martes, 17 de junio de 2008

Rutinofobia

Los seres humanos estamos constituidos de rutinas. Hasta quien odia la rutina tiene por costumbre odiarla.


Y debo confesar que soy parte del grupo de los rutinofóbicos. Me da pavor el aburrimiento y creo que el aburrimiento viene con la rutina. Me molesta el sedentarismo. Y últimamente también me molesta la soledad.

Tiene poco que salí de la escuela, pero ese poco tiempo me ha llenado de nostalgia y de rutina. En una entrada pasada describì lo que hago todas las mañanas, e igual podría describir lo que hago en las tardes.

Así que cualquier cosa que altere esa rutina es bienvenida y vitupereada como el acontecimiento más importante.

Hace 12 días cumplí 22 años. No he hablado del tema porque fue inusual el día: trabajé, salí como a las cinco, estuve sola una hora y media -cosa que en un cumpleaños jamás me había sucedido-, vi a una amiga y luego fui a cenar con mi familia, pero a mi mamá se le hizo tarde porque estaba en una junta y cuando llegó al restaurante ya todos estábamos agotados.

El día siguiente Aldo me había invitado a cenar y cuando llegó yo me sentía entre triste y enojada, y un comentario sobre mi ropa bastó para sentirme mal todo el camino. Llegamos al restaurante en la Condesa y estaban ahí personas súper importantes en mi vida. Comimos, llegamos dos horas y media más tarde de lo que habían planeado, y ya todos habían cenado. Solamente Aldo, su primo y yo no. Después llegó Aimé, llegó Sherley, y de ahí nos encaminamos al otro lugar.

El otro lugar era Masaryk 52. Desde hace mucho tenía yo ganas de ir a un cantabar y me lo concedieron. Y todo fue perfecto...

Aunque hubiera sido más perfecto si no me hubiese encontrado a cierta persona del pasado de la que en este blog me he despedido tantas veces.

No sé. Quisiera decir que me sorprenden las coincidencias, pero la verdad es que no sé hasta qué punto sea casualidad. No por él, mucho menos por mí, sino por un tercero que actuó para que nos viera.

La rutina de pensar en él se había esfumado y poco a poco se hacía costumbre dejar de preguntarme por él.Y de pronto esa rutina regresó. No de inmediato porque estaba pasándomela tan bien que olvidé su presencia. La sorpresa fue tan grata que por unas horas ocultó el trago amargo que pasamos.

Y después surgió otra vez. Pero no surgió por él, que se veía tan sorprendido como yo y después tan indiferente como yo, sino por la mano de una amiga de los dos.

En fin, en mi pensamiento están ella y su atrevimiento, y él queda sesgado pero de vez en cuando entra porque la materialización de su atrevimiento fue justamente habernos encontrado.

No sé por qué doy el paso al adiós y regresa.

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