sábado, 29 de junio de 2013

El mundo y yo

A veces el mundo y yo nos odiamos. Él se desespera de mí y yo de él. Él se pregunta por qué estoy aquí y yo me pregunto por qué estoy aquí y por qué no hay un mundo mejor que me reciba con los brazos abiertos. El mundo, en toda su sabiduría y sus millones de años de experiencia, me tiene paciencia. Pero a veces yo, que tengo la capacidad de perturbar al más paciente, le colmo el plato. Entonces decide sacudirme. En ocasiones soy capaz de entenderlo a tiempo. Me está jalando las orejas, me digo, y le bajo. Hacemos una tregua. Durante ese periodo, casi parece que nos amamos, hasta que, como dos enamorados, es tiempo de sentarnos y hablar. ¿Qué esperas de mí? Y no me contesta. Entonces actúo. Y no le parece. He concluido que no tengo un lugar en el mundo. No lo digo como adolescente, sino como un ser humano consciente que se lo ha preguntado en numerosas ocasiones y desde diferentes perspectivas. ¿Cómo entro el mundo? No es tampoco un discurso emo de lo feliz que soy siendo diferente.

En lo que a mí concierne, es horrible ser diferente. No en esta conciencia de unidad que todos tenemos, es algo distinto. Tormentoso.

Lo viví desde que era niña y me reconocía en otros y al mismo tiempo me desconocía en cualquiera de ellos. Lo vivo hoy que me veo al espejo y veo en él a un ser diferente del que soy en realidad. Solía pensar que, a fuerza de encajar, no nos queda más remedio que sufrir una metamorfosis para que encajemos. Es como tener sexo. Hay que hacer ciertas modificaciones de postura para que puedan embonar cóncavo y convexo. Pero a veces, aunque anatómicamente la fusión se lleve a cabo, falta algo más.

Mi relación con el mundo tiende al amor, es cierto, pero no es precosamente eso. Nos enamoramos, e invariablemente, cuando estamos por alcanzar el punto del amor, nos venimos para abajo. Él me redescubre, yo lo redescubro, y volvemos a odiarnos.
Afortunadamente para él tiene muchas opciones, yo no tengo más que una: vivir en él y vivir con él. Soy un ser humano y no me queda más que vivir en sociedad -si fuera un oso polar viviría sola, pero entonces no tendría la conciencia para disfrutar mi soledad-, una sociedad que a veces me apasiona de veras y otras veces me asquea. Me sofoca. A la cual yo sofoco cada vez que siento esto y me da la espalda, simplemente porque sigue caminando mientras yo me detengo a respirar.

A veces, como hoy, siento que voy un poco más rápido y me detengo. Ella y él nunca se detienen. Esos dos sí que se aman, y yo no puedo más que ansiarlos.

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