martes, 22 de septiembre de 2009

Francisca

Considero que la gente que asegura que voltear al pasado es una equivocación, está mal. Es el pasado donde se sientan las bases de quienes somos ahora. La frase "Atrás ni para tomar impulso", me parece absurda. Es atrás donde forjamos el impulso para seguir adelante. Nosotros decidimos qué hacemos con el pasado: si nos atormentamos con él, o si encaminamos nuestra dirección con base en la pregunta "¿De dónde venimos?"

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Francisca era mi tatarabuela. Abuela de mi abuelo. Bisabuela de mi mamá. Vivió a mediados del siglo XIX. No sé de quién era hija, sólo sé que se apellidaba Ortega y vivió en Colima hasta los quince años. Su padre maltrataba a su madre y ésta se encontraba muy deteriorada. Cuando Francisca cumplió los quince, decidió que no podía seguir soportando el lento asesinato de su madre y, gracias a su iniciativa, ambas mujeres huyeron de él. Detuvo a algún viajero y éste le ofreció una mula para su madre. Así, la joven caminando y velando por su madre, llegaron a la libertad: Zamora, Michoacán.

Francisca tenía los pantalones muy bien puestos. Su carácter fuerte era su cualidad tanto como su verdugo y mortaja. En aquella época donde las mujeres debían matrimoniarse jóvenes, mi tatarabuela tenía ya 25 años. Entonces un adolescente se enamoró de ella. Un adolescente español, proveniente de una familia de músicos a quienes les decían "Los Navarros" (de ahí que mi abuelo se apellide Navarro), se prendó de ella de 25, cuando él tenía 14.

Se casaron. Pasaron la noche juntos, escondidos porque el papá de Francisco no aprobaba el amor del muchacho.

Francisca era profundamente celosa. Francisco tenía que tocar en burdeles, y Francisca lo vigilaba. Era todo un mujerón. Siempre con los pantalones puestos, voluntariosa, decidida...

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- ¡Qué bueno que nadie de nuestra familia salió como Francisca! ¡Era tremenda!- exclamó mi tía Lola, una mujer que, a pesar de que es octagenaria y prácticamente perdió la vista, sigue saliendo sola a la calle y siempre ha manejado su vida como le ha venido en gana.

Mi mamá y su prima voltearon a verla y la contradijeron:

- Todas las mujeres de esta familia somos como la Paca.

Entonces mi abuelo las interrumpió y, dirigiéndose a mi tía Lola, dijo:

- No, no, no. Si bien todas se parecen, hay una de las mujeres de esta familia que es igualita. Igual de decidida, igual de balita que la Paca.

- ¿Ah sí? ¿Quién?- preguntó mi tía, curiosa y asombrada.

- La hija de Lourdes, Charbelí.

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Cuando me lo contaron, no cabía en el orgullo de ser así.

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