viernes, 5 de agosto de 2011

Soñar sin frontera


Jamás olvidaré la descarga eléctrica que mi cerebro envió al cuerpo cuando escuché la conversación de los chicos que estaban atrás de mí en la fila de solicitud de cambio de turno:

- ¿Por qué entraste a estudiar Letras Hispánicas?
- He soñado toda mi vida con el momento en que entraría a estudiar esto.


Básicamente: ¡El lunes entro a la UNAM!

Estoy emocionadísima. Mi mamá me compró los útiles (un par de cuadernos de cuatro materias y unas plumas).

Ya desde esta semana empecé a vivir la experiencia universitaria. El martes fui a que me tomaran la foto y entregaran la credencial. El miércoles a un examen diagnóstico (que, en realidad, parecía un nuevo examen de admisión). Y hoy fui al examen médico.

Los tres días han resultado muy ilustrativos sobre esta nueva vida universitaria. A pesar de que ya había tenido una, en la UP, de verdad existe una diferencia gigantesca entre el mundo de las universidades privadas y de las públicas.

Además, los años sí dan otra perspectiva. La mayoría de los muchachos que he visto en estos días (desde la inscripción, que llevé a cabo el jueves 28 de julio) nacieron en una década distinta de la mía. De pronto, algunos empleados de la universidad quieren tratarme como una adolescente de 18 años, y se topan con pared porque ya no tengo 18, sino 25.

En todos lados hay burocracia, pero cómo me molesta la gente que cree que, por la edad, puede ser prepotente con los "chavos". Ellos están tiernitos, como yo estuve alguna vez, y permiten que les hablen así. Pero yo no.

El día de la inscripción llegué a un salón lleno de acné y búsqueda de identidad. Por un momento, yo también tuve 18 años y en vez de la blusa y los jeans que traía puestos, usaba una blusa blanca con cuello rosa y una falda de mezclilla (que fue el atuendo que usé para mi primer día de universidad, cuando entré al propedéutico de la UP). Otra vez andaba con el cabello corto. Recordé perfectamente mis nervios: quería saber si tendría amigos. Si me llevaría con alguien. Si encontraría un novio. La universidad lo era todo. Me sentía grande. Dieciocho años. Ya casi tenía mi credencial de elector.

Así se sentía el ambiente. La muchachita preguntona junto a la que me senté era cualquiera de las amigas que hice en la UP. Supe que estaba nerviosa porque yo ya lo había vivido. Yo misma estaba emocionada, aunque por razones distintas: hacer los sueños realidad traen una enorme incertidumbre: ¿la realidad traerá consigo la satisfacción de expectativas de una búsqueda de diecinueve años? No puedo responder eso todavía. Pero me emociona tanto estar en el camino de la averiguación que, sin importar si tengo 18, 25, 34 o siete años, se me hace un nudo en la garganta y me siento ansiosa ante los dos días que faltan para que esté en clase de Latín I.

Yo ya pasé por esta búsqueda de identidad que estos muchachos, más de un lustro menores que yo, expresan con su aspecto físico. No tengo ningún afán de hablarles sobre ella, de contarles que, conforme uno crece, va siendo más difícil encontrar la identidad que uno busca en la ropa, en el corte de cabello. Que las preguntas que uno se hace no tienen ya tanto que ver con: "¿Me casaré algún día?" Sino que, conforme uno se va reconociendo, también se crea un abismo entre uno y uno mismo. De pronto las preguntas sobre nuestra misión, o la pregunta enigmática por excelencia "¿quién soy?", se convierten en constantes y en motores de vida, en una sociedad donde hay que trabajar, y encajar, donde hay que pertenecer y queda menos tiempo para pensar. Y aún así, con todas esas dudas irresolubles (porque la gente muere sin descifrar quién es o por qué está aquí), uno puede ser feliz. Uno puede ser feliz en la tristeza. En las nimiedades. En la ignorancia. En el conocimiento. En las circunstancias.

No sé si me leo pedante. No es mi inteción. Al final del día, solo tengo 25 años. Curiosamente, siento que estoy empezando a vivir con verdadera pasión. Pero es porque las preguntas han cambiado. Porque diario trabajo por las respuestas a preguntas imposibles.

No hay prisa. Ellos no tienen prisa. Yo tampoco tengo. Saboreo cada día. Cada anécdota. Me encanta ver al puberto leyendo El laberinto de la soledad y al señor que va para la abierta y lee Harry Potter and the Deathly Hallows. Me encanta escuchar a la niña que se descose ante una completa extraña y le cuenta que sus papás no quieren que estudie Lengua y Literaturas Hispánicas, que su hermana quería estudiar Artes Plásticas y en cambio está en Trabajo Social. Que me descalifica por haber estudiado en una universidad privada cuando me pregunta: "¿Por qué no estudiaste Comunicación en la UNAM? ¿No pasaste el examen?" Y de entrada me ofendo porque, lo admito y me encanta, amo a mi alma máter.

Disfruto ver las incongruencias de estos grupos voluntariosos que, mientras claman igualdad (y entonces no hay caballeros que recojan la hoja que se me cayó, aunque haya diez hombres alrededor), discriminan y rechazan todo aquello distinto de la UNAM.

Después, me encanta venir a comentarlo todo con mi mamá y que "diseccionemos" juntas las circunstancias, los contrastes existentes entre la universidad en la que estudié Comunicación y la que me acoge ahora para estudiar Letras.

Me siento completamente agradecida del pasado. De cómo sucedieron las cosas. No me arrepiento de nada. Gracias a eso, yo estoy hoy a dos días de tomar mi primera clase en la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Quiero todo lo que viene con respecto a mi formación académica. Quiero los encontronazos, las diferencias. Quiero conjuntar dentro de mí el Ubi spiritus libertas de la UP y el lema "Por mi raza hablará el espíritu" de la UNAM. De entrada, tienen en común la palabra espíritu, y eso es lo que a mí me sobra, espíritu para vivir mi sueño hecho realidad.

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