sábado, 24 de octubre de 2009

Estar sola

Para todos aquellos que me conocen bien, seguramente este título les supondrá una entrada triste o fatídica con respecto a mis sensaciones sobre la soledad.

Nada más alejado de la realidad. Justo este post pretende reivindicar a la soledad. Reivindicarla ante ustedes, porque yo ya la veo con otros ojos, la respiro como un perfume delicioso en el ambiente, me atrae como Eros se prendó de Psique.

En meses pasados odiaba estar sola. No podía pasar un día sin convivencia. El único momento válido para estar conmigo misma era cuando dormía, y aún así soñaba y estaba acompañada.

Uno de mis amigos, pobre, tenía que vivir con que su teléfono sonara a todas horas, y escuchar por el auricular quejas y tristezas y solicitudes de compañía.

Y luego empecé a vivir el proceso de desintoxicación de mí misma. Y cuando me vi así, sin efugios, me gusté. Recordé cuán maravilloso es estar conmigo y no depender de que otros piensen, o digan, o sientan sobre mí. Entonces me fui de viaje, y la mayor parte de los días transcurrieron en soledad.

¡Cómo lo disfruté! Pasar el día mayoritariamente en silencio. En completo silencio. O, de pronto, entablar un diálogo conmigo misma.

Ahora veo en la soledad una oportunidad de conocerme mejor y reconocerme cuando me siento perdida. Sencillamente adoro esta burbuja transparente en la que puedo entrar y salir cuando me venga en gana. En la que puedo reflexionar como hace mucho no sucedía. En la que puedo observar a distancia a los demás, como en épocas en las que mi producción literaria era más prolija.

Así me gusto. No quiere decir que no tenga amigos (sí tengo y muchos) ni oportunidades de salida. Amo estar sola por decisión y no por rezago. Así disfruto mucho más la compañía, en la medida en que no está siempre ahí. En que yo elijo cuándo sí y cuándo no.

Y ahorita, simplemente, quiero estar sola.

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