo que me decía Daniela en vez de Danila (Danila es mi primer nombre). También recuerdo que, entre todos mis compañeros del salón, yo era de las pocas que sabía leer. Los demás no sabían. Me parecía extraordinario que a los seis años no supieran leer. Miss Ana Luisa me daba clases de inglés y me cambiaban de primero azul a primero rojo, donde estaban los niños avanzados. Ahora que lo pienso, siempre fui niña avanzada. Disfrutaba la escuela. No me esforzaba especialmente, sólo me gustaba. En segundo de primaria mis maestras fueron Miss Chela de inglés, y de español Miss María Luisa. A Miss María Luisa la hicieron directora de Español después. Español era genérico, porque nos daban Matemáticas, Ciencias Naturales, Ciencias Sociales, Historia y Español, y seguro otras materias que me daban igual. Español era porque daban las clases en castellano. Pero bueno, estaba en el conteo de maestros. Luego en tercero de primaria me dio el profesor Mauricio para inglés, y creo que Miss Sara en español. Miss Sara fue cruel conmigo, no sé si en el aula, pero fue cruel un año después, por eso no la recuerdo como mi maestra, creo que fue mi manera infantil de castigarla: borrándola de mi recuerdo. Luego en cuarto tuve a Miss Raquel y al profesor Humberto. Me acuerdo que el profesor estaba quedándose calvo y tenía una bandita de micropor puesta permanentemente en la nariz. Miss Raquel era una mujer inmensa que tenía nada más dos trajes de falda y saco: uno morado y uno verde, y le pedía a Gonzalo -uno de mis compañeros- que le subiera el cierre de la falda. También recuerdo que nos contaba "chistes colorados" y nos decía que era nuestro secreto, para que no la acusáramos. Qué lástima que no recuerde su apellido. También me acuerdo que mandó llamar a mi mamá porque era yo muy latosa. Creo que la mandaban llamar todos los años. Yo era la alumna ejemplar en cuanto a calificaciones, y un desmadre en cuanto a conducta. Así que en realidad no era la alumna ejemplar. Pero no me importaba. En quinto de primaria me dio clases el profesor Raúl y de inglés me dio Miss Helen. Miss Helen es la mejor maestra de inglés que he tenido en toda mi vida. No se llama Helen, se llama Elena. Muy delgadita, blanca y con unos chinos negros más grandes que su rostro. Con la risa agradable y el carácter intimidante si se enojaba. Yo le tenía más respeto al profesor Raúl, pero cuando crecí se me quitó: creía que Carlos Cuauhtémoc Sánchez era literatura y nos dejó leer "La Fuerza de Sheccid". Qué libro de porquería. Cuando mi mamá supo que me lo habían pedido, me lo compró con cara de asco. Ella, que siempre me había inculcado leer literatura, no podía estar de acuerdo con que me pusieran a leer porquerías. Aún así, no dijo nada, me dejó decidir por mí misma. En sexto de primaria me dio clases otra vez el profesor Raúl, y de inglés se dividieron entre Miss Rosy y Miss Yesenia. Hace relativamente poco hubo una reunión de mis amigos de esa época, y dicen que Miss Rosy tenía unas piernotas. A lo mejor son como las que yo tengo ahorita, porque recuerdo que estaba gordita. Miss Rosy nos contaba que se paseaba en brassiere en su casa porque había confianza con sus hermanos y demás. No, no estuve en una cárcel, haber estudiado ahí la primaria y secundaria fue lo mejor que me pudo haber pasado. No sólo salí con muy buen nivel académico, también fui muy feliz. No me acuerdo de mis amigos, sé que siguieron siendo mis amigos en la secundaria, pero no me acuerdo bien de ellos. Quizá de Karla Hernández. Recuerdo que me invitaba a su casa, pero no sé a qué jugábamos. Sólo sé que iba a su casa y jugaba con ella, y de vez en cuando también llegaba su hermano a jugar. Luego me acuerdo de Adriana. Recuerdo poco de ella en la primaria. Sólo sé que había llegado de una escuela de gobierno y la cambiaron en quinto de primaria. Me daba la impresión de que su manera de arreglarse era como de una persona más grande, no de una niña. Me cayó bien y nos empezamos a llevar. Creo que nunca fui la consentida de ningún maestro, salvo de Miss Helen quizá. También, tal vez, de Miss Chela. Era demasiado desmadrosa para ser la consentida. Y luego también era muy llorona. No llorona de las que acusa. Llorona de las que llora. Era muy sensible. Ya desde entonces. Pero la sensibilidad en el mundo cruel de los niños parece no caber. Por eso me gustó tanto estar ahí, porque siempre cupo. Mis amigos de esas épocas y yo crecimos juntos. Sabían que era tan llorona a los 14 años como fui a los 9. Esta entrada es un debraye.

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