miércoles, 25 de junio de 2014

Sensei

Me había cuidado mucho de hablar de este tema aquí. La muerte de un ser querido es siempre un tabú, aunque como tal, es también una realidad con la que hay que convivir.
Tal vez también sea una situación que de pronto uno no se siente con derecho a relatar porque, ni sé bien cómo decirlo, pero no es nuestro.
Un amigo mío murió en mayo. Al anotarlo aquí, los ojos se me empañan. Nos escribíamos por chat más o menos seguido y nos vimos varias veces. Era amigo mío por sociedad: estaba casado con una amiga mía. Eran una pareja de ensueño, de esas en las que uno va creyendo menos conforme pasa el tiempo y se adquiere experiencia. Una pareja que uno se siente afortunado de atestiguar, porque el amor es maravilloso siempre, aunque a veces no se sea protagonista sino espectador.
Su muerte me hirió de manera profunda. Desde las generalidades (un hombre joven y brillante, con todo el futuro por delante) hasta las particularidades (escuchar canciones vanguardistas de los setenta gracias a sus recomendaciones o ver películas viejas). Tengo colgado ahí su bastón, que he sido incapaz de devolverle a la viuda. Tengo ahí un teclado que me prestó, que no me atrevo ni a ver, porque no lo toqué cuando aún vivía.
Su muerte me llenó de silencio y de pensamientos sobre el final de la vida. No es que quiera dejarla, al contrario, antes bien, irónicamente, ahora la veo como un gran sinsentido. ¿Será una etapa posadolescente? No lo sé.
A Emmanuel nunca le dije en vida lo mucho que lo admiraba. Sus conocimientos musicales, sus conocimientos académicos, el amor incondicional que le profesaba a Lauris y, sobre todo, la forma en que se ponía los guantes para revertir todos los ganchos al hígado que le tocó recibir. Me hubiera gustado hacer por él más que lo que hice: absolutamente nada.

1 comentarios: