miércoles, 19 de octubre de 2011

Histeria colectiva

Así la cosa: como últimamente ando arañando las paredes porque no tengo mucho dinero, mi abuelo me dio unas monedas de 20 centavos, de las nuevas que sacaron a circulación, y que son espantosamente pequeñas. Pero es dinero, y cinco de esas moneditas equivalen a un peso.

Con esta mentalidad me subí hoy al transporte colectivo microbús. Abordé el camión y le dije: "Permítame que saque el dinero y se lo entrego". Me senté, conté las monedas, me levanté y, con el micro en movimiento, se las entregué. Regresé a mi lugar. Entonces escucho una voz estridente que me grita desde el asiento del conductor:


– ¿Qué? ¿Qué es esto?

Regreso.

– Son monedas...

¿Qué no ve que son monedas? Llego junto a él. Otra vez.

– No, no, pe... pero esto, esto ¡no sirve!

– ¿Cómo?

Parezco idiota, pero de verdad no entiendo por qué me dice que no sirven, son monedas. Chiquitas, pero monedas. Feítas, pero monedas. Poco prácticas, pero dinero.

– Sí– el chofer habla cada vez más fuerte–. ¡A mí ya no me aceptan esto como cambio!

De pronto, en un hecho sin precedentes, las arroja por la puerta que dejó abierta (si no las quería, me las hubiera regresado).

– No tengo más dinero.

– ¡Pues eso me hubieras dicho!

¿Ahora yo soy la pordiosera? ¿De pronto me convertí en la mujer sin centavos? ¿Mis centavos no son dignos? ¿Por qué me reclama a mí? ¿Por qué no va al Banco de México y arroja las monedas? ¿Sí es el Banco de México quien emite estas monedas? ¿Qué le da valor al chofer para cometer tal acto de prepotencia? ¿Cómo se atreve? ¡Cuánta histeria! Ya, ya me toca bajar. Qué bueno. Estoy a salvo.


Fin del acto.

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