domingo, 5 de mayo de 2013

Cómo enfrentarse a un gallo de pelea...

Hace un par de meses empecé una terapia para eliminar la fobia a las aves de mi amígdala. Para nadie que haya cruzado conmigo un parque es novedad que tengo esta fobia que me hace sentir ansiosa frente a esos animales.

Pues bien, el miércoles pasado llevé a mi perrita, Gaga, al veterinario, que está cruzando el Eje Central. Cuando veníamos de regreso, me distraje porque hubo un accidente espantoso en Eugenia esquina con Lázaro Cárdenas y me di cuenta de que el vehículo impactado se volteó; además, aparentemente dos trolebuses chocaron y una bola de mirones rodeaba la escena. Gaga, como siempre, encabezaba la vuelta a casa, y yo me uní a distancia a los chismosos, de manera que no me di cuenta del espécimen que nos esperaba sino hasta que mi cachorra para contemplar a aquel ser nuevo para sus ojos ávidos de novedad: un gallo de pelea en plena acera de Lazaro Cárdenas, que con su cresta coronaba el surrealismo del paisaje urbano de nuestra ciudad.

Estoy preparada para las palomas, las tórtolas, las urracas y demás pájaros que uno se encuentra en la ciudad. Sin embargo, no pensé que tendría necesidad de enfrentarme a un gallo. Mi primera reacción fue cruzarme la calle. "Estamos en el Eje Central, me dije, ¿de verdad vas a cruzar retomar el camino por el que Gaga y tú venían para evadir a un gallo. Los gallos son aves, y cruzarte es retroceder en el proceso de que tu fobia se acabe." Mi segundo impulso fue, no obstante, caminar hacia la esquina contraria, pero ahí estaban los accidentados y los mirones. Con una frontera circunstancial y la otra autoimpuesta, no me quedó más que hacer acopio de todo lo que he visto en terapia. Inicié un dialogo en voz alta conmigo misma. "Es una prueba de fuego. Vas a pasar por ahí, pero no lo vas a tocar" "Qué terrible. ¿Quién tiene un gallo de pelea en su casa, y por qué lo saca a pasear?" "No importa. Respira y camina". "Ay Gagucha, no vayas a hacerme la malhora, no vaya a ser que te acerques a él y nos ataque a las dos." "Respira" "Respra." "Respira."

Hace mucho tiempo dejó de importarme lo que los demás puedan decir sobre mi fobia, de lo contrario me habría atribulado el hecho de que la dueña del gallo agrandara los ojos y aguzara el oído ante la incredulidad de que me alentara a pasar cerca de él, como si fuera yo quien, en vez de pasear con mi perra, le hubiera puesto una correa a un gallo de pelea para llevarlo a orinar afuera.

Afortunadamente para mí, mi perra no se acercó y yo, por primera vez en mi vida, pude pasar junto a un galllo sin necesidad de ir tomada del brazo de alguien, incluso cuidando a otro ser que depende de mí, sin que la ansiedad me traicioné y piense que me voy a morir en el intento.

Así que, si me preguntan, la terapia sirve.

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