jueves, 3 de enero de 2008

Adiós a Coffee Room

Coffee Room era para mí como la cafetería de Seinfield. Como el sillón de Friends. Un lugar que marcó época. QUe determinó posturas, encerró en sus paredes discusiones y guardó el secreto de mis sentimientos.

Como Juvenal Urbino preguntaba "¿Te gusta la música?" para comenzar una amistad, así yo consolidaba la confianza cuando llevaba alguien a mi lugar favorito en el mundo.

Y así, mientras caminaba ayer por la calle de Tlacocquemécatl dirigiéndome a Coffee Room, con toda la intención de probar el mejor chai de la ciudad, vi que los dos pisos que conformaban el café estaban ya vacíos.

Nunca volveré a subir las escaleras de medio caracol, ni me sentaré otra vez en los sillones, ni podré ver el lugar junto al barandal pensando que es un rito no sentarme ahí otra vez. Tampoco entraré al baño a contar las escenes del cuadro prosaico que me entretuvo tantas veces.

Estar dentro de Coffee Room implicaba entablar las mejores conversaciones, las mejores compañías envueltas en la atmósfera perfecta que olía a especias. Como si de tajo se hubieran fundido los focos de una habitación que SIEMPRE debió estar iluminada. SIEMPRE.

Gente vino y gente fue pero ahí, justo frente al parque, permaneció imponente y en apariencia eterno el café testigo de mis transiciones. Ahora la gente permanece y Coffee Room, no obstante, se ha escurrido entre las calles de la colonia del Valle, entre las calles de esta gran ciudad.

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