miércoles, 7 de septiembre de 2016

Velorios

No sé qué está pasando con las coincidencias. Quizá sea que uno las encuentra y en realidad no existen. Es más, iré al diccionario a buscar específicamente qué significa la palabra. Ya regreso.

Coincidir, de acuerdo con la RAE:
[...]
3. intr. Dicho de una cosa: Ajustarse con otra, confundirse con ella, ya por superposición, ya por otro medio cualquiera.

Hoy, la tercera acepción queda perfectamente con lo que ocurrió en el día, con lo que está pasando últimamente.

Mi tía segunda murió. Toda su vida, desde niña, luchó contra el cáncer y, de nueve años para acá, contra un tumor cerebral. Cuando le dijeron que era necesario abrirle la cabeza para extraerle aquel gigante que se albergó sin permiso en su cerebro, la fui a ver. Ya no éramos cercanas pero, ante la posibilidad de la muerte, las rencillas quedan atrás y hay pocas cosas peores que no complacer a un moribundo.
Sobrevivió la cirugía con terribles consecuencias, porque de ahí para adelante ya no pudo valerse por sí misma. En estos actos de la vida que parecen contra natura, sus padres, ya desde entonces ancianos, envejeciendo cuidando a una enferma que, gradualmente, fue deteriorándose en todos los sentidos, a excepción de sus ganas de seguir con vida.

Finalmente, su agonía de casi una década concluyó. Sus padres, que la sobreviven, se hicieron cargo de ella y ahora ya no tienen que vivir la enfermedad de su hija.

No veía a mi tía desde hace un par de años, cuando sobrevivió a otra cirugía. Recuerdo que su imagen me impresionó: el cráneo aplastado, su rostro desfigurado y el cuerpo postrado en la cama me hicieron pensar que esa no era vida. Creí que no me reconocería, y sin embargo, cuando me vio, esbozó una mueca insípida que, me dijeron, era una sonrisa. Puse especial atención en su testa rapada, porque recordé que, de niña, me parecía que tenía una cabellera china preciosa, y ya nada quedaba de ella.
En el funeral, me dijeron que pasó algunos días en agonía. Que perdió los reflejos. Que perdió la vista. Mi hermano me avisó que la tía Julieta chica, como siempre la nombramos, había expirado. Pregunté por mis tíos. "Están tranquilos", me respondió, "ya no querían ver a su hija sufrir tanto".

Mi mamá, mi hermano y yo fuimos al velorio, que se llevó a cabo en la misma funeraria donde conmemoramos a mi abuelo.

"Capilla seis", leí en el pizarrón cuando ingresamos al recinto. Las manos empezaron a sudarme. "Segundo piso". Empecé a temblar. Entré al baño, intenté tranquilizarme. "Igual y no es", me dije en el espejo mientras terminaba de lavarme la manos... Pero sí era: la capilla donde velamos a mi abuelo con un poco de parentela y los amigos cercanos que se enteraron de su muerte a tiempo para acompañarnos. Aunque con mínimas remodelaciones, era el mismo lugar. El mismo olor a flores blancas de diferentes tipos. El mismo féretro gris. La misma distribución de espacios. Los mismos sillones diseñados para hundirse en los asientos, como si fueran a reconfortarnos de alguna manera.

Hiperventilaba. Quería soltarme a llorar, pero me pareció una falta de respeto a las circunstancias —sin mencionar que de egoísmo absoluto— hacerlo por mis recuerdos y no por mi tía muerta. Además, nadie sollozaba. Todos estaban tristes, pero tranquilos. Y en cambio a mí las lágrimas se me agolpaban en las entrañas, como las olas que se rompen en los acantilados. 

Luego pensé que sería buena idea acudir a los velorios, como plañidera. Me acordé de un par de personajes. ¿Por qué no? ¿POR QUÉ NO? Era mi ansiedad hablando, una vez más, como en últimas fechas ha hecho. Mi abuelo, MI ABUELO. Mi corazón. ¿MI CORAZÓN? ¿Dónde está mi alma? ¿Está, acaso, en el féretro? ¿Dónde está mi abuelo? 

Recordé mi sueño, ese del hospital subterráneo en el que lo busco, solo para no encontrarlo. Ese donde me encuentro con un hombre de cabello gris, delgado, que viste una chamarra de cuero y se la acomoda mientras me dice que es inútil seguir buscando. 

Evoqué otro sueño, en el departamento de antaño, con Gaga ahí, aunque ni había nacido, en la mañana, despertando. Mi abuelo, con su voz estruendosa, nos deseaba los buenos días, y cuando estaba por ver que se asomaba para platicar, me desperté con el rostro empapado. 

¿Dónde estás, Ilde? ¿Soy egoísta hasta por llorarte ahora que te necesito tanto y la vida me trae al lugar donde te despedimos? Quiero tirarme en la cama y escuchar que, en las habitaciones contiguas, tú gritas "Gol" mientras yo ahogo las lágrimas, tal como los clavadistas profesionales meten el agua a la alberca. Quiero que estés cerca, como estabas, en la ignorancia —o la pretensión de ella— de que me siento mal, porque tu presencia es un consuelo que se me ha escapado para siempre. 

En estos días de dolor y de terribles coincidencias, tu ausencia es el peor de los males. Te extraño, mi Ilde. Te extrañaré siempre.

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