martes, 27 de noviembre de 2007

El túnel

(Es mi apreciación personal)

Después de toda la crueldad, de la influencia de lo leído y la comunión con el propio pensamiento surge la pregunta enterrada, si bien ya existente: ¿qué hubiera hecho yo? Quizá en forma menos macabra y más bien mental, también le di muerte.

Sin embargo la conciencia ocasional de que no ha muerto se hace presente y casi no aguanto las ansias locas de volverlo a ver, de conocerme o regresar el tiempo y evitar mi huida.

Supongo que mi enojo, todavía latente, hubiese derivado en una muerte verdadera. Tal vez la mía, que de no haberme detenido habria sido capaz de suicidarme o hacerme algún daño muy grave. Pero no, exagero, en realidad no era capaz de infringirme dolor físico, por lo que lo más seguro es que, en uno de mis arranques frenéticos que buscaban el amor ajeno dirigido hacia mí, encontrara la paz momentánea matándolo a él.

Sí, entiendo completamente a Juan Pablo Castel. Comprendo las razones para inmiscuirse en un amor tormentoso. Entiendo las contradicciones y la decadencia de las que alguna vez fueron sensaciones sublimadas.

Entiendo la muerte del ser por quien uno se apasiona como la única forma de librarlo de nuestros amores enfermos, y como el castigo eterno de una obsesión escabrosa e inevitable.

Aunque quisiera que resultara de otra forma, ni Juan Pablo ni yo hubiéramos sido capaces de lograr amar de una manera distinta a la que amábamos a algien. No, no a alguien en general sino a ellos en particular. Implícitamente, Juan Pablo establece la certeza de que no volverá a amar. Pero Juan Pablo lo sabe con 40 años y la libertad encerrada. Yo tengo 21 y la posibilidad de volver a amar parece cada vez más lejana. Como si el desgaste de querer tanto y tan mal fuera permanente. Como si los celos que sentí hubieran existido a cambio de tinieblas sempiternas, y es un trato que desconocía, pero que tampoco sé si habría rechazado. Como si el castigo real consistiera en añorar las caricia y los breves momentos de felicidad con aquél con quien nos hicimos tanto daño.

Así pasa el tiempo. Aunque hay día que creo que lo he superado, la realidad es que hay veces que las situaciones viven, pero mi amado se distorsiona en forma, como si fuera una ilusión de mi mente ruin y macabra.

Si creyera en el destino entonces creería tal vez que me predestinaron a ser infeliz. Ni modo, a mí me toco. A mí me tocó la execrable realidad de ser infeliz toda la vida.

Pero no tengo el consuelo del destino o de un Dios a quien culpar. La culpa es mía y de mis malas decisiones. El engaño sólo es a causa de mis sentimientos insolentes y preponderantes por los que no me permití guiarme de la razón.
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