domingo, 4 de septiembre de 2016

La guitarra

Y de pronto escuchas el sonido de una guitarra. Te trae recuerdos de los últimos cuatro meses de tu vida, no tan maravillosos para la cantidad de lágrimas que has derramado. El sonido no tiene nada que ver con los acordes que marcaron tus fines de semana, pero el instrumento te recuerda a ese hombre que te quiso y luego no te quiso. Por eso te dejó a la deriva.
Y de pronto, otra vez, como si no te fuera suficiente el dolor del recuerdo, la melodía te trae a la memoria que, en su casa, dejaste olvidado el objeto más significativo de todos, ese que fue el primero que debías haber reclamado. El de tu abuelo. El que prestaste y que, cuando recogiste tus cosas, no te llevaste.
Está ahí. En su casa. Y tú, con el corazón roto -doblemente roto ahora, además, porque no recordaste y el instrumento que fue de tu abuelo está ahí, en el estuche, recargado en la pared que te escuchó reír, gemir y, en última instancia, llorar y decir adiós- tienes que buscar al sujeto que tiene en su poder aquella guitarra que no vale nada, pero para ti, hoy sí, vale oro.
La guitarra te escuchó decir adiós. Quizá, con sus cuerdas flojas incapaces de expresarte que estabas olvidándola... Una parte de tu abuelo, una parte de ti se quedó ahí.
Y ahora, en un futuro próximo, tendrás que ir por ella, porque la ansiedad no te va a dejar vivir mucho tiempo con la noción de que olvidaste la guitarra de tu abuelo en ese lugar donde hubo felicidad y ahora nada.

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