martes, 8 de abril de 2008

Villa Guerrero- Un techo para mi pais

Voy a alejarme un poco del tema de mi amargura y decepción para hablar de la experiencia que acabo de tener en Villa Guerrero, Estado de México.

Fui como voluntaria de una ONG llamada Un Techo para mi País. Ya había ido una vez antes a Tabasco. Estuvimos una semana y contruimos dos casas por cuadrilla. Ahora fuimos sólo tres días y construimos una casa por cuadrilla. Diez casas por escuela. Cuatro escuelas en total.

Cuando uno está ahí se preocupa por la casa, por los niños, por la familia, y poco repara en que no va al baño porque no hay baño, o que comió frijoles y arroz porque la familia no puede comer carne diario.

Sin embargo, al cabo de tres días de convivencia uno regresa a casa, se baña en la regadera, come carne todos los días, usa ropa limpia. Se vuelve a bañar porque siente que la arena acumulada los tres días anteriores no se le quita...

No es que llegue la perspectiva. Llega el veinte. En la bañera uno mira atrás, al pasado reciente en que jugaba con los niños y piensa que ellos se divierten con juegos sencillos, sin juguetes, trepándose en los árboles y el mayor placer es que un adulto los cargue, los aviente al aire y los cache otra vez. No se lamentan porque no tienen dinero. Se lamentan porque no pueden comer fruta.

Me cayó el veinte de que dos gallinas son sólo cuatro piernas, dos pechugas, dos muslos cuatro alas, y que para ellos matar a dos gallinas para comer representa un sacrificio enorme. Y uno se lo come agradecido por el detalle pero con el shock de que un par de horas antes uno vio a las gallinas vivas y con la preocupación de que el agua está sucia, el ambiente es arenoso y uno tiene que aguantarse las ganas de ir al baño...

El mundo es distinto ahí. En la noche no hay alumbrado público, pero las estrellas se ven hermosas y, como somos tan pequeños, da la impresión de que los árboles las coronan. No hay pavimento, y el excremento de los animales se confunde con el de los habitantes de la población, porque sólo hay un hoyo lejano para deshacerse de los residuos que el cuerpo no quiere, y los niños no se aguantan hasta llegar allá.

¿El lenguaje? No sé si combinan dialectos con español, o si de plano no saben hablar español. Es espcialmente difícil entenderles. No sólo a los niños, a quienes naturalmente nos cuesta trabajo porque todavía no pronuncian bien, sino también a los adultos. Lo ven a uno como si fuera superior, como si fuera una falta de respeto hablar con los voluntarios.

Los adultos tienen dos años más que yo -yo tengo 21- y parecen cuarentones. Los niños tienen cinco y se ven de tres. Los niños tienen piel de cocodrilo porque no se bañan -no los bañan, mejor dicho- y tampoco les limpian los mocos. Sus sonrisas son sinceras aunque acartonadas por la mugre. Lilly, la chiquita, usa un vestidito hermoso, deslavado y percudido. Además uno puede saber qué ha comido en los últimos días porque los residuos de chocolate -que le llevaron los voluntarios, por supuesto-, frijoles, plátano y demás se almacenan alrededor de su boca.

No hay gordos. No hay suficiente comida para que estén nutridos, mucho menos sobra como para que cometan el pecado capital de la gula.

Son campesinos. Y seguramente los hijos serán campesinos, y sus hijos también. No se hacen entender ni tampoco entienden lo que hay que hacer. Hay barreras por todos lados.

Las condiciones en las que viven son un reclamo para la sociedad. Un reclamo, no obstante el alto porcentaje de personas que subsisten en condiciones indignas, ahogado en la desinformación y desinterés de quienes, ya sea por nacimiento o por superación personal, podrían tener más conciencia.

Ver a los demás nos abre los ojos. No hay por qué dejarlo todo y vivir en esas condiciones, porque no es justo para nadie. Es valorar lo que tenemos y contribuir ayudando a los demás a que aprendan a pescar, no a pescar sus truchas...

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