sábado, 14 de septiembre de 2013

Tango Blanco del Águila

Conocí a Yaz y a Leo hace ya algunos años. Francamente, no recuerdo cuántos, pero sí sé que empezamos a ir a clases Maricela, Alma y yo porque Penny y Aldo tomaban tango. Íbamos a una academia de baile situada sobre avenida Baja California. De vez en cuando nos encontrábamos con Leo y Yaz en el café de cubanos que estaba en Cholula y Eje Cuatro, a una cuadra de la academia. Yo no tenía ni idea de cómo se bailaba el tango salvo por las presentaciones que había visto algunas veces y que me hacían pensar que nunca podría bailar una danza tan íntima. Creí que solo podría soñar con la ejecución de los movimientos gráciles y coquetos sin que jamás pudiera aventurarme a llevarlos a cabo... y luego los conocí a ellos.

Durante año y medio que fui constante en las clases, Yaz y Leo se encargaron de tirar todos los prejuicios que sentía con respecto a la manera de mover mi cuerpo y, con su apoyo, me hicieron comprobar que había un rayito de esperanza que poco a poco fue abriéndose paso en medio de la oscuridad de mis movimientos. "Ponte flojita, Charbe", me decían al principio. "Déjate guiar por tu pareja". Poco a poco, sin importar el peso, me sentí más ligera. De pronto podía responder a las marcas, milagrosamente decía yo, aunque en realidad no era un milagro, sino un trabajo arduo y en equipo, con mis parejas de práctica y con mis grandes maestros.

Estoy consciente, porque yo fui y luego lo vi, que ellos dos pueden hacer que cualquiera baile. No es solo la técnica, es la manera como le tienen fe ciega a la gente aun pese a que, muchas veces, uno mismo no se la tiene. Por supuesto, yo conocía -y hasta exageraba- mis limitaciones, por lo tanto me quedaba claro que, a pesar de transformar mis dos pies izquierdos en un par de extremidades rítmicas, lo cual ya en sí mismo era mucho, no me convertiría en bailarina profesional.

Esa nunca fue mi intención. Lo que yo quería era emular un poco de todo lo que el tango, con su música y sus movimientos, me hacía sentir. Quería ser capaz de expresar con el cuerpo aquellas cosas que sentía. Y me parece que lo logré.

En el camino de descubrirme en una faceta totalmente nueva para mí, Yaz y Leo me dieron una lección de vida. Cuando la academia cerró, empezamos a peregrinar por la Condesa. Ellos buscaban lugares a sabiendas de que, tal vez, la semana siguiente ya no podríamos bailar ahí y sería necesario buscar otro lado. A veces tenían una clase de 10 personas; otras, una de tres. En ocasiones, uno de esos tres no podía pagar la sesión y ellos esperaban, pese a que todos sabíamos que el tango era su modo de vivir y sobrevivir.

Jamás en la vida he recibido una mala cara, un maltrato o una palabra de desaliento. Al contrario, siempre han sido amables y comprometidos conmigo, con mi aprendizaje, con mi bienestar. Me sorprende cómo pueden dos personas derrochar tanta magia sin miedo a que se les acabe, a pesar de las adversidades, de las vicisitudes, de todo por lo que han tenido que pasar para vivir de aquello que de verdad aman: bailar.

Me queda claro que su magia es infinita. No ha habido un día que los haya visto dar clase, bailar, bromear y que esa magia se les acabara. Al contrario, parece que conforme crecen, la magia se afianza más a ellos. Me sorprende ver cómo, con mucho trabajo, han consolidado la Escuela y Compañía Tango Blanco del Águila, y uno va a sus clases y siguen siendo los mismos que hace unos años eran nómadas en busca de un lugar donde establecerse.
Y pensar que hay tanta gente que no alcanza sus sueños e, instalados en sus alternativas, pierden el piso. Sin embargo, ellos tienen muy claro que sin suelo no hay fricción y que sin fricción no hay baile.

Así que, por si a alguien no le ha quedado claro cuál es la lección de vida que Yaz y Leo traen a cuestas es que hay que fundar los sueños y construirlos en la realidad. Por supuesto, ese camino trae consigo sacrificios, momentos difíciles, dolor y frustración, pero al final, que curiosamente se convierte en un principio nuevo, ellos han podido navegar sobre un mar real de sueños trabajados y edificados gradualmente.

Me siento privilegiada de atestiguar cómo la Escuela y Compañía Tango Blanco del Águila ha emprendido el vuelo y espero que, de ahora en adelante, el viento siempre sople a favor.

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