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sábado, 1 de septiembre de 2012

Chilangolandia desquiciada

 La ciudad, desquiciada. Y yo me desquicié con ella. Hacer un trayecto en metro implica detenerse constantemente en los túneles que conectan una estación con otra. El metrobús siempre va con los vidrios empañados: es un sauna lleno de gente maleducada capaz de empujar a jóvenes y viejos, a mujeres embarazadas.

La ciudad, desquiciada. Marchas por aquí, por allá, por acullá. Que si los simpatizantes de AMLO y el SME aprovecha. Que si la ciudad es perredista y AMLO tiene concesiones. Que si el movimiento 132. ¿Y mi libertad de tránsito? Me pregunto si no está mermada, la mía y la de unos cuantos milloncitos que salen diariamente del hormiguero, brotan de quién-sabe-dónde y vienen a trabajar a-sabe-quién-dónde porque no parece que todos los edificios del Distrito Federal puedan albergar a las zonas conurbadas y a las propias.

Por lo pronto, mis propias zonas están magulladas. Entro al metrobús con trabajo, y luego salgo por milagro o por gracia de las señoras que tienen a bien aventarme en vista de que son expertas en el arte de la contusión. Tampoco falta el Don que no respeta las reglas y se cuela en los lugares exclusivos para niños, mujeres y personas de la tercera edad, o aquel que aprovecha el hacinamiento para acercarse a otras carnes y que los demás rocen las suyas, aunque sea producto del toque fortuito y necesario. También está el que bolsea y es bolseado, todo siempre en el marco de las chamarras de piel que la gente usa en pleno verano y que, nada más por verlas, se siente calor.

Pero, como diría Cristina Pacheco, aquí nos tocó vivir. Somos parte del paisaje contemporáneo de la ciudad más grande del mundo y del desempleo en el ahora tan reconocido Estado de México. Por eso, a aguantar el tráfico de tres horas que convirtió al Viaducto en un estacionamiento gratuito del que solamente se sale para virar a la derecha y meter el auto en el garage (y seguro ahí uno puede ir a mayor velocidad que en el Viaducto).

Tal vez es que soy quejumbrosa, pero últimamente de verdad siento que ya no cabemos, que los demás invaden mi espacio vital y yo el de ellos. No es mi intención correr a nadie –aunque sí quisiera invitarlos cordialmente a que se fueran–. A los gobiernos estatales y al federal me gustaría solicitarles que cumplieran y generaran los empleos que tanto han prometido. Quiero dejar de llegar al trabajo sudada, con dos horas de anticipación o cuarenta minutos tarde porque es azaroso el tráfico "moderado" o el caos vial.

Yo soy defeña. Alguien asegúreme que esta ciudad me corresponde por derecho de nacimiento, aunque no sea verdad.

lunes, 3 de noviembre de 2008

La ciudad endemoniada

¡Qué horror! Esta ciudad se está volviendo loca. Entre tanta gente y tantos automóviles, lo peor que pudo haber hecho el gobierno de esta ciudad era cerrar tantos tramos de vías importantes simultáneamente.

Yo, que no tengo coche, pensé que estaba exenta del tráfico... ¡pero no! Desafortunadamente el caos ha llegado incluso a la parte subterránea, donde el metro ya no se da abasto para transportar a tanta gente.

Y es que, ¿por qué cerrar Circuito Interior, Churubusco, Revolución y Xola? ¿No sería mejor dedicar todos los esfuerzos para hacer las construcciones rápidamente y poder seguir otra vía?

Es caótico. Al menos en el metro las personas hacen esfuerzos por caber en un espacio donde con trabajo entraría un niño. Las puertas se cierran y al menos un brazo padece a presión del cierre. Más de un bolso o mochila se queda volando.

Es un desmadre. Hoy intenté abordar dos metros de dos líneas distintas (la línea 1 y la 9), y fue un desastre. Increíblemente fue mejor recurrir a un taxi que me llevara a mi destino, pero a las horas pico -que cada vez se van extendiendo en el tiempo-, también el tráfico de la ciudad es espantoso, hora y media recorriendo distancias que en días normales se harían en veinte o treinta minutos.

¿Dónde están los beneficios de tanta pinche construcción?